El esperado retorno de Juan Diego Flórez



PH: Arnaldo Colombaroli - Prensa Teatro Colón

 

Hace 13 años un memorable concierto del Mozarteum nos trajo el debut argentino del tenor ligero peruano Juan Diego Flórez, entonces considerado como un especialista del bel canto, y lo acompañó la Asociación de Profesores de la Orquesta Estable dirigida por Riccardo Frizza. Una velada con una selección de Rossini (sobre todo), Donizetti y Bellini cantada con una seguridad vocal asombrosa tanto en los agudos como en el canto florido. Una voz de límpida emisión, cuidada afinación y considerable poder, no meliflua y camarística como la de su compatriota Luis Alva. Quien redactó la minibiografía en el programa tuvo el mal gusto de no mencionar esta visita anterior. Durante este lapso considerable su voz ha cambiado, según consta en una entrevista publicada en La Nación y la que le hizo Luciano Marra de la Fuente en la Revista del Colón. “Mi voz se volvió un poco más gruesa en el centro; eso permitió que me animara con “Guillermo Tell” de Rossini en Pesaro”, aunque sin perder su dominio de agudos y sobreagudos. “Yo estoy siguiendo las huellas de Alfredo Kraus”. “Cuando uno pasa los 40, la voz siempre va cambiando” (tiene 43 años).  La Revista sí consigna datos sobre el concierto anterior en el Colón.

 

            Lamentablemente, a diferencia de Kraus, nunca vimos a Flórez en una ópera en el Colón; las condiciones económico-financieras han cambiado y armar un elenco de campanillas es  mucho más caro que un recital, por bien pago que esté. Pero están los DVDs y en ellos lo ví en varias óperas, donde su estilo y seguridad están bien presentes, aunque también una tendencia a lo estentóreo.

            Esta vez no lo acompañó una orquesta sino un pianista, lo cual es siempre negativo cuando se trata de un recital de arias de ópera y no de canciones: el colorido orquestal importa y añade. Sin embargo, Vincenzo Scalera es un artista de gran carrera, ya que fue asistente en La Scala de figuras como Abbado, Chailly, Gavazzeni y Kleiber, acompañó a Bergonzi, Gencer, Carreras y Caballé, grabó discos con cantantes (especialmente con Scotto las canciones completas de Verdi) y participó en famosos Festivales.  Los arreglos que tocó están bastante bien logrados aunque persisten las limitaciones, y en todo momento su digitación fue precisa y sus fraseos estuvieron de acuerdo al tempo necesario; por supuesto, la coordinación con Flórez fue impecable. Y tocó dos piezas para darle un respiro al cantante: un valsecito simpático de Donizetti  y un buen arreglo pianístico de esa espléndida melodía de Massenet, la Meditación de “Thaïs”, original para violín y orquesta, interpretada con fino toucher.

            Como aclara el tenor en las entrevistas, su voz siempre fue para Mozart pero nunca se lo pidieron,  el bel canto le era siempre requerido; pero le gusta mucho y hay tres óperas que quisiera hacer: “La Flauta Mágica” porque fue un impacto de  adolescencia, la cantó como integrante del Coro Nacional, y las dos “opere serie” de gran nivel, “Idomeneo” y “La clemenza di Tito”; y coincido: creo que le van muy bien a sus posibilidades. Y en efecto, comenzó con esa maravilla que es el aria del retrato de Tamino, “Dies Bildnis ist bezaubernd schön” (“Este retrato es mágicamente bello”). Varias cosas quedaron claras y no cambiarían durante todo el recital: es un profesional responsable y que tiene internalizado a la perfección lo que canta; su pronunciación del alemán (o del francés o del italiano) es cuidadosa y más que aceptable; se atiene a lo escrito con musicalidad; la nota más aguda es la que más le interesa y siempre avanza un par de pasos hasta el proscenio (esa sí a veces la exagera en duración y siempre la canta a voz plena); y sus gestos son muy tradicionales, moviéndose bastante. Su Tamino sonó  auténtico y la voz no necesitó ningún  calentamiento. Al parecer lo hará en la Ópera de Viena. El siguiente Mozart elegido está en “Il Re pastore”, cuando era  adolescente y seguía el  estilo italiano, y fue el único canto florido en programa: “Si spande al Sole in faccia” (“Se expande ante el sol”), rápida y difícil, brillantemente resuelta.

            Tras el vals de Donizetti, dos piezas suyas: “Una furtiva lacrima” de “L´elisir d´amore”, la única que también figuró en su visita anterior; Y ya saliéndose de bel canto leggiero,  el recitativo “Tombe degli avi miei” (“Tumba de mis antepasados”) y el aria “Fra poco a me ricovero” (“Dentro de poco yo recobro”), la angustiada despedida a la vida de Edgardo de Ravenswood que se cree traicionado por Lucia. Era previsible que la primera fuese admirablemente cantada, pero su Edgardo demostró que en efecto su voz puede dar acentos más dramáticos sin perder seguridad.  Lo que sí se empezó a notar fue una similitud de recursos, que luego se fue acentuando: gestos idénticos y melodramáticos y una voz que, aunque con mayor grosor, tiene menos armónicos que los ideales para repertorios más intensos.

            Y luego, la incursión en Verdi. Primeramente, la melodía valseada de “La mia letizia infondere” (“Infundir mi alegría”)  de “I Lombardi”, de la primera etapa del compositor, todavía cercana a Donizetti; luego “La Traviata”, que debutará este año en el Met: del Segundo Acto, el recitativo “Lunge da lei” (“Lejos de ella”) y “De´ miei bollenti spiriti” (“De mi bullente espíritu”), en donde Alfredo expresa su alegría de vivir con Violetta; pero agregó la posterior cabaletta en el mismo acto cuando cree estar traicionado: “O mio rimorso” (“Oh mi remordimiento”). Pese a que figuraba en el programa, mucho público se largó a aplaudir después del aria. Sin duda la agregó porque le permitió cerrar la Primera Parte con un prolongado agudo my enfáticamente alargado y con grandes gestos hacia la platea: es su lado showman. Pero Alfredo es para su voz en su mayor parte; creo sin embargo que el único pasaje “spinto”, el aria de la bolsa del Tercer Acto, no le resultará cómodo: de bel canto a tenor lírico, sí; a spinto no me parece.

            Abriendo la Segunda Parte, bastante Massenet: una atrayente canción que no conocía, “Ouvre tes yeux bleus” (“Abre tus ojos azules”), tercero de los “Poemas de amor” de 1880, y dos fragmentos de distinto carácter de “Manon”: la ensoñada “En fermant les yeux” (“Cerrando los ojos”) y la dolorosa reminiscencia en el cuadro de Saint Sulpice “Ah, fuyez, douce image” (“Ah, huid, dulce imagen”);  está programado debutarla próximamente. En la primera supo apianar con buen gusto, y en la segunda dar particular énfasis a esos “fuyez” y a un arranque dramático en el medio del aria; todavía no es suficientemente galo, como sí lo era Gedda (el mejor Des Grieux que ví en el Colón); sucede que el tenor sueco tenía un particular mimetismo con los idiomas. Pero sin duda Flórez puede cantarlo satisfactoriamente.

            Tras la Meditación de “Thaïs”, otro eminente francés: Charles Gounod  en su “Faust”, otro debut programado: “Salut, demeure chaste et pure” (“Salud, mantente casta y pura”), nobles sentimientos con respecto a Marguerite que pronto cambiarán con resultados catastróficos. Magnífica melodía que se aviene muy bien a la voz de Flórez, para quien el famoso Do agudo no es problema. Cantó el aria precedida de su recitativo, “Quel trouble” (“Qué turbación”); no figuraba en el programa. 

            Y después de esto, aparentemente convencido de tener al público fascinado, le habló sin necesidad ni propósito, antes de cantar el célebre “Pourquoi me réveiller” (“Porqué despertarme”), el falso canto de Ossian de “Werther” de Massenet (nuevamente), rol que ya ha interpretado. Cantado con limpia línea aunque por supuesto, quedándose segundos de más en la nota más aguda, no sentí en su timbre la agitación romántica del personaje. De más en más, la similitud de enfoque personaje a personaje se acentuó, sin la variedad de actores natos como Kaufmann o Domingo.

            Finalmente, el salto al verismo, con Rodolfo cantando “Che gelida manina” de “La Boheme” pucciniana; creo que es el limite para Flórez. Lo cantó muy agradablemente pero me quedé pensando cómo actuaría en las escenas humorísticas y dramáticas.

 

 

            Y entramos a la zona de las piezas fuera de programa; ya había avisado en La Nación que cantaría canciones populares de su reciente disco “Bésame mucho”. Pero antes aceptó cantar una especialidad que había estado en su concierto de bel canto: “Ah mes amis” (Ah, amigos míos”), de “La fille du régiment” (“La hija del regimiento”) de Donizetti, con sus famosos Do agudos; y lo hizo bastante bien (no perfecto). Y allí empezaron los chistes, cuando demoró su último ataque fortissimo al Do. Y apareció con su guitarra, volviendo a sus orígenes, ya que en su casa se escuchaba música popular pero no clásica. Había dicho en La Nación que se había lastimado los dedos jugando al fútbol, pero igual quiso salir con la guitarra, y no lo avisó de entrada sino después de la primera canción; grandes demoras afinando incluso con la ayuda del piano antes de acompañarse con simples rasguidos. Empezó con ese “Cucurrucucú paloma” mejicano de  T. Méndez  tan kitsch pero divertido, donde demostró su fiato en los falsetes. Luego, la peruana Chabuca Granda: “José Antonio” y “·La flor de la canela”, donde se observó que en música popular la impostación del tenor cambia y es más natural. Y luego, quizá planeado, quizá no, pidió ayuda con la guitarra y subió a escena el notable Arturo Zeballos, que acompañó admirablemente ese noble tango que es “Volver”, de Gardel y Le Pera, y que estuvo muy bien cantado. Dejó la guitarra y finalizó con Scalera acompañando una muy buena versión de “Granada” de Lara (con otro chiste) y“Nessun dorma” de “Turandot”, un Puccini demasiado spinto para su voz.

            Como impresión final: un profesional de primera con gran manejo de la comunicación con el público, pero no un artista completo en el sentido demostrado por Kaufmann o Domingo. Y un notable final para el abono de Grandes Intérpretes Internacionales.

Pablo Bardin.

 




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