Una gala de Ballet despareja



Desde hace varios años el Grupo Ars ofrece una Gala de Ballet en el Coliseo en Agosto; solía rivalizar con la Gala del Colón, pero Herrera la canceló el año pasado y tampoco la hay este año. La que comento es la VIII Gala Internacional de Buenos Aires y se ofreció el 24 y el 25 de agosto; vi la del 25. Ni la de 2018 ni la de 2017 están entre las mejores, ya que en ambas faltó una figura de especial brillo y personalidad; si la del año pasado adoleció de un exceso de fouettés remanidos, la de esta temporada tuvo puntos altos como Ciro Tamayo y otros flojos en coreografía y baile, pero paradójicamente lo más notable fue lo menos cercano a ya sea el ballet clásico o la danza moderna: Amir Guetta y Hemda Ben Zvi, atletas circenses con algo de danza. Como de costumbre, el folleto/programa tiene amplia y buena información con biografías de los bailarines y los coreógrafos. Pero siguen sin gustarme las presentaciones desde la pantalla; muy pocos bailarines dicen algo interesante o demuestran tener una personalidad que atrapa. No deja de  impresionar la nómina de los 137 artistas que se presentaron en estos ocho años y destaco dos nombres: Daniil Simkin, de asombrosa flexibilidad y humor; y Alicia Amatriain, de una gracia exquisita.

            La Parte I empezó bien, con el Grand Pas de “Festival de las flores en Genzano”, bella creación del puro estilo de Bournonville: pasos pequeños, rápidos y variados, y una estructura ajena al habitual pas de deux: una multitud de minivariaciones para el caballero o la dama o para los dos, con grata música de los daneses Eduard Helsted y Holguer Simon Paulli, muy bien bailada por Melissa de Oliveira, de fina figura y notable técnica, y Tamayo, brillante, elástico y estilista. Supe que en la primera función la bailarina había resbalado; no le doy la menor importancia, ya que puede ser una imperfección del piso o de las zapatillas de baile. Los bailarines son del Ballet del SODRE.

            No me atrajo el Ave Maria de Schubert como tema para una coreografía de Igal Perry creada para la compañía que fundó hace ya treinta años, Peridance Contemporary Dance Company; los pasos de danza, bailados por Craig Dionne, no tienen relación con la música elegida. Y nunca me gustó el breve dúo de Assif Messerer sobre un feo arreglo orquestal de la canción “Aguas primaverales” de Rachmaninov, donde pasos típicos de la exageración rusa terminan en una espectacular zambullida de la bailarina en brazos del bailarín; efectismo puro. Adiarys Almeida y Taras Domitrio no pertenecen a ninguna compañía, son artistas invitados internacionales (International guest artists) según reza en el programa. Salieron indemnes, en especial la bailarina.

            Y aquí vino la sorpresa a cargo de Guetta y Ben Zvi, israelitas: formaron el dúo Amir y Hemda en 2012 y “crearon su lenguaje especial de movimiento que combina acrobacia, danza contemporánea y técnicas de circo con la influencia de artes marciales como capoeira”. La pieza se llama “Kiss” porque se inicia con esa canción de Prince, pero sigue muchos minutos más sin música mientras la pareja hace una sucesión  inenarrable de proezas muy imaginativas y personales que fascinan por su humorismo y fantástica agilidad; es realmente algo nuevo y convincente.

            Mauro Bigonzetti es un coreógrafo italiano ligado al Aterballetto y al Balletto di Toscana. Serenata (Dúo), extracto del ballet “Cantata”, tiene una desagradable música del Gruppo Azzurd y una coreografía áspera y hasta violenta, por cuanto lo de “Serenata” parece un sarcasmo. Kateryna Shalkina, del Ballet du Capitole de Toulouse, y Oscar Chacón, artista invitado del English National Ballet y del Béjart Ballet, bailaron con fiereza y mucho ensayo para no lastimarse.

            El Pas de Deux “Cisne blanco”, de “El Lago de los Cisnes” de Tchaikovsky, debería llamarse Adagio, ya que es sólo eso; típica coreografía de Petipa, todo el lucimiento es de la bailarina; el bailarín es mero porteur. Aquí Almeida tuvo oportunidad de mostrar su sólida técnica clásica, y Domitro la apoyó bien.

            La Parte 2 se inició con “Lacrymosa”, música del Requiem de Mozart, coreografía de Edward Stierle, con Luciano Perotto, bailarín argentino. Stierle fue bailarín del Joffrey Ballet y murió de SIDA a los 23 años; esta coreografía es un lamento ante la inminencia de su muerte; aunque me molestan las coreografías de obras sacras, le ví un sentido en este caso, con las figuraciones angustiadas y sin embargo muy vitales de ese cuerpo que pronto no tendrá vida. Perotto, nacido en 1997, argentino formado en el ISA y promovido por el Grupo Ars, ganó premios en el Hemisferio Norte y es artista revelación de esta gala; de espléndido físico y expresivo rostro, comunicó la intensidad de la coreografía con muy válidos medios.

            El “Pas d´esclave”  de “El Corsario” es una elegante y difícil coreografía de Petipa; figura en el programa  con música de Tchaikovsky, lo cual me extraña sobremanera, ya que aquí se dio el ballet con música de Adam del estreno de 1856 y adiciones de Pugni y Delibes según la versión de Petipa de 1868 y algo de Drigo en la reposición de 1899; pero Tchaikovsky no; parece un error. De Oliveira y Tamayo bailaron el Pas con técnica segura y personalidades atrayentes.

            Amir y Hemda volvieron para el dúo “Unite”, extracto del show Zoog (“pareja” en hebreo), con música que fue un mix de La Grande Cascade y René Aubry, divertida y ecléctica. Y en efecto, tras múltiples instancias “atacándose”, el dúo termina uniéndose y de prodigiosa manera, con ella apoyando verticalmente su cabeza sobre la de él. Realmente son algo excepcional.

            Una coreografía tardía de Béjart fue hecha sobre una canción de Jacques Brel, que aunque belga fue un cantautor  esencial de la chanson francesa punzante y amarga, con su timbre poderoso y áspero y sus letras desencantadas. “Quand on n´a que l´amour” (“Cuando sólo se tiene el amor”) da entonces el clima para un dúo de lenguaje muy contemporáneo basado sobre las fuertes y dispares emociones de una pareja. Shalkina y Chacón le dieron carácter.

            “Gopak” es una vigorosa, breve y brillante danza rusa del ballet “Taras Bulba”, música de Vasili Soloviev-Sedoy y coreografía basada en el folklore de Rostivlav Zakharov. Fue bailada con bravura y desplante jubiloso por Tamayo.

            Una coreografía de Edwaard Liang con típica música minimalista de Philip Glass se denomina “Wunderland” (“Tierra de maravilla”). Taiwanés, Liang fue bailarín del New York City Ballet y del Nederland Dans Theater I de Kylian, y a partir de allí  no sólo bailó, también coreografió. Por tercera vez bailaron Almeida y Domitro, muy correctamente; los pasos son típicos de la escuela contemporánea de los Estados Unidos.

            El Pas de Deux más remanido del repertorio es seguramente el de “Don Quijote”, música de Minkus, en especial en la versión de Petipa (tercera vez en la gala del coreógrafo); francamente me satura. Nuevamente intervinieron Shalkina y Chacón, y lo hicieron en atavíos inesperados, ella de negro, y él pareciendo más un torero gitano que Basilio. Al menos Shalkina, que es ucraniana, pudo mostrar su sólida técnica, y me gustó que bailara con abanico, le da más carácter español. Chacón, que es colombiano y de tez oscura, hace un personaje más telúrico que el habitual y baila bien, sin deslumbrar.

            Resta reflexionar sobre las maneras de hacer estas galas más productivas en lo artístico. Por supuesto que sujeto al presupuesto que se tenga y el apoyo financiero que se obtenga, me parecen deseables varias cosas: una elección más rigurosa de los bailarines (demasiados no pasan de un buen nivel) y un repertorio distinto: eliminar “Don Quijote” por varios años; menos Petipa; con rusos hacer más ballets de ese origen pero del siglo XX ; una cuota razonable de danzas muy nuevas pero sobre todo explorar los grandes coreógrafos que se están dejando de lado: que se vean obras de creadores como Massine, Gsovsky, Petit, Milloss, Lifar, Ashton. También recordar los grandes innovadores olvidados como Graham o Limón. Y salir del esquema del solo o el dúo casi exclusivo para en cambio buscar danzas narrativas con varios personajes; menos obras pero más largas, con mayor sustancia, que sean un aporte; teniendo en cuenta el academicismo obsesivo del Colón y su concentración en los ballets grandes, ofrecer una contrapartida de calidad. ¿Es ajeno a una gala poner un ballet breve de cámara completo?  Hay que convertir a estas galas no tanto en un desfile muy mezclado de piezas muy cortas sino en algo distinto y atrayente.  Imaginar un tema para la Parte Primera, como el espíritu de los años entre las dos Guerras Mundiales, y otro contrastante para la Segunda. No es fácil, pero vale la pena intentar un cambio de enfoque.

Pablo Bardin.

           




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