Entrevista a Sebastián Forster



Los días 29 y 31 de agosto, en el Centro Cultural Kirchner, actuará nuevamente en Buenos Aires el pianista argentino Sebastián Forster, quien interpretará el  Concierto para piano y orquesta Nº 2 en do menor, op. 18, de Sergei Rachmaninov, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional y bajo la dirección de Theodor Kuchar.

 

Desde MCBA conversamos con Forster sobre estos conciertos y sobre sus comienzos en el Collegium Musicum, cómo Piazzolla le dio un ultimátum a su familia para que le compraran un piano, la beca obtenida por el Mozarteum Argentino que le permitió comenzar una carrera muy intensa de conciertos, su elección por vivir Nueva York, y muchos otros aspectos de su vida.




 

Tus papás no son músicos, pero están muy ligados a la música y tienen relación con la Orquesta Sinfónica Nacional, ¿quién empezó primero vos o ellos?

Me acuerdo que de muy chico les dije que quería estudiar piano porque iba a la casa de amigos o a eventos sociales y saltaba al piano y me quedaba ahí. Tenía una gran atracción. Después gracias a la ayuda, la nutrición, al apoyo y al estímulo que me dieron me ayudó a crecer muchísimo. Pero sí, fue mi vocación la que generó también por otro lado que mi madre encontrará su propia vocación. Se retroalimentó mucho desde ese lugar. Le encanta y está muy en contacto con las orquestas y los  directores.


¿Te acordás qué fue lo que te fascinó del piano?

¡Que buena pregunta! El piano, para mí, concentra todos los grados de las distintas emociones humanas, es casi como mi sangre. No sólo cuando toco. Cuando escucho una sinfonía de Beethoven o un concierto de Brahms, me conecto con algo que me hace muy bien, es como hacer un viaje. Cuando uno empieza de la primera nota y termina en la última, es una experiencia que te enriquece mucho y pasar por ese viaje de una gran obra me hace muy bien.

Me acuerdo cuando exactamente el momento en que me dije: “estoy sonado, voy a ser músico”. Escuchaba el concierto 23 de Mozart yendo al colegio secundario a los 15 años, creo que era una versión de Pollini, no estoy seguro, pero no importa, porque la conexión que tuve en ese momento fue como un antes y un después, fue un click. Y paradójicamente fue ese el primer concierto que di a nivel internacional el 28 de abril de 1997, dos días después de cumplir 22 años. Fue un honor enorme hacerlo a esa edad dirigido por Van Zweden. ¿Y Van Zweden quién es hoy? Es el director principal de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Fue increíble que esa fuera la conexión con ese concierto.

 

¿Cuándo te fuiste a vivir a los Estados Unidos?

Me fui en 2004 con mi hijo Santiago, que en ese momento tenía 18 meses, y mi ex mujer. Me dieron un contrato para ser profesor en la University School of Piano y me sirvió mucho para asentarme en esta empresa que se especializa en educación para chicos. También realizo eventos para recaudar fondos. Hace poco di un concierto en Steingleit. Se trata de conciertos para gente que compra la entrada y luego va para chicos que no pueden pagar una clase de piano.

Cuando doy un concierto tiene que tener un motivo más allá. Por ejemplo: ahora tocar en Argentina por los 70 años de la orquesta con un concierto de Rachmaninov que adoro.

 

Sos bastante selectivo con los conciertos…

No es que los elijo, sino que tiene que existir un motivo más allá de que me paguen o contraten para tocar. En este caso es la alegría de tocar para la Sinfónica Nacional de mi país de origen, tocar para mi familia. Además, este concierto de Rachmaninov lo grabé por primera vez en Kiev en el año 2000 con la Sinfónica estatal de la radio Ucrania.


¿Era el mismo director?

No, dirigida por Ugly Benet, canadiense, que fue, en ese momento, el director principal invitado de la orquesta de Kiev.

Nunca olvidaré la experiencia que tuve en Ucrania, en Kiev, cuando tenía 25 años, grabando este concierto, el dos y el tres porque el color de la orquesta ucraniana es increíble e inolvidable.

 

Theodor Kuchar, quien va dirigir los conciertos con la OSN ahora, te eligió especialmente, no es poca cosa viniendo de un director ucraniano especializado en música rusa…

Nos conocemos a través de un pianista chino–americano y a través de un ex manager que tuvimos. El mundo de la música clásica es un nicho chico y además combinamos, ya que le quedaba bien en su agenda venir acá y triangulamos para hacer esto.

Nos entendemos musicalmente y tenemos proyectos, posiblemente se pueda hacer una gira en el futuro, estamos pensando en Estados Unidos en el 2020.

 

Es como si viniera un chino a tocar Piazzolla...

Tuve la suerte de que pude grabar y tocar Beethoven con orquestas alemanas, Mozart? con orquestas austriacas, Liszt con orquestas húngaras, Rachmáninov con la orquesta de Kiev, Piazzolla con la orquesta de Cámara Mayo hace muchos años, con Calderón.

Pero, lo que decís es muy cierto: el color de un lugar hace la diferencia, me gustaría tocar Gershwin con la orquesta filarmónica de New York...


¿Cómo evolucionó tu forma de abordar este concierto desde esa primera grabación?

En ese momento ya estaba con cambios en mi carrera y en lo personal y uno muestra eso en las interpretaciones. Me fui para Estados Unidos y me tuve que adaptar a una nueva forma de vida allá, el tema migratorio que es otra parte de mi vida muy compleja y fue muy interesante. Me puse a grabar las 32 sonatas de Beethoven y eso me ayudó.

Ahora tengo 43 años, en ese momento tenía 25, es decir, cómo veo la vida a los 43 versus como la veía a los 25 es lo que contestaría a esa pregunta. Eso se nota concretamente, conceptualmente, en la obra. También cambia con qué director y orquesta la haces. Desde muy joven tenía una idea musical de lo que quería. Eso no sé si cambió tanto, pero sí cambió mi experiencia como persona.

Escucho esa versión de los 25 y me convence aún hoy, aunque no sé si es la versión que volvería a hacer, pero es una versión convincente.


¿Cómo fue la enorme tarea de grabar  las 32 sonatas de Beethoven?

Fue una necesidad, me sirvió como un paraguas emocional de lo que me pasó en esa época. Vivía en New York, me negaron la Green Card y volví a la Argentina para sacar otra Visa de trabajo, con mi hijo en el medio de cuatro, cinco años. Fue muy complejo y en ese momento volcarme en algo emocionalmente tan fuerte, fue como un bálsamo, sentí que podía afrontar el día a día de mi vida con todas sus dificultades gracias a la música. Me hacía muy bien.


¿Y cuando terminaste de grabarlas aparte de lograr la Visa, lograste hacer una catarsis?

Justo cuando conseguí la Visa me divorcié (risas). Las razones son múltiples, pero en ese momento empecé otra etapa de mi vida, a conectarme desde otro lugar y finalmente me salió lo que buscaba, aunque en la parte personal se complicó. Después me volví a casar y sí tuve como un bálsamo. Hace un año me hice ciudadano norteamericano y para mí es algo que significa mucho, porque sumado a la cuestión personal fue como una lucha. Un poco todo eso se traduce en la música de Beethoven, la cosa de lucha pero que al final queda un mensaje positivo hacia la humanidad. En eso me conecté a través de las grabaciones de Beethoven.


Hay una anécdota que contaste en la que Piazzolla le dio un ultimátum a tu papá para que te comprara un piano ¿Cómo fue eso?

Piazzolla venía a comer en la casa de verano que teníamos en Punta del Este, yo era muy chico, y les decía a mis viejos, medio en chiste, medio en serio, que me compraran un piano porque sino no iba más. Él me ayudó a elegir un piano, el primero que tuve para ensayar en el verano.

Después mi vínculo fue mucho más cercano con Laura Escalada, la viuda, quien me apadrinó cuando formamos el trío de la Fundación Piazzolla. Mi relación después fue más con ella. Con Astor tengo ese recuerdo.

 

¿No ibas a pescar con él en Punta del Este? (Risas)

Me acuerdo de una vez que fuimos, pero es muy borroso. Pero con Laura somos amigos. Estando afuera uno pone a la música de Piazzolla un poco más en perspectiva porque es una conexión con el país natal. Por eso, la necesidad de hacer el trío. Es un poco como el que está afuera y quiere ir a un restaurante argentino, es esa necesidad. Creo que pasa por ahí.


¿Cómo fueron tus inicios en la música, cómo empezaste a estudiar?

Tuve suerte porque a los cinco empecé jugando en el Collegium Musicum y eso explica mucho la conexión que tengo ahora con los chicos. La importancia es darle la posibilidad de que tengan una relación con la música más amena. Si bien soy muy exigente, mi interés es que que amen la música y creen un vínculo de alegría.


No de sufrimiento.

Siempre hay sufrimiento, pero para mí el triunfo estaría en que esos chicos cuando son adultos recuerden la experiencia musical como algo agradable en su vida y positivo y que les de ganas de ir a un concierto y les de ganas de comprar un disco, que tengan una relación con la música positiva. Eso es un proceso, hasta llegar ahí tenés que pasar por todo un largo camino.

 

¿Empezaste estudiando con Aldo Antognazzi?

Empecé con Aldo Antognazzi y antes en el Conservatorio Beethoven. Pero Aldo fue mi gran maestro, mi formador pianístico antes de ir a Europa, me hizo empezar con conciertos y hacerme escuchar por distintos profesores.  Acá tuve otro maestro también: Claudio Spadiolsky, un alemán que había venido a la Argentina y que desarrolló un montón de cosas muy interesantes de intuición.Y con Fermina Casanova, quien enseñó 25 años en el Conservatorio Nacional, compositora argentina, que me enseñó toda la parte de armonía, de formación teórica. Después armé mi propio camino, me llevé la mochila de cosas con las que crecí, incluyendo a mis maestros, mis conciertos, para ir y buscar una vida más orgánica.


¿Más orgánica?

Sí. No sé si dejaría todo para vivir una vida de dar conciertos nada más. Me hace muy feliz estar en un escenario, pero para mí es muy importante la familia, el tiempo de disfrutar con amigos, el tiempo de estudiar. Ya llegué a un punto en donde quiero una vida más completa y eso es lo que fui a buscar a Estados Unidos. Además poder vivir de la música solamente con conciertos es complejo.


Pero primero estuviste en Europa, luego de ganar un concurso...

Sí, fui el primer premio del Concurso Argentino de Música en 1995 y fui a Europa. El primer concierto que di con orquesta fue acá para el Mozarteum, el 7 de agosto de 1995. Comencé con la orquesta de Cámara Mayo que fue el premio del Mozarteum.

 

Cuántos pianistas argentinos han tenido un punta pie gracias al Mozarteum...

Es importantísimo. En ese momento fue tocar el Concierto en re menor de Bach en vivo en el teatro Ópera, tenía 20 años. Me marcó muchísimo. Luego en otro concurso conocí al manager que me invitó a tocar con Van Zweden, y tuve una invitación para tocar en Holanda, lo que fue mi primer concierto en Europa. Ahí entonces tuve una carrera muy intensa de conciertos, gracias a un manager holandés que me ayudó mucho.


¿Cómo llegás a New York?

Fijate cómo son las vueltas de la vida, al CEO, Richard, amante de la música clásica, de la empresa Edelman, que es el jefe de mi mujer actual me invitó a tocar por los 50 años de la empresa en Manhattan en 2002 y en ese momento surgió el diálogo de cómo me vería apuntando a una vida en Estados Unidos. Él fue como un mecenas para mí, un padrino. Me acuerdo que su hija tomaba clases en la Piano School y él me puso en contacto con la directora que vio mis antecedentes, me audicionó y me invitó a trabajar con ellos. Empecé a tener más alumnos, nos fuimos con mi ex mujer a una casita muy chiquita en New Jersey al principio, no era que estábamos en Manhattan que es carísimo. Empezaba a rebuscármelas con mis clases, con los conciertos y a partir de ahí empecé a desarrollar una carrera.

Y las vueltas de la vida, como te decía, porque cuando me divorcié, hablando con Richard me dice “tengo a alguien para presentarte” (risas) y me presentó a quien terminó siendo mi mujer que es sub gerente de unas de las áreas de la empresa, en fin.

 

En dos momentos te dio una ayuda importante…

Claro, no es que me ayudó a conquistar a mi mujer, nos enamoramos, pero la conocí por él (risas).


¿Empezaste a dar clases ahí o ya dabas clases acá?

No, no. acá no daba clases. Vivía con mis padres hasta antes de casarme con mi ex mujer, pero después cuando nos fuimos por cuestiones personales tenía que sí o sí salir a buscar el pan del día a día. Antes de eso vivía de los conciertos que daba pero no tenía que pagar un alquiler, no tenía a mi hijo, pasé de una situación a otra por cuestiones personales.


En una nota dijiste que el problema de la música clásica es que tiene menos marketing que otras músicas, por eso no le llega tanto a los jóvenes...

Sí, supongo que es bastante complejo el tema, pero creo que es una cuestión educativa. Se podría mostrar que hay otras opciones por lo menos. No te digo que te tenga que gustar más o menos que otro tipo de música, pero puede pasar. Creo profundamente en la educación temprana para que los chicos no solamente escuchen música, sino que aprendan a hacerla. Porque los beneficia en la concentración. Por ejemplo hay un montón de cosas que al estudiar piano concretamente le producen a un niño en su fortaleza y en eso está la esperanza.

Por eso es tan importante que tenga una muy buena primera experiencia porque le va a quedar para toda la vida. Personalmente cuando enseño a niños trato de tener mucha paciencia, de ser carismático, de realmente divertirme haciéndolo.

Me sorprende también que tengo muchos alumnos adultos que quieren acercarse al piano por primera vez y vienen todas las semanas durante años. Algunos no van a ser pianistas profesionales, pero tienen una inclinación y una la sensibilidad hacia la música. Ahora también estoy empezando a dar clases por Facetime y tengo, de hecho, un alumno argentino al que le doy todas las semanas de esa forma.


¿Hay algo puntual que te gustaría comentarle al público argentino que te va a escuchar en estos conciertos?

Que me emociona mucho estar tocando para el público argentino este concierto. Siempre uno como argentino tiene esa cosa de “don't cry for me Argentina”. Es un concierto muy emocionante en un momento de mi vida donde estoy más asentado, entonces me da mucha emoción hacerlo.

La historia de Rachmaninov es muy interesante y a mí me emociona mucho su música y este concierto. El nació en una familia de músicos en Moscú y terminó el conservatorio a los 19 años, después se mudó, de hecho, a Estados Unidos, a New York, empezó a dar clases, conciertos y terminó su vida en 1943 en California, murió de Melanoma un mes después de que le dieron la ciudadanía americana. Hay un vínculo, un paralelismo de su música y de mi relación con la grabación. Me resulta bastante emocionante en este momento de mi vida hacerlo.
 

¿Algunas palabras así más con respecto al concierto en cuanto a lo musical, a lo técnico, a las dificultades?

Es un concierto muy difícil, uno de los grandes conciertos románticos. Rachmáninov tenía unas manos gigantes y escribía más para su mano, entonces es un desafío enorme, pero también siento la conexión emocional con su música.
 

¿Y a quién se lo dedicas?

A mis padres, a mi hijo y a mi relación con Argentina como argentino y como alguien que vive en otro país.

 


 

Miércoles 29 y viernes 31 de agosto, a las 20

CCK, Sala Sinfónica

Sarmiento 151, CABA

 

Las entradas son gratuitas. Para la función del miércoles 29, las reservas estarán disponibles en www.cck.gob.ar, a partir del jueves 23. Para la función del viernes 31, a partir del martes 28 de agosto. Se podrán retirar en Sarmiento 151, de 12 a 19, hasta agotar la capacidad de la sala. Las entradas reservadas deben retirarse desde el día que se habilita la reserva, de 12 a 19, y  hasta dos horas antes del espectáculo.

 

.

Director Invitado: Theodor Kuchar 

Solista invitado: Sebastián Forster, piano

 

Coro Polifónico Nacional

Director preparador: José María Sciutto

Solista: Mario de Salvo, bajo

 

Programa:

Primera Parte

 

•       P. I. Tchaikovsky, “Polonesa” de la Suite Nro. 3 Op. 55

 

•       S. Rachmaninov, “Concierto para Piano Nro. 2” Op. 18 en Do menor 

I.    Moderato

II.   Adagio Sostenuto

III. Allegro scherzando

Solista: Sebastián Forster, piano

 

Segunda Parte

•       Yevhen Stankovych, 2 fragmentos del Ballet “La noche antes de Navidad”

 

•       D. Shostakovich, “La ejecución de Stepan Razin” Op. 119

        Poema sinfónico vocal para Bajo Solo, Coro y Orquesta.

 

Solista: Mario De Salvo, bajo




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