¿Cuál es la obra más difícil de tocar?



 

 

La apreciación del arte depende de muchos aspectos, hay tantas maneras de contemplar una obra como personas en el planeta. No obstante, es inevitable sentirnos asombrados cuando escuchamos -y observamos- a un intérprete resolver una compleja pieza musical. La mandíbula se nos cae cuando vemos las manos de Martha Argerich deslizándose sin aparente esfuerzo por las imposibles partituras de Rachmaninoff o Prokófiev.

 

Por Iván Gordin.

 

Sí, el virtuosismo llama nuestra atención, ¿pero qué quiere decir que una obra sea “compleja”? ¿Es el dominio de los factores como la velocidad, el tempo, la extensión, la afinación y el carácter? ¿Existen verdaderamente obras “imposibles”? ¿Cuál es la obra más difícil de tocar? En este artículo intentaremos responder estos interrogantes, espero que no se nos complique demasiado.

Para empezar, debemos entender qué significa realmente el virtuosismo dentro de la música. La etimología de la palabra nos indica que su raíz proviene de virtus, que quiere decir mérito/valor. Le otorgamos un valor estético y moral a la capacidad de realizar algo difícil. Este proceso conlleva sentimientos similares a los que empleamos cuando observamos, por ejemplo, a un funambulista caminando por un cable altísimo. Sentimos miedo, adrenalina, asombro y alivio cuando admiramos estas hazañas extremas. Esta es la razón por la cual la decepción nos invade cuando nos enteramos que alguien hace playback o tiene la ayuda de algún otro recurso tecnológico. En otras palabras, nos gusta escuchar el “sudor” de la interpretación. Entonces, para poder contestar: “¿Cuál es la obra más difícil de tocar?” primero debemos entender que existen dos tipos de virtuosismos, el físico y el conceptual.

El virtuosismo físico consiste en el nivel de complejidad técnica necesaria para ejecutar una determinada obra. Ahora bien, es tramposo poder definir cuál sería el rango de dificultad alcanzada, ya que cada persona nace con diferentes atributos. Por ejemplo, una soprano podría resolver con cierta facilidad el aria de La Reina de la Noche de Mozart, mientras que para un cantante barítono sería una tarea imposible; y viceversa si la cantante tuviera que interpretar octavas por debajo de su registro. Como verán, en este caso, no habría una respuesta clara a nuestro interrogante. Entonces, aquí entra en juego la dificultad conceptual, es decir una pieza que a los intérpretes les cueste pensar, pero que a su vez sea físicamente desafiante.

 

 

Un ejemplo de este virtuosismo físico y conceptual serían los 24 Caprichos para violín de Niccolò Paganini. Básicamente una obra que se compone de todas las proezas técnicas de dicho instrumento. Durante un tiempo, Paganini fue el único músico capaz de tocar estos caprichos, pero con el transcurrir de los años y el desarrollo de las capacidades técnicas de los músicos, cada vez más gente pudo ejecutarlos. Cuando una composición se hace conocida entre la comunidad musical, paulatinamente, resulta cada vez más fácil de conceptualizar.

 

 

Otro ejemplo de ello, es La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, pieza que presenta una importante complejidad rítmica y armónica, con sus polirritmias y tonalidades solapadas. Pero que en la actualidad es parte común del canon orquestal y es normal escucharla en ensambles juveniles.

 

 

Entonces, si buscamos la música más compleja, necesitamos hallar alguna que todavía no esté en la conciencia colectiva o en el inconsciente colectivo del ambiente musical. Existen varios casos, por ejemplo Failing, una pieza solista para contrabajo y palabra hablada o la música de Brian Ferneyhough, un compositor con partituras que parecen estar escritas intencionalmente para no ser comprendidas por un ser humano. En los últimos años han surgido expresiones que empujan el límite de lo musicalmente concebible, pero sí, existe esa pieza imposible, una obra tan compleja en su concepto y ejecución que podemos adjetivar como “la más difícil de tocar”. La pieza en cuestión es Séptimo cuarteto de cuerdas de Ben Johnston y su dificultad se resume a un aspecto: la entonación armónica. El compositor predispone con una partitura con cientos de subdivisiones armónicas y microtonos que son casi imposibles de escuchar, y más aún, de tocar.  La precisión física y conceptual es lo que ha llevado al Kepler Quartet a ensayar por más de una década con el objetivo de ejecutar este cuarteto.

 

 

Esto fue todo por ahora, espero haber respondido todas sus dudas y un poco más.

 

PD: Este artículo fue inspirado por el trabajo del músico y docente estadounidense Adam Neely. Debajo encontrarán un video en inglés con más información sobre el tema.

 

 




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