Panorama de nuestras orquestas



PH: Arnaldo Colombaroli.

Este artículo va a cubrir conciertos de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y de la Orquesta Sinfónica Nacional, la cual continua con sus reclamos ante la indiferencia del Estado.

 

Por Pablo Bardin.

 

ORQUESTA FILARMÓNICA DE BUENOS AIRES

    Enrique Arturo Diemecke es una paradoja: por un lado poses payasescas, comentarios absurdos,  como programador muy desparejo y dudoso, como director notable cuando la obra le es afín y tiene ganas de trabajar bien, o descuidado (sobre todo como acompañante) en aquello que no congenia con su temperamento o su estado de ánimo. En excelente estado físico y muy enérgico, es hombre orquesta con múltiples actividades fuera de la Argentina, lo cual le obliga a delegar en otros u otras cuando no está aquí. Pero hay dos autores donde si está en vena muestra lo mejor de sí mismo: Mahler y Richard Strauss. En la versión que ofreció de la monumental Tercera sinfonía de Mahler estuvo en el tope de su carrera, y con una Filarmónica inspirada y en espléndida forma, dieron una interpretación que sería  aplaudida en Londres o en New York con entusiasmo y sorpresa. Por algo días después recibió un premio en México como gran divulgador mahleriano.

    Ya la Segunda, “Resurrección”, había sido enorme y de tremendo impacto emocional. La Tercera es mucho más larga (una hora 40 contra la hora y 20 de la Segunda) y en cambio tiene menos participación vocal: una mezzosoprano, un coro femenino y un coro de niños, en vez de soprano, mezzo y amplio coro mixto. Claro está que el extremo monumentalismo lo tendrá la Octava, con siete solistas vocales y múltiples coros, raramente dada por su costo y gigantesca dificultad, sólo superada por una obra que nunca veremos, la Sinfonía Gótica de Havergal Brian. Aquí la estrenó Grzegorz Fitelberg en 1931, toda una proeza en una época que todavía daba muy pocas de las sinfonías mahlerianas pese al ferviente entusiasmo de Bruno Walter. En el primer semestre de 1973 yo compartía en el Colón la programación de la Filarmónica con Pedro Calderón, director titular; él proponía las obras que iba a dirigir y yo los programas para los otros directores. Y bien, Calderón, ardiente mahleriano, quiso exhumar la Tercera de Mahler y acepté entusiasmado, ya que tenía la grabación de Bernstein y había quedado impactado; la versión fue muy buena, y Calderón en años ulteriores volvió a la obra pero con la Sinfónica Nacional. Hubo otras dos interpretaciones de nivel: Franz-Paul Decker con la Filarmónica en su casi integral (la Octava no la pudo hacer porque el Coro del Colón era inflexible en sus horarios de ensayo, que no coincidían con la orquesta); y hace dos años, la admirable versión de Mehta con la Filarmónica de Israel con una mezzo que vino con él y los Coros Femenino y de Niños del Colón, facilitados por el teatro –esta vez sí. Los mismos que colaboraron esta vez con Diemecke.  Yo además tuve la suerte de escuchar una versión en Londres en el Albert Hall con la magnífica Orquesta Juvenil de Inglaterra en la serie veraniega de los Proms.

    La Tercera sigue siendo un gran desafío. Dijo Mahler: “Para mí crear una sinfonía significa construir un mundo con todas las herramientas técnicas disponibles. El contenido siempre renovado y cambiante determina la forma”. La Tercera es “un poema musical que abarca todas las instancias de desarrollo en orden progresivo”. “Empezando con la naturaleza inanimada, los movimientos retratan la vida vegetal, la de los animales, la del hombre, la de los ángeles, y finalmente la transfiguración de la vida a través del amor a Dios”, dice  David Johnson. El enorme primer movimiento (35 minutos) tiene un sorprendente título: “Se despierta Pan: marcha el Verano”. La descripción de Bruno Walter es memorable: “Con sus fanfarrias de trompeta, redobles de tambor, vulgaridades drásticas, enérgicos ritmos de marcha, con su majestuoso solo de trombón y trinos susurrantes de las cuerdas con sordina, más que compuestos parecen descriptos una abundancia de extraños eventos y pensamientos. Sólo están parcialmente explicados por el título”. Agrega (y coincido): “Dos climas opuestos básicos llenos de pánico” (en el sentido del dios Pan), “inflexibilidad primordial y salvajismo movido por la lujuria, se transforman en  una plétora de imágenes musicales”. Por mi parte, quiero insistir en la prodigiosa variedad de ideas nuevas de orquestación, al menos tan innovadoras pero distintas que las de Strauss. Ya el comienzo es único: nada menos que ocho trompas al unísono entonan una canción de marcha austríaca que es parecida a la gran melodía de cuerdas graves en el Finale de la Primera de Brahms. Más tarde un extenso solo de trombón entona una extraña melodía de raro poder sugestivo, y como contraste el concertino toca un tema alegre y simple. De modo libre estos elementos logran conformar una forma sonata que termina en páginas frenéticas para cerrar el movimiento.

    Después del cataclismo inicial, el segundo movimiento, “Lo que las flores me dicen”, es un encantador Tempo di menuetto lleno de sutilezas, aunque con un Trío bastante pícaro. El tercer movimiento, “Lo que me dicen los animales del bosque”, más bien se refiere a los pájaros, ya que los temas principales son el cucú  en clarinete y el ruiseñor en el Piccolo; pero hay un trasfondo triste en este scherzando ya que está basado en una canción de “Des Knaben Wunderhorn” sobre la muerte de un ruiseñor. Y otro factor aparece: una melodía de cuerno de postillón (generalmente tocado en trompeta) que recuerda a “Carnaval en Venecia” y cuya correlación con los animales resulta extraña. El cuarto movimiento es en realidad una canción metafísica: “Lo que me dice la Noche”, sobre un texto de Nietzsche de “Así habló Zarathustra”. Muy lenta y con grandes silencios, la mezzosoprano canta  un texto enigmático, que cito muy cortado: “¡Oh hombre! Profunda es su angustia, la alegría más profunda aún; ella quiere Eternidad”, y en esa frase la música se expande. El quinto, “lo que me dicen las campanas matutinas”, se inicia con júbilo; nuevamente es un texto de “Des Knaben Wunderhorn”. Los niños-ángeles cantan “Bim-bam” como campanas, y el coro femenino cuenta una pequeña historia: “Tres ángeles cantaron una canción tan luminosa que el Cielo tañó con delicia: San Pedro está liberado del pecado”. Pero el solo de contralto dice: “He roto los Diez Mandamientos; me voy llorando amargamente”. “Ten piedad de mí”. Y los “Bim bam” adquieren una triste pátina. Sin embargo el coro femenino dice a la pecadora: “Ama a Dios con corazón y alma si la alegría celestial es tu meta”. Y los niños: “La Sacra Ciudad de Dios enviará alegría sin fin”. Los dos coros: “El reino de Dios es nuestro a través de la salvación de Jesucristo”. Y llegamos al estupendo sexto movimiento: “Lo que me dice el amor”, ya sin voces. Dice Johnson, con razón: “es la música más bella y conmovedora que Mahler escribió, junto con el final de la Novena, el Adagio de la Décima y el cierre de “La canción de la Tierra”. La noble melodía de las cuerdas en valores largos va muy gradualmente hacia la extática y plena culminación con toda la orquesta. Aquí lo metafísico se siente como una realidad. Son 25 minutos extraordinarios.

    Es reconocida la fenomenal memoria de Diemecke, equiparable a la de Barenboim o Karajan. Con absoluta seguridad gestual y sin un átomo de vacilación, desplegó cien minutos de música con total control, en una interpretación muy respetuosa de la partitura, que siempre tuve delante mío. Y voy a destacar algunas cosas en la orquesta: la firmeza de las trompas; el rotundo solo de trombón; el nostálgico solo de trompeta (en vez del cuerno de postillón) apenas con un nimio desliz; la calidad de los primeros atriles de maderas; el bello sonido masivo de las cuerdas y especialmente la riqueza de timbre de violoncelos y contrabajos; la solvencia de la percusión.  Tocó bien el concertino invitado Nicolás Favero, aunque con un sonido algo parco. En el canto, el “Bim Bam” de los niños aunque correcto quedó algo apagado; el coro femenino se escuchó mejor y bien afinado. Y Adriana Mastrángelo es una muy buena mezzo en material que necesita de un timbre más oscuro, de contralto. Estas pequeñas reservas no obstan para considerar a esta Tercera de Mahler un punto alto del año sinfónico. Vale la pena resaltar que tocaron 122 músicos, 17 de ellos contratados para este concierto.

    

    El siguiente concierto de la Filarmónica contrastó por la modestia de las fuerzas necesarias y por su concentración en obras escritas entre hacia 1760 y 1816: preclasicismo, representado por Leopold Mozart (1719-1787), clasicismo por Wolfgang Amadeus Mozart (1756-91) y pre-romanticismo por Franz Schubert (1797-1828). El triestino Emmanuele Baldini, violinista y director, actualmente es concertino de la Sinfónica del estado de Sao Paulo. Dos curiosidades: en el mismo abono más tarde en el año actuará Cristian Baldini, director argentino que vive en Estados Unidos; y es extraña la cantidad de brasileños o europeos instalados en Brasil que contrata Diemecke; ¿motivo?

    Baldini estudió violín con Ruggiero Ricci y dirección con Karabtchevsky, que es brasileño; Baldini fue concertino de la Orquesta de la Scala y desde 2005 está en Brasil. Visitó el Colón dirigiendo la Orquesta Académica del ISA y desde 2007 es director de la Orquesta de Cámara de Valdivia, Chile.

    Si quien me lee estuvo en el concierto y tuvo intriga por conocer a Leopold Mozart como compositor, le anticipo mi opinión; es de segunda categoría, ni siquiera de primera B; como empresario de sus hijos fue exitoso y explotador. Una vez que Wolfgang llegó a la adultez cometió el error de seguir muy ligado a él, cuando su genio debía desplegarse solo. Sólo salieron once músicos (diez cuerdas y un  fagot) para tocar la Sinfonía burlesca de Leopold, en cuatro breves movimientos: Sinfonía (en el sentido preclásico de pieza inicial), Hanswurst (Minueto); Il signor Pantalone (Andante) y Arlecchino (Allegro). Hanswurst es una figura cómica del teatro alemán en los siglos XVI y XVII, y por supuesto los otros dos son de la commedia dell´arte. La obra apenas dura 12 minutos y es una aplicación de la técnica del momento sin la menor originalidad ni humorismo. Al menos hasta 2000 tenía dos grabaciones, del Conjunto Melkus y de la Orquesta de Cámara de Munich; presumo que aquí es una primera audición. El grupito sonó bien y el director conoce el estilo.

    Sólo cinco son los conciertos para violín autenticados de W.A.Mozart (el 6º es con seguridad un “a la manera de” muy posterior y el 7º es dudoso aunque suena más de época). El Nº1, en Si bemol, K.207, data de 1773 (17 años) y tiene influencia del estilo italiano. Los otros cuatro son muy superiores y datan de 1775 (sus 19 años).  Sin embargo, el Nº1 es siempre grato, si bien repite demasiado fórmulas de ese período. Allí se comprobó la sólida técnica de Baldini, con un sonido adecuado para esta música (no sé cómo se mediría con un concierto romántico); añadió algunos ornamentos, de buen gusto, y la orquesta, ya de un tamaño más normal (sólo cuerdas, oboes y trompas) colaboró con profesionalismo.

    La Sinfonía N    º4, en do menor, D.417, “Trágica”, es sin duda la mejor de las primeras seis de Franz  Schubert. Es asombrosa su madurez a los 19 años y todos los movimientos tienen una calidad genial; la nobleza melódica, los arranques rítmicos enérgicos y expresivos, la continuidad, la influencia beethoveniana asumida pero con un toque propìo, hacen de la Cuarta una obra de absorbente interés. Con una orquesta que respondió bien y una dirección claramente orientada, se tuvo una interpretación respetable, aunque sin la garra que p.ej. supo darle Antonio Russo hace ya bastantes años.  Un concierto bastante breve, de apenas 65 minutos, hubiera necesitado del agregado de algo más sustancioso en la Primera Parte. Por otro lado, es bueno que la Filarmónica pase del hiper-romanticismo mahleriano a estos estilos más límpidos y controlados. Grandes directores suelen decir que no hay como una sinfonía de Haydn para darle control y claridad a una orquesta. Bernstein pensaba y Rattle piensa así. Una objeción: por qué invitar a un virtuoso como Xavier Inchausti como concertino invitado en un concierto que no le permite ningún solo; vuelvan a invitarlo pero con un programa de envergadura que utilice sus talentos. Por otra parte, jubilada Haydée Francia persiste esta anomalía: tienen a un gran concertino como Pablo Saraví desde hace más de dos décadas pero no lo promueven al puesto de concertino principal, que bien lo merece.

 

ORQUESTA SINFÓNICA NACIONAL

    El concierto del 17 de abril fue dirigido por Rodolfo Saglimbeni, experimentado artista de gran actuación en su país pero que en años recientes ha trabajado bastante en Chile y Argentina. Antes de empezar hubo una nueva queja de la Sinfónica ante la indiferencia del Estado; varios desplegaron una larga bandera que enfatizaba que la orquesta sigue en crisis, y un señor muy correcto dijo que le iban a preguntar a Avelluto qué destino le iba a dar al dinero de la Sinfónica proveniente de la resolución positiva del Congreso de inyectar nuevos fondos, ya que pasan las semanas de la temporada sin que se sepa nada. Luego Saglimbeni suplió la falta de información de los deplorables programas de mano de la Ballena  presentando con buen criterio las obras que se iban a escuchar en un programa atrayente.

    Tiempo atrás comenté que Eduardo Alonso-Crespo es de nuestros mejores compositores tonales, y esto volvió a resultar claro con el estreno local de “El valle de los menhires”, tres movimientos expresivos y bien escritos sobre ese valle del Tafí que tiene una notable colección  de menhires; hubo variedad, inteligente orquestación y sentido melódico y armónico, así como coherencias en la forma. Y la Orquesta tocó con calidad.

    Se escuchó luego el menos difundido de los conciertos maduros de Dvorák, el de piano. Los veteranos podemos recordar la magnífica versión de Firkusny y en grabación a Sviatoslav Richter y al mismo Firkusny. De gran virtuosismo, sólo está al alcance de técnicas muy desarrolladas y manejadas con fuerte control; el argentino Emilio Peroni (un hermano suyo es violista en la Sinfónica) está radicado en Alemania desde hace largo tiempo y allí tiene una carrera muy sólida como concertista y docente. El concierto tiene menos belleza que el de violoncelo e incluso que el de violín, con demasiado ornamento y más lisztiano que brahmsiano, con menos interés melódico y estructural, pero sigue siendo una obra válida y digna de escucharse de vez en cuando. Y en las privilegiadas manos de Peroni todo pareció fácil y sin exageraciones, siempre límpido, sin ensuciar las endiabladas figuraciones, con volumen suficiente; por su parte Saglimbeni acompañó con prestancia y la orquesta colaboró con entusiasmo y precisión.    

    Coincido con el director; la Segunda sinfonía, “Pequeña Rusia”, de Tchaikovsky, es una muy valiosa obra, la mejor de las tres primeras, a mi juicio todas atrayentes y que no se deben olvidar. “Pequeña Rusia” es Ucrania y no está de más recordar que la historia rusa empezó en Kiev; ahora son independientes y ojalá sigan siéndolo ya que tienen grabado el casi genocidio que cometió Stalin contra ellos. Pero volviendo a la música, es realmente muy interesante. El comienzo lento en menor es muy dramático y el Allegro siguiente tiene una estructura muy trabajada y una notable orquestación. En vez de un movimiento lento, hay una marcha Allegretto humorística de gran encanto, sigue un scherzo con un tema rítmicamente innovador; y sólo sobre el final del brillante último movimiento puede pecar el compositor de rimbombante. En la interpretación la orquesta demostró estar muy bien preparada a pesar de que tuvieron un ensayo de menos, y Saglimbeni demostró ser un músico de primera agua  que logró una empatía evidente con los músicos.

    Razones varias de salud y de finanzas me han atrasado, y paro aquí; las otras orquestas serán analizadas en otro artículo; de modo inmediato después de este artículo vendrá el de la Sinfónica de Londres.

 



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