Una viuda alegre y dos despedidas



PH: Máximo Parpagnoli

 

La temporada de ballet del Colón de este año tiene una característica negativa: sólo obras largas. Se deja de lado a una enorme plétora de ballets breves importantes y atrayentes, y aparentemente por una razón económica: los que ocupan toda una velada son más concurridos. Pero si se compara con lo que hacen las grandes compañías del mundo, ninguna programa con ese criterio. Aquí se busca ante todo agotar las entradas con las obras que no fallan y  eso sólo lo hacen los teatros mediocres.

           

Por Pablo Bardin.

 

        De los cinco ballets del año sólo uno es nuevo y es el que comento. Los otros son por supuesto obras válidas y no voy a quejarme por ver la versión Macmillan de “Romeo y Julieta”, aunque sí objeto que ahora vayamos a tener todos los años el “Cascanueces” de Nureyev: lo hacen en New York pero con un repertorio anual mucho mayor.

            Dicho esto, celebro la presencia de esta adaptación de la célebre opereta “La viuda alegre” de Lehár. Dije que es nuevo; sí, para Argentina. Pero ya tiene una abundante carrera de varias décadas. En efecto, nació en 1975 con libreto de Sir Robert Helpmann y Ronald Hynd (varias veces escrito Hydn en gacetillas y diarios) y adaptación musical de John Lanchbery y Alan Abbott. Algunos recordarán a Helpmann por su intervención en ese maravilloso ballet de Massine de la película homónima “Las zapatillas rojas”; era un gran bailarín de carácter, y luego fue coreógrafo y director del Australian Ballet. Había visto el primer ballet de Hynd, “El Minotauro”, con una notable música de Carter que por suerte está grabada, y le había gustado. Lo llamó y le ofreció que hiciera la coreografía para la adaptación de “La viuda alegre”. Dice Hynd: “me encargaron la obra para montarla en 1974 y se estrenó al año siguiente. Era el primer encargo de un ballet extenso para la compañía australiana y fue un gran riesgo por parte de Helpmann. Afortunadamente, un gran triunfo también”.

            Londinense, Hynd estudió en el Ballet Rambert; luego ingresó al Royal Ballet como bailarín en 1951 (se llamaba entonces Sadler´s Wells Ballet) y desde 1959 a 1970 fue primer bailarín, en muchos ballets acompañado de su esposa Annette Page. En 1967 creó su primer ballet, “El beso del hada” de Stravinsky, para el Ballet Nacional de Holanda. Fue Director del Ballet del Estado Bávaro en dos períodos: 1970-73 y 1984-86. Algunos de sus ballets que integran los repertorios de las grandes compañías: “Rosalinda”, “Papillon”, “Le Diable à Quatre”, “El jorobado de Notre Dame” y “El Rey Ludwig II”. Pero ninguno llegó a un Colón muy quedado en el tiempo y de escasa renovación.  Una anécdota que cita Laura Falcoff: Hanna Glawari fue el último personaje de Margot Fonteyn: se despidió a los 57 años!

            Como suele suceder en los comentarios para ballet, nada se dice de la adaptación musical y quienes la hicieron. Sin embargo, John Lanchbery (no Lanchberry, como figura en el programa) estuvo asociado a múltiples arreglos para el Royal Ballet a través del tiempo. Él  y Abbott hicieron un hábil collar de fragmentos contando la historia de la opereta sin mayores diferencias, y por ende pasando por todas las célebres melodías en una seguidilla de valses, galops, el can-can (que no necesariamente debe ser el famoso de Offenbach, donde no se denomina así), y en la escena balcánica, el Kolo, todo ello hilvanado con pasajes de transición. Firmemente tonal y bien orquestado, manteniéndose en la evocación de la Belle époque.

            La duración total es de sólo hora y media, así distribuida: el Prólogo nos muestra la Antesala de la Embajada del Ducado de Pontevedro en París, 1905 (aclaremos para quienes no conozcan la opereta: Pontevedro es un imaginario ducado balcánico, que aunque nos suene a Pontevedra parece referirse más bien a Montenegro), sin intervalo sigue el Acto 1º en la Gran Sala de Baile de esa Embajada; total 37 minutos. Acto II: En los jardines de la casa de Hanna en París; 30 minutos. Acto III: En Chez Maxim´s, el famoso restaurant  parisino que todavia existe: 23 minutos.

            La historia muy sintetizada es la siguiente. Pontevedro está en quiebra y quien puede salvarla es la viuda Glawari, de cuantiosa fortuna, si se casa con el Conde Danilo, primer secretario de embajada. Pero ellos habían sido amantes diez años atrás y en ese momento Danilo había cortado la relación porque ella era pobre y la familia de Danilo no lo permitía; sin embargo, habían estado enamorados. Se vuelven a ver y se dan cuenta que siguen gustándose, aunque varias actitudes provocan malentendidos. En particular, la historia paralela de Valencienne, mujer del muy maduro embajador Mirko Zeta, a su vez enamorada del agregado francés de la embajada Camille de Rosillon; Njegus, secretario del Embajador, los sorprende besándose y va a buscar a Zeta. Para salvar la situación, Valencienne se escabulle y Hanna toma su lugar con Camille y anuncia su compromiso con él (luego explica a Danilo porqué lo hizo). En Chez Maxim´s Danilo reta a duelo a Camille y Valencienne se traiciona tratando de protegerlo; Zeta no puede negar la evidencia (si bien no nos lo cuentan, presumiblemente se separarán y Valencienne formará nueva pareja). Hanna se lamenta pero Danilo la perdona y todo indica que la relación entre ambos continuará. El embajador iza la bandera de Pontevedro, implicando que la viuda apoyará al país. 

            El Australian Ballet autorizó al Joburg Ballet la utilización de la coreografía; Joburg es abreviatura de Johannesburg, la ciudad más grande de Sudáfrica. No me resulta claro si la reposición coreográfica de Steven John Woodgate y el diseño de escenografía y vestuario de Desmond Heeley nos vienen de Johannesburg o de Sydney; presumiblemente el trabajo de Heeley es de Sydney pero quizá fue el propio Hynd el que lo repuso en Sudáfrica. En todo caso, Hynd, ahora octogenario, quiso venir a Buenos Aires y de algún modo supervisó la reposición; aunque no lo vi corroborado en La Nación, supongo que Woodgate hizo la labor principal.  Sea como fuere, es una producción esplendorosa, un magnífico espectáculo que habla tanto de la cultura de Sydney como de la de Johannesburg. En el fondo es la herencia del Royal Ballet y su gran tradición de productores que saben ambientar y dar belleza y marco según las características de la obra. Aquí hay dos aspectos distintos: el París de principios del s. XX y el baile y vestuario balcánico (en el Segundo Acto); y ambos están muy logrados.

También ayuda la larga experiencia del iluminador local, Rubén Conde.   En cuanto al trabajo de Hynd, es sin duda grato y fluido, con gran oficio: un ballet de opereta. Hay detalles mejorables: acentúa en demasía la propensión de Danilo por el vino y uno se cansa de ver tirar tantos vasos a las bambalinas; y en la escena del duelo y luego del renunciamiento de Zeta se necesitaba más énfasis y tiempo, ya que son factores esenciales de la trama. Pero sabe crear imágenes valseadas variadas para parejas y grupos y asimilar el kolo, esa danza folklórica balcánica tan característica y vivaz. Las dificultades no son trascendentales como en “El Corsario” pero se requiere sabe dar encanto y emoción a las situaciones, acentuando la habilidad de actuar de los bailarines. Hubo quien me dijo que era demasiado liviano, pero no es obligatorio que un ballet sea dramático; en su tipo es muy bueno, como lo son otros ballets basados en popurrís de Sullivan (“Pineapple Poll”) o de Verdi (“The Lady and the Fool), ambos arreglos de Mackerras, o esa “Gaîté Parisienne” deliciosa en la que Rosenthal hizo una ideal amalgama de fragmentos de Offenbach para la coreografía perfecta de Massine (¿cuándo volverá al Colón?).

            De paso, Woodgate es un graduado del Australian Ballet y repuso “The Merry Widow” para el Tulsa Ballet de Estados Unidos en 2011.

 

PH: Máximo Parpagnoli

 

            Y pasamos al otro aspecto valioso de este estreno: la despedida de dos grandes figuras del Ballet del Colón: la primera bailarina Karina Olmedo y (según el programa) el primer bailarín Alejandro Parente. Pero hay una esencial diferencia que marca el desorden interno de nuestro ballet durante décadas: ella es la única primera bailarina nombrada en la actual estructura, y lo fue en 1992; sí, hace 26 años…Parente en cambio fue de hecho primer bailarín, como tantos otros, pero no lo nombraron. Figuran como bailarines solistas Cecilia Mengelle, Silvina Perillo (ya retirada) y Omar Urraspuro,m veteranos.  Y todos los otros son de fila, como lo fueron Bocca y Guerra hasta que los nombraron eméritos…¿Cómo respetar a un teatro que no empieza por el ABC en ninguna de sus gestiones, incluso la de Herrera, y que no arregla la cuestión de las jubilaciones?

            Veamos el lado bueno: Parente a los 46 años y Olmedo con alguno más hicieron brillantes carreras y no hay entusiasta del ballet que no los recuerde con admiración y cariño a través de tantos roles en treinta años. Y las funciones en las que se despidieron terminaron con homenajes y ovaciones muy entusiastas y justas.

            Yo debí elegir una función y fue la del domingo 5 de agosto, con Marianela Núñez y Parente; la de despedida del bailarín fue la del miércoles 8. Y la de Olmedo, el 4. Sigo sin entender cómo programan: si la gran estrella visitante es Marianela, ella debería tener las dos primeras funciones, no la tercera y la quinta de las seis.  Ya es bien sabido que su casa, el Royal Ballet, la hizo Bailarina Principal en 2002 y la homenajeó cuando cumplió 20 años en esa gran institución. Va el tercer año consecutivo que en el verano europeo viene al Colón y desde 2014 realiza galas solidarias en San Martín, donde nació. Su pareja en la vida es Parente y con él se presentó en galas numerosas. Era lógico que la despedida de Parente fuera con ella,  ya que la casa artística de él es el Colón.

            En mi comentario pondré entre paréntesis a los intérpretes que no pude ver. Núñez (Macarena Giménez, Ayelén Sánchez, Olmedo) naturalmente dominó su personaje de Hanna Glawari totalmente, tanto en lo puramente danzable, cuyas dificultades, si bien considerables, fueron vencidas con toda naturalidad, como en los aspectos cambiantes de su relación con Danilo; cuando se unieron (por supuesto en un vals) fue evidente la afinidad entre ambos. Al parecer la maestra de danza de Parente, Rada Eichenbaum, conocía este ballet, y siempre creyó que él debía bailarlo. Sin embargo, por largas décadas Parente fue un danseur noble de los grandes roles de Petipa, aunque siempre se notó en él una presencia de actor (también hizo personajes que exigían más psicología y emoción). Hombre alto y fuerte, en años recientes  se lo vio con mayor peso y menos propenso a las piruetas acrobáticas, y así se despidió. Parente (Juan Pablo Ledo, Federico Fernández)  se sintió muy cómodo en los distintos aspectos de su Danilo, tanto el borrachín como el enamorado con sus muchas reacciones ante los cambios en las circunstancias, y su retrato combinó al “bon vivant” con el apasionado amante. Me llamó la atención cómo el maquillaje y el bigote  lograron que bailarines disímiles se parecieran bastante en su aspecto (recibí las fotos de Ledo y Fernández). Herrera ha promovido a jóvenes bailarines recientemente, y dos de los mejores se lucieron en la otra pareja: Camila Bocca (Natalia Pelayo, Carla Vincelli) y Maximiliano Iglesias (Facundo Luqui, Edgardo Trabalón). Ágiles y simpáticos, supieron brillar solos y juntos. Tenemos buenos característicos, y ello volvió a comprobarse con Néstor Asaff (Igor Gopkalo) como Zeta y Julián Galván como Njegus (en todas las funciones). Facundo Luqui (Jiva Velázquez) como Kromov y Alejo Cano Maldonado como Prititch (David Juárez) dieron humorismo a sus preocupados secretarios de embajada en el Prólogo. En la parte inicial del Acto 1º antes de la entrada de Hanna, se lucieron el Cuerpo de baile, bien disciplinado, y las solistas Natalia Pelayo como Ludmila (Eliana Figueroa) y Ludmila Galaverna como Magda (Marisol López Prieto). El Acto II se inicia con la fiesta balcánica, y en el Kolo mostró Velázquez su atlética rapidez (Emanuel Abruzzo, Williams Malpezzi) y las Damas y Caballeros se unieron a la rutilante danza con entusiasmo. En el Acto III se añadió otro rol de carácter, el Maître´d  de Maximiliano Cuadra (Roberto Zarza),  y más con altivez de mímica que con danza se movieron la altísima Condesa Amalia Pérez Alzueta (Natacha Bernabei) y su amiga  Luciana Barrirero (todas las funciones). Aparte de las danzas de las Mujeres y Hombres en Blanco y Negro, estuvieron también los clientes de variadas edades, camareros, una florista, y el número esperado del Can-can donde seis bailarinas de gran flexibilidad cumplieron con los arduos pasos exigidos y con el toque sexy indispensable. Pero los últimos minutos revirtieron a contarnos la historia de las dos parejas de amantes y el Barón Zeta.

            Cierro mencionando algo que quizá pasó inadvertido para muchos y que sin embargo fue importante: la Orquesta fue la Estable, no la Filarmónica. Bien se sabe que durante décadas la Estable no quiso acompañar ballet y todo debía hacerlo la Filarmónica, que así se repartía entre su tarea básica que es el concierto y la subsidiaria del ballet. El año pasado ocurrió que la Estable acompañó a los programas de ballet que suplantaron a la ópera “Tres hermanas” de Eötvös, arbitrariamente sacada del abono y pasada a iniciar el de este año. Pero eso tenía una lógica, ya que la Estable hubiera estado sin ese cambio en el foso trabajando para la ópera. En cambio este año no suplantan a ninguna ópera, y esa es la novedad. ¿Será porque la Dirección Artística advirtió la disparidad en cantidad de trabajo de la Filarmónica y la Estable? Quizá, considerando que tenemos una misérrima temporada operística. Como todo indica que el año próximo pasará lo mismo, ojalá en 2019 también se emparejen los tantos.

            Conocí al director español Manuel Coves cuando dirigió el estreno en el Argentino de “Pepita Jiménez” de Albéniz y me pareció un artista capaz y convincente. Su trayectoria se ha repartido entre la ópera, la zarzuela, el ballet y el concierto, en muy diferentes lugares. En este Lehár arreglado se mostró flexible en su ritmo y hábil para acompañar bailarines, mientras que la Estable se adaptó a un lenguaje que no ha transitado.

Pablo Bardin

 




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