Wang, Balat y Skolarski: Tres maneras de tocar muy bien el piano



En sólo 8 días se escucharon 3 pianistas de categoría: Konrad Skolarski el 3 de octubre para Chopiniana en el Auditorio de la Fundación Beethoven; Yuja Wang para los dos ciclos del  Mozarteum en el Colón el 8 y el 10; y Marcelo Balat para Conciertos del Mediodía del Mozarteum en la Sala Argentina del CCK.

Por Pablo Bardin.

 

MOZARTEUM ARGENTINO

            Yuja Wang es considerada un fenómeno de virtuosismo y su debut era muy esperado. Nació en Beijing en 1984; madre bailarina, padre percusionista. Inicialmente estudió en el Conservatorio Central de la capital china; en 1999, a los 15 años se trasladó a Canadá, donde estudió en el Mount Royal Conservatory de Calgary; en 2001 fue elegida Artista Steinway y al año siguiente se perfeccionó con el gran pianista Gary Graffman en el célebre Curtis Institute of Music de Filadelfia. Se graduó en 2008 cuando ya había logrado un exitoso debut con la National Arts Center Orchestra de Ottawa y cuando reemplazó a Argerich en el Primer Concierto de Tchaikovsky con la Sinfónica de Boston. Desde el año siguiente es artista exclusiva de Deutsche Grammophon y para esta empresa grabó conciertos de Prokofiev, Rachmaninov y Ravel. Los más famosos directores  en las mejores salas la han dirigido; además  realizó recitales en múltiples ciudades. Un talento innato, sin duda, pero también estudios prologados y serios han producido una artista que se destaca dentro de la miríada de eficaces pianistas en el mundo. También se destaca por su interés en la moda, reconocido por el Women´s Circle de Giorgio Armani. Tiene su lado excéntrico pero es innegable la fuerza y exactitud de sus interpretaciones en repertorios afines, como el Romanticismo y Prokofiev; y sobre ellos se basó su recital en Buenos Aires.

            Yo estuve el 8 de Octubre. Mujer atrayente y menuda, salió con un vestido negro y largo de gran elegancia y saludó con un gesto que será invariable: una rápida y profunda reverencia con las manos sobre el busto. El contundente Preludio en sol menor, op.23 Nº5, de Rachmaninov, fue tocado con impresionante garra y solvencia. Siguió del mismo autor la Vocalise Op.34 Nº14, que había sido escrita para la soprano Antonina Nezhdanova en 1915; se escuchó en el convincente arreglo del gran pianista húngaro Zoltan Kocsis (1952-2016) y  Wang tocó con innegable encanto esta espléndida melodía. Pero luego cambió el programa sin aviso, y en lugar del anunciado Étude-tableau en mi bemol menor, Op.39 Nº5, obra enjundiosa y ardua, de Rachmaninov, tocó la grata, breve y simpática Canción sin palabras Op. 67 Nº2, de Mendelssohn, en estilo y respetando su suave romanticismo. Buena parte del auditorio, incluso algún colega, no captó el cambio bastante drástico de repertorio. Curiosamente el 10 de octubre sí tocó el Étude-tableau, y también la pieza de Mendelssohn, pero como yapa.

            Chopin había asombrado con la Sonata Nº2 por su audacia y originalidad; la Tercera Sonata, en si menor, Op.58, es amplia y exigente pero con mayor respeto por la tradición. El tema inicial del primer movimiento, Allegro maestoso, es poderoso y dramático: el segundo tema en cambio es lírico y cantable. Respeta la forma sonata con su intenso desarrollo, recapitulación y coda, y con la particular coloración melancólica de si menor, la tonalidad de la gran Sonata de Liszt. Wang demostró ya en este comienzo que su dinamismo y perfección técnica se atienen a la partitura, con rubatos controlados, bello toucher, y el don de la continuidad. El Scherzo fue fulgurante, como debe serlo, y su contrapartida, el Trío, lento y cantable, tal como lo escribió Chopin. Nunca me convenció del todo el extenso Largo, cuya parte intermedia me parece monótona y desmesurada, con un material demasiado escaso; Wang controló su temperamento y no apuró los tempi, pero tampoco agregó algún toque de color o rubato que lo hiciera más interesante.  Estuvo a sus anchas, deslumbrante, en el dificilísimo Finale, un Rondó-sonata de una variedad e imaginación que lo sitúan como el mejor de esta obra y comparable  a la Primera Balada. Allí Wang demostró ser una artista de primer rango. En particular fue extraordinario escuchar pasajes en semicorcheas vertiginosas donde la pulsación permitía apreciar cada una de esas notas con un color perlado.

            Bastante tarde en el intervalo afinaron el piano del Colón, mejorando graves cavernosos y agudos opacos. Hasta el mejor piano se desgasta con el tiempo; quizá sea el momento para planificar un reemplazo.

            Cambio de “look”: esta vez Wang se presentó con un vestido colorado ultracorto. Tocó una obra favorita mía: la Sexta sonata, en La mayor, Op.82, de Prokofiev.  Décadas antes había escrito la magnífica Segunda sonata, típica de lo mejor de su etapa joven; antes de la Sexta habían pasado 16 años desde la serena Sonata Nº5. La Sexta es estrenada por el propio compositor, gran pianista, en una audición radial de la Unión de Compositores el 8 de abril de 1940.  Y meses después Sviatoslav Richter hace su estreno público en su debut formal en la Sala del Conservatorio de Moscú. Hago mías estas palabras del legendario intérprete: “Con una audacia bárbara el compositor rompe con los ideales románticos y anima su música con las devastadoras pulsaciones del siglo XX”. Comenta Claudia Guzmán: “pocos meses faltaban para que Alemania violara el tratado de no agresión firmado por Hitler y Stalin en 1939 e iniciara la invasión rusa poniendo en marcha la Operación Barbarroja” (en realidad lo firmaron Von Ribbentrop y Molotov, pero avalado por los dictadores). También la Séptima y la Octava sonatas fueron escritas durante la Guerra, y las tres fueron consideradas “sonatas de guerra”; la Séptima es otra obra maestra.

              El Allegro moderato inicial se caracteriza de inmediato por un disonante diseño, pese a estar en La mayor; esa primera sección es agitada y dramática. Luego aparece el lirismo en el segundo tema, que gradualmente se hace virulento, y aparece un motivo de notas repetidas que trae ritmos insistentes. Ya en este movimiento Wang tocó con un salvajismo impactante y con una absoluta seguridad que mantuvo en vilo a la audiencia. El Allegretto que sigue es muy distinto; neoclásico y humorístico, “entre sonrisas y muecas” (Guzmán); y Wang se adaptó a este nuevo carácter. El “Tempo di valzer lentísimo” (tercer movimiento) parece emparentado con la música amorosa de “Romeo y Julieta”, aunque interrumpido por “oscuras y estremecedoras sonoridades heredadas del primer movimiento” (Guzmán). Y aquí también Wang supo dar ternura a su fraseo y temor a la interrupción, con una lectura exactísima de la música. Pero será en el desenfrenado último movimiento donde ella llegará también a su  más trascendente nivel. En efecto, la música tiene una “trepidante mecanicidad” (Guzmán), que a mí me evocó el ballet “El paso de acero”, y con otro cariz aparecen el gesto inicial de la sonata y el tema de notas repetidas, antes del sector conclusivo, de alto virtuosismo y fuerte disonancia. En las manos de Wang, todo fluyó con irrepetible brío.

            Conocí la Sexta en los años 50, una muy buena grabación de Leonard Pennario, y luego sólidos pianistas del Hemisferio Norte la tocaron en Buenos Aires: Malcolm Frager en 1963 y Ronald Turini en 1968; y luego  la escuché poco, aisladamente, en vivo. Hay grandes grabaciones de las que sólo conozco la de Richter: Kissin, Ashkenazy y Bronfman. Pero no tengo dudas: la de Wang en vivo está en esa selecta compañía y con un toque personal que sin embargo es fiel al espíritu y a la letra de la obra.

                        Ella es personal hasta en su manera de ofrecer piezas fuera de programa  (mal llamadas bises). Habitualmente los artistas no dan “yapas” de primera instancia; ella sí. Cada vez que salió a saludar tocó; saludó cinco veces, dio cinco piezas, generosamente, con mucha cordialidad. Y tres de las cinco fueron “rompededos”, arreglos enormemente complicados a los cuales ella añadió algunos firuletes. Empezó con la polca “Tritsch-Tratsch” de Johann Strauss II en el “inhumano” arreglo de György Cziffra, bastante moderno, donde ella hizo prodigios nunca vistos aquí. Siguió con el único arreglo bien conocido y excelente, difícil pero no absurdamente difícil: “Margarita en la rueca” (“Gretchen am Spinnrade”), de Schubert-Liszt; muy bien interpretado. Luego, algo inesperado: le ponen un atril y lee el arreglo para piano del muy escuchado “Danzón Nº2” de Márquez, notable en su versión orquestal y muy bien arreglado, aunque no sé si por el compositor; bastante extenso (unos 8 minutos), lo tocó con clara comprensión de su lenguaje caribeño; ¿lo aprendió para esta gira?

            Se había escuchado aquí, creo, el increíble arreglo de Volodos sobre el “Rondó a la  turca” de la Sonata Nº 11 de Mozart (él también había dado muchas piezas extras en su recital del Colón, de gran categoría); aquí Wang añadió, además de los propios, varios aportes jazzeros del pianista turco Fazil Say: ejemplo insuperable de extravagancia y super-virtuosismo. Y para finalizar, las Variaciones sobre “Carmen” de Horowitz (básicamente la Danza bohemia), con agregados de Wang, para hacerlo aún más rápido y estrepitoso; para entonces las ovaciones de las zonas altas del teatro eran casi rockeras.

            Wang es china y su extremada flexibilidad me hace pensar en los acróbatas chinos, los mejores del mundo: hacen con sus cuerpos lo que ningún occidental puede hacer. Hay miles de horas de entrenamiento pero también facultades genéticas. En la actualidad sobran los virtuosos en el mundo (por ejemplo, pianistas rusas de muchos dedos y poca sustancia), impresionantes en cierto sentido, pero sin autocontrol ni personalidad. Y eso es lo que tiene Wang y la hace genuinamente diferente.

            Me caben dudas sobre cómo se maneja en repertorios clásicos y en Beethoven o Schubert; sin embargo, un  buen amigo se quedó asombrado con su versión del Cuarto concierto de Beethoven, aquel que otra oriental, Mitsuko Ushida, tocó con profundo refinamiento en su única visita, de modo que quizá su espectro es mucho más amplio de lo que pudo apreciarse en este debut. También, me interesaría saber si logra la variedad caracterológica que necesita Schumann o la sutileza tímbrica de Debussy. Creo que tiene en ambos casos la capacidad, pero no sé si la empatía; el tiempo dirá. Entretanto, ella es la revelación del año.

 


 

CONCIERTOS DEL MEDIODÍA

            Hace tiempo que pienso que Marcelo Balat, eximio gran discípulo de Pía Sebastiani, es el mejor pianista argentino de su generación. Tiene actualmente 35 años.  Ya pasando los cuarenta está la gran figura de Antonio Formaro y la solidez de Alexander Panizza, y cercano a los 50 el indudable líder de su generación, Nelson Goerner.

            Su programa en esta ocasión puso el acento en Schubert, con dos obras: los Momentos musicales y la Fantasía “Wanderers” (“del Caminante”). La pauta de tiempo para estos conciertos es de una hora, y el pianista se percató que sumando las obras de Debussy y Falla que completaban lo previsto se pasaba de ese límite; en consecuencia avisó que sólo tocaría los Momentos musicales Nos. 1, 2 y 5, eludiendo el más famoso, Nº3 (no lo lamenté)., y se lo avisó al público. Pero lo que no le dijo fue algo muy extraño: que tocaría de inmediato, sin dar lugar a aplausos, la extensa Fantasía; el melómano avezado se dio cuenta; sin embargo,  no todos lo son y no me pareció bien. Y más raro todavía fue que hizo lo mismo con las otras tres piezas, o sea que después de Debussy enganchó directo con las dos obras de Manuel de Falla.

            Esto aparte, el recital fue un  continuo placer. El primer Momento musical es de por sí largo y abundoso, pero además sus numerosos sectores tienen barra de repetición y Balat los observó al pie de la letra; esto es discutible: en la época schubertiana no había discos y las barras eran para que los asistentes fijen mejor la música. No obstante, el estilo y la musicalidad del pianista fueron tan impecables que me dejé llevar por el indiscutible encanto schubertiano. El cuarto Momento es bastante breve y cantable, y el quinto, también breve, es rápido y en acordes muy ritmados; nuevamente el buen gusto, la calidad tímbrica y el fraseo fueron de un schubertiano de ley y me recordó a Badura-Skoda.  Y curiosamente, hay una afinidad entre ese quinto Momento y el comienzo de la gran  Fantasía sobre el Lied del Caminante, también poderoso, rápido y en poderosos acordes. La obra, que llega a unos 20 minutos, es quizá la más difícil del autor, junto a las tres enormes últimas sonatas. Y también de las más inspiradas, no sólo por la belleza de las melodías sino por la variedad con la cual se la expande, incluso un notable fugato hacia el final; torrentes de notas se suceden a alta velocidad salvo un episodio Adagio, y la estructura es de sonata: Allegro, Adagio, Scherzo y Finale.  Salvo muy mínimos deslices en algunos de los centenares de acordes, la versión fue admirable en su comprensión de estilo y dominio técnico, y nuevamente me evocó a Badura-Skoda, cuyo recital Schubert fue lo más destacado de sus varias visitas.

            Y nuevamente, en algo muy distinto, refinamiento y gran capacidad técnica: el mundo líquido de “Reflets dans l´eau” (“Reflejos en el agua”), primera pieza del primer libro de “Imágenes” (1905) de Claude Debussy, impresionismo puro en planos superpuestos, el secreto que aplicó el mismo año en su obra maestra “El Mar”, ayudado por los timbres orquestales ; secreto que también tuvo Ravel en sus “Jeux d´eau” (“Juegos de agua”) y que fue intuido por Liszt en sus “Juegos de agua en la Villa d´Este”. La “Serenata Andaluza” de Manuel de Falla data de 1900 en su versión para piano; había sido escrita para violín y piano el año anterior. Es una pieza muy grata escrita a los 24 años y raramente tocada; Balat lo hizo con mucha sensibilidad. Y luego atacó esa obra extraordinaria, la amplia Fantasía Baetica dedicada a Rubinstein, quien la estrenó en 1920 en New York. Baetica era la zona sureña de Hispania, la unión de tres provincias españolas en el Imperio Romano, y Cádiz (Gades) era un gran puerto; y muchos siglos después, la ciudad natal del compositor. Música audaz, moderna, tan difícil como los más difíciles episodios de la “Iberia” de Albéniz, es todo un desafío para un pianista, y Balat la resolvió como el gran maestro que es. El mejor elogio posible: sólo una vez escuché la obra con tanta calidad, y fue por Alicia de Larrocha.

            La pieza extra nos retornó a las “Images” y al agua: “Poissons d´or” (“Peces dorados”), 3ª del primer Volumen. Otra oportunidad para que Balat muestre su talento para este tipo de música tan bello y sutil.

 


 

CHOPINIANA

            Por distintas circunstancias (salud o colisiones con otras citas musicales o familiares)  no pude hacerme presente en las primeras cinco fechas del ciclo Chopiniana, que este año se hace en el buen Auditorio de la Fundación Beethoven, Santa Fe 1452, en días miércoles a las 19,30 hs, gran mejora acústica con respecto a la Sala Oval del Palacio Paz, muy bella pero terriblemente retumbante. Lamenté en particular perder el primero, con el pianista italiano Giulio Biddau; dio otros dos conciertos en distintas salas pero nuevamente no logré coincidir. El segundo tuvo que ser cambiado: por un absurdo asunto de visación, no vino el inglés Mark Viner, que hubiera traído como obra de fondo algo importante: la oportunidad de escuchar una obra de Alkan: la Gran Sonata “Las cuatro épocas”; en cambio tocó el pianista argentino Rodrigo Tavera. Siguieron tríos de pianistas jóvenes: por Austria, Daniel Lesko, Dominik Zhang y Benedikt Holter; por Argentina, Javier Miranda, Franco Broggi y Leonardo Pitella Lahoz. Y finalmente, el argentino de amplia trayectoria internacional Eduardo Delgado.

            El retorno del polaco Konrad Skolarski fue bienvenido; el año pasado había dado buena impresión  y estrenado varias piezas de compositores polacos poco conocidos aquí. Esta vez en cambio eligió piezas habituales de repertorio; lástima que no puso ni una obra de infrecuente ejecución. Fue presentado con oportunas palabras del Embajador polaco.

            Como lo demostró en todo el programa, tiene una técnica muy sólida y todo lo prepara con cabal profesionalismo. Las interpretaciones son en cambio de desigual interés. En general me resultó atinada su visión de la Sonata Nº8, “Patética”, de Beethoven: sonido potente y controlado, digitación muy segura, buen fraseo. Sólo podría objetar que, siguiendo una moda que no comparto, las partes lentas son algo más lentas que lo necesario y los silencios más pronunciados, y en cambio las rápidas tienen algunos puntos de metrónomo (no muchos) añadidos; pero fue una buena versión.

            Las “Escenas infantiles” de Schumann, como lo insinué más arriba en este artículo, son, como muchas otras obras suyas, caracterológicas: los títulos de cada fragmento indican que no sólo hay que tocar correctamente las notas sino también darles un carácter de acuerdo a esos títulos, y ello no siempre pasó. Fue muy eficiente en las piezas rápidas y de intrincados ritmos, pero a veces careció de poesía en varias de las  más contemplativas, aunque siempre dentro de un nivel técnico correcto.

            Toda la segunda parte fue dedicada a Fryderyk (a la polaca) Chopin, y aquí lo sentí en casi todo momento de acuerdo con el sentido emocional de la música y con buen manejo del rubato. Las partes rápidas del Scherzo Nº1, op.20, son agitadas y vertiginosas, y logró tocarlas con brillantez; pero la melodía lenta sonó algo monótona. Curiosamente todas las piezas que eligió están en tono menor, el Chopin melancólico o dramático. Tocó dos nocturnos: el Nº15 en fa menor, op.55 Nº1, y el Nº 13 en do menor, op.48 Nº1. Son bastante distintos; el Nº 15 tiene una melodía triste, luego contrastada con un episodio dramático, y retomada con bastantes florilegios. El Nº 13 es de los más complejos: se inicia Lento, con una melodía dolorosa; luego, “Poco più lento”, otra melodía pero en acordes, como un coral, que luego se  transmuta en un episodio dramático y arduo en octavas; cuando vuelve la melodía principal tendrá que dominar un entramado de acordes hasta diluirse en los compases finales a un pianissimo. En los dos Nocturnos encontré muy adecuada la interpretación del pianista, a quien se lo sintió involucrado. Terminó lo programado con la menos intensa de las Baladas, la Cuarta, en fa menor, op.52. Aquí también lo sentí cómodo, y cuando la música se hace más rápida y contrastada tras una extensa zona serena Skolarski acertó con el fraseo y la intensidad.

            En su pieza extra cambió de compositor, y nos dio una válida versión del Preludio Nº 6 en sol menor de Rachmaninov. Skolarski no tiene mayor empatía en la comunicación con el público pero es sin duda un pianista de calidad.

Pablo Bardin

             

 




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