Una Turandot de la cual se esperaba más.



 


 

El Teatro Colón llevó a escena el único Puccini de la temporada. Turandot se espera que sea uno de los títulos con más convocatoria del año, y no casualmente va a contar con nueve representaciones. Si bien en el elenco hay varios nombres que hace algunos años podrían haber asegurado un Sold Out (lleno total) en el Met, por distintas razones acá no funcionaron tan bien como idealmente se esperaba.

 

Por Pablo A. Lucioni.
PH: 
Máximo Parpagnoli. 

 

Función de Abono Vespertino, 30/06/2019

 

El gesto parece honrar a un prócer de la escena argentina como Roberto Oswald, pero el reaprovechamiento de una de sus producciones, como ya ocurriera con la Tosca de 2016, obedece más a optimizar recursos que a una voluntad conmemorativa. Y más allá de que fueron exitosas, y que el público las sigue aprobando, no dejan de ser concepciones escénicas que ya tienen más de un cuarto de siglo. En este caso la reposición fue en cabeza de Matías Cambiasso apoyada por Aníbal Lápiz, el coequiper histórico de Oswald. Esta puesta, que luce en general, con una especie de sentido tangencial en las grandes escenas, respecto del trono y de donde luego viene Turandot en el Acto III, tiene la posibilidad de incorporar a las masas corales relativamente rápido, aunque luego queden en un estado bastante estático. Hay una importante presencia del dorado, y de un gong-marco circular en el centro visual de la escena, que es usado de distintas formas.

 

 

Esta era la primera vez que María Guleghina hacía una ópera en el Colón. Siendo una soprano spinto/dramática que ha cantado varias veces el rol, la diva ucraniana parecía ser una buena elección. Guleghina mostró una Principessa intensa sólo en los forte, que si desplegaba toda su voz, llenaba la sala, pero que la mayor parte del tiempo fondeaba como una voz opaca sin mayor proyección, algo que le restaba inclusive entendimiento. Su rol pareció fragmentario, con poco ángel.

El tenor lituano Kristian Benedikt, que tiene entre sus roles frecuentes Calàf, empezó más discretamente y después se afianzó a partir del Acto II. Tiene una voz de lindo timbre y con buena técnica, pero no le sobraba nada en dimensión y presencia para el escenario del Colón.

La Liú de Verónica Cangemi también mejoró respecto del arranque en el Acto I, pero si bien su registro medio y grave funcionaban bien, y tuvo buenos momentos cuando se desenvolvía en esa zona, la resolución de los agudos le fue siempre conflictiva, y lo logró sólo a base de artilugios técnicos, siempre de manera escasa.

El otro gran nombre que tenía la producción era el de James Morris, que hacía Timur. Con el personaje del depuesto rey de Tartaria funcionaba muy bien, dándolo de manera perfecta en escena y en voz.

El Ping de Alfonso Mujica se destacó, y así fue visto por el público, que lo aplaudió particularmente. El cantante uruguayo, que ha tenido algún rol solista con la OFBA hace un tiempo, ahora como el Lord Canciller de la corte fue vocalmente impecable y con buen desenvolvimiento.

El Emperador Altoum de Raúl Giménez fue escaso en voz para un papel que tiene que tener autoridad e importancia. En realidad, aquí también jugó en contra algo de la distribución espacial de esta producción, que lo ubicaba en diagonal en el extremo derecho, y que no sólo lo ponía muy alejado, además, con toda la escenografía abierta, no favorecía en nada la proyección de la voz.

La dirección musical estuvo en manos del rumano Christian Badea. Hubo algunas imprecisiones instrumentales, sobre todo en el armado de acordes y entradas conjuntas, algo que en realidad no es de responsabilidad plena del director. Su forma de marcar es bastante específica con los tiempos, pero así y todo, hubo algunos divorcios entre escena y foso. Las voces demostraron en general no ser particularmente generosas para la dimensión del Colón y la densidad de la orquestación pucciniana de esta amplia ópera. Badea en ese sentido estaba mucho más con el foco puesto en la elaboración orquestal que en lograr un balance más favorable a las solistas y permitir así una mayor exposición del drama. El coro, con una importante presencia en esta obra, funcionó bien.

Sin tener puntos particularmente flojos, la producción como un todo tampoco tuvo puntos muy destacados. Como espectáculo grandioso funcionó, pero como versión no tuvo nada que la haga memorable.

 

 

© Pablo A. Lucioni

 




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