El MET inicia temporada con una memorable actuación de Netrebko y Rachvelishvili en "Aida"



Quiso la mala suerte que el inicio de la temporada del Met (la Metropolitan Opera de New York) transmitida por satélite  coincidiera con la ceremonia que dio comienzo a la Olimpíada de la Juventud, cuyas autoridades habían decidido que se hiciera en la Avenida 9 de julio desde el Obelisco hacia el Sur.

Un enorme perímetro quedaba vedado a subtes cercanos, colectivos, taxis y otros medios de transporte a partir de las 14 hs, justo cuando empezaba la emisión de “Aida” de Verdi en el Teatro El Nacional para la Fundación Beethoven.

 

Por Pablo Bardin.

 

Imposible suspender  ya que es transmisión directa. Hubo que ingeniárselas para llegar desde cada domicilio y luego para volver. En mi caso fue todo un raíd. Vivo en Palermo; taxi a Plaza Italia, subte desde allí a la estación 9 de  julio, que está del lado de Pellegrini   y por ende permite llegar al Teatro El Nacional. Para el retorno caminé por Corrientes hasta Esmeralda, luego tomé Lavalle hasta Alem y allí busqué taxi largo rato (había pocos y el tránsito era lentísimo hasta Córdoba). Me llevé una sorpresa cuando comprobé que había un considerable público fiel a la cita, cada persona con su propia historia de cómo llegar y volver: prueba contundente de la atracción que este ciclo ejerce para los amantes de la ópera. Y eso que hay mucha gente de avanzada edad (como yo).

            Pese a que es muy criticado, Peter Gelb, Director Artístico del Met, cumple 13 años de gestión, señal de que el Board of Directors  (Cuerpo Directivo) sigue avalándolo (creo que se equivocan). El año pasado la temporada había empezado con un “Tristán e Isolda” apenas salvado por Nina Stemme y un buen director de orquesta, pero con una grotesca puesta polaca compartida por cuatro teatros, demostración clara de una crisis no sólo de criterio sino también de dinero. Esta vez Gelb fue a lo seguro, con una “Aida” muy vistosa de Sonja Frisell y que está en el Met desde hace 28 años; soy de la opinión que el Met debería empezar con una puesta nueva de la ópera que elige, pero por otro lado hay tanto disparate en la actualidad que al menos nos dieron lo tradicional bien hecho. Claro está que ello no basta: “Aida” exige grandes voces y allí Gelb acertó con las damas pero sólo parcialmente con los caballeros; especialmente lamentable el Radames de Aleksandrs Antonenko, que después de su Otello no hubiera debido ser contratado nuevamente por el Met. Sin embargo, poder salir del teatro (que estaba repleto) con la evidencia de haber escuchado dos artistas memorables es la esencia misma de lo que debería pasar en el arranque de temporada del que todavía sigue siendo el más importante teatro de ópera del mundo. Y “memorable” es la palabra para la Aida de Anna Netrebko y la Amneris de Anita Rachvelishvili. Las tremendas ovaciones para ambas y el pequeño aplauso de compromiso con algún abucheo para Antonenko indicaron que el público del Met sabe distinguir.

            Como se sabe, lo que se puede ver por satélite es una selección de las óperas de la temporada: 10 entre las 27 que los neoyorquinos pueden ver entre Octubre y Mayo. Aparte de “Aida”, veremos “Samson et Dalila” el 20 de octubre (Alagna y Garança), “La fanciulla del West” el 27 de octubre (Westbroek y Kaufmann), el estreno de “Marnie” de Muhly el 10 de noviembre (Leonard, Graves, Maltman), “La Traviata” el 15 de diciembre (Damrau, Flórez), “Adriana Lecouvreur” el 12 de enero 2019 (Netrebko, Beczala), “Carmen” el 2 de febrero (Margaine, Alagna), “La fille du régiment” el 2 de marzo (Yende, Camarena), “La Walkiria” el 30 de marzo (Goerke, Westbroek, Grimsley) y “Dialogues des Carmélites” de Poulenc el 11 de mayo (Leonard, Pieczonka, Mattila). En general, pinta bastante bien.

            Y estos son los títulos que no veremos (algunos se incluyeron el año pasado): “Don Giovanni”, “La flauta mágica” y “La clemenza di Tito”, “Tosca”, “La Bohème” y el “Tríptico”, “Rigoletto”, “Otello” y “Falstaff”, “El oro del Rhin”, “Sigfrido” y “El ocaso de los dioses”, “Les pêcheurs de perles” (Bizet), “Pelléas et Mélisande”, “Mefistofele” (Boito) y la combinación de “Iolanta” (Tchaikovsky) y “El castillo de Barba Azul” (Bartok). Poco riesgo en general, mucha necesidad de llenar la sala. Y el Met depende de los sponsors, no como en Europa, donde hay una considerable intervención de dinero del Estado, si bien esto ha diminuido en años recientes, y de allí la necesidad creciente de compartir gastos mediante coproducciones (aquí también). Y los grandes cantantes escasean.

 

 

            Se recordará que cuanto se dio “Aida” meses atrás en el Colón me explayé sobre los defectos del libreto, y cada vez que la veo vuelven a molestarme. Pero la maravilla es cómo Verdi logra dar interés y variedad a cada episodio por más incongruencias que tenga. Y cómo consigue que “Aida” sea a la vez una grand´opéra con dos escenas de enorme complejidad (y fuerte gasto) y por otro lado que tenga poderosas confrontaciones en la intimidad (Aida con Amneris, Aida con Amonasro) y con un refinado dúo de amor final.  Además cómo subraya la fuerza del sacerdocio, que tiene tanto o más poder que el Faraón (aunque lo llamen Rey); paralelo con “Don Carlo”. Y esto es fiel a la historia egipcia. Puede agregarse otro paralelo: Aida quiere morir con Radames para unirse en la eternidad, como Isolda con Tristán. Sí, está la concesión de las danzas intercaladas, no se podía evitar, pero son simpáticas. Y hay que reconocerlo, Ramfis tenía razón: no había que liberar a los etíopes. El personaje incoherente es Radames, pero no lo son ni Amneris ni Aida ni sobre todo Amonasro, impecable en su gran dúo con Aida. Y qué impresionante la capacidad técnica y la inspiración verdiana en los grandes concertantes, que dominó como nadie.

            Es un error creer que en “Aida” haya que minimizar las escenas de gran despliegue: están escritas para que lo tengan y lo contrario es traicionarlas. Por otra parte, la variedad y belleza del impresionante arte egipcio, así como su carácter tan propio, permite al escenógrafo y figurinista realizar trabajos de gran enjundia; no es posible ser original, sí de buen gusto y tino. Se está describiendo un momento álgido de la más importante civilización de esa lejana época: evocarlo con grandeza es lo que debe hacerse. Y ciertamente lo logra el escenógrafo Gianni Quaranta, con imponentes estructuras que a la vez son funcionales y bellas para las dos grandes escenas de muchedumbre y para el templo. Además supo imaginar soluciones para unir escenas divergentes y en la escena final realizó una cripta creíble. Arduo trabajo tuvo también el vestuarista Dada Saligeri con muchos centenares de diseños para el pueblo, los etíopes, los sacerdotes, la realeza, Aida y Amonasro, además de los bailarines. Por cierto que hay de dónde inspirarse, ya que es gigantesca la cantidad de pìnturas en tumbas que nos hacen un inventario soberbio con respecto a la vestimenta de la época de los Ramsés; en general están bien logrados, aunque evita los torsos desnudos que hasta los faraones lucían. Por supuesto lujosa en ropa y joyas Amneris, y adecuada la etíope de Aida, que como sirvienta de Amneris  ostentaba cierta categoría dentro de las esclavas, además de que sobre los etíopes hay poca documentación y ello permite mayor libertad al figurinista (no eran nubios negros). En el desfile triunfal no hubo tantos etíopes como en la puesta del Colón y llevaron menos maquillaje oscuro. El diseño de luces es de Gil Wechsler y probablemente sea distinto de cuando esta puesta se vio por primera vez; en general me pareció bueno, salvo en el Tercer Acto y en la cripta, ambos demasiado tenebrosos.  Hay sólo tres momentos con coreografía: la breve danza en el boudoir de Amneris, las danzas más largas en la Escena del triunfo y las muy escuetas de la escena del templo. Se las suele hacer bastante primitivas y folklorizantes, pero Alexei Ratmansky, muy conocido en New York por sus remozados clásicos de Tchaikovsky, optó por un lenguaje neoclásico; actitudes más que pasos de danza en el templo; una pareja blanca y ágil en el boudoir; y en la escena del Triunfo un entramado muy estético de bailarinas de blanco entrelazándose, y bailarines que tras una breve introducción esperaron el minuto final para unirse a las bailarinas. Es de hacerse notar que el Met no tiene un grupo grande de bailarines como el Colón y los reúne ad-hoc cuando ciertas óperas lo exigen. La régie de Frisell respeta el carácter de la obra y no pretende innovaciones, dirige con propiedad el “tránsito” en los desfiles; admite la rigidez del Rey,  Ramfis y sacerdotes. Distribuye bien los personajes en los grandes concertantes. Pero remarca la intensidad de las emociones del cuarteto principal, aunque quizás el repositor Stephen Pickover haya cambiado detalles con respecto a la puesta original. Y por supuesto es muy distinta la capacidad dramática de las damas con respecto a este Radames; en cambio el intérprete de Amonasro, Quinn Kelsey, sin ser una poderosa voz “a lo MacNeil”, tiene presencia y hasta pone algún matiz proto-verista en la gran escena del Tercer Acto. El Director del HD en vivo, Gary Halvorson, hizo un excelente trabajo; no sólo supo poner la cámara donde correspondía en las amplias escenas corales y captar la expresión de los rostros de los protagonistas, sino que varias veces tomó magníficas vistas cenitales que daban una perspectiva muy interesante que el público de sala no tenía. Y además hizo algo que advertí en otras óperas el año pasado: cuando hay un mini-intervalo (como aquí entre el Tercer y el Cuarto Acto) la cámara capta los movimientos de los técnicos para desmantelar una escenografía y montar la siguiente; queda en evidencia la eficacia y el ajuste de su trabajo, así como la asombrosa maquinaria disponible. Se entiende así que el Met pueda dar funciones el viernes a la noche, el sábado al mediodía y a la noche.

            Tuvimos reciente experiencia con respecto al estado vocal de Netrebko y a su total profesionalismo. Ella en la entrevista de intervalo comentó que Aida es su papel más difícil y sólo lo había hecho pocas veces antes del Met; pero ¿es Aida más complicada que Lady Macbeth, representada tiempo atrás en el Met con ella (y cantó una escena aquí)?  En un sentido sí: ella está enamorada del guerrero que gana la batalla contra su pueblo y sabe que es un amor imposible, ya que tiene veneración por su patria; por eso Amonasro logra que ella sonsaque a Radames el sendero que tomará el ejército. Si Amneris no los hubiera descubierto “in fraganti” otro hubiera sido el destino de los tres. Aida pasa por toda una gama de sentimientos, hasta un breve momento de rebeldía ante Amneris donde muestra su temple de princesa. Netrebko desde el primer instante hasta el último reflejó esos cambios en su actuación y en cada matiz de su canto, solidísimo en los tres registros: unos graves poderosos, un centro natural y dramático de genuina spinta y un registro agudo que le hizo llegar al famoso Do de “O patria mia” con total esplendor. También tuvo la dulzura necesaria en el tope del concertante en la Escena triunfal y en el dúo final. Pero en cierto modo era muy esperable que Netrebko estuviera admirable. Lo que yo al menos no imaginé fue que la Amneris estuviera al mismo nivel, ya que Anita Rachvelishvili, georgiana, era para mí una artista nueva. Me encontré con una actriz consumada que supo parecer tierna amiga de Aida para convertirse luego en una viperina rival manejada por celos incontrolables, hasta que su remordimiento explota en la fundamental escena del último acto cuando intenta salvar a Radames. Un temperamento como Christa Ludwig, una calidad vocal comparable a Cossotto, fueron revelándose escena a escena; rara vez he escuchado a una mezzo cantar con tanta ternura en la escena del boudoir o tanta ira impotente al enfrentarse a Ramfis, siempre con un registro completo y bello , seguro en cualquier frase. Es una gran  cantante con un apellido que no es fácil para su difusión, pero conviene retenerlo. Y las dos cantan en buen italiano.  Y me puse a pensar qué pasa con Italia, que no está produciendo las grandes voces. ¿Dónde están las nuevas Tebaldi o Cossotto? ¿O los nuevos Corelli y Bergonzi?

            No estoy bien al tanto con respecto a los intérpretes de Radames en la actualidad, pero me resisto a creer que no haya cantantes mucho mejores que Antonenko; hasta los dos que lo cantaron en el Colón, pese a ser de segunda categoría, eran mucho menos atacables. Leí en una crítica mencionados a Berti y De León como alternativas. Ya desde la primera escena quedó en claro que Antonenko iba a ser un  factor negativo. Hasta el aspecto le jugó en contra, con un rostro cuyos rasgos gruesos son, como diría Despina, un “vero antidoto d´amor”. Y su muy escasa capacidad actoral. Pero he escuchado cantar estupendamente a Björling, que era un pésimo actor, como el Des Grieux de Puccini. El canto en una ópera verdiana es el primer factor, y el de Antonenko fue desafinado, de ingrato timbre, fraseado sin gusto y carente de línea; si bien mejoró en el dúo final, por cierto que era demasiado tarde; agudos gritados y violentos, italiano mediocre, todo ello poco compensado por algunas frases mejor emitidas. Kelsey como Amonasro fue un buen actor, como insinué antes, y dio sentido a su rey vencido pero animoso, dispuesto a vengarse de las crueldades egipcias; salvó bien la parte y tiene un rostro con carácter. Los bajos cumplieron  sin ser de primer nivel. Nuevamente faltaron voces latinas. Dmitry Belosselskiy  cantó correctamente su Ramfis, con una voz de buen agudo y algo corta en el grave, pero con poca expresión y una presencia neutra. Y el Rey de Ryan Speedo Green fue seguro pero monótono en lo vocal y también él poco sonoro en los graves y escasamente comunicativo. Habrán querido cumplir con la cuota de  cantante negro pero en la historia egipcia hubo un solo faraón nubio, los otros eran blancos; si bien creo que también es un error, los Amonasro suelen ser negros y Aida  suele serlo o parecerlo; confunden a los etíopes de entonces con los nubios, pero la tez etíope era sin duda más oscura que la egipcia, de modo que eso es aceptable; sin embargo Netrebko no fue maquillada de ese modo. Sin embargo la tradición es esa, y recuerdo que la primera película de Sophia Loren la tenía a ella como Aida (la cantante –no recuerdo quién- grabó Aida en estudio y Loren movía los labios como si cantara).  Otro eslavo, Arseny Yakovlev, fue un buen Mensajero, con una voz de calidad, no la mediocre que suele escucharse en este breve pero importante rol, ya que la guerra empieza a partir de su informe. En cambio, la voz en off que se escucha en la escena del templo fue asumida por la soprano Gabriela Reyes con un pronunciado vibrato.

            Ya es lugar común alabar a la Orquesta y al Coro del Met; se sabe que son excelentes, de los mejores del mundo. Y volvieron a probarlo. Esta vez  dirigió la orquesta Nicola Luisotti y consiguió un resultado de gran nivel técnico y muy buena concertación, con tempi adecuados y fraseos muy tradicionales. Nada personal pero muy eficaz. Y el Coro dirigido por Donald Palumbo  siguió demostrando que no sólo tiene voces notables y total ajuste sino que sus integrantes son actores versátiles.

            En suma, una “Aida” con un flanco débil pero muy digna de recordarse por las damas, el coro, la orquesta y la puesta. Mejor comienzo que el año pasado sin duda.

 

Pablo Bardin

 




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