UN TROVATORE LÍRICO Y APASIONADO EN EL TEATRO REAL DE MADRID



 

PH: Javier del Real.

Si hay algo que caracteriza esta producción del Real es la entrega absoluta de los participantes en la concepción y puesta a punto de todos los elementos que la han convertida en una ópera conseguida y un proyecto ejemplar.

Por Alicia Perris.

 

Mala fama de trama confusa e incongruente ha tenido El trovador, un drama romántico situado en la Zaragoza de la Edad Media. Escrito por Antonio García Gutiérrez, la mayor parte de la acción se desarrolla en una torre de planta rectangular del Palacio de la Aljafería. 

Debido a esta historia, el pueblo comenzó a llamar a la torre como «del Trovador», denominación que perdura hasta el día de hoy y que ha sido adoptada por los eruditos en estudios versados sobre el castillo de la capital aragonesa.

Salvatore Cammarano, recuperó de esta obra clásica de la literatura española, que en tiempo se estudiaba en institutos y facultades de medio mundo hispanohablante, los grandes atractivos del repertorio verdiano: la polivalencia freudiana de sus personajes, la terrible y omnipresente vendetta, en este caso, el asunto de los hermanos perdidos e intercambiados de pequeños o al nacer, (ya muy visitado en la literatura grecolatina), los amores y emociones descontrolados, poco adaptativos como diría un psicólogo cognitivo conductual de nuestra época, más superficial que las teorías del genio vienés de Bergastrasse, las relaciones edípicas cargadas de significado y de drama, nunca resueltas, la muerte, simbolizada en la versión del Real, en un niño que pasea de lado a lado de la escena el símbolo inconfundible de la guadaña, que todo lo destroza y todo lo siega.

No faltan los apuntes protorracistas o francamente partidarios de la figura jurídica que hoy se denominaría “incitación al odio”, porque la protagonista desalmada del relato es una gitana, con toda la parafernalia con que los poco amigos de la diferencia, definen a la etnia de Juan de Dios Ramírez Heredia. Pero eran otras épocas, se supone, aunque no sea una excusa para el escarnio de un pueblo que lleva siglos asentado en la Península Ibérica. Hoy no se llevaría esta concepción social o estaría penada por ley, como se ha dicho, por ”pPolíticamente incorrecto”

El estreno de El Trovador, realizado en el Teatro del Príncipe el 1 de marzo de 1836, ha sido uno de los más recordados de la historia del drama español. Según las reseñas de la época, el mismo dramaturgo salió para recibir los aplausos del público. Escrito en prosa y verso, este drama de raigambre histórico tiene sendos nexos con el Macías de Mariano José de Larra.

Efectivamente, El trovador se considera una de las obras maestras del romanticismo español. Se inscribe en la vertiente liberal del romanticismo, visto que el trasfondo histórico de la obra radica en un conflicto entre una figura emblemática de la nobleza tradicionalista (Don Nuño, Conde de Luna) y un héroe marginado y humilde (el trovador, Manrique). 

Como muchas obras del teatro romántico y el universo habitual de la ópera, el final es desestabilizante, angustioso, un poco a la manera de las tragedias griegas, conocidas o intuidas a priori, aquí con un coro, el Intermezzo, dirigido por Andrés Máspero con la eficiencia, la fluidez, ese saber hacer que proviene de la comprensión del trabajo que se realiza cada día, con esfuerzos, sin improvisaciones y con mucho amor. Bravi sempre tutti e tutte.

Verdi fue quien tuvo la idea de componer una ópera sobre el tema de García Gutiérrez, encargando a Salvatore Cammarano la redacción del libreto. El poeta napolitano murió súbitamente en el año 1852, poco después de concluir el libreto, y Verdi, que deseaba hacer algunos añadidos y modificaciones, recurrió a la intervención de un colaborador de Cammarano, Leone Emanuele Bardare. Este, que trabajó bajo las precisas instrucciones del compositor, cambió la métrica de la canción de Azucena (de septetos a dobles quintetos) y añadió el cantable de Luna (Il balen del suo sorriso) y el de Leonora (D'amor sull'ali rosee ).

Esta obra quedó marcada por dos muertes fundamentales en su desarrollo, aunque de diversa índole: la muerte del libretista Cammarano y la de la madre de Verdi, que añadió esta pérdida, a la lista de sus grandes desgracias personales siendo aún joven: la de su mujer y sus dos hijos en escaso lapso de tiempo.

Si hay algo que caracteriza esta producción del Real es la entrega absoluta de los participantes en la concepción y puesta a punto de todos los elementos que la han convertida en una ópera conseguida y un proyecto ejemplar.

Así, habría que citar, también, que a menudo se olvidan, los responsables de la esgrima y las escenas de lucha escénica, Jesús Esperanza y Enrique Inchausti, que posibilitan las fintas y las peleas de los protaganistas, mientras siguen cantando.

Justo es citar a todos los actores y miembros del cast sin cuya actuación y eficacia se caería todo el entramado sobre el que descansa esta composición: Cassandre Berthon, en el papel de Inés, cumplida y generosa dama de Leonora, el Ruiz de Fabián Lara, el mensajero de Moisés Marín, la madre de Azucena, Sophie Garagnon, y el fantasma de la gitana, Saúl Esgueva y Eneko Galende y los actores Ariel Carmona, Alvaro Hurtado, Kike Inchausti, Javier Martínez, Xavier Montesinos, Miguel Ángel Moreiras, Giuseppe Romano y los niños David Carasa, Inai Galende, Darío Hernández y Cristina Sánchez.

Si ya hemos mencionado la fantástica actuación del coro, hay que reseñar el comedimiento y el cuidado del director musical, Maurizio Benini, atento no solo a los instrumentos, sino también a lo que sucede en escena. Sin grandes alharacas dirige y concierta con estilo una partitura difícil también por archiconocida y a unos protagonistas que están en todo momento al máximo de sus exigencias vocales y actorales.

Con un perfume a ópera del siglo XX, por lo respetuosa y clásica, pero con un sesgoinefable que nos habla de actualidad y absoluto presente, el director de escena, Francisco Negrín y su equipo de figurinistas e iluminación, Louis Désiré y Bruno Poet respectivamente, diseñan un espacio abierto, que contrasta con el clima fóbico de toda la partitura y el argumento.

Los cantantes son capítulo aparte: poderosa la interpretación en la gestión vocal de Ekaterina Semenchuk, enfundada en un simple hábito, con la cara tiznada y unos graves de enciclopedia, dota a su personaje, clave en la trama, de una hondura psicológica notable. Es musical, tiene plasticidad, es generosa en su hacer y comunica.

Leonora tiene la responsabilidad de ser uno de los goznes importantes del argumento. A cargo de María Agresta, es solvente, fiable en el desarrollo de las agilidades, con una capacidad vocal amplia y bien timbrada, buena técnica, fiato y fraseo. 

Ludovic Tézier compone un conde de Luna en su compleja malignidad, cuya pasión por Leonora nos induce a la compasión, por lo perdido y desesperado de su situación amorosa. Buena dicción para un no nativo, chorro de voz y excelente técnica, lo acompañan un tenor muy verdiano y delicioso, en instrumento vocal y capacidad teatral, Francesco Meli, que defiende un Manrico decidido, pero a la vez, tierno y entregado.

Y finalmente, last but not least, de una sorprendente galanura, recia y varonil, el Ferrando de Roberto Tagliavini, con una emisión hermosa y sólida como una roca, a destacar. Sorprendió y convenció a todos.

Gran do de pecho de todo los equipos que construyen la estructura minuciosa y volcada a la ópera en este caso del Teatro Real de Madrid, para un Trovatore que además fue ampliamente difundido en instituciones colaboradoras con esta producción verdiana que comienza el cierre de la presente temporada.

Con la sala llena, donde tal vez faltó adecuación de la climatización, porque hacía demasiado calor, el público aplaudió el despliegue y el esfuerzo de todos, aunque podría haber insistido más en los reconocimientos, pero fuera esperaban la Plaza de Oriente, los restaurantes y la sociedad de amigos y había que pasar a otra cosa.

Sin embargo, como decía Plauto al final de sus comedias, indicación que siguieron algunos de los dramaturgos del Siglo de Oro español, el nivel de excelencia es claro y evidente. Por favor, como os ha gustado el espectáculo, “aplaudite”. Encore. Encore.

 

 

Teatro Real de Madrid, 9 de julio de 2019, primero de tres elencos.

“Dramma” en cuatro partes

Música de Giuseppe Verdi (1813-1901)

Libreto de Salvatore Cammarano, basado en la obra de teatro El trovador (1836), de Antonio García Gutiérrez. Estrenada en el Teatro Apollo de Roma, el 19 de enero de 1853 Y en el Teatro Real el 16 de febrero de 1854

Coproducción TR con Opera de Montecarlo y La Royal Danish Opera de Copenhague

Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real

Elenco artistico

Director musical I Maurizio Benini 

Director de Escena I Francisco Negrín

Escenógrafo y Figurinista I Louis Desiré

Iluminador I Bruno Poet

Director del Coro I Andrés Máspero

Reparto

El conde de Luna I Ludovic Tézier 

Leonora  I Maria Agresta 

Azucena I Ekaterina Semenchuk 

Manrico  I Francesco Meli 

Ferrando I Roberto Tagliavini

InÉs  I Cassandre Berthon                                 

Ruiz I Fabián Lara                                 

Un mensajero I Moisés Marín

 



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