El Mozarteum Argentino culminó su valiosa temporada con viejos amigos



PH: Liliana Morsia

El Mozarteum Argentino culminó su valiosa temporada con viejos amigos: la Orquesta de Cámara de Viena. Es la séptima vez que la institución los trae y la primera con Stefan Vladar, director y pianista que está a cargo desde 2008.

La  visita inicial fue en 1981 con Kurt Wöss, el mismo que vino dos veces con la gratísima Orquesta Johann  Strauss de Viena, también gracias al Mozarteum. Philippe Entremont,  pianista y director, vino con la Orquesta en 1987, 1990 y 1992 (y como se recordará tocó octogenario el año pasado con la Filarmónica). 

Por Pablo Bardin.

 

La Orquesta retornó en 1999 bajo la dirección de Heinrich Schiff, a su vez director y violoncelista,  y en 2004 con la guía del japonés Joji Hattori. Tras 14 años el retorno de la Orquesta es muy bienvenido. Fue fundada justo después de la guerra en 1946 por el director y pianista italiano Carlo Zecchi, que alguna vez nos visitó. Su sede actual es la Konzerthaus de Viena.

            Siempre me pareció un error (a pesar de que es aceptado generalmente) que se denomine “Orquesta de Cámara” a lo que en realidad es una Orquesta de Cuerdas; para mí aquel término es el adecuado para incluir los vientos y los timbales que permiten tocar las sinfonías clásicas de Haydn y Mozart, con un orgánico de entre 35 y 45 instrumentistas. El Ensamble Musical de Buenos Aires fue creado con esa intención décadas atrás y lamentablemente sólo pudo sostenerse pocas temporadas.  A su vez hay dos tipos de orquestas de cuerdas: ensambles más pequeños con clave o tiorba para tocar repertorio barroco o conjuntos más nutridos  que hacen clasicismo, romanticismo y música más cercana a nuestro tiempo, como los vieneses.

            Vladar es vienés y tiene 53 años; ganó en 1985 a los 20 años el Concurso Beethoven de Viena. Gradualmente también desarrolló su carrera de director en orquestas alemanas, austríacas y suizas. Ha grabado para Harmonia Mundi y Sony y actualmente en Capriccio.

            La composición de la orquesta tal como nos vino es la siguiente: 8 primeros violines y 6 segundos, 4 violas, 4 violoncelos y 2 contrabajos; total 24. En total contraste con el famoso machismo de la Filarmónica de Viena (que curiosamente también vino este año, en Marzo), en esta otra orquesta hay más mujeres que hombres.  Y dista de ser una orquesta puramente austríaca: hay apellidos como Nagy (húngaro), Dimitrova (búlgaro), Veneziano (italiano), Moffatt (inglés), Akbarian (armenio), Wu (chino), Dascalu (rumano), Novak (checo), Medina Veiga (español o latinoamericano). Los músicos suelen ser poliglotas y en la actualidad los cargos se ganan en concursos. Sin embargo, es muy difícil que no se “pegue” el vienesismo tras unos cuantos meses de vivir allí; yo lo sentí como visitante en mucho menos tiempo.

            Tienen el privilegio de un concertino notable, que meses atrás nos visitó con otra orquesta: Wolfgang Redik. Su autoridad, infalible ataque, afinación, dinamismo y perfecto ritmo ciertamente inspiran a sus compañeros. Otro aspecto a considerar es el mutuo respeto y admiración que hay entre Vladar y los músicos; diez años es un largo tiempo y sólo se tolera en un buen organismo musical si su líder es justo y de buen talante y los músicos son profesionales serios que agradecen poder estar en una orquesta de categoría.

            Hubo dos programas el lunes 12 y 14 de noviembre distintos salvo en una obra: el Concierto Nº 12 para piano de Mozart. Lo observé en visitas de grupos de cuerdas en décadas recientes: este concierto, si bien tiene oboes y trompas, puede hacerse sólo con cuerdas porque los vientos sólo dan un toque de color y no tienen solos. Está en La mayor, es el K.414 y forma parte de un grupo de tres con los números 11 y 13, escritos a los 26 años inmediatamente después del estreno de “El rapto en el Serrallo” para ser tocados en un concierto por suscripción. Mozart los describe en una carta a su padre Leopold: “Estos conciertos son un feliz punto medio entre lo que es demasiado fácil y lo que es demasiado difícil; son muy brillantes, agradables al oído y naturales sin ser insulsos”. Hay otro aspecto a comentar: son pocos los conciertos  (incluso los tardíos) que nos han llegado con las cadenzas mozartianas, pero el Nº 12 a falta de una tiene dos en cada movimiento, una más difícil que la otra. Naturalmente Vladar eligió las más virtuosísticas, e incluso en el movimiento final brevemente combinó las dos; también agregó minicadenzas propias en calderones, siempre en excelente estilo. Vladar es un pianista refinado y de admirable técnica; su Mozart (idéntico en ambas veladas) fue límpido y sutil, expresivo y cantabile en los pasajes lentos, brillante en los rápidos, y con el toque exacto de rubato para que no sea excesivamente rígido sin por ello acercarse al romanticismo. Sólo discrepo levemente en cuanto al tempo del Finale, marcado Allegretto y más bien un Allegro en sus manos. Como director tuvo los mismos valores y la orquesta respondió  con estilo, buen gusto y precisión.  En ambas noches su pieza fuera de programa fue la misma: el Liszt más lírico y sensible, sin floreos virtuosísticos, fraseado con belleza de timbre y nobleza: la Consolación Nº 3.

            El primer programa se inició con una obra que conocí en mi adolescencia y me cautivó: el Concierto para cuerdas en Re mayor creado por Stravinsky en 1946 y que tuve dirigido por el autor hasta que manos arteras me lo birlaron… Siempre se habla del Stravinsky “neoclásico” y yo lo llamo en cambio su época de los “neos”: Barroco italiano en “Pulcinella” y bachiano en el Concierto para piano y vientos, tchaikovskiano en “El beso del hada” y mozartiano en “La carrera del libertino”. El Concierto para cuerdas fue un encargo de Paul Sacher, director de la Orquesta de Cámara de Basilea, quien años antes le había pedido a Bartók su extraordinario Divertimento.  La partitura de Stravinsky toma la forma del concerto grosso barroco. Coincido con Claudia Guzmán: tiene un “fluido equilibrio entre rudeza y gracia sonora…pendiendo de un hilo entre la comedia y el tenso suspenso, inequívoca rúbrica de Stravinsky”. Tuvo una buena versión de muy correctos resultados, pero sin la incisividad brusca necesaria en los movimientos extremos; lo mejor fue la contenida expresividad del Arioso central.

            Después del intervalo escuchamos “Silouan´s song” (1991), quizás en primera audición, de Arvo Pärt, el estonio nacido en 1935 y que se distingue por un minimalismo místico. La obra es un homenaje a Silouan de Athos (1866-1938) que vivió largos años dedicado a la oración en el Monasterio de San Panteleimon en el Monte Athos griego; fue canonizado en 1987.  La obra es breve, unos 6 minutos, y transcurre en morosos acordes separados por largos silencios; no me interesó.

            El Divertimento K.136 de Mozart es la obra para cuerdas más tocada del clasicismo; ésta fue otra muy buena versión (se han escuchado docenas en Buenos Aires). Bien conocida pero no trillada es la “Suite de los tiempos de Holberg” (1884), en la que Grieg rinde su homenaje al escritor e historiador noruego Ludvig Holberg (1684-1754), cuya primera versión fue para piano pero resulta más variada en la de cuerdas. Después del Praeludium-Allegro vivace, ejecutado con brillantez aunque algo demasiado rápido, vinieron la expresiva Sarabande, la grata Gavotte, el “Air:Andante religioso” contrastante y el jubiloso Rigaudon, Allegro con brio. En esta obra se lució el concertino Rodik y la orquesta tuvo muy buen rendimiento, manejada con elegancia y ritmo por Vladar.  La deliciosa “yapa” fue anunciada en voz muy queda por Vladar y fue un cierre ideal: el Andante, tercer movimiento de la Casación (Cassazione) K.66 de 1769 (13 años), denominada “Final-Musik”, que consta de 7 movimientos; hay otras dos, K.99 y 100. La Casación es un término alternativo del Divertimento, y el Andante que escuchamos ya es mozartiano y exquisito;  creo encontrar la influencia de Johann Christian Bach, “el Bach de Londres”, que Mozart conoció cuando era niño y fue a la capital inglesa; en efecto, el salzburgués tenía gran admiración por J.C.B., quizás el mejor compositor de la primera etapa del Clasicismo. La versión fue perfecta.

           

            El concierto del 14 de noviembre fue más convencional pero las cuatro obras ofrecidas son de calidad.  Esta vez el Concierto Nº 12 de Mozart estuvo precedido por esa talentosa “Sinfonía simple” de Britten, cuyo segundo movimiento, “Playful pizzicato”, es una “yapa” muy habitual en los conciertos de este tipo de orquesta. La escribió en sus precoces 20 años sobre material que había imaginado en su infancia, y las útiles notas de Guzmán nos lo cuentan: el compositor, recién egresado del Colegio Real de Música en Londres, elaboró su “Boisterous bourrée” (“Bulliciosa bourrée”) sobre el 2º movimiento de la Suite Nº 1 para piano escrita a los 12 años (¡) y su arreglo de la canción folklórica “ Now the King is home again” (imaginado a los 10 años, ¡!); es una espléndida pieza de jubiloso vigor. Tras el pizzicato, basado en su Sonata para piano de 10 años antes, y con su Trio (ya que es un Scherzo) basado sobre  “The Road Song of the Bandar-Log” –que son monos- canción sobre Kipling escrita también a los 10 años (de paso, ¿alguien estrenará alguna vez el espléndido poema sinfónico “Les Bandar-Log” de Koechlin?), la extensa “Sentimental Sarabande”, basada en el Preludio de su Suite Nº 3 para piano (1925), tiene un episodio central sobre su Vals para piano en Si mayor de 1923.  Sólo el moto perpetuo del “Frolicsome Finale” (“Final travieso”) no parece tener antecedente. Esta nostalgia del compositor por sus creaciones infantiles me hizo pensar en las tan simpáticas suites de Elgar denominadas “The  Wand of Youth “ (“La varita  de la juventud”), también sobre piecitas de su niñez. Fue muy buena la versión de Vladar y la Orquesta, cálida y expresiva en la “Sarabande” y de comunicativo júbilo en los otros movimientos (sólo creo que el Pizzicato hubiera debido ser todavía más rápido, Britten lo marca “Lo más presto posible”, aunque es verdad que las orquestas generalmente no le hacen caso).

            Después del intervalo, más Mozart, el Divertimento K. 138, tercero y último de la serie empezada con el K. 136, a veces llamadas Sinfonías de Salzburgo por estar influidas por las sinfonías italianas de Sammartini y estar escritas en la ciudad donde Mozart nació y porque sólo tienen tres movimientos en vez de los seis o siete de los divertimenti. Escritos a los 16 años, son excelentes ejemplos de su talento adolescente; la l38 es muy buena y le pisa los talones a la más famosa    136; la 137 se toca menos porque es más contemplativa. La 138 tuvo una muy cumplida versión por parte de director y orquesta.

            Las dos serenatas para cuerdas románticas más famosas son las de Tchaikovsky y Dvorák y con buena razón: son las dos mejores por calidad melódica y armónica, variedad e inspiración. Hay variantes posibles- son obras bellas las de Suk y Elgar; pero siempre se vuelve a las principales. La de Dvorák, su Op.22, data de 1875 y se integra en cinco movimientos, a cual más inspirado. Un Moderato de gran belleza melódica, un Menuetto que más bien parece un Vals y está imbuido de melancolía, un jubiloso Scherzo de fuerza folklórica, un Larghetto muy lírico y extenso y un Finale, Allegro vivace, en donde tras desarrollar el tema inicial de marcado ritmo, cita tanto al cuarto como al primer movimiento, antes de culminar con alegría.  Asombroso que lo haya escrito en 12 días, quizá por un estado de ánimo que reflejó la beca que Viena le había otorgado, sacándolo de la estrechez económica e iniciando la etapa madura de su gran carrera. En todo caso esta orquesta radicada en Viena pareció bohemia  (me pregunto si Vladar no es un apellido bohemio) y nos ofreció una admirable versión, de gran riqueza tímbrica y ritmo contagioso. Las piezas fuera de programa no fueron novedad para mí pero sí para los abonados del segundo ciclo: un fragmento de la Suite Holberg de Grieg y el 3º movimiento del Divertimento K. 136 de Mozart. Como última referencia, me atrajo la manera gestual de Vladar, comunicativa y clara.

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            Hay una segunda parte en este artículo: el Mozarteum tiene la buena tradición de anunciar la siguiente temporada en el programa de mano de la última función de cada ciclo y por eso tenía yo gran expectativa; por supuesto, cumplieron y por ello puedo comentar brevemente lo que nos espera en 2019.

            Es evidente que  el dólar a 40 en vez de 20 resulta un problema mayúsculo para cualquier institución que quiera ofrecer  los grandes talentos internacionales. A ello se agrega la dificultad en el Colón actual de obtener fechas razonables; hubo varios casos este año que sólo se pudieron salvar gracias a la buena voluntad de los artistas pero que significaron gastos extra; en 2019 volverá a ocurrir.  Y también (ya se notó en esta temporada) cierta reducción de mecenazgos privados debido a la situación económica.  Como en otros años, la impecable trayectoria del Mozarteum y el apoyo de embajadas han ayudado a concretar algunas visitas.

            Como este año, los dos ciclos ofrecerán nueve conciertos y no diez, pero el número es lógico y hasta positivo en un contexto tan complicado. La temporada será menos audaz e innovadora que la de 2017 e incluso la de este año, ya más acotada, pero mantendrá la calidad. Insistirá en artistas que han tenido éxito aquí y que quieren venir pero también presentará artistas nuevos. Lamento que haya una sola fecha de cámara y que por segundo año consecutivo no venga un cuarteto de cuerdas, textura que es la quintaesencia de la música de cámara. Habrá tres orquestas sinfónicas y dos de cámara, un pianista, un violoncelista, una cantante y un grupo camarístico. No voy a entrar en detalles de la programación: se la puede consultar en el sitio web del Mozarteum. Pero sí lamentar que haya tan poca renovación de repertorio.

            La temporada se inicia el 22 y 23 de Abril con la Venice Baroque Orchestra y el violinista Giuliano Carmignola, grupo que vino con éxito hace pocos años. Más que una orquesta es en realidad un ensemble. Luego, por primera vez en el Mozarteum, una orquesta china: la Sinfónica de Beijing dirigida por Li Biao, con el violinista Sergei Dogadin (Lunes 13 y Miércoles 15 de Mayo). A continuación, la Irish Chamber Orchestra con el clarinetista Jörg Widmann (Lunes 3 y 10 de Junio). Alessio Bax es un talentoso pianista que dejó buena impresión en su visita previa; en su caso la programación sí es renovada y valiosa; Lunes 24 de Junio y 1 de Julio. Los Lunes 5 y 12 de Agosto se presentará la Chamber Music Society Lincoln Center New York, creo que por primera vez. Luego un artista nuevo aquí, el violoncelista Jean Guihen-Queyras, se medirá con las Suites de Bach los Lunes 26 de Agosto y 2 de Septiembre. Los Lunes 23 y 30 de Septiembre debutará en Buenos Aires la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo dirigida por Gustavo Gimeno (debut) y con otro debut valioso, la notable violinista Janine Jansen. Es  muy de festejar el retorno de la magnífica Orquesta Sinfónica de Montreal y con el gran Kent Nagano, seguramente uno de los más talentosos directores de la actualidad, con programas interesantes y la violinista Veronika Eberle, el Lunes 7 y el Martes 8 de Octubre. Finalmente, la muy apreciada mezzosoprano Joyce DiDonato es traída por el Mozarteum por cuarta vez, aunque no con piano sino con el conjunto Il Pomo d´Oro, el Lunes 28 y el 30 de Octubre.

 

                       




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