Argerich/Reca y Vengerov/Papian: Dúos de alto vuelo



PH: Prensa CCK

 

En el ámbito de una semana ocurrieron dos hechos importantes en la vida musical de la CABA: Martha Argerich dio dos recitales en el CCK con distinto programa, y el famoso violinista Maxim Vengerov, con idéntico programa y con el pianista Vag Papian, ofreció dos recitales para el Mozarteum en el Colón.
Como explicaré luego, tuve la frustración de no poder asistir al primer concierto de Argerich. Por eso el siguiente título dice Argerich/Reca.

 

Por Pablo Bardin.

 

 ARGERICH/RECA

            Meses atrás se tuvo la sorpresa de un retorno este año de Argerich a Argentina, completamente aparte del Festival Barenboim, quedando claro que vuelve al próximo Festival con la Orquesta del Divan. Como escribí en otro artículo, el de Barenboim es porteño, pero Argerich tiene muchos amigos en el interior y su venida es federal. Desde aquí sus etapas la llevaron a Paraná, Concepción del Uruguay, Córdoba y Tucumán, y con distintos programas y artistas.

            Sucedió que el miércoles 8 de agosto Argerich daba un programa Bach a las 20 hs en la Ballena Azul y ese día se desarrollaba el famoso debate del aborto en el Senado. Lo que pasó fue un colapso casi total del tránsito en unas quince cuadras a la redonda, mientras centenares de miles bajo la lluvia defendían un lado u otro de la cuestión, separados por la Plaza del Congreso y fuertes vallas. Resultado: salí a las 19 de Palermo y a las 19,50 estaba a tres cuadras de Retiro. En el GPS del taxi una voz castiza decía que iba a llegar a las 20,50 pero dos cuadras antes afirmaba que llegaría a las 20,30. Ante la evidencia, no tuve más remedio que fugarme a mi departamento, con una furia que me duró días. No sé cuál es la historia completa, hubo muchos lugares libres pero otros muchos pudieron llegar; habrá dependido de donde viven y por qué medio llegaron, ya que el subte funcionaba; por supuesto los colectivos tenían el mismo problema que los coches, y además me acompañaba mi mujer que necesita bastón por artrosis. Supe después que tuvieron en cuenta la gran dificultad para llegar y empezaron a las 20,25, pero si yo llegaba (con suerte) a las 20,50 (capaz que hubiera sido a las 21,10) habría perdido no sólo la mitad del programa, sino ante todo algo esencial: la primera vez en muchísimos años que Argerich tocaba SOLA una obra completa (no cuento dos minutos de las “Escenas infantiles” de Schumann que a veces tocaba como única pieza fuera de programa tras una actuación de cámara o sinfónica). Eligió una magnífica obra: la Partita Nº 2; y la puso al principio del programa; sé por el testimonio de un gran melómano que me merece toda confianza (y no por un periodista idólatra) que la interpretación de Argerich fue memorable. Y supe por un foreuta de Ayache que en la TV Pública hicieron (el término es mío) una burrada no menos memorable: dieron la segunda parte del programa pero no la primera…

            Meramente para informar, el programa siguió así: con el Ensamble Estación Buenos Aires dirigido por Rafael Gintoli el Concierto para teclado en la menor con el pianista Mauricio Vallina, el Concierto para dos violines con Gintoli y Cecilia Isas, y el Concierto para cuatro teclados de Bach sobre Vivaldi (de “L´estro armonico”) con Argerich, Graciela Reca, Vallina y Alan Kwiek.

            No hubo debate el domingo 12, y llegué en media hora, a las 19,30, al recital de piano a cuatro manos y a dos pianos de Argerich y Reca, que se inició a las 20,15, demora que pareció innecesaria, ya que no hubo congestión de tránsito. Por supuesto, esta vez sí lleno absoluto, y según La Nación los programas del interior agotaron las localidades. Salvo un detalle que hubiera podido preverse (cambió el orden de las obras) cundió una sensación de asombro y maravilla, cuando las sucesivas obras surgieron inmaculadas de las manos de ambas. Que además tuvieron a disposición dos pianos muy buenos y tocaron una al lado de la otra, no como con Barenboim, donde él y Argerich ejecutaron como es tradicional en pianos enfrentados. Me pareció que era una señal de camaradería, y no sería la única.

            Mozart creó seis Sonatas par piano a 4 manos, una de ellas inconclusa (K.357); ellas tocaron la K.521, con Reca en Primo (la mitad superior del teclado) y Argerich en Secondo; o sea que el mayor interés melódico estuvo en manos de Reca. Es la última y fue escrita en Mayo 1787 en los meses en los que su fértil mente estaba imaginando “Don Giovanni”. Entre 1784 y 1786  había compuesto sus mejores conciertos para piano, y la luz y virtuosismo de esas obras se refleja en esta Sonata, de considerable dificultad  y cristalina textura. Ya en el primer movimiento hubo contundente evidencia de lo que sería esa noche de música: Reca tocó con una precisión y finura ideal, y Argerich dejó en claro que el Secondo dista de ser un acompañamiento: es un socio cuya condición esencial es la de dialogar con el Primo y agregar textura. La condición fundamental, que necesita de gran calidad por ambas partes, es la de consensuar un mismo enfoque y que éste corresponda al estilo de la partitura; por un lado, talento individual; por otro, ausencia de divismo. Y ensayos suficientes (para aquellas o aquellos que no tocan habitualmente juntos) como para que no se desfasen ni por cuartos de segundo las cuatro manos, para lo cual es básico un gran sentido del ritmo y una empatía grande. Salvo milimétricos detalles que nunca afearon el resultado, esto se dio plenamente y así tuvimos un cuasi perfecto clasicismo. El segundo movimiento parece haber sido pensado por Mozart recordando al del Concierto Nº 20, ya que después de un sereno y bellísimo andante inicial viene una turbulenta sección en fusas de ardua interconexión entre las pianistas, para luego regresar a la tranquilidad. El final es un Allegretto muy grato, sin tensiones en la mayor parte de su forma de rondó-sonata, pero con un episodio en menor que ofrece contraste y donde hay detalles que provienen de los otros dos movimientos. La excelencia de la dupla de damas no dejó lugar a dudas, y para muchos Reca fue una revelación. Parcialmente para mí, ya que la había apreciado grandemente en conciertos de cámara en algunas espaciadas visitas a Buenos Aires desde su Paraná entrerriano. De allí procede también un notable violinista, Carminio Castagno, que fue rara vez invitado a tocar aquí; nuestras dos orquestas estuvieron muy remisas en contactar y recordar a estos dos admirables artistas. Pero incluso con las muy positivas reminiscencias que de ella tenía, me asombró su nivel: tocar a la par con Argerich durante todo el programa la consagra muy tardíamente como una gran pianista argentina, y uno no puede menos que pensar porqué su carrera estuvo tan acotada a su provincia salvo excepciones cuando su talento es claramente digno de conocerse en el mundo. ¿Será una cuestión de temperamento, de no querer una vida agitada, o de no haber sido promocionada por un agente hábil?  Quizá lo primero, ya que fue muy sobria en todo momento, concentrada en su tarea. Pero sin duda Argerich eligió impecablemente: ésta era la “socia”  que necesitaba para un programa variado y nada fácil; y cuando saludaron, Argerich se mostró cálida y simpática hacia ella y el público, y Reca siempre muy correcta pero seria.

            Mis entusiasmos tempranos con Prokofiev fueron a los 13 años, cuando recibí dos grabaciones de Koussewitzky con la Sinfónica de Boston: “Pedro y el Lobo” y la Sinfonía Nº 1, “Clásica”. Pasaron 66 años y siguen pareciéndome obras perfectas. Estuve mirando mi “biblia” de CDs, el catálogo RER del año 2.000, y además de un  sinnúmero de versiones para orquesta, figuran dos transcripciones: una del propio compositor y grabada por él en 1935, pero para un piano; la otra arreglada para violín y piano por Grunes grabada por Szigeti y Magaloff en 1937. No hay rastro de una transcripción para dos pianos, y el programa no aclaraba (gran falla) el autor de este arreglo. Puedo equivocarme pero me pareció realizado en época bastante reciente y no me resultó del todo logrado: la obra original tiene disonancias pero es tan hábil la orquestación que no afecta la evocación clásica; aquí esas disonancias se hicieron mucho más presentes y dieron a la partitura un toque áspero que no creo adecuado. Sea como fuere, con Argerich en primer piano, las damas ejecutaron  a tempo rápido (como le cuadra a la música) y humorísticos intercambios perfectamente ensamblados esta música brillante y fresca, tan ajena al espíritu puntiagudo y cubista de otras partituras del compositor de esos años. Todo un alarde de virtuosismo, pero me quedo con la sinfonía.

            Muy otra es la cuestión con la “Petite suite” de Debussy, obra de juventud de mucho encanto, con bastante de Massenet y atisbos del cambio por venir. Original para piano a cuatro manos, se hizo más conocida por una muy buena orquestación de Henri Büsser; tengo un curioso LP de 25 cm. ¡en el que Büsser dirige su arreglo de un lado y del otro graba su propia “Petite Suite”, muy agradable! Por supuesto Argerich quiso hacer un homenaje al centenario del fallecimiento de Debussy y ella y Reca nos dieron una versión deliciosa, con Argerich en Primo, dándonos el sutil balanceo de “En bateau” (“En barco”), un “Cortège” ceremonioso y divertido, un Menuet simpático y un Ballet vigoroso y rápido. Hubiera preferido una gran obra del período maduro debussyano, “En blanc et noir”, pero todos la pasamos muy bien.    

            Finalmente, una obra maestra del Rachmaninov tardío: las Danzas sinfónicas, que conforman junto con el Cuarto Concierto para piano y la Tercera sinfonía las últimas evidencias de una creatividad formidable y que supo renovarse sin perder su esencia. El título puede engañar, porque éstas no son danzas breves sino intensos ensayos sinfónicos con elementos danzables; las tres duran nada menos que 34 minutos. Tuvieron originalmente títulos que luego el compositor desechó: ·Mediodía”, “Crepúsculo” y “Medianoche”, según las etapas de la vida. Se conoce la obsesión de Rachmaninov con el Dies Irae y con la muerte, y se notan similitudes con ese asombroso poema sinfónico “La isla de los muertos”, escrito 31 años antes en 1909 (se  me permitirá el orgullo de ser el autor intelectual del estreno en Buenos Aires: lo programé para ser dirigido por Bruno D´Astoli en la temporada de verano de 1973, pero una huelga lo canceló; sin embargo el director años después la pudo dar). Ya “Mediodía” tiene aspectos extraños, como el solo de saxófono con banda de vientos o hacia el final un motivo de esa Primera Sinfonía cuyo fiasco lo llevó a un mutismo de años y que para 1940 todavía no se había editado. El Tempo di Valse de la segunda danza según Christopher Palmer podría ser “una sala de baile encantada en donde resuena un vals espectral, con fanfarrias amenazantes y urlantes llamadas cromáticas de las maderas”. Para Dorothea Kelley “podría ser equiparado a un vals triste con saturación anímica rusa”. La tercera es la declinación del ser humano y tras insinuar el Dies Irae (que aparece en otras obras suyas) en el Lento assai inicial  y contraponer otros elementos temáticos en el Allegro vivace llega a los minutos finales con un Aleluya derivado del canto ortodoxo ruso. ¿Será la obra, como cree Palmer, “una celebración tripartita de la muerte que se aproxima”?  Fue la última creación de Rachmaninov, que murió en Mayo de 1943. Y equivale a una gran sinfonía  ampliamente orquestada, con una panoplia de percusión que incluye campanas.

            Es verdad que la transcripción para dos pianos está magníficamente realizada por el compositor y se convierte así en uno de los grandes desafíos de ese repertorio. En mi catálogo de CDs encontré 20 versiones sinfónicas y 11 para dos pianos, incluyendo las de Argerich con Rabinovitch y con Economou, de modo que obviamente es una entusiasta de la obra;  la considera muy difícil. No voy a decir que prefiero escucharla así que con una sinfónica: la tremenda riqueza colorística y la imaginación del creador están allí al máximo;  pero sí es una alternativa  fascinante en sus propios términos. Y aquí tuvo una versión memorable, donde Argerich mostró a la vez una generosidad y una confianza extrema al darle el primer piano a Reca. Y si había quedado alguna duda de que la paranaense es un muy gran talento, aquí fue tan rotundo su dominio y tan perfecto su ensamblaje con Argerich que sólo me queda desear que en el futuro la veamos seguido en Buenos Aires. No sólo la ejecución fue impresionante sino el modo en que ambas penetraron los climas enigmáticos de esta partitura.

            El fin de fiesta fue la única pieza fuera de programa: el alegre final de la Sonata K.496 mozartiana, que comienza y termina con rotundos acordes. Y las dos comunicando su placer de tocar juntas a un público que tuvo conciencia de haber participado de algo muy especial en esta temporada donde ya hubo varios picos.

             Una reflexión: como suele suceder con Barenboim, su decisión de dar los conciertos de la Staatskapelle Berlin en la Ballena cambió las cosas: preferirla al Colón sorprendió a muchos, pero este minucioso analizador de acústicas decidió que le gustaba la Ballena y procedió a convencernos que con una distribución inteligente de los instrumentos se podía aplacar su estridencia y valorizar su muy equilibrada resonancia  (ni seca ni retumbante). Pero además obligó a romper con un tonto tabú: la gratuidad de la Ballena. Fueron conciertos caros; sin embargo  el público llenó la sala en las cinco ocasiones. No sé cuánto costaron los de Argerich; también fueron pagos y estuvieron llenos (estoy seguro de que los que faltaron en la primera fecha fueron frustrados como yo, o peor: como periodista no pago, ellos sí). Es verdad que se trata de los más grandes intérpretes argentinos internacionales, son mediáticos y puede considerarse una excepción, pero tengo entendido que el propio Macri le indicó a Lombardi que al menos en ciertos casos debería cobrarse. Por el momento no hay más excepciones: todos los otros conciertos vuelven a esa ingrata rutina de la gratuidad sin lugar fijo y la larga espera. Lo creo injusto y una mala política.

           


 

 

VENGEROV/PAPIAN

            La trayectoria del violinista ruso Maxim Vengerov es extraña. Niño prodigio ruso nacido en 1974, ganó el premio Wieniawski a los 10 años y el Carl Flesch a los 15.

Hizo su primera grabación  a los 10 años, fue elegido artista Gramophone del año en 2002 y ganó el premio Grammy en 2004. Fueron sus mentores Rostropovich y Barenboim, y a partir de 2007, habiéndose formado con Yuri Simonov, se inició como director de orquesta. Solista y director con grandes orquestas, en 2013 fundó el Festival Vengerov. También es docente y jurado, y fue elegido en 1997 Embajador Internacional de UNICEF. Toca un Stradivarius que perteneció a Rodolphe Kreutzer. El programa no menciona dos cosas importantes: a) que se tomó  años sabáticos para reflexionar y salirse de la rutina de conciertos; y b) que ha venido varias veces aquí con muy buen éxito, la última vez con el Mozarteum hace pocos años.

            En cuanto a Vag Papian, pianista y director armenio, ha participado de giras con Vengerov a través de Europa, Estados Unidos y Extremo Oriente. Se graduó en los Conservatorios de Moscú y San Petersburgo y a partir de 1984 Gergiev lo apoyó para ser  Director Asociado (pasó en 1987 a Director Principal) de la Orquesta Filarmónica de Armenia. En 1990 emigró a Israel como Director Asociado de la Sinfónica de Beer Sheva y director invitado de la Sinfónica de Jerusalén (que nos acaba de visitar en el ciclo de Nuova Harmonia, lamentablemente chocando con Netrebko, de modo que no pude apreciarla). Director invitado de abundantes orquestas mundiales y recitalista en amplias giras, actualmente es Director invitado del Teatro Nacional de Ópera de Armenia. De modo que, como Vengerov, es un  artista de vasta experiencia como director y ejecutante.

            Con estos antecedentes y el recuerdo de admirables conciertos previos, fui con esperanzadas expectativas a este concierto, y debo decir que  me decepcionó la versión de la gran Sonata Nº3 de Brahms, junto con la de Franck la más famosa e importante del postromanticismo. Un violinista apocado, tocando las notas con escaso volumen y proyección, y un pianista por el contrario agresivo y hasta violento, fueron una ingrata sorpresa en una obra que como todo melómano veterano he podido apreciar en grandes versiones en vivo y grabadas; sólo en vivo, y hasta 1970: Gulda y Ricci, ambos en su mejor época; Fuchs y Balsam en New York; o Szeryng con Flipse.

            Con la Sonata Nº 2 de George Enescu, quizás una primera audición, mi reacción fue distinta: no conocía la pieza y me pareció meritorio que Vengerov nos la traiga. Las notas de Claudia Guzmán me ilustraron: en 1888, cuando Brahms terminaba su Tercera Sonata, un niño “violinista y pianista rumano se convertía en el músico más joven en ser admitido en el Conservatorio de Viena  en toda su historia”. Era Enescu y tenía 7 años. Estudió allí 6 años no sólo violín y piano, también órgano, violoncelo y composición. Pero además tomó “clases con Robert Fuchs, uno de los más notables pedagogos de composición, quien contó entre sus discípulos a Wolf, Sibelius, von Zemlinsky, Mahler y Korngold”. A los 13 años pasó al Conservatorio de París  y allí prosiguió sus estudios de composición “bajo la guía de Massenet y Fauré”.  Estudió otros cinco años, y así fue como creó en su adolescencia la Sonata Nº1, op.2, en 1897 (16 años) y la Nº2, op.5, en 1899 (18 años). Ambas están grabadas por una pareja rumana formada por dos apellidos casi idénticos: Mariana Sirbu (que aquí vino como concertino de I Musici) y Mihail Sarbu. Pero de la Nº2 hay una grabación muy especial: el propio Enescu con Lipatti grabó la Segunda y la muy posterior Tercera. Tuve la impresión escuchando la Segunda de un joven talento que había asimilado información a alto nivel de las escuelas germana y francesa y había intentado una síntesis de estilos bastante diversos. El primer movimiento, Bastante agitado, en efecto, “se balancea entre una paleta acústica de trazos más densos afines al mundo germano y delicadas pinceladas fruto de las exploraciones tímbricas de la escuela francesa, mas siempre sobre el lienzo de una osada incertidumbre armónica” (Guzmán). El segundo, Tranquilamente, suena muy ornamentado y francés, y se liga directamente al tercero, Vivo, bastante más rítmico  y con algo de color rumano. La sonata fue estrenada por el gran violinista francés Jacques Thibaud, con el autor al piano, en los Concerts Colonne, y en presencia de un gran amigo de ambos, el muy joven Ravel. Era el 22 de febrero de 1900.  En la interpretación presenciada aquí  sentí una mayor entrega por parte de ambos intérpretes: Vengerov bastante más concentrado, cuidando el fraseo y la calidad del sonido, y el pianista controlando su dinámica y logrando por momentos sutiles pianísimos. Creo que asumieron su responsabilidad de darnos una versión fidedigna, y como no les falta capacidad y los sentí bien ensamblados, el resultado fue bueno. Sin embargo, no puedo menos que decir que, más allá del aporte informativo, hay un mundo de diferencia entre esta sonata y la Tercera, que es interesantísima en su evocación del mundo rumano y sus influencias orientales; pude escucharla por Stern y Zakin en Julio de 1968 y luego adquirí un magnífico LP en donde el discípulo de Enescu, Yehudi Menuhin, acompañado de su hermana Hepzibah, nos ofrecen una versión que no deja detalle sin ser expresado en todos sus matices; y además, en el otro lado Menuhin intenta la difícil hazaña de tocar ragas con Ravi Shankar, y le sale bastante bien. Claro que la Tercera ya es de un período donde el estilo de Enescu ha madurado: 1926.

            La Segunda Parte nos devolvió a Vengerov en todo su esplendor y Papian lo secundó con mucha exactitud y estilo. El violinista ya había programado la Segunda Sonata de Ravel en su anterior visita pero no lamenté la repetición, ya que la interpreta con un dominio y una fruición evidentes.  El contraste en el Allegretto inicial entre la lírica melodía cantada con suma belleza por Vengerov con los bosquejos rítmicos pianísticos muy bien logrados por Papian obtuvo lo que Ravel quería, ya que insistía en la incompatibilidad de los dos instrumentos y por ende la acentuaba en su música, que sigue siendo personalísima y atrayente. Y ello sobre todo en el Blues “a la Ravel”, exquisitamente fraseado por el violinista, que aquí justificó totalmente su fama. El torbellino moto perpetuo del Final fue realizado con magistral virtuosismo.

            Y de aquí en más, el virtuoso dio todo lo que se esperaba de él en esas dos partituras del expertísimo Saint-Saëns, la Habanera imaginada en 1883, y la famosa Introducción y Rondó caprichoso de 1863 escrita para su gran amigo Pablo de Sarasate. Qué sentido melódico y armónico y conocimiento cabal del violín por parte del soberbio pianista y consumado profesional de la composición que era Saint-Saens; estas obras son en su tipo perfectas y justamente apreciadas.

             Las tres piezas agregadas fueron un raro placer, anunciadas por Vengerov: el delicioso Capricho vienés de Kreisler (furcio del intérprete: “Capricho chino”, cruzándose con el “Tamborín chino”, también de Kreisler); un refinado arreglo de la bellísima melodía de Fauré “Après un rêve” (“Después de un sueño”), cantado por el violinista como si fuera Gérard Souzay; y una vibrante Danza húngara Nº2 de Brahms en el arreglo de Joachim. Muy bien secundado por Papian, Vengerov triunfó en la Segunda Parte; pero me pregunto porqué sonó tan apático en Brahms. En fin, mejor quedarse con el recuerdo de todo lo que comunicó después del intervalo.

Pablo Bardin

 


Los comentarios del autor no se corresponden necesariamente con el de los editores. En este caso particular quisiéramos aclarar que estamos a favor de la gratuidad de los espectáculos del CCK y además consideramos excesivo el valor que se fija en las entradas del Teatro Colón con la visita de artistas de renombre. En el caso de Martha Argerich, sabemos de buena fuente que la idea original de la pianista había sido el de la gratuidad lo que luego cambió por motivos ajenos a ella. 

Gabriela Levite y Maximiliano Luna

Co-Directores MCBA




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