Bohemian Rhapsody, Dios salve a la Reina



 

Luego de casi una década de intentos fallidos, la vida de Freddie Mercury finalmente llega a la gran pantalla en una película que no dejará a nadie indiferente.

 

Por Iván Gordin.

 

Queen es una de esas pocas bandas de rock universalmente aclamadas. En un mundo que se rige por polémicas y dicotomías, la música del conjunto inglés funciona como un extraño punto de consenso entre los melómanos (y no tanto) de todo el mundo. Tiene un poco de todo para todos: es pesado, es distorsionado, es melódico, es armónico, es romántico, es emocionante, es divertido, es bailable, es operático, es ampuloso, es simple, es pegadizo. Le gusta al metalero, al progresivo, al académico, al rollinga, al careta; le gusta al gato, a mi tío, a tu abuela y a tu mamá. En resumen: no hay ser en la Tierra que no haya cantado o tarareado un “¡Mammía Mammía, Mamma Mía let me go!”. Si encima le sumamos la tragedia y los mitos alrededor de unos de los cantantes más talentosos y estrambóticos de todos los tiempos, no era más que lógico que se estrenará un film sobre esta temática.

No obstante, la obvia tarea de llevar adelante una biopic sobre Freddie Mercury sufrió más de un contratiempo. Los insólitos caprichos y recelos de Brian May y Roger Taylor (productores de la  película) provocaron un interminable desfile de actores (Sacha Baron Cohen fue contratado originalmente como protagonista) y cineastas que ni siquiera se detuvo durante el rodaje. Bryan Singer, director del 85 % del metraje, fue despedido por supuestas ausencias y peleas con el reparto (vale recordar que en los últimos años Singer fue denunciado repetidamente por abuso de menores) y Dexter Fletcher (director del próximo film sobre Elton John) fue traído a escena para terminar el trabajo. En resumen, esta película bien pudo haber sido un papelón; una mancha de esas que Queen parece acumular desde la partida de Farrokh Bulsara en 1991. Y por suerte, no lo es; sin embargo, tampoco está a la altura de aquello que pretende representar. Bohemian Rhapsody es una obra efectiva, hasta emotiva tal vez, pero repleta de clichés y algo torpe narrativamente.

Como mencionamos previamente, May y Taylor son muy obsesivos en cuanto a la imagen de lo que es literalmente su propiedad. La vida de Freddie, aquí interpretado de manera más que solvente por Rami Malek (Mr. Robot), es un conjunto de anécdotas pasteurizadas y cuidadosamente enmarcadas en un halo de brillo hollywoodense; incluso con algo de prejuicio hacia la comunidad homosexual. El resto de los integrantes son reducidos a simples estereotipos: el bajista aburrido muy injustos con el gran John Deacon, el baterista mujeriego y el guitarrista más bueno, creativo y simpático del mundo ¿Adivinen quién la produce?.

El realismo y la originalidad no son los fuertes de este film. La estructura dramática es la fórmula clásica de la biopic musical: inadaptado social tiene éxito con una banda y pasa por un infierno personal hasta su redención final. Entonces, ¿por qué es efectiva? Básicamente porque es Queen. Con una mínima coherencia narrativa, una fotografía correcta y una buena puesta en escena, lo que podría sería un producto mediocre si se tratara de una banda cualunque, aquí se convierte en una experiencia emocionante para cualquier amante promedio de la música.

Bohemian Rhapsody no será recordada como una de las grandes obras del séptimo arte, ni siquiera como una gran biopic; pero en sus salas encuentra a más de un espectador cantando, llorando o “moviendo la patita”. Y eso, a veces, también es rock.

 



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