Orquestas: Juvenil San Martín, Estable de Tucumán, Filiberto



 

Lectores de buena memoria recordarán que yo había mencionado estas orquestas en un artículo anterior, pero me quedé sin tiempo para escribir sobre ellas. Ahora lo hago, conscientemente demorado por múltiples cuestiones ajenas a la música. Son la Orquesta Juvenil Nacional José de San Martín, la Orquesta Estable de la Provincia de Tucumán y la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto.

Por Pablo Bardin.

 

ORQUESTA JUVENIL SAN MARTÍN

    La apelación completa me parece excesiva, con Juvenil San Martín basta. Ya saben los lectores de mis críticas que tengo gran respeto por el trabajo realizado a través de 25 años por Mario Benzecry y también que en años recientes la orquesta está cada vez mejor; y  a Benzecry se lo nota admirablemente activo y con aspecto mucho más joven que sus años reales (¿81 u 82?). Está programando obras que son un desafío; si pudo medirse con nada menos que “La Consagración de la Primavera” de Stravinsky y salieron airosos la orquesta y él, tuve grandes esperanzas de que la ardua tarea de ofrecernos “Así habló Zarathustra” (“Also sprach Zarathustra”) de Richard Strauss iba a dar a los oyentes una versión de calidad de este magnífico y extenso poema sinfónico; y así fue, salvo un accidente de la trompeta en un expuesto momento donde parece imitar el canto del gallo: quedó muy desviado en su afinación por dos veces (el mismo instrumentista tocó bien antes y después). Ya empezaron bien con ese magnífico “Amanecer” que usó Kubrick en “2001”; luego cada sector de la amplia orquesta (87 ejecutantes) demostró sus valores: una cuerda bien sonora y afinada, maderas gratas y exactas y bronces en general muy buenos, accidente aparte. Pero sobre todo un muy buen sonido global en los grandes climax, concentración y refinamiento en los minutos finales. De paso, si bien el órgano tiene asignadas pocas intervenciones, hizo una diferencia notable en el “Amanecer”, ya que Sebastián Achenbach activó el gigantesco órgano Klais. La desbordante imaginación straussiana nos lleva por contrastantes caminos Nietzscheanos; sin citarlos todos, “De los transmundanos, De las alegrías y de las pasiones, La canción de los sepulcros, La canción del baile”, para despedirnos con los sutiles sonidos de “La canción del noctámbulo”. En todo el transcurso Benzecry eligió los tempi y los fraseos adecuados y logró un rendimiento parejo y de gran rango dinámico. Hubo un buen trabajo de los violines solistas: Sophia Guanich y Emmanuel Barrios.

    Pero antes del “plato fuerte” hubo música sudamericana. Hace décadas que no escuchaba la Obertura en do menor de Celestino Piaggio (1886-1931); el material fue adquirido por préstamo del Instituto de Investigación en Etnomusicología, DGEART. Pero hubo una época en la que se recordaba esta obra con cierta frecuencia: yo asistí a las versiones de Prohaska con la Sinfónica Nacional (Agosto 1953), Märzendorfer con la Filarmónica (Noviembre 1953) y Calderón con la misma orquesta (Mayo 1966). Es una lástima que sea la única obra sinfónica de un autor poco prolífico, que fuera de esta Obertura de concierto de 1914 sólo escribió una Sonata para piano y un Homenaje a Julián Aguirre para el mismo instrumento, y algunas canciones en francés o castellano para voz y piano. Alumno de Williams y Aguirre, en París estudió con D´Indy en la Schola Cantorum, y su influencia es muy clara en la Obertura. La Gran Guerra lo  sorprendió en Rumania, donde se dedicó a la dirección de orquesta; volvió en 1921 a Buenos Aires para tomar la cátedra de composición en el Conservatorio Williams, y de 1922 a 1931 dirigió muchos conciertos, alternándose con artistas del prestigio de Erich Kleiber y Gregor Fitelberg. Conocí a su hermana, la gran pìanista Elsa Piaggio de Tarelli, y fuimos grandes amigos mi mujer y yo de la hija, Elsa Tarelli Piaggio. Volviendo a la Obertura, es una obra de calidad, con varios temas muy bien trabajados, y fue tocada con dedicación por los instrumentistas y Benzecry.

    Antes del intervalo escuchamos el Concierto para guitarra y pequeña orquesta de Villalobos con la solista María Luisa Harth Bedoya, peruana, discípula de Irma Costanzo, recitalista que también participó en conciertos con orquesta en países americanos e Indonesia, acompañante de Flórez y Alva y docente. Si bien la orquesta es pequeña, las trompetas se escuchan con frecuencia y a veces tapan la guitarra; no es del mejor Villalobos salvo en el movimiento intermedio, donde permite cantar a la guitarra melodías bien brasileñas. La artista tocó bien y con fineza; la orquesta estuvo correcta, salvo que quizá el director hubiera debido pedir a la trompeta que dosifique la dinámica de sus frases.  

    Al principio del concierto Benzecry contó que hay 400 orquestas juveniles (¿habrá incluido en ese número a las infanto-juveniles, que están en otro plano?), 35 de las cuales están en la Provincia de Buenos Aires; señal clara de que el método Abreu se ha expandido notablemente en Argentina. También dijo que dos miembros de su orquesta habían pasado uno a la Banda Sinfónica y otro a la Filarmónica de la CABA. Y luego se refirió a las obras, siempre útil ya que los programas de la Ballena nunca tienen  comentarios. Y de paso, nuevamente nos dejaron en penumbras en el intervalo; decididamente o no saben de gestión o lo hacen a propósito. El concierto tuvo lugar el Domingo 5 de mayo a las 11,30 hs.

 


 

ORQUESTA ESTABLE DE LA PROVINCIA DE TUCUMÁN

    Ese mismo día y anunciado para las 20 hs. pero empezado con demora se presentó la Orquesta Estable de la Provincia de Tucumán. Llegué media hora antes, como siempre en la Ballena, para poder sentarme en un buen lugar, pero me enteré que las primeras filas estaban reservadas para tucumanos de visita; mala idea porque son las peores entradas para un concierto sinfónico, pero así piensa el Ministerio, que nada sabe del tema.  Sucede que esta orquesta o no vino nunca o hace mucho que no venía a la Capital; no pude enterarme ya que NO HUBO PROGRAMAS DE MANO. Para mí por lo menos, era nueva. En todo caso, sí hubo discursos de funcionarios, muy contentos de haber sido programada la Orquesta por el CCK. Los datos básicos me habían llegado por mail y el joven director del organismo, Alejandro Jassan, habló brevemente y expresó la alegría de los músicos  por tener esta oportunidad. Pero claro está que no conté con el detalle de los ejecutantes, que hubieran estado en el programa de mano. A la vista no es una orquesta grande, no más de 60, pero las obras elegidas pueden tocarse con ese orgánico.

    El programa se inició con una obra de un  tucumano, Eduardo Alonso-Crespo; escribí recientemente sobre él y es un compositor tonal de notable técnica y considerable calidad. Esta vez se escuchó un poema cantado, “Date a volar”, op.26, nuevo para mí, y lo cantó la soprano Valeria Albarracín, una artista madura de esa provincia que no recuerdo haya venido antes a la CABA. No fiché quién fue el poeta y por supuesto, tratándose de la Ballena, no había subtítulos, pero me resultó agradable  y expresivo, cantado con fervor y buena voz.

    Siguió el Concierto Nº3 para violín de Saint-Saëns, obra de envergadura que se toca con cierta frecuencia y que da lucimiento tanto al solista como a la orquesta; me intriga conocer los otros dos, raramente grabados y aquí nunca tocados. Fue un solista seguro y musical Gustavo Mulé, también tucumano, a quien escuché varias veces como segundo violín del Cuarteto Amigos capitaneado por Haydée Francia. La orquesta acompañó correctamente.

    La muy conocida Sinfonía Nº9, “Del Nuevo Mundo”, de Dvorák, no es nada fácil. Aquí Jassan demostró que es un maestro de sólida preparación  y bastante ortodoxo en sus fraseos; los músicos respondieron con evidentes ganas de salir airosos, y lo lograron. Una versión sin grandes momentos pero resuelta con una lectura clara de los ritmos y de los fragmentos de mayor brío, así como la expresividad del segundo movimiento.  En suma, una visita positiva, que vuelve a reflejar la importancia de mantener el criterio de visitas provinciales a la CABA; éste es un país grande y sólo así, salvo que se tenga el privilegio de viajar al Interior con frecuencia, puede el porteño aquilatar cuál es el estado de la actividad sinfónica en nuestro amplio territorio.

 


 

ORQUESTA NACIONAL DE MÚSICA ARGENTINA JUAN DE DIOS FILIBERTO

    Nuevamente, opto por la brevedad: Orquesta Filiberto.  De tanto en tanto, su programación se sale de las orquestaciones de folklore o de tango y se programa música menos atada al crossover. Fue lo que ocurrió el 24 de abril en la Ballena. Hubo algo de crossover pero también de música que llamamos clásica o académica. Y lo confieso, me atrajo que dos de las tres obras fueron escritas por compositores con los cuales tengo una amistad; epistolar en el caso de Juan María Solare, con quien a raíz de este concierto pude compartir un café y charlar largo con él; y de amplia historia previa con Guillermo Zalcman, que fue colaborador de Tribuna Musical y a quien luego lo seguí durante esos muchos años en los que estrenó docenas de obras valiosas con su Orquesta Estudiantil, hasta que se jubiló.  

    Fue un programa corto, apenas 51 minutos, pero las tres obras fueron estrenos y ello obliga a más ensayos. La orquesta es chica, 41 ejecutantes, incluyendo 5 que en las sinfónicas no están: tres bandoneones, una guitarra y un charango; pero para este concierto, por “requerimientos de partitura”, como aclara el programa, se añadieron ocho: dos primeros violines, una viola, un violoncelo, dos cornos, un trombón, un percusionista.  Por otra parte, cada obra requirió un grupo distinto de instrumentistas, lo cual es bastante raro.

    Dirigió Gustavo Fontana, que pese a haber estudiado con Charles Dutoit entre otros ha tenido una carrera muy variada entre la música académica y diversas mezclas, incluso el rock, el  chamamé, el folklore de nuestro Noroeste o cantantes como Elena Roger. Integró el coro de niños del Colón, estudió trompeta con Osvaldo Lacunza y también en lugares tan prestigiosos como la Juilliard School o la Royal Academy of Music. Pero también fue director  artístico de la Filarmónica de Mendoza y la Sinfónica de Bahía Blanca y de las bandas sinfónicas de Córdoba y Buenos Aires; y dirigió orquestas de Sudamérica, de Mallorca y Bulgaria. En suma, un director ecléctico, muy adaptable y de sólida técnica.

    A su vez Juan María Solare es un compositor de base académica pero abierto a diversos estilos. A raíz de una beca vive desde hace diez años en Bremen, una importante ciudad alemana que tiene Ópera y una buena Sinfónica, y compone ya sea libremente o respondiendo a encargos varios. Siempre le interesó el tango (volveré sobre esto) pero también le gusta escribir melodías sentimentales y melancólicas, de muy buena factura (estuve escuchando un CD que me regaló  donde él mismo, que es buen pianista, da vida a estas melodías gratas y finas). Ignoro si se aventuró por caminos bastante más peligrosos y experimentales; pero yo defiendo al compositor tonal de calidad, y él lo es. Su Sinfonía del Río de La Plata dura unos 19 minutos y está escrita para cuerdas y doce instrumentos de viento, admirablemente manejados. Los títulos de los cuatro movimientos son muy personales: “Natural”, donde se destacan las trompetas, y luego aparece un tema bastante repetitivo; “Nómade” es melódico y lento, presentado por las cuerdas, y luego fagotes y trompetas con sordina; en “Introversión”, creo que en ¾, un motivo de apenas tres notas se escucha de variada manera, de inquieto modo, y aparecen campanas en un momento; “Fulminante” es el más largo y el que más se acerca al tango; solos de violoncelo resultan especialmente expresivos.

    Valentín Garvié es un gran virtuoso de la trompeta que estudió (lo mismo que Fontana) con John Wallace en la Royal Academy of Music de Londres, pero también se licenció en Dirección Orquestal en la UCA (donde yo estudié musicología y crítica). Especialista en música contemporánea, formó parte entre 2002 y 2017 del Ensemble Modern de Frankfurt y paralelamente fue trompetista y compositor residente del Ensemble de Jazz de Radio Hesse entre 2010 y 2017. Sus Cuatro piezas para trompeta y orquesta (unos 15 minutos) fueron una impresionante demostración de virtuosismo  en una obra que fue parte escrita y parte improvisada, como buen jazzman. Nuevamente los títulos fueron muy personales: “Takataka” se escuchó rápida e incisiva, con fuertes disonancias; “Marplas”, muy melódica, permitió apreciar la nobleza de su timbre; “Entremedio” nos llevó a una música dominada por la trompeta piccolo, con restallantes agudos y difíciles articulaciones; pero la mayor sorpresa vino en “Crossfire”, violenta pieza donde al final tocó simultáneamente dos trompetas en rápidas figuraciones. La orquesta complementó al solista pero pocas veces trabajó sola, apenas lo necesario para que Garvié pudiera recuperar el resuello.

    La Serenata para orquesta op.45, de Zalcman, fue menos tradicional de lo que yo suponía, conociendo sus gustos (esencialmente compositores tonales de 1850 a 1930); en efecto, el Preludio fue rápido y con bastante disonancias; el Nocturno estuvo más cercano a la nostalgia, melódico, con atrayentes intervenciones de vibrafón y violoncelo; sin embargo, la Danza final fue  nerviosa y angular, como si esta Serenata estuviera reflejando nuestra circunstancia actual. Eso sí, impecablemente construida y por otra parte reflejando la natural vehemencia del compositor.

    Claro está que no tuve partituras y que éstas son impresiones directas de lo que escuché; del mismo modo, los compositores  pueden juzgar las versiones mucho mejor que cualquier crítico, pero me parecieron bien estudiadas y dirigidas. Es el tipo de programa que desearía figurase más seguido en la Filiberto.

 
 



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