El Colón estrena "Un tranvía llamado deseo" de Andre Previn



PH: Arnaldo Colombaroli

La puesta fue valiosa. Después de larga ausencia la tuvimos de vuelta a la argentina Rita Cosentino, que ha trabajado mucho en Europa, y que demostró mucho conocimiento del estilo adecuado y notable manejo de personajes.

El director de orquesta fue el irlandés David Brophy. La Estable respondió muy bien a una conducción conocedora y profesional; la música se oyó bien ensayada, con texturas y ritmos bien americanos, tocada con soltura y cohesión, incluso en esporádicos elementos derivados del jazz.

Por Pablo Bardin.

 

A mí, como a tantos otros de mi generación, “A Tramway named Desire” (“Un tranvía llamado Deseo”) de Tennessee Williams me refiere a la película de Elia Kazan en la que Marlon Brando se consagró como gran estrella haciendo del polaco Stanley Kowalski y Vivien Leigh como Blanche Dubois agregó otro gran personaje sureño después de “Lo que el viento se llevó”. Pero conviene agregar que fue Kazan quien estrenó la pieza original y fue allí donde Brando se reveló como gran ejemplar del Actors Studio, esa escuela tan influyente de interpretación natural y directa. No tuve el placer de poder apreciar esa pieza ni en inglés ni en castellano, de modo que fue la pelicula lo que me marcó y la vi varias veces; me convertí en entusiasta de Kazan, que también tuvo a Brando en “Nido de ratas” y “Zapata”.

            Hará una década tuve ocasión de conocer la ópera que con texto de Philip Littell había creado André Previn (su primera ópera, escrita a los 68-69 años) en una notable versión DVD con la gran figura de Renee Fleming, magnífica en su Blanche, y me impresionó bien, aunque sin entusiasmarme más allá de esa gran artista en su plenitud. En la versión en CD de 1998 la Orquesta de la Ópera de San Francisco fue dirigida por el autor, Kowalski fue Rodney Gilfry, Elizabeth Futral interpretó a Stella y A.D.Griffey a Mitch; no estoy seguro de si esos datos son idénticos en el DVD (lo vi en casa ajena).

            Creo que la mejor pieza de Williams es “El zoológico de cristal” (“The Glass Menagerie”), 1944, vista aquí en castellano en buena versión, ya que están sus conflictos sin la exageración cada vez mayor de las posteriores y además hay una sutileza que luego fue desapareciendo, aunque está todavía en varios pasajes de “Un tranvía…”, de 1947 (Premio Pulitzer). Varias fueron trasladadas al cine, no sólo estas dos; vale la pena mencionar “Summer and Smoke” (“Verano y humo”), “The Rose Tattoo” (“La rosa tatuada”), “Cat on a hot tin roof” (“El gato sobre el tejado de zinc caliente”), 1955, duro drama que vi en Broadway y en cine y que también ganó el Pulitzer. Varias más fueron películas con grandes estrellas y contenidos cada vez más sórdidos. 

            El mundo de Tennessee (verdaderos nombres Thomas Lanier) es el Sur de la inmediata posguerra y lo que le interesa es explorar las psicologías de personajes del pueblo. Desire (Deseo), curiosamente, era realmente el nombre de una parada de tranvía en el New Orleans de entonces. En su infancia Blanche y Stella Dubois vivieron en cierta opulencia en una gran propiedad, Belle Reve, pero la muerte del padre y la codicia de parientes terminó con todo eso y las hermanas tomaron caminos distintos; Stella  fue a New Orleans y se casó con un  obrero de raigambre polaca, Stanley Kowalski; Blanche cae en la pobreza y tras años de ausencia llega a la casa de Stella pidiéndole asilo. Sólo tres mediocres y pequeños ambientes: un comedor-estar, un dormitorio y un baño. Blanche aparece de sopetón y si bien Stella la quiere y trata de defenderla, el violento contraste entre una ex mujer rica que en la miseria no perdió sus ínfulas y que pone de relieve la pobreza y mal gusto de Stanley, hombre sensual y rudo cuya gran diversión es jugar  al poker con amigos y alcohol, no tarda en provocar enfrentamientos. Pero Kowalski investiga y al final queda claro que Blanche ha seducido a muchachos y su mala reputación hizo que la echen de otra ciudad, Laurel. Stanley se enoja con Stella y borracho la golpea; luego, ya sobrio, recapacita, y con  grandes gritos de “Stella”, logra que ella lo reciba y que hagan el amor; Stella sabe de la vulgaridad de Stanley, pero también que él la quiere y no la engaña.

            En una trama paralela un amigo de Stanley, Mitch, va cortejando a Blanche; ella gradualmente va contándole cosas de su vida, incluso un momento crucial, el haberse casado a los 16 años con un muchacho de 18, haberlo sorprendido en unión carnal con otro hombre y haber provocado (ella cree, arrepentida) el suicidio del muchacho. Más tarde, al enterarse por Stanley de lo acontecido en Laurel, Mitch corta relaciones con Blanche.  Antes Stanley en el día del cumpleaños de Blanche le “regala” un pasaje de ferrocarril para que se vaya de la ciudad. Esto y la ruptura con Mitch desequilibran la razón de Blanche; y luego en un acto de ira Stanley la viola. Al final, un médico y una enfermera la llevan a un asilo mental; dependerá de “la bondad de los extraños”.

            El berlinés Previn (en realidad, Priwin) tuvo una amplia y variada carrera; autor de la música o de los arreglos orquestales de gran cantidad de musicals cinematográficos como “Gigi”, notable pianista de jazz,  pasó luego a ser un muy reconocido director de orquesta con gran cantidad de grabaciones, llegando a ser titular de la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Los Angeles y la Royal Philharmonic Orchestra.

            Tras “Streetcar” escribió otra ópera, “Brief encounter” (cuyo tema fue notable película inglesa de la inmediata posguerra) y a su reciente muerte dejó terminada “Penelope”, ópera de cámara que se estrenará en Tanglewood.

            En cuanto al libretista Littell, conservó las situaciones dramáticas principales pero redujo las 17.000 palabras de Williams a 7500 y eliminó personajes secundarios. Es un buen libreto, dando fiel imagen de Blanche, Stanley y Stella; sólo parece demasiado neutro y débil Mitch. Tanto poética como musicalmente, lo mejor es la tercer aria de Blanche, “I want magic!”.  En cuanto a la música, es admirable la calidad de orquestador de Previn, la riqueza de ideas de los interludios orquestales, y el clima que logra con la aparición de la mujer mexicana y su fantasmagórica voz en off, creando un clima de angustia y posible muerte. Pero mucho es recitativo correcto, palabras entonadas sin mayor relieve musical. Sin embargo, la exaltación del relato autobiográfico de Blanche y la creciente rudeza de Stanley están dados  con realismo, y la bella melodía de Stella en un momento tenso logra alivianarlo.

            En suma, este estreno es plausible, pero óperas del siglo XX muy importantes  siguen sin conocerse aquí; basten tres ejemplos: Hindemith, “Mathis der Maler”; Henze: “Der Junge Lord”; Britten, “Billy Budd”. Y agrego una obra de Estados Unidos: “Vanessa” de Barber. Y otra de Janácek: “De la casa de los muertos”. Descarto por dificultad de idiomas notables óperas de Finlandia o las danesas de Nielsen.

            La puesta fue valiosa. Después de larga ausencia la tuvimos de vuelta a la argentina Rita Cosentino, que ha trabajado mucho en Europa, y que demostró mucho conocimiento del estilo adecuado y notable manejo de personajes, salvo una débil escena de violación, poco sugerida.  Y tuvo un equipo local de calidad: Enrique Bordolini supo dejar de  lado su natural tendencia a las grandes escenografías y en cambio propuso tres habitaciones simples, con detalles de época, y en el fondo carteles lumínicos de lugares de entretenimiento; Gino Bogani, tan hábil para lo lujoso, aquí deja todo bien simple salvo para Blanche, con ropa recargada de pobre con pretensiones de rica; y José Luis Fiorruccio se atiene a luces muy controladas y en general tenues. Y se añade algo muy imaginativo: el diseño de videoescena de Álvaro Luna, que en ciertas partes crea un clima atemorizador.

            El director de orquesta fue el irlandés David Brophy (debut), cuya labor se desarrolló básicamente en su país de origen, donde dirigió esta obra. También ha tenido considerable carrera en Estados Unidos, con orquestas como la Sinfónica de Pittsburgh o la Sinfónica Nacional de Washington. La Estable respondió muy bien a una conducción conocedora y profesional; la música se oyó bien ensayada, con texturas y ritmos bien americanos, tocada con soltura y cohesión, incluso en esporádicos elementos derivados del jazz. De paso, esta ópera no tiene coro.

 

 

            El folleto anual anunciaba a Daniela Tabernig como Blanche, pero fue reemplazada por Orla Boylan (debut). Especulo que puede haber sido por la muy difícil y cercana labor que hizo en “Powder her face” de Adès. El rol de Blanche es muy demandante y extenso y en los dos casos se trata de mujeres maduras  con una fijación sexual que han sido ricas y pasaron a ser pobres; quizá no tuvo tiempo suficiente para asimilar tanto texto y tanta música. En cuanto a Boylan, ha tenido una carrera importante, pese a que su nombre no ha trascendido aquí, pero debemos admitir que estamos en general muy mal informados, salvo  ese pequeño grupo que hace viajes operísticos año tras año. Boylan, irlandesa, cantó en famosos teatros roles como Arabella, Ariadne, Tosca y Turandot. Es una voz grande con bastante vibrato (lo fue domando), conoce muy bien el personaje y lo cantó con creciente intensidad para lograr

sus mejores momentos  en el aria autobiográfica en la que cuenta el suicidio de su joven amante, y su aria del Tercer Acto, unida al mar, poética y sutil (lo único que fue aplaudido separadamente). Actúa bien pero carece de carisma y su físico es algo amplio para un rol que necesita  belleza (cómo olvidar a Fleming). Impresionó muy bien David Adam Moore como Stanley: voz firme y poderosa, capacidad de actor, buen físico, dio un retrato convincente del personaje. Él también ha trabajado largamente en teatros  como La Scala, el Met y Covent Garden, y tiene nada menos que 60 roles en su repertorio.  Si bien la voz de Sarah Jane Mahon no es muy sonora, tiene un grato timbre y canta afinada y  con seguridad; además se mueve bien y con simpática presencia. Carrera sobretodo americana, también cantó en Munich y Viena. Según la biografía de Eric Fennell, nacido en Pennsylvania, cantó roles más bien líricos como Rodolfo o el Duque de Mantua en teatros americanos y algunos europeos. Si bien Mitch es  un personaje dominado por Blanche y tiene poco que cantar, su manera apática lo colocó más relegado que lo necesario; su timbre no atrae. Fennell, Mahon y Moore debutaron; en cambio, Victoria Livengood hizo aquí “El Cónsul” de Menotti en 1999 (la secretaria) y  “The Rake´s progress” de Stravinsky en 2001. Interpretó más de 100 roles en variados lugares y cantó 125 veces en el Met. Ahora hizo Eunice, la vecina de Stella, que varias veces la ayuda y reconviene a Stanley; la voz está algo áspera, pero el personaje lo hizo con soltura. Darío Leoncini (Steve Hubbell, jugador) y Joaquín Tolosa (Pablo Gonzales) completan la mesa de poker con Stanley y Mitch. Pablo Pollitzer hace de joven diariero que debe sortear un intento de conquista de Blanche;   tiene la experiencia para salir del paso. El elenco se completó con la mezzo Alicia Ceccotti como Mujer  Mexicana y Enfermera y con la sobria presencia de Eduardo Marcos como Médico.

 




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