Panorama final de conciertos orquestales argentinos



           Este panorama cubrirá tres conciertos de la  Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, uno de la Sinfónica Nacional, uno de la Juvenil Nacional José de San Martín y uno de la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto. Queda para otro artículo uno de la Sinfónica Nacional de música contemporánea.

 

Por Pablo Bardin.

 

PH: Arnaldo Colombaroli

 

ORQUESTA FILARMÓNICA DE BUENOS AIRES

            Un problema familiar me impidió asistir al concierto Nº15 del abono el 18 de Octubre, pero el programa me interesaba y asistí al ensayo general matutino en la sala grande del Colón. Lo creo legítimo cuando el solista invitado es un ejecutante, no si se trata de un cantante, que suele “marcar” para no desgastar su voz. Y no lo acepto para ópera por la misma razón. En la Primera Parte el solista fue el notable primer oboe de la Orquesta, Néstor Garrote, en dos obras disímiles. El director invitado fue el talentoso chileno José Luis Domínguez. Doce años director residente de la Filarmónica de Santiago, es frecuente director de la Ópera de Saint-Étienne y actualmente director artístico de la New Jersey Symphony.

            Jean Françaix (1912-97) tuvo una natural predisposición humorística  bastante en esa línea de Francis Poulenc y su escritura fue neoclásica y muy segura. El estreno de “L´horloge de Flore” (“El reloj de Flora”) resultó una grata ocasión de familiarizarse con su  muy profesional música, de gusto impecable. Esta obra es una Suite para oboe y orquesta y su nombre proviene del “reloj floral que diseñó el botánico sueco Carl Von Linné (1707-78), quien estudió las horas  del día en el que distintas especies abrían y cerraban sus pétalos: un reloj natural empleando 24 especies de flores distintas que marcarían la hora según la apertura de sus pétalos”. Sus muchos y esenciales estudios botánicos los escribió en latín como Carolus Linnaeus. El compositor eligió siete horas  ilustradas con breves comentarios musicales en 16 minutos. Se inicia  a las 3 con “Galant de jour” (“Galante de día”, curioso porque no hay día a esa hora), “melodía suave y serpenteante”. Sigue a las 5 “Cupidon bleu” (“Cupido azul”), más animado, donde el oboe dialoga con el clarinete y el fagot. “Cierge à grandes fleurs: 10 hs” (“Cirio de grandes flores; 10 hs”) es sencillo y poco variado. “Nycanthe du Malabar: 12 hs” (“Nicanto del Malabar: 12 hs”), zona del Indostán (India); brillante y festivo, es uno de los mejores números. En cambio, “Belle de Nuit: 17 hs” (“Dondiego de noche: 17 hs”) es el más estático; nada que ver Buñuel y Deneuve. “Géranium triste: 19 hs” es un diálogo entre el oboe, la flauta y el clarinete. Un final vivaz con un oboe muy agudo cierra la serie: “Silène noctiflore: 21 hs”. Música fresca y digna de conocerse, tuvo en  Garrote a un solista refinado y exacto, bien acompañado por una orquesta de cámara.

            Si bien se trataba de un ensayo, Garrote tuvo la deferencia de explicar al público  cuál es el sentido de la obra que estrenó a continuación: “Chemins IV” (“Caminos 4”) (“Sequenza VII) para oboe y 11 instrumentos de cuerda, de Luciano Berio. Son reinterpretaciones de sus 14 Sequenzas  (no 19, errata en el comentario del programa) “que exploran las capacidades técnicas y expresivas de cada instrumento” (incluso la voz humana). Las escribió entre 1958 y 1981 y tengo un excelente álbum de tres CDs en el que el de oboe, que data de 1969, es interpretado por Laszlo Hadady; todos son miembros del ensemble Intercontemporain y está grabado en Deutsche Grammophon. Los amplios comentarios son del propio compositor, y esto dice de la Sequenza de oboe: “Está habitada por un permanente conflicto entre la extrema velocidad de la articulación instrumental y la lentitud de los procesos musicales que sostienen el progreso de la obra, que busca una polifonía virtual”. Un si natural oficia de tónica y está presente con insistencia, tanto en la Sequenza como en el Chemin. “Chemins IV” data de 1975 y lo grabó el mismo Hadady  con el Ensemble Intercontemporain dirigido por Boulez. Sus casi doce minutos (contra los siete minutos de la Sequenza) son muy complejos y densos, de extrema dificultad para el solista: Garrote demostró ser capaz de esa articulación a la que se refiere Berio y venció el desafío con toda solvencia; y las cuerdas, bien preparadas por Domìnguez, agregaron sus opuestas texturas con momentos muy intensos.

            En mi infancia conocí  “Triana” y “El Puerto”, números de la extensa serie “Iberia” de Albéniz, en los brillantes y castizos arreglos de Enrique Fernández Arbós y en sus propias versiones al frente de la Sinfónica de Madrid. Domínguez presentó los cinco arreglos, que son los dos nombrados además de  la poética “Evocación” inicial, la brillante “El Corpus en Sevilla” y el muy gitano “El Albaicín”, que es un barrio de Granada. “Triana”, tan pegadiza, es una frecuente pieza fuera de programa de Zubin Mehta, y “El Puerto” es rítmico y sugerente. Raramente se los escucha en serie y resultó una buena idea,  dirigida por Domínguez con adecuada comprensión y tocada correctamente por la Filarmónica. El director contó que hizo algunas correcciones en “El Albaicín”.  Décadas más tarde una grabadora quiso completar la serie de doce y le pidió a Carlos Suriñach que orquestara las otras siete; lo hizo con criterio más moderno tanto en la armonía como en la orquestación. Pero por gratas que sean las orquestaciones, es impresionante escuchar la enorme obra de Albéniz en piano, como fue concebida, y finalmente llegó el día en que Alicia de Larrocha la tocó en forma inolvidable en Buenos Aires. Poco después compré su grabación. En su autobiografía Artur Rubinstein, que tocó la obra en España con gran éxito, confesó que simplificó algunos acordes demasiado complejos.

            El concierto Nº 16 tuvo lugar el 15 de Noviembre y pude apreciarlo parcialmente ya que fila dos a la izquierda es bastante malo para un concierto sinfónico (a la derecha, todavía peor); parece que Boletería no libera buenas entradas para periodistas…El teatro estaba rebosante y se entiende: nadie vende mejor que Beethoven y además debutaba aquí el Trío Maisky en el Triple Concierto. El año pasado en la Ballena se presentó por primera vez el famoso violoncelista Misha Maisky con su hija, la pianista Lily Maisky, que impresionó muy bien. Él ya es veterano, pero en años más jóvenes nos había visitado solo y es muy conocido por sus grabaciones, en especial las Sonatas de Beethoven para su instrumento y piano, con Martha Argerich. El artista letón conserva buena parte de su virtuosismo  y de su carácter intenso y apasionado y naturalmente lidera el Trío (generalmente los tríos están liderados por el o la pianista) pero su hija responde con similar energía y brillantez técnica. No así el violinista Sasha Maisky, más joven y todavía comparativamente limitado en sus medios, tocando correctamente pero sin empuje. ¿Soy cínico si pienso que parte de la popularidad de Misha Maisky entre los jóvenes está en su aspecto hippie?

            En mi experiencia Diemecke es bastante desparejo dirigiendo Beethoven pero esta vez su comportamiento fue positivo. Dio carácter a la parte orquestal del Triple Concierto y acompañó con cuidado. Antes ofreció una versión cuidada de la obertura “Coriolano”. Años atrás me asombró una versión violenta y desagradable de la Séptima Sinfonía en el Coliseo; esta vez la dirigió sin forzar la orquesta, regulando la dinámica y evitando un timbre rudo contraproducente, sin por ello dejar de reflejar el inexorable ritmo que ha hecho que la llamen Sinfonía de la Danza (y que Massine haya creado un interesante ballet que se vio en el Colón hace unos 60 años).

            Evité el Concierto Nº 17 por considerar pobre la programación y pasé directamente al último, Nº 18, el 6 de diciembre. Dos obras muy conocidas pero ambas extraordinarias: el gigantesco Concierto Nº2 para piano de Brahms, de casi 50 minutos, y “Cuadros de una Exposición” de Mussorgsky en la fantástica orquestación de Ravel. El currículum del pianista mexicano Jorge Federico Osorio es considerable; no hay fecha alguna en su biografía del programa, pero su aspecto es sexagenario y es discípulo de grandes maestros del pasado como Monique Haas y Wilhelm Kempff. Creo que éste fue su debut aquí pero no estoy totalmente seguro (críticos amigos coinciden en que fue su debut). Actuó con famosas orquestas y celebrados directores y grabó los cinco conciertos de Beethoven y los dos de Brahms.  Esta vez estuve ubicado todavía peor: segunda fila a la derecha. Este lugar hizo que no lo viera tocar y que su poderoso sonido opacara a la orquesta, ya que no había distancia para una audición equilibrada. Tal como lo escuché Osorio me pareció un pianista de categoría, de pulsación rotunda y buen fraseo, aunque algo parco en la expresión poética; salvo mínimos deslices en los complejos acordes, todo anduvo bien salvo los dos minutos finales, cuando en la coda Presto le ocurrió un  accidente bastante marcado antes de recuperarse y terminar con eficacia. Tiendo a no ser severo con las versiones en vivo de los dos conciertos brahmsianos, ya que son simultáneamente de esencial calidad estética y terrible dificultad. La de Osorio fue una buena versión y eso ya es muy respetable; en cuanto a Diemecke y la orquesta, dudo en cuanto a los instrumentos que me eran lejanos ya que sonaron débiles y quizá no fuera así desde fila 10. En todo caso, el conmovedor solo de violoncelo del Tercer movimiento fue ejecutado con noble timbre y bello fraseo por el nuevo primer atril Diego Fainguersch, ya que los dos “históricos” se jubilaron en meses recientes. Estaba cerca y lo disfruté plenamente. Queda en mi recuerdo el Gelber de hace 30 años, que hacía ambos conciertos a nivel de los mejores mundiales. Y si están dadas las condiciones acústicas, es más gratificante escuchar en vivo que en grabación, por buena que sea. No quita que atesoro las de Horowitz, Rubinstein, Backhaus y Gilels.

             No es novedad que Diemecke hablando suele ser lamentable, pero esta vez estuvo bien al expresar gratitud tanto en el programa como en vivo a los artistas de la Filarmónica que se han jubilado en años recientes. Pero luego cometió un furcio memorable cuando dijo que  (aparentemente desde el Paraíso ruso) Rimsky-Korsakov le encargó la orquestación de “Cuadros de una exposición” a Ravel; lo lamento, maestro, pero el responsable fue el gran Serge Koussevitzky, para la Sinfónica de Boston, en 1922. Dicho esto, hubo otro tipo de memorabilidad más trascendente: sencillamente Diemecke dio una de sus más valiosas interpretaciones. Con perfecto control dinámico, fraseo y comprensión de cada cuadro, y una Filarmónica inspirada tocando a nivel de las grandes orquestas, tanto en los momentos de decibeles largados a todo trapo como en solos admirables, ésta fue una versión  que me dejó entusiasmado, como si descubriera “Cuadros” por primera vez. Momentos como los solos de saxofón en “El viejo castillo”, de tuba en “Bydlo”, la plañidera trompeta haciendo de Schmuyle, o el perfecto ajuste y gracia del “Baile de los polluelos” o  la truculencia de “La cabaña sobre patas de gallina”, se escuchan rara vez en vivo. Un gran final para la temporada.

 


 

 

ORQUESTA SINFÓNICA NACIONAL

            Vladimir Lande es un director que nos visitó con orquestas extranjeras, pero esta vez dirigió a nuestra Sinfónica Nacional en un programa armenio-ruso. Fue en la Ballena el 9 de Noviembre. Si bien es ruso y estudió en San Petersburgo, actualmente fue nombrado Director de la Washington (DC) Soloists Chamber Orchestra. Ha realizado numerosas grabaciones que ganaron premios. En mi experiencia se trata de un director eficiente y correcto más que inspirado.

             Primero se escuchó una obra que le fue comisionada a nuestra Alicia Terzian (argentina de raigambre armenia) en 1992 por la Orquesta de Grenoble: “Off the Edge” (“Fuera del borde”), dura casi once minutos y está basada en textos de Walt Whitman. El inicio fue demorado por un corte de luz en la orquesta. Los textos son hablados, gritados y cantados por barítono (Víctor Torres) y Coro (el Coro Nacional de Jóvenes dirigido por Pablo Banchi, “a cargo”), y además de la Sinfónica (que usó gong) hubo otro tipo de sonido instrumental, en este caso accionado por el coro: los llamados chinchines. Como lamentablemente el programa no reprodujo el texto ni hay instalado un sistema de sobretítulos (extraordinario disparate en una sala de conciertos) ni hay comentario sobre la obra la exacta aprehensión  me fue imposible, pero aprecié el fluido manejo de un lenguaje muy contemporáneo por parte de la autora y tengo confianza en los intérpretes, que creo dieron una buena versión. Terzian saludó con los intérpretes.

            A continuación se presentó un virtuoso del violín, Pavel Milyukov, nacido en 1984 en Perm (Región de los Urales rusos); niño prodigio, pasó por varios conservatorios rusos y por la Universidad de Música de Graz (Austria), además de ganar varios concursos y actuar con famosos directores. Eligió una obra que me fue revelada por un vinilo de David Oistrakh en mi adolescencia: el arduo y brillante Concierto para violín de Aram Khachaturian, bien armenio en su material temático y con esos momentos espectaculares típicos del autor. Al poco rato resultó evidente que Milyukov es un artista que domina a fondo todos los aspectos técnicos y que su temperamento de showman se manifiesta con frecuencia; no sé si me gustaría en Beethoven o en Brahms (más bien lo dudo) pero en Khachaturian se lució en todo momento, ya que además en los momentos cantabile desplegó una cantabilidad y riqueza de timbre muy atrayentes. Acompañado con ajuste y poderoso sonido por la Sinfónica (Lande no tiene miedo de los fortísimos), Milyukov (en lo que creo es su debut) se ganó al público. Su pieza extra fue extensa e importante: la Sonata Nº3 de Ysaÿe para violín  (la mejor de las seis de ese muy interesante aporte a la escasa literatura de violín solo), fraseada con inteligencia y total comprensión por el ejecutante.

            Sobrevino entonces otro de los numerosos absurdos de gestión del CCK: no hubo intervalo en un programa de duración normal, lo cual es insultante e ignorante (los baños existen por razones obvias).  El programa concluyó con la última de las sinfonías de Prokofiev: la Séptima, en do sostenido menor, op.131.  Escrita en 1952, es una obra encargada por la sección de niños y jóvenes de Radio Moscú, y tras el violento ataque al formalismo que aconteció en 1948, los compositores debieron seguir un camino diatónico y positivo. Estamos lejos de la garra de las Sinfonías 5 y 6, pero el lirismo y la vena melódica de Prokofiev, así como su habilidad técnica, están presentes. El mejor y más elaborado es el primer movimiento, que por algo está en tonalidad menor. El Allegretto siguiente tiene algo de las “Máscaras” de “Romeo y Julieta”, y el tercero es un vals lento y expresivo. Sólo el cuarto cae en un tono festivo banal, salvo en la coda majestuosa. La partitura se ha tocado aisladamente en Buenos Aires, de modo que fue bueno incluirla, y claramente Lande tiene afinidad con ella, puesto que la presentó muy bien preparada y con bastante matiz. Sería hora de que se vuelva a programar la Segunda, que algunos llamaron “cubista”, del período más experimental del autor (la estrenó Bour y no se volvió a dar) y sobre todo que se estrene la Cuarta, increíblemente olvidada, pese a que está muy bien escrita y tiene material de su ballet “El Hijo Pródigo”.

            Debo agregar varios párrafos amargos a esta crítica, ya que me llega información patética sobre la Sinfónica. El amago de mejoría que hubo cuando finalmente se hicieron concursos se paralizó a partir de la crisis financiera. Por cierto, los lamentables Avelluto y Avogadro habían arruinado el año pasado; ahora este último pasará sus genialidades a la Ciudad. Entretanto Avelluto, que tímidamente había empezado a pagar honorarios y sueldos atrasadísimos, se encontró con que el Gobierno aplicó drásticos cortes al presupuesto cultural (como hizo con el científico) con una serie de consecuencias: a) quedan pendientes pilas de pagos del 2017, 2016 y uno del 2015 (Diemecke); b) el Estado canceló pagos al exterior, pago de pasajes aéreos e incluso hotelería; c) no se pagó a los artistas invitados del 2018; d) Julian Rachlin no vino porque no le pagaron un pasaje Business; e) Lande se salvaría por el apoyo de la embajada rusa. Lo extraño es que para 2019 el peronismo “conservador” dio quórum para la Ley de Presupuesto 2019 bajo la condición de aumentar en Educación, Ciencia y Cultura, 500.000.000 en cada área. El macrismo cedió y la ley se votó así con un protocolo adicional complementario. A la Sinfónica le tocaría 25.000.000. ¿Ocurrirá o se cajoneará? Entretanto los salarios de la Sinfónica se mantienen ridículamente bajos, inferiores tanto a las Orquestas del Colón como a las de las Provincias.

 


 

 

SINFÓNICA JUVENIL NACIONAL JOSÉ DE SAN MARTÍN

            El 9 de diciembre a las 11,30 tuvo lugar este concierto en la Sala Argentina del CCK, con la dirección del titular Mario Benzecry. Llegué algo tarde y no escuché los comentarios previos, pero sí toda la música. Fui no sólo porque le tengo gran respeto a la orquesta y su conductor sino por la versátil programación. Conozco otras obras de Eduardo Alonso  Crespo (n. 1956) y me parece un compositor de sólida técnica y cultura. Si no hubiera tenido el dato de antemano, hubiera asignado a un buen creador británico los 21 minutos de las Variaciones Dowland. Sus tres movimientos son impecables: Prólogo, Tema y variaciones y Epílogo; muy lograda orquestación, ideas válidas, buen gusto y elegancia dentro de un lenguaje tonal con toques modernos. Y bien tocadas por cierto.

            Max Bruch, compositor romántico, escribió un expresivo “Kol Nidrei” hebreo para violoncelo aunque él no era judío; lo tocó con  grato color y expresivo fraseo Yetsabel Ramírez, venezolana formada en el Método de Abreu pero actualmente integrante de la Juvenil San Martín. Y a continuación una rareza, “Passione amorosa”, tres movimientos para dos contrabajos y orquesta camarística de Giovanni Bottesini (1821-88), concisos 13 minutos de fuerte exigencia técnica, sobre todo para el primer contrabajo que llega a alturas de violoncelo (tengo entendido que Bottesini, él también contrabajista, tocaba en un contrabajo más pequeño que los actuales). Ambos ejecutantes integran la Juvenil: Juan Manuel Fernández Rossi y Manuel Volpe; ambos se formaron en el Conservatorio Manuel de Falla con Edgardo Vizioli. Más allá de algún sonido muy agudo no del todo exacto, tocaron bien y con claro sentido de equipo en esta música liviana y simpática.

            No por primera vez, la gestión del CCK fracasa en cosas básicas: nos dejan a oscuras en el intervalo. Dos coros se unieron bajo la dirección de Miguel Ángel Pesce: el Lagun Onak (54 integrantes) y el de la Facultad de Derecho de la UBA (38), total 92. Complementando una idea de hace unas semanas cuando se programaron dos obras sinfónico-corales poco conocidas de Brahms, esta vez le tocó el turno a Beethoven. No son de lo mejor que imaginó pero tienen algún mérito: la “Canción elegíaca” (“Elegischer Gesang”), Op.118, data de 1814 y fue dedicada a la esposa del Barón Johann Pasqualati, médico de la Emperatriz María Teresa  y arrendatario de una de las numerosas viviendas del compositor; eran amigos y la esposa había muerto tres años antes de parto; el texto es Anónimo. Música tierna y suave, teóricamente puede ser cantada por cuatro voces solistas y cuerdas; en este caso, por coro. Dura 7 minutos. “Meeresstille und glückliche Fahrt” (“Mar tranquilo y viaje feliz”), op.112, tiene texto de Goethe y también dio motivo a Mendelssohn para la creación de un atrayente poema sinfónico. Beethoven y Goethe habían tenido contacto con motivo de la música incidental de “Egmont”; el compositor admiraba mucho al escritor; éste, si bien reconocía su talento, gustaba de Mozart y Haydn y consideraba a Beethoven muy rudo en sus maneras, pese a que éste fue muy entusiasta en sus alabanzas a Goethe. Quiso la casualidad que por  razones médicas el compositor se trasladó a Teplitz (actualmente Teplice en la República Checa) debido a las virtudes restauradoras de sus aguas. Pero sucedió que justo entonces era sede de reunión de la mayoría de los monarcas europeos deliberando (quizás en su castillo medieval) sobre las consecuencias de la campaña napoleónica rusa, y allí estaba Goethe como Consejero Privado de Weimar. La ciudad está en la ruta directa de Dresden a Praga. La partitura de la breve cantata coral se basa en dos poemas distintos y Beethoven la dedicó a Goethe. La obra se estrenó en Viena en la Navidad de 1815. Es música descriptiva; en la primera sección  la absoluta serenidad del mar es reflejada de un modo bastante sorprendente, mediante muy breves frases en pianissimo separadas por silencios; luego, puramente instrumental, se desata una tormenta bien evocada; y finalmente, al calmarse los cielos, el coro con entusiasmo y rapidez da cuenta de su alegría de estar yendo hacia un  puerto seguro. Son sólo 8 minutos. Las dos obras fueron cantadas la primera con alguna inseguridad y la segunda gradualmente mejor hasta la parte rápida, expresada con más firmeza. La orquesta en ambas estuvo manejada por la firme mano de Benzecry con buenos resultados. Quiero agregar que iniciando la Segunda Parte apareció la familiar figura televisiva de Nelson Castro y me enteré que él tenía a cargo los comentarios, que usualmente hace el propio Benzecry, con detalles anecdóticos bien estudiados y afirmaciones musicales no siempre justas. Y desear que Benzecry programe para 2019 dos músicas incidentales beethovenianas interesantes y olvidadas: las de “El Rey Esteban” y “Las ruinas de Atenas”.

            No es habitual escuchar en concierto las “Danzas Polovtsianas” de la ópera “El Príncipe Igor” en su versión con coro, como es en la ópera. Como se sabe, Borodin la dejó inconclusa y fueron Glazunov y Rimsky-Korsakov quienes la completaron, pero hay que aclarar que a Borodin le faltaba poco y un 90% estaba terminado aunque no revisado. Y que, como puede comprobarse en su Segunda sinfonía, orquestaba muy bien. Según Castro, las “Danzas” fueron orquestadas por Rimsky; no me consta: sus brillantes dificultades tienen un perfecto correlato en el Scherzo de la Sinfonía. El Coro canta  en ciertas partes y añade un eficaz salvajismo; para quien no conozca la ópera, conviene recordar que los Polovtsi eran un pueblo bárbaro opuesto a los rusos, pero con una rica cultura propia, y al menos según el libreto, su Khan Konchak era un hombre  generoso y con ética noble. El acto polovtsiano es muy atrayente y no sólo por las famosas danzas, tan melódicas, vertiginosas y bellas, dignas de una coreografía de primer orden que se base en conocimientos folklóricos. Benzecry, con tiempos rápidos y muy firme batuta, logró gran disciplina de su talentosa orquesta, donde en particular se lucieron las flautas, y Pesce aprovechó su gran coro (quizá excesivo para Beethoven) y obtuvo ataques bravíos y a plena voz que añadieron a la ya de por sí excitante orquesta. Una versión sanguínea de música que lo es. Despidámonos por unos años de la posibilidad de reposición de la ópera en el Colón con los actuales dirigentes; no va a ocurrir; la última vez fue en 1948. Es una más entre tantas deudas musicales que nos deben. 

 


 

  

ORQUESTA NACIONAL DE MÚSICA ARGENTINA JUAN DE DIOS FILIBERTO

            Voy a confesar, y a muchos les chocará, que nunca antes había asistido a un concierto de la Orquesta Filiberto pese a que cumplió 70 años. Nació casi simultáneamente con la Sinfónica Nacional durante el peronismo y siempre pensé que si la llamaron Filiberto en vez de Ginastera o Williams estaban pensando en algo argentino, sí, pero específico: el tango. Y me pasa lo mismo que con el jazz (género preferido mío después del llamado clásico): salvo Gershwin hay muy raras excepciones de buen jazz sinfónico o de crossover (algún Ellington en un parco etcétera). El que lo intentó con alguna calidad fue Julio De Caro en discos 78 rpm de 30 cm porque no cabían en los de 25, pero su orquesta era más tanguera y menos sinfónica que la Filiberto.  Gradualmente también orquestaron folklore y en ese sentido me quedo con los buenos intentos folklorizantes académicos como el “Pericón” de Gianneo. Años atrás me enfrenté con el Secretario de Música de la Nación, el charanguista Rolando Goldman, que no cedía ante el reclamo de la Sinfónica Nacional de merecer mejor salario que la Filiberto: “¿acaso los violinistas de ambas no tocan el mismo instrumento?”, me dijo; retruqué: “¿para usted es lo mismo tocar un arreglo de tango que la Quinta de Mahler?”  Contestó: “Claro que sí”. Yo: “entonces no se puede esperar nada de usted como funcionario”. Ahora es el charanguista de la Filiberto… Pero en años recientes hubo un director que decidió innovar y tomar en serio el nombre de  “Orquesta Argentina”: Luis Gorelik.  Varias veces me interesó asistir a algunos conciertos en los que figuraban obras de compositores académicos pero por una u otra razón el calendario no me lo permitía (me pasó siempre lo mismo con una institución que respeto: los conciertos de piano de ALAPP). Por alguna razón que no me quedó clara Gorelik renunció (actualmente el Colón aprovecha su talento como director de “Cascanueces”) y actualmente está en manos del Sub-Director Oscar De Elía. Y me sorprendió que su programador sea Ciro Ciliberto, que es desde hace años el de la Sinfónica, figura fundamental para haber mantenido una política de renovación, ahora limitada por las razones expuestas más arriba; pero nunca lo supuse experto en tango y folklore.

            Este concierto me convocó por dos razones: el calendario me lo permitió y quise apoyar, como expresé otras veces, la labor de recuperación de música argentina académica que realiza Lucio Bruno-Videla. Conviene aclarar que la Orquesta es realmente de cámara, ya que alcanza a 47 ejecutantes (curiosamente, el máximo que admite el foso del Avenida para las óperas), y que su contextura es la normal en cuanto a las cuerdas y las maderas; en bronces hay cornos y trompetas pero no trombones ni tuba; hay piano (el propio D´Elia); timbales; percusión (uno solo); pero se agrega (además del charango), una guitarra, y subrayando el carácter tanguero, tres bandoneones. Se cambió el orden del programa, dirigido por el venezolano Diego Armando Guzmán Villalobos, discípulo de Abreu, nacido en 1982, violinista y director. Tras considerable labor en Venezuela en ambas tareas además de docencia, ahora es integrante de la Orquesta Estable de la Provincia de Tucumán y formador de orquestas juveniles e infantiles. Su presencia implicó una excepción a la argentinidad, ya que le permitieron poner en programa una obra venezolana bastante conocida: “Fuga con pajarillo”, para cuerdas con aditamento posterior de corno, fagot, clarinete y oboe, de Aldemaro Romero; deduzco que el pajarillo sería el doble sonajero que acompañó toda la obra. De bastante buena técnica salvo demasiada repetición, fue correctamente tocada.

            “Luis Alberto”, Nº8 de “Las presencias” de Guastavino, con cuatro solistas (oboe, clarinete, fagot y corno) y cuerdas, típico del autor, bastante extenso, melódico, muy tonal y blando, bien tocado. 

            Fue el propio Bruno-Videla quien presentó el estreno de la suite de Héctor Iglesias Villoud en estreno mundial. Una nota en el programa dice: “Obra editada para este concierto por Patricio Mattei y Bruno-Videla en el marco del proyecto de Recuperación y Difusión de Música Académica que se realiza en el Instituto de Investigación en Etnomusicología (DGEart-GCBA). La Asociación Argentina de Compositores adhiere al homenaje al compositor argentino Iglesias Villoud (1913-68) a 30 años de su fallecimiento”. Bruno-Videla aclaró que la obra, escrita muy joven en 1933, a los 20 años, ya indicaba parcialmente el interés especial del autor por los incas; no fue editada ni tocada, y cuando apareció el original hubo detalles que debieron ser restaurados  para hacer posible una ejecución y producir las particellas. Agradeció la buena disposición de la Filiberto para poder estrenarla y dijo que pocos días antes se había ejecutado por primera vez en otra sala pero igual consideraba esta segunda vez como un estreno. Veinte años después el Colón estrenaba la ópera en un acto “El oro del Inca”, libreto y música de Iglesias Villoud.  Discípulo de Constantino Gaito, Iglesias Villoud también había estrenado en el Colón en 1937 dentro de la corriente indigenista el ballet “Amancay”, que databa realmente de 1934, y otro ballet, “El malón”, en 1943: También compuso obras sinfónicas de orientación folklórica y “Amerindia” para piano. Murió joven, a los 55 años. (Lo conocí en mi infancia cuando fue brevemente mi profesor de piano; su método basado en Hanon y Czerny no me atrajo y pronto abandoné; años después retomé con Alberto Villanueva, discípulo de Rafael González, y con él estudié  con placer gran cantidad de obras, aunque siempre supe que no sería pianista; pero sí un buen lector de partituras). Si bien Bruno-Videla mencionó los títulos de las cuatro partes de la suite, no pude retenerlos y tontamente no figuraban en el programa (¡en un estreno!).  Pero un mail de Bruno-Videla, en el que me invitaba a este concierto,  me lo aclaró: “En los Andes”, “Noche antártica”, “Pastoral” y “Carnaval indígena”. Al no tener partitura no puedo estar seguro de si la versión era correcta; tal como la escuché me sonó  en las primeras dos partes áspera y hasta violenta, pero tanto los Andes como la Antártida son de una belleza terrible con trampas mortales; la orquestación y las ideas me sorprendieron  en un compositor tan joven. Pero las cosas se apaciguaron en la Pastoral y luego apareció su vocación folklorizante en ese “Carnaval indígena” que nos llevó enseguida a la atmósfera tan particular del NOA. En suma, me interesó.

            Sin intervalo, el programa terminó con arreglos sinfónicos de Cristian Zárate de siete obras famosas y no tanto de Astor Piazzolla, ejecutadas por el Quinteto Piazzolla y la Filiberto con su director venezolano, que pareció muy imbuido del estilo (la orquesta por supuesto lo está). El Quinteto Piazzolla tiene tres baluartes de gran nivel: Zárate como pianista, Lautaro Greco en bandoneón (que también es solista suplente de la Filiberto) y Sebastián Prusak, en purísimo estilo Antonio Agri. Completan Sergio Rivas en contrabajo y Germán Martínez en guitarra, ambos sin destacarse. “Fuga y misterio”, “Oblivion” y “Adiós nonino” se escuchan frecuentemente; “Vardarito” algo menos; las otras (al menos en mi caso) creo que se tocan raramente y todas son valiosas: “En 3x4”, “Tristeza de un doble A”, “Canto de octubre”. Debo admitir que, si bien prefiero al Quinteto puro, los trabajos de Zárate fueron un modelo en su tipo, enriqueciendo a las figuras centrales y logrando colores y dinámicas muy hábiles; pero en última instancia, fue el  virtuosismo y el admirable dominio de los tres principales lo que me dio gran placer. A este nivel el tango rivaliza con la música académica de calidad.

 




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