Chopiniana, Nuova Harmonia y Conciertos del Mediodía presentan artistas valiosos



 

CHOPINIANA

            Leslie Howard tiene un imponente currículum: el pianista nacido en Melbourne pero pronto instalado en Inglaterra, con nombre y apellido idénticos al del famoso actor, probablemente tiene el record Guinness de grabaciones: casi inimaginables 300 CDs que incluyen la integral absoluta de Liszt para piano con y sin orquesta en 97 discos, incluso mucho material nunca grabado y parte de ello reconstruido por Howard. Su biografía en el programa de mano está tan atrozmente traducida (Google?) que a veces es ininteligible, pero de todos modos impacta enormemente. Me entero que hace unos veinte años estuvo en Buenos Aires para conciertos de cámara en el Colón y en otra sala, pero no lo vi (quizás estaba de viaje); de modo que a los 70 años este recital es el primero que se escucha en nuestra ciudad. Lástima grande que no haya venido antes en su carrera gigantesca y fértil que lo ha llevado por todo el mundo. Por suerte conserva casi incólume su fantástica técnica  y tuvo un buen piano para expresarse en el Auditorio de la Fundación Beethoven. Sin embargo –y no puedo menos que atribuirlo a un error de concepto del propio artista- compaginó un programa que sólo nos da un lado de Liszt y el menos interesante: sus transcripciones de ópera.  Hubiera debido traernos una equilibrada combinación de su mejor música. El concierto fue el 24 de octubre en la actual sede de Chopiniana, el Auditorio Fundación Beethoven.

            Algunas de las transcripciones son bastantes conocidas, como la del cuarteto de “Rigoletto”, pero no las que eligió el pianista.  Es curioso que Liszt haya elegido un tema de la ópera (no opereta, errata en el programa de mano) “Almira” de Händel, ya que sus óperas eran entonces muy poco presentadas; en realidad lo que más se escuchaba (y eso fue cierto hasta la era del disco de 78 rpm) era una ridícula adaptación titulada  “Largo de Händel”, lacrimosa y mediocre, cuando se trataba de una satírica oda a un plátano de la ópera “Serse”…Pero hay una razón: “Almira” no es una ópera para Londres, sino del comienzo mismo de la carrera  händeliana: 1705, Hamburgo, y además de la obertura, tiene 8 danzas, entre ellas una Sarabande y una Chaconne; y ésas son las piezas sobre las cuales se explaya Liszt, no una de las arias; es factible que haya tenido acceso a una transcripción pianística de esas piezas danzables. Es su S181 y data de 1859 (S es el catálogo Searle).  Está en un disco de Howard dedicado a transcripciones y fantasías operísticas; contiene 15. En el caso de “Almira”, si bien hay muchos detalles pianísticos bien lisztianos hay seriedad en la Sarabande y respeto por la imponente estructura barroca de la Chaconne, aunque con un poder pianístico digno del muy posterior Busoni. Ya aquí quedó clara la razón de la fama de Howard; tiene un perfecto estilo lisztiano y una gama dinámica del ppp al fff, además de una digitación virtuosa.

            Curiosamente (o quizás a propósito) enseguida se escuchó la Danza sacra y final de “Aida”, S436, que está en el mismo CD, pero además lo ejecutó para el Mozarteum Dejan Lazic; la obra es de 1879. Aquí la armonía se rarifica y hay detalles delicados; Howard lució su “toucher” refinado. Son famosas las “Réminiscences de Don Juan”; en  catálogo CD RER del 2000 hay nada menos que 23 grabaciones; pero lo que Howard tocó fue la Fantasía sobre temas de “Las Bodas de Fígaro” y “Don Juan”, S697,  tan extensa como las “Réminiscences”. Y aquí pasa algo muy extraño: se trata de la versión original pero completada por Howard y la suya es la única grabación. Resulta que con el mismo número de catálogo hay siete grabaciones de la editada por Busoni  pero ésta sólo cita dos piezas de “Las Bodas de Fígaro” (que también están en la de Howard): “Non più andrai” y “Voi che sapete”. Agrega Howard de “Don Juan” “Là ci darem la mano” y alguna más, o sea que el original no está completo y se presta a ser terminado de diferente manera. La obra es de 1842, temprana como las “Réminiscences”, de 1841; o sea una época en la que en Liszt predominaba un virtuosismo a veces bombástico aunque con hallazgos fascinantes tanto técnicos como expresivos; la que escuchamos es de extrema dificultad y Howard la tocó casi a la perfección.

            Las “Reminiscencias de ´Les Huguenots´ de Meyerbeer”, Gran Fantasía dramática, S412II, tienen un problema para el oyente actual: esa ópera era un inmenso éxito en época de Liszt pero ahora pocos la conocen: es el prototipo de la “grand´opéra”. La obra es de 1836 pero fue revisada en 1842; Howard grabó las dos y aquí tocó la segunda. En sus 13 brillantes minutos se suceden varias arias de distintos personajes y quizá algún momento orquestal o de conjunto; el pianista la expresó con gran solvencia. La “Despedida-Ensueño sobre un motivo de ´Romeo y Julieta´ de Gounod”, S 409, es breve, sólo 6 minutos, y lo escribió en el año del estreno de la ópera, 1867. Estamos ante otro Liszt, poético, creador de climas, y así fue tocado por Howard.

            Con las “Reminiscencias de ´Norma´ de Bellini,-Gran fantasía, S 394, que dura 15 minutos y cita arias y dúos de Norma, Adalgia y Oroveso, además del Coro guerrero, volvemos al estilo de sus años jóvenes (data de 1841, cinco años después de la muerte del compositor). “Norma” se ve en estos días en el Colón y en verdad sus melodías siguen emocionando. Estas fantasías eran para uso propio del más gran virtuoso del piano y además de lucirlo apoyaba a los músicos que le gustaban. Liszt era un hombre de inmensa producción y de los más variados intereses culturales.  Recorrer el catálogo RER es motivo de asombro.  Y así Howard terminó lo programado en su campaña pro Liszt en nuestra ciudad, con seguramente varios estrenos.

            Se despidió en cambio con un arreglo sobre su querido amigo Chopin: el Canto polaco Nº 1, pieza de singular encanto y en la que Howard comunicó sensibilidad. Espero que retorne con el “otro” Liszt, sin eludir las extrañas piezas finales como “Bagatela sin tonalidad”.

            Hace unos meses el Mozarteum presentó a Yuja Wang  y fue todo un acontecimiento: se conoció a una gran pianista. En un ámbito más recoleto Chopiniana ofreció  un extraordinario talento que había tocado en el Colón en 2012; su retorno el 31 de Octubre lo muestra en una impresionante madurez técnica y artística siendo todavía joven. Se trata de Vitaly Pisarenko, presumo que ruso, cosa que no aclara la desastrosa traducción de su biografía en el programa de mano: Noguera debe controlar esas biografías que son pésimas traducciones de las que seguramente están en inglés, ya que no le hacen ningún bien a Chopiniana ni al artista; o ella o algún miembro del Consejo de Administración deben evitar ese bochorno; pero quien está en materia logra sacar en limpio que ya ha tenido una trayectoria sorprendente. Colijo que su edad debe ser de 34 ó 35 años.

            Está habitado por una poderosa concentración; su entrega a la obra es total y se basa no sólo en una estupenda técnica sino en un análisis minucioso de cada obra manejado con lúcida inteligencia y comprensión de estilos. Le agradezco además el haber compaginado un programa de obras muy interesantes y poco tocadas de grandes compositores.

            Los melómanos conocemos muy bien los Impromptus Op.90 y 142 de Schubert, pero las Tres piezas para piano D 946 resultan  en realidad también impromptus y tienen gran interés. Son de amplia estructura, duran 25 minutos; y lo mismo que los otros, fueron escritos en 1828, el año de la muerte tan temprana del compositor. El catálogo RER refleja aquella extraña dicotomía ya que los lista como Impromptus 9 a 11 pero también como Tres piezas, Klavierstücke en alemán (aparentemente el título que Schubert les puso). Las conocí temprano, en un LP de los años 50, por Henry Jolles, y me gustaron mucho (yo ya tenía los impromptus conocidos por Badura-Skoda, veinteañero, ya especialista schubertiano). Hasta hoy siguen ejecutándose raramente aquí; sin embargo en la era del CD fueron grabadas por famosos: Pollini, Brendel, Uchida, Firkusny, Badura-Skoda, Schiff. Pude escucharlas en vivo por Arrau, pero no en Buenos Aires sino en Washington: febrero 1958. La versión de Pisarenko fue intensa y noble, respetando la tendencia schubertiana a explayarse en demasía (observó los exactos tempi) pero poniendo el acento en sus innovaciones armónicas.

            Me alegró mucho su segunda opción: si bien hay al menos cuatro grabaciones, las Diez piezas Op.12 de Prokofiev se escuchan muy rara vez aquí y son características de su precoz primera etapa en su ironía y sarcasmo, sus fuertes ritmos, sus disonancias expresivas, su modernización de viejas danzas como el Rigaudon y su virtuosismo (a los 22 años era un gran pianista).  Datan de 1906-13, o sea entre sus 15 y 22 años (¡). Dudo escucharlas mejor tocadas  y si hubiera grabación por Pisarenko soy cliente.

            Nuevamente una obra de juventud pero ya personal: las Piezas de fantasía Op.3 de Rachmaninov, bastante extensas: Elegía, Preludio, Melodía, Polichinelle y Serenata. Nunca las escuché aquí.  Escritas en 1892 a los 19 años, fueron luego revisadas. Hay grabaciones del propio autor y entre otros de Alexeiev, maestro de Pisarenko, que  absorbió sus enseñanzas admirablemente.

            El programa concluyó con dos obras de Liszt: la magnífica y extensa Balada Nº2 y la Rapsodia húngara Nº10. Conocí la balada mediante una versión antológica: la grabación  de Earl Wild. Como escribió este artista, podría llamarse poema sinfónico para piano y proviene de “El prisionero de Chillon” de Byron; esta música habría inspirado a Wagner. Pisarenko supo dar sus diversos climas con imaginación e ímpetu. Si bien la Rapsodia húngara Nº 10 no es de la más famosas (aunque la escuché por Ania Dorfmann en 1958) tiene sus aspectos propios; no hay aquí el contraste de lassu (lento) y friss (rápido); tras un breve preludio hay un Andante deciso  de considerable  brillantez y muy florido, que contrasta con el siguiente Allegretto capriccioso en 2/4 y que lleva a un Vivace basado en glissandi y termina en un Vivacissimo giocoso assai. O sea, una pieza de gran virtuosismo tocada con asombrosa facilidad por Pisarenko. Para entonces había tocado durante 90 minutos y consideró que era suficiente pese al estruendoso aplauso. Lástima que no hubiera una sala más llena para un artista de tal calibre.

            Martha Noguera siempre se reserva el concierto final del ciclo y siempre sus programas sin difíciles y largos, como si su edad considerable no existiera. Sigue sorprendiéndome cómo ese cuerpo pequeño puede producir tanta energía y fuerza. Esta vez dos obras maestras fueron centrales: la Fantasía de Schumann y la Sonata Nº3 de Beethoven.  Schumann fue precedido por las Variaciones sobre un minué de Duport de Mozart, no tan conocidas como otras de las numerosas series de variaciones del autor: tienen mucho encanto y limpidez y fueron tocadas con cristalina digitación y sonido controlado.  A su vez en la segunda Parte Chopin fue precedido por obras valiosas y conocidas: la Suite Bergamasque de Debussy y las Tres danzas argentinas de Ginastera. En la suite supo plasmar el mundo etéreo debussyano con fineza y buen gusto, sin olvidar la evocación moderna de danzas antiguas. Y en las danzas de Ginastera, una especialidad suya, mostró la intensidad y exactitud de su ritmo.

            Pero claro está Schumann y Chopin fueron los grandes desafíos. En la enorme Fantasía tengo algunos reparos; el gran primer movimiento, tan variado en tempi, me pareció demasiado paladeado en ciertos fragmentos lentos con rubatos muy marcados y silencios excesivos, aunque con belleza de timbre y mucha expresividad; el segundo, notoriamente peligroso en sus exigencias, me pareció algo lento, y en especial la coda resultó trabajosa; en cambio, el lirismo y la cantabilidad del tercero fueron admirablemente reflejados, con sensibilidad y buen gusto.

            En cambio en la Sonata Nº3  no hubo altibajos; los cuatro movimientos fueron ejecutados con la calidad de ejecución e interpretación de quien años atrás nos dio la integral de todas las obras de Chopin con número de opus. Ni siquiera en el gran virtuosismo del Finale hubo aspectos mejorables: todo fluyó con la empatía y naturalidad de una artista que siente la obra y tiene los medios para darla con plenitud.

            En homenaje a Polonia, y pese a decir que  no estaba segura de acordarse bien de la pieza (le fue pedida por un miembro del público) tocó el otrora famoso Minué de Paderewski en una versión segura y sentida. Para ubicar mejor esta pieza, conviene saber que se trata del primer número de la primera serie (denominada a la antigua) de las “Humoresques de concert” de 1889; hay una segunda serie (llamada moderna) de tres; la última es la “Cracovienne fantastique”. Hay dos grabaciones de la obra completa y por supuesto muchas del “Menuet célèbre” (¿Porqué “célèbre”? Fue célebre después…Parece un caso de “avant la lettre”…), incluso del autor.

            El concierto tuvo lugar el 7 de Noviembre.

 


 

NUOVA HARMONIA

            Con el título de “Concierto para dos pianos e imágenes” se presentaron las pianistas Karin Lechner y Natasha Binder (madre e hija) con imágenes de Mariano Nante. Puesta en escena de Leonardo Kreimer inspirada en la película “La calle de los pianistas”. Esta experiencia se pudo apreciar el 2 de Noviembre.

            Como bien se sabe, la familia de pianistas de las cuales son miembros cubre cuatro generaciones: Lyl De Raco es hija de Antonio De Raco y Elizabeth Westerkamp; se casó con Jorge Lechner y son los padres de Karin, pero luego contrajo matrimonio con el padre de Sergio Tiempo, por lo cual ahora se la conoce como Lyl Tiempo, y sigue formando pianistas desde muy niños, como pasó con sus hijos y con su nieta Natasha. Karin, además de recitales y actuaciones con orquesta, forma dúo con su hija y con su hermano Sergio. Conozco a Karin desde la infancia porque los de Raco vivieron en el mismo edificio en el cual sigo viviendo hoy. He seguido su carrera con simpatía y cambié ideas con ella y con Lyl, que conoció a mi hermana y a mí desde antes de casarse con Lechner. Ella tocaba en el Pleyel que entonces teníamos. Doy estos datos para decir a mis lectores que tengo lazos lejanos con esta familia asombrosa, que además vive al lado de la casa de Martha Argerich, con quien también tuve el placer de seguir su carrera al menos parcialmente, desde la entrevista que le hice en 1965 a una grata charla en Praga en un “souper” después de un concierto con su entonces marido Charles Dutoit y con el Dr. Antonio Pini, con quien trabajé luego en el Colón en 1973. Mucho después fui varios años miembro del jurado selector convocado por Cucucha Castro para los concursos Argerich.  Llevo 53 años haciendo crítica y creo haber sido objetivo (hasta donde se puede) incluso con artistas a quienes conocí bien, pero quiero decir públicamente que admiro mucho a la familia De Raco pero no dejé de señalar divergencias cuando las tuve.

            Prestarse a estar en películas que revelan su intimidad como hicieron Karin y su hija, y  también lo admitió Argerich en un film muy sincero donde dialogaba con sus hijas de distintos padres, es un acto de coraje. Vi las dos películas con gran interés personal más allá de lo cinematográfico puro, a veces algo precario. Pero esta mezcla de música e imágenes que se vio en el Coliseo no me convenció.  Sé que es una tendencia que le gusta a Elisabetta Riva, Directora tanto del Coliseo como de Nuova Harmonia, porque cree que podrá atraer a nuevos públicos, pero para mí la música de concierto se basta sola si tiene calidad y está bien interpretada; el que tenga sensibilidad la entenderá y el que no la capta quedará afuera. Los fragmentos de la película intercalados me molestaron, chocaron con la música y en ciertos casos estuvieron mal elegidos. Lo que sí gusté fueron los videos de infancia aportados por Lyl mostrando tanto a Karin como a Natasha pequeñitas, de uno a tres años, con mucha frescura y encanto. Queribles sin duda. Fuera de eso, sólo la música me interesó y voy  a ella.

            La elección de dos fragmentos lentos de las “Escenas infantiles” de Schumann fue simbólica (“Escenas de niños” figuraba en  programa pero no es esa la traducción generalmente adoptada de “Kinderscenen”): “De extraños países y personas”(“Von fremden Ländern und Menschen”), melancólica y noble, fue lo único que de tanto en tanto tocó Argerich en sus conciertos como corta yapa después de un concierto con orquesta, y lo tocó Natasha en claro homenaje a Martha; y la bella melodía de “Ensueño” (“Träumerei”) fue ejecutada por Karin como recuerdo de su primer disco grabado en la adolescencia; por supuesto, las hicieron muy bien. 

             Desde que conocí la Fantasía en fa menor para piano a 4 manos de Schubert en 1956 en la antológica versión de Badura-Skoda y Demus me entusiasmé con la obra, que es justamente considerada la mejor de la vasta cantidad de piezas schubertianas para 4 manos. Extensa, introspectiva y enigmática, de grandes contrastes dinámicos y de tempo, está a la par de las grandes obras de cámara de sus últimos años. Natasha en Primo y Karin en Secondo (todo un gesto por parte de Karin)  la tocaron con solvencia pero no captaron parte de su misterio tan particular.

            Los Tres Nocturnos de Debussy para orquesta (el tercero incorpora un coro) están entre lo más atrayente que haya escrito el gran impresionista; si bien el autor  transcribió eficazmente para dos pianos las dos primeras, se echa de menos la imaginación orquestal aunque persiste la gran belleza armónica y la habilidad para captar climas. Las artistas tocaron con fineza y buen gusto “Nuages” (“Nubes”) pero brillaron más en “Fêtes” (“Fiestas”), expresadas con genuina brillantez y variedad (no es culpa de ellas que no puedan en pianos dar el efecto del pasaje intermedio en el que se escucha a la lejanía un rítmico cortejo que luego se va acercando).    

             Iniciando la segunda parte lamenté que ejecutaran sólo un fragmento, “La poupée” (“La muñeca”) de la deliciosa suite “Jeux d´enfants” (“Juegos de niños”) de Bizet, pero aquí también hubo un simbolismo: la evocación de la infancia de ambas: grata versión. Pero en lo que siguió fueron muy adultas (hay que serlo) porque las “Variaciones sobre un tema de Paganini” de Lutoslawski son tremendamente difíciles e imaginativas, sólo para pianistas virtuosas; y madre e hija, en total paridad, lo son; no quita que tenga clavada en  la memoria la deslumbrante versión de Argerich y Freire.

            Karin se reservó una pieza a solas: una excelente versión del Preludio Op.32 Nº5 de Rachmaninov, uno de sus mejores, donde está vigente toda su  vitalidad neorromántica. Discrepo con la elección de obras de Pablo Ziegler para terminar, milongas y tangos crossover agradables y bien escritos pero de escaso peso; hubiera bastado con uno.  Tocados con comprensión del estilo, aunque algo de mayor densidad hubiera sido mejor.

            Una situación familiar me impidió quedarme para las piezas extra; sin embargo el veredicto fue claro: madre e hija son admirables pianistas y están a la par. No quita que hubiera preferido un programa más desafiante, menos autobiográfico y sin imágenes; ellas pueden hacerlo y es hora de dejar la infancia.

 


 

 

CONCIERTOS DEL MEDIODÍA

            El matrimonio conformado por la violinista rumana Clara Cernat y el pianista francés Thierry Huillet nos ha visitado con cierta frecuencia y siempre es un placer volverlos a escuchar, ya que son profesionales de gran calidad que merecerían mayor fama internacional; el Mozarteum los ha presentado en temporadas anteriores. El concierto que ofrecieron el 7 de Octubre en la Sala Argentina del CCK (y que lamento haber debido relegar hasta ahora) fue excelente y novedoso.

            Edvard Grieg escribió tres Sonatas para violín y piano; la tercera se toca con alguna frecuencia y es obra tardía de gran enjundia, vigorosa y muy nórdica. Las primeras dos son muy anteriores y de otro enfoque, aunque también atrayentes y con claro dominio de las posibilidades de ambos instrumentos. Según Grieg, “la Primera (de 1865)  es ingeniosa y plena de nuevas ideas; la Segunda, nacionalista; y la Tercera dirigiéndose hacia vastos horizontes”. Después de años en Alemania y Dinamarca Grieg había vuelto a Noruega y se había casado con Nina Hagerup; es entonces que crea la Segunda Sonata,  la que tocaron los intérpretes.  Ya en el amplio primer movimiento, que se inicia “Lento doloroso” pero luego presenta un poderoso “Allegro vivace”, se apreciaron los quilates de los artistas: ella con una firme calidad tímbrica y perfecta afinación, tocando con absoluta autoridad; él con una técnica de primer orden y refinado toucher (gran aplauso a destiempo, y entró gente, contrariamente a lo que quiere el Mozarteum, que no autoriza la entrada de nadie una vez que empezó el concierto: los empleados de la Sala deben seguir lo que indica el Mozarteum). El sutil Allegretto tranquillo contrasta el lirismo del violín con arranques rítmicos del piano; y el brillante Allegro animato  evoca al folklore aunque los temas son de Grieg. Excelente interpretación de esta obra de 25 minutos.

            Luego Huillet presentó en castellano una breve obra suya, “Buenos Aires”, obra tonal con aires de tango. Enseguida, para lucimiento de Cernat, “Carmen: variaciones virtuosas” de Gilles Colliard, que si bien nació en 1967 es moderadamente moderno y se basa en temas del torero y la habanera; 9 minutos que permitieron a la artista demostrar su virtuosismo.  Finalmente, un muy buen arreglo de Huillet de esa obra maestra que es “El aprendiz de brujo” de Paul Dukas; no voy a decir que no extrañé la maravillosa orquestación original (y apareció mi niñez con el estupendo dibujo de Disney en “Fantasía”) pero fue un placer escucharlo ejecutado con tanta habilidad técnica y expresividad por los intérpretes.

            La pieza extra fue corta y serena, del propio Huillet, aparentemente ella sí destinada a los niños; un final simpático de artistas notables.

Pablo Bardin




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