Netrebko finalmente llegó al Colón



Ph: Arnaldo Colombaroli

 

Tras años de actos fallidos de grandes cantantes anunciados para los abonos de ópera pero que luego no cantan (Gheorghiu, Herlitzius, Álvarez, Théorin para “Parsifal”, Michael para “Fidelio”), se puede dudar con razón de si se cumplirán los anunciados para los conciertos de “Grandes Intérpretes Internacionales”, pero esta vez la figura más esperada llegó y dio los dos conciertos programados, el del abono y una función extraordinaria, ambas rebosantes de público. Y así llegaron Anna Netrebko y el tenor Yusif Eyvazov, su pareja actual. Sin embargo, se supo que hubo cancelaciones recientes provocadas por un virus que afectó al tenor; por suerte se repuso, ya que era muy contagioso y hubiera podido llegar también a ella.

            No es novedad decir que Netrebko es considerada la más famosa soprano del mundo y desde hace ya bastantes años. Fue inicialmente soprano lírica y desde hace una década ha incursionado cada vez más en personajes de lírica spinta, a medida que su voz se hacía más poderosa y densa (y su figura también). Nació en 1971 en Krasnodar, ciudad rusa petrolera y con industrias relacionadas con el agro, actualmente de unos 800.000 habitantes, cercana a los mares de Azov y Negro y al Cáucaso, con una activa vida cultural (teatros y museos). Estudió canto en el Conservatorio de San Petersburgo; aunque la escueta biografía del programa no lo menciona, se inició muy joven en el Teatro Kirov (Maryinsky) con Gergiev (ella en declaraciones recientes no recuerda con placer esa etapa, que sin embargo la lanzó); tanto su fresca belleza como su canto cristalino pueden apreciarse en el DVD de “Esponsales en el convento” de Prokofiev (ópera que el Colón nos debe) de 1997.  Su fama en Occidente empezó con Donna Anna en el “Don Giovanni” de Salzburgo en 2002, elección audaz que ya exigía una intensidad considerable. De allí en adelante todas las grandes casas de ópera occidentales del hemisferio norte la recibieron con sostenido éxito, mientras iba formando un repertorio básicamente italiano, con algunas óperas rusas y francesas, e iba demostrando su versatilidad yendo desde el bel canto inocente de Amina en “La Sonnambula” de Bellini al dramático de “Anna Bolena” (Donizetti) y a la comedia de Norina en “Don Pasquale”. En los últimos años acometió el intenso dramatismo de “Macbeth”  y “Giovanna d´Arco” verdianos o la pura línea de Elsa en el “Lohengrin” wagneriano (añadiendo el alemán a sus idiomas).  

            Tras una etapa en pareja con el bajo-barítono Erwin Schrott, famoso Don Giovanni que vimos no hace tanto en el Colón, ahora se casó con el tenor Yusif Eyvazov, argelino pero de origen azerbaijani, nacido en 1976. Éste estudió en Italia con Franco Corelli y Ghena Dimitrova y sus comienzos en la profesión fueron lentos. En verdad poco se supo sobre él hasta que se casó con Netrebko  y ella hizo giras de conciertos con él  por Asia, Australia, Nueva Zelanda, Europa, así como grabó dos discos con ella. En estos últimos años se acumularon personajes  y teatros importantes: Andrea Chénier en La Scala abriendo la temporada, Hermann en “La Dama de Pique”, Maurizio en “Adriana Lecouvreur” en el Mariinsky, y este año “Tosca” en Berlín e “Il Trovatore” en París. Todo esto con frecuencia en compañía de Netrebko. Y finalmente esta gira sudamericana que incluye presentaciones en Santiago de Chile, San Pablo y Lima. Y bien, en diversas críticas leí que Eyvazov no estaba a la altura de su brillante esposa, considerándolo correcto pero sin categoría de estrella. Lo paradójico en esta visita es que el tenor demostró sólidas condiciones, sin llegar a ser una gran figura, y uno se pregunta porqué estaba en la casi oscuridad antes de ser abiertamente promovido por Netrebko, ya que tuvo ilustres maestros mucho tiempo atrás que son los que seguramente le dieron la firmeza de ataque y los agudos que tiene. Fornido y alto, con barba y bigote, en su canto incluso demostró en algunos momentos un fraseo expresivo. O sea que no deslució ser compañero de concierto de su mujer. Es probable que su carrera no hubiera trascendido a altos niveles sin Netrebko. Ella es una de las pocas figuras que puede influir sobre los directores de teatros líricos  (aunque quizá ni siquiera ella puede evitar las malas puestas, como “la Traviata” de Salzburgo).  Hubo casos donde ambos eran más parejos y se vieron en Buenos Aires: Carreras y Baltsa, Alagna y Gheorghiu. O sea  que no dependían del otro. Se recuerda el famoso asunto de Cossotto con el bajo Ivo Vincò, muy denostado pero que no era tan malo como algunos escribieron aquí. Y el año pasado fue grata la presencia del bajo Nicolas Testé, marido de la admirable Diana Damrau.

            Los acompañó, como correspondía, la Orquesta Estable, dirigida por otro debutante aquí, Jader Bignamini. La biografía del programa no da ni fecha ni lugar de nacimiento, aunque el apellido suena italiano (no así el nombre). Tampoco dice dónde ni con quién estudió. Su debut según allí consignado fue de campanillas: nada menos que la Quinta de Mahler en 2011 en Milán. Y con la Orquesta La Verdi de esa ciudad es director residente; con ella dirigió a partir de 2012 “Andrea Chénier” y “Carmen” (no se aclara en cuál teatro, seguramente no La Scala). Luego dirigió en Estados Unidos, Brasil, Japón y Europa. Y empezó a acompañar a la dupla Netrebko/Eyvazov en Asia y  Europa, y los dirigió en “Manon Lescaut” en el Bolshoi de Moscú. Hace meses debutó en el Met con “Madama Butterfly”. O sea que Bignamini es el director que ellos eligen, así como Domingo en sus tiempos de tenor era siempre acompañado por Eugene Kohn, cuya carrera independiente no fue distinguida. Pero en ambos casos se trata de profesionales seguros, que saben lo que hacen y conocen bien el repertorio.

            La Primera Parte de un concierto largo fue dedicada a Verdi y resultó muy jugada en las primeras dos elecciones.  En efecto, empezaron con nada menos que el dúo del Primer acto de “Otello”, “Già nella notte densa”, aquel en donde la relación de los enamorados todavía estaba inalterada por Iago. No sé si ella ha hecho Desdemona en la ópera completa, y presumo que él no, ya que es un rol cúspide en la carrera de un tenor spinto que a partir del Segundo Acto va a ser un dramático pleno. Fue valiente animarse a hacerlo como primera muestra del talento de Eyvazov; lo realizó bastante bien, con los agudos firmes (el riesgoso “Venere splende”) aunque su timbre sonó algo árido. Y ella fue una admirable Desdemona, con una voz cálida y bella imbuida de afecto hacia el guerrero moro; una lírica de gran volumen y proyección. Y ya desde este dúo se notó una innovación: ellos no se quedan en el mismo lugar mirando al público sino que se mueven en el espacio entre orquesta y borde del escenario y actúan su parte; lo seguirán haciendo durante toda la velada. Y como el libreto se los permite, se besaron largamente (la sensualidad entre ellos no fue ocultada durante las dos horas y media que transcurrieron); ¿acaso las últimas palabras del desconsolado moro no son “Un bacio ancora” tras haberla matado en el Cuarto Acto?

            Las oberturas fueron las habituales: “Nabucco” después de “Otello”, y más tarde “La forza del destino”, ambas tan escuchadas aquí, a veces en versiones memorables; éstas fueron bastante buenas, con una orquesta que respondió adecuadamente. Corresponde aclarar que Bignamini dirigió todo sin partitura.

            Netrebko entró y se midió con uno de los personajes más arduos en todo Verdi: Lady Macbeth. Ha tenido notable éxito en el Met con esta obra, así como años atrás lo había hecho Guleghina en ese teatro (lamenté no poder escuchar su única presentación en el Colón en un concierto, pero esa noche la familia pudo más: se casó mi segunda hija y bailé el “Vals del Emperador” straussiano con ella, entero, como corresponde y nunca se hace en “el vals” adocenado y de tempo invariable de fragmentos de varios valses con los que los DJs asesinan el vals y los jóvenes creen que son así y hasta hacen trencito…). Nadie va a desterrar de mi cabeza las dos más grandes Lady Macbeth grabadas: Callas y Rysanek; pero Netrebko lo expresó de un modo muy convincente. Primero demostró que tiene una buena voz hablada, en ese “Nel dì della vittoria” que venció a intérpretes muy capaces del personaje (como Shuard en el Colón); y leyó la carta de Macbeth sin efectismo, con una displicencia desdeñosa que me pareció atinada. Luego, dio rienda suelta a su poderoso caudal en el recitativo “Ambizioso spirto”, dicho de modo muy expresivo. El aria “Vieni, t´affretta” develó toda su maldad y ambición y allí mostró su amplio registro, mientras su rostro cambió mostrándose lleno de odio y garra. Tras el puente breve (naturalmente omitido, en el que ella se entera que el Rey Duncan vendrá al castillo de Macbeth) cantó con bravura la difícil cabaletta “Or tutti, sorgete”, donde su coloratura no fue del todo perfecta pero sí la transmisión del personaje en su total verdad cuando sabe que nadie la ve.

            Eyvazov cantó dos fragmentos de “Il trovatore”: en el aria “Ah! Sì, ben mio” cantó con lirismo y buen fraseo; se cortó el breve dúo siguiente con Leonora y el puente en que Ruiz  entera a Manrico que quemarán a Azucena. Y el tenor afrontó con gran seguridad la cabaletta “Di quella pira” explayándose por tres veces en los Do de pecho que no están en la partitura pero la tradición obliga a cantarlos; los dio con poderosa voz y  alargándolos varios segundos, con un timbre ya muy afirmado. Por supuesto que la afinidad con un timbre se tiene o no se tiene, y a mí no me resulta comparable con los grandes Manrico, pero no me cabe duda: escuchamos a un verdadero tenor.

            Tras la obertura de “La forza del destino” vino esa estupenda aria de Leonora del último acto, “Pace, pace mio Dio”, y aquí no tuve reserva alguna: Netrebko es una gran Leonora, como en la actualidad lo es Anya Harteros (a quien vi con Kaufmann en la Ópera de Munich). Apiana  a la perfección el Si bemol agudo, frasea con un timbre dramático y angustiado, está completamente cómoda en el registro grave y da una fiereza tremenda a las ”Maledizione” del final del aria.

            Eyvazov hizo una buena elección en la pieza siguiente: precedida por el violento recitativo “Ah fede negar potesse” (que el programa no consignó) cantó esa tan atrayente aria “Quando le sere al placido” de “Luisa Miller”  y así como puso ira en el recitativo luego supo cantar matizado y lento en esa inspirada música en la que Rodolfo lamenta la que él cree traición de Luisa (en esa época machista los tenores siempre creían  lo que les decía el enemigo y no la amada).

            Qué lástima que hayan recurrido a lo más popular en el mal sentido de Verdi: el Brindis de “La Traviata”, que además es de lo más fácil de cantar; lo hicieron con mucho show, sobre todo ella, bailando.  Tanto mejor hubiera sido el dúo final de “Aida”. 

            Cambiaron bastante de lo anunciado en la Segunda Parte, y los supertítulos lo iban avisando. Así, lo último fue lo primero: el dúo final de “Madama Butterfly” de Puccini, si bien no lo empezaron como dice el programa con “Bimba dagli occhi” sino con “Vogliatemi bene”, casi cuatro minutos más tarde; pero lo que se escuchó dura algo más de siete minutos y es del mejor Puccini, así como representa el momento de mayor felicidad de la pareja. Aquí Netrebko acertó  con la sensualidad ingenua de su Butterfly de 15 años más que Eyvazov con la del hombre de experiencia que debe adaptarse  y sin embargo incitarla con sus “Vieni!”, pero el resultado fue positivo.

            Siguió el Intermezzo de “Cavalleria rusticana” de Mascagni, muy bien tocado, y que precedió a lo que considero lo mejor de Eyvazov, el recitativo “Colpito qui m´avete” y el aria “Un dì all´azzurro spazio”, el famoso “Improvviso” de “Andrea Chénier” de Giordano. Quizás influido por Corelli, un gran Chénier, Eyvazov no sólo estuvo en su mejor voz sino que acertó tanto con el afecto que Maddalena le inspira como con su indignado dolor ante la insensibilidad social de los aristócratas. No menos convincente estuvo Netrebko en su urgente y expansivo “Stridono lassù” de “I Pagliacci” de Leoncavallo, en donde la metáfora de los pájaros se transforma en el deseo de independencia de Nedda.

            Luego, el Intermezzo de “Manon Lescaut” de Puccini, donde se lucieron los primeros atriles de cuerdas de la Estable, y el “Vissi d´arte” de “Tosca” cantado con sensibilidad y dominio por la soprano.  “E lucevan le stelle” estuvo bien aunque algo exagerado (“la vita!”).  El momento flojo del director vino con el sector inicial del Preludio al Acto 1º de “Carmen” de Bizet (mal llamado en el programa “Los toreadores”), cuyo tempo aceleradísimo es erróneo. Y el programa cerró con “Vicino a te”, el dúo final de “Andrea Chénier”, con Netrebko y su marido, que cantaron con fruición y entrega esta especie de Tristán e Isolda a la italiana, ya que Maddalena no puede vivir sin Andrea y prefiere morir con él. No soy entusiasta de los muy inflados tres minutos finales,  pre-Hollywood al extremo, pero ya que está hay que hacerlo con ganas, como sucedió esta vez en el Colón. La voz no identificada de Schmidt el carcelero llama “Andrea Chénier”, “Idia Legray” (la mujer que debía morir y es sustituida por Maddalena). Y allí van los dos a la guillotina.

 

Ph: Arnaldo Colombaroli

            Ofrecieron tres extras. El de ella lo había visto en un DVD de Baden-Baden: descalza y bailando, canta “Heia, heia, in den Bergen” (“Heia” -es una onomatopeya- “en las montañas”), al inicio del Primer acto de “Die Csárdásfürstin” (“La Princesa de las csárdás”) de Emmerich (Imre) Kálmán, un canto gozoso y ornamentado en la que Netrebko expresa a sus anchas su lado “showgirl”. Luego, “Nessun dorma”, esa pieza favorita del “Turandot” pucciniano en la versión de concierto sin coros, cantado con algún furcio pero con general corrección (no más) por Eyvazov. Y un final barato, “O sole mio” de Di Capua por los dos, con abundantes movimientos de cadera de ella (él no se animó a tanto, por suerte).  Pero pequeñas objeciones aparte, éste fue un concierto logrado y un éxito rotundo para ambos. 

            La orquesta pareció entenderse bien con el director, y los cantantes no dejaron de llamar a Bignamini a acompañarlos en los saludos. Y Netrebko a su vez quedó visiblemente contenta con su recepción por los porteños y tuvo el gesto de regalarle al Colón su muy fino vestido de la Primera Parte. Es justo decir que los aficionados también aplaudieron mucho a su marido, reconociendo sus valores, quizás inesperados. ¿Volverán? Quizás. Pero será difícil que sea en una ópera, les toma demasiado tiempo y sale muy caro para un Colón en un país en crisis financiera.

Pablo Bardin




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