La Ópera de Cámara del Teatro Colón repuso Powder her face, de Thomas Adès



PH: Máximo Parpagnoli

La Ópera de Cámara del Teatro Colón repuso Powder her face que presentó por primera vez a fines del año pasado en el Teatro 25 de Mayo. La obra, compuesta por Thomas Adès con libreto de Philip Hensher en 1995, ya es un clásico de  la ópera contemporánea.

    

Por Magalí Fernández.

 

El libreto está basado en la historia de Margaret, duquesa de Argyll, famosa dentro de la nobleza británica por protagonizar un escándalo sexual en la década del ‘60. El recuento de amantes realizado durante el juicio de su divorcio llegó a 88 e incluía ministros, miembros de la realeza y estrellas de Hollywood. Entre las pruebas, se destacó la foto de la duquesa practicándole sexo oral a un hombre a quien sólo se le ve el torso pues su rostro fue dejado fuera de encuadre.

    La obra comienza con la duquesa en decadencia, ridiculizada por los empleados del hotel en que se hospeda, y muestra su vida a modo de flashbacks hasta llegar al momento final en que la expulsan por falta de pago. Aparecen en medio escenas de distintas épocas: el divorcio de su primer marido en los ‘30, su vínculo con el Duque, una escena sexual con el empleado de un hotel, el momento en que su marido comprueba sus affaires, el juicio y su presencia en los medios de comunicación y la opinión pública general. Este retrato de una mujer que vive en una fantasía extravagante es tomado para hacer una crítica mordaz tanto de clase (“no se ve feliz, se ve rica”, dice la camarera en la primera parte) como de género (el Duque, con su amante, furioso por el comportamiento sexual extramarital de su esposa).

    Las partes vocales son de altísima exigencia tanto dramática (tres cantantes interpretan en total a más de 10 personajes) como técnicamente. Los recursos deben extenderse para llegar al extremo de la caricatura: hay pasajes líricos, momentos más cercanos a la voz hablada (gritada o susurrada), risas y hasta la representación cantada de una felación. Los cuatro cantantes estuvieron ampliamente a la altura. Daniela Tabernig sostuvo de manera contundente la intensidad y profundidad del personaje de la Duquesa, Oriana Favaro fue notoriamente dúctil y divertida (habitando la voz y la corporalidad de cada personaje), al igual que Santiago Burgi y Hernán Iturralde.

    Lo mismo cuenta para la orquesta. La parte orquestal, magistralmente compuesta, evoca diferentes estilos, épocas o tópicos. Parece escucharse, por momentos, un tango de Gardel, una comedia musical, algún fragmento de Kurt Weill, una pieza Stravinsky o una de Piazzolla. La música, entonces, transita los momentos históricos en que ocurren las acciones y los climas de las diferentes escenas caracterizando a los personajes también paródicamente. En todo sentido, tanto el director musical, Marcelo Ayub, como los músicos, fueron precisos y contundentes en términos técnicos y expresivos.

    Por otra parte, la escenografía a cargo de Noelia González Svoboda, la iluminación de Horacio Efron y el vestuario, de Luciana Gutman, fueron sobrios y ofrecieron el espacio y los elementos para que el grotesco operara principalmente a raíz de la música, el texto y el movimiento de los cantantes-actores. En relación con esto, se destaca el trabajo del director de escena, Marcelo Lombardero. La obra muestra un trabajo de enorme inteligencia en la integración de estos materiales tan complejos, densos y actuales. En ese sentido, además, la decisión de poner en cartel una ópera como esta, que pone en juego problemáticas vigentes como las relacionadas a la inequidad de género es una decisión acertadísima.

 



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