Evolution: Variada danza contemporánea



 

Las galas de danza suelen insistir en los clásicos, a veces en demasía. “Evolution” fue distinta: combina diversos tipos de danza contemporánea y va desde los solos hasta los grupos de hasta diez personas. Originalmente la gira era más larga e incluía a una importante figura: Ludmila Pagliero.

Lamentablemente tuvo una lesión y debió cancelar: unas palabras suyas lo explican en el programa de mano. Bien recuerdo sus actuaciones aquí y en La Plata; la última, cuando hizo “La Sylphide” con el Ballet del Sur. Ojalá el año próximo pueda venir. La gira sólo incluyó a Buenos Aires y Rosario.

 

            La producción artística de Juan Lavanga es una garantía, ya que tiene décadas de experiencia bien asimilada. Más allá del repertorio, la característica de la velada del 28 de julio fue la presencia de bailarines  argentinos de ambos sexos que están desarrollando su carrera en el hemisferio norte; sólo hubo un bailarín extranjero. Y además tres bailarinas de compañías argentinas, más los Ballets de Araiz y tres bailarines  de CEM (Cía. En Movimiento). El Maestro de Baile y Coordinador Artístico fue un artista de merecido prestigio: Mario Galizzi. Manejó las luces Ernesto Bechara, el sonido (todo grabado), Lautaro Grinstein y el “Stage Manager” fue Emiliano Caffarelli. Producción general: SEFRA.  Sólo en la función del 29 de julio (que no vi) se añadieron Karina Olmedo y Nahuel Prozzi en “Escualo” de “Estaciones Porteñas” de Astor Piazzolla y Mauricio Wainrot, vestuario de Carlos Gallardo.

            Como se sabe, Araiz en años recientes se dedicó a formar bailarines en el grupo UNSAM Danza; pero el apoyo a la Universidad de San Martín no se concretó ya desde el año pasado, y con varios de los mejores bailarines de allí (ignoro si también con otros) armó Los Ballets de Araiz, grupo independiente dirigido por Araiz y Yamil Ostrovsky, con la producción ejecutiva de Anabella Petronsi. La Primera Parte se inició con “Pulsos”, extensa pieza (13 minutos) con música minimalista de John Adams, en la que se realiza un experimento logrado, ya que se trata de una coreografía grupal coordinada por Araiz con la asistencia de Juan C. Ojeda, en la que el inexorable ritmo de Adams está interpretado a través de nuestro malambo con muy eficaz vestuario de Renata Schussheim; esta danza típicamente masculina es bailada por cuatro bailarinas además de seis bailarines. Guiados por Araiz todos consiguen realizar figuras coreográficas potentes e integradas, de gran dinamismo y expresividad.

            Vino luego “Remanso”, coreografía de Analía González (premio Ruanova otorgado por el Consejo Argentino de la Danza) con una fuerte música folklorizante ligada al chamamé (complementa a la obra anterior de la función) de Los Núñez y Ruiz Guiñazú (entre paréntesis el programa pone “última cebada”, supongo que será el título de una grabación). Los bailarines del CEM fueron Soledad Mangia, Manuel Pacheco y Gastón Gatti, que danzaron con mucha entrega una coreografía basada en el entrelazamiento de figuras, una estética similar a la de Pilobolus. Es parte de “Hasta siempre”, estrenada en 2015 por el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Según su autora, “surge de la belleza, la incertidumbre y el misterio que generan los vínculos”.

            Única obra clásica en la velada, el Adagio del Acto 2º de “El Lago de los Cisnes” de Tchaikovsky-Ivanov nos trajo a Carolina Agüero y Thomas Bieszka. Ella es cordobesa y tuvo óptima formación con Tomin, Ferri y Lommi. Con su marido Darío Franconi integró la compañía de Ivan Nagy en Chile. Tras bailar con los Ballets de Stuttgart, Dresden y Finlandia, es actualmente Primera bailarina del Ballet de Hamburgo y naturalmente ha interpretado numerosos ballets de John Neumeier, que está a cargo de ese Ballet desde hace increíbles 45 años. Bieszka es estadounidense y estudió en la Joffrey Ballet School y en el American Ballet Theater School. Tras pasar por los Ballets de Grand Rapìds (Estados unidos) y Alberta (Canadá), integra de 2010 a 2013 el de la Ópera de París y de 2013 a 2015 el de San Francisco. Actualmente es solista del Semperoper Ballet de Dresden. La obra elegida es noble y bella pero privilegia a la bailarina, ya que el bailarín es meramente partenaire, casi sin pasos propios. Creo que Agüero ha bailado poco aquí; con su rostro puro y anguloso y una figura muy cuidada, realizó con técnica depurada los poéticos pasos de Ivanov. Bieszka la complementó con  toda propiedad, ayudado por un físico longilíneo y elegante y un semblante atrayente.

            Lo que siguió fue un contraste completo: “Vendetta” (estreno mundial), música de Hauschka (Elizabeth Bay), coreografía de Annabelle López-Ochoa, con Lucas Segovia. El bailarín es porteño; formó parte del Ballet Argentino de Julio Bocca y luego del de Washington en el Kennedy Center; desde 2010 está en el Joffrey Ballet  como Primer Bailarín. Desde 2015 participa en musicals como “West Side Story”, “An Amarican in Paris” y “Oklahoma”. Si bien ha participado en obras de grandes coreógrafos (Balanchine, Kylian, Robbins, Forsythe), su temperamento fogoso muy contemporáneo y  atlético es el que trajo a nuestra ciudad a través de piezas donde se explaya sin compañía. Hauschka es el nombre artístico del pianista alemán Volker Bertelmann y “Elizabeth Bay” es una canción tocada en piano preparado. López-Ochoa es colombiana y a los 30 años ya creó obras para compañías muy diversas: Ginebra, Pennsylvania, Marsella, España, Cuba, Chile. “Vendetta” resulta breve, rápida y contundente, adecuada al estilo felino y vigoroso de Segovia.

            Por supuesto, el Adagietto de Mahler (cuarto movimiento de la Sinfonía Nº 5 de Mahler) se hizo famoso debido a su inclusión en “Muerte en Venecia” de Visconti, y los coreógrafos se aprovecharon de ello: hay unas 15 obras sobre esta música de ultra-romanticismo, tan intensa como melódica. Aquí la que triunfó fue la de Araiz, sensual, con mucho contacto entre varón y mujer y con el piso. Quizá por primera vez en nuestra ciudad, vimos la de Neumeier, muy distinta por cierto, con Florencia Chinellato y Matías Oberlin. Ella es de Paraná, estudió con Delmagro, Rzeszotko y Segni, y luego completó su formación  en la Escuela del Ballet de Hamburgo; ahora es solista de la compañía. No recuerdo haberla visto aquí. Muy joven, Oberlin, alto y flaco, con un rostro inocente, procede de Santa Fe y muy pronto pasó a la Escuela del Ballet de Hamburgo; lo integra desde 2014; días atrás llegó a la categoría de solista. Todo indica que es la primera vez que baila en Buenos Aires.  Neumeier (informa Patricia Casañas en el programa) retituló al Adagietto “Epílogo” “para el dúo creado en 1975 para Natalia Makarova y Erik Bruhn, que lo estrenaron en New York”. Neoclásico en su estilo aunque fiel al romanticismo musical, se ve con placer, aunque no me impresiona como una de sus mejores obras. Naturalmente ella y él han bebido de la misma fuente coreográfica y conocen muy bien esta manera de bailar; son flexibles y elegantes, y si ella resulta la más asentada, es lógico: ya tiene muchos años de Neumeier.

            La Segunda Parte nos llevó nuevamente a la compañía actual de Araiz con “Canto Jondo”, música de Carlos Suriñach (“Ritmo Jondo” y “Tientos”), coreografía de Araiz, vestuario de Schussheim, con ocho bailarines de ambos sexos. Forma parte de la serie “Ibérica” a la cual pertenece “Cantares”, con música de Ravel. La obra tiene décadas, ya que fue creada para el Ballet del Gran Teatro de Ginebra, que Araiz dirigió. Para Casañas, y coincido, “contiene todos los recursos del aspecto oscuro de la cultura hispánica”: “el duende lorquiano, las pinturas negras de Goya, el misterio arábigo”.  Suriñach (con ñ, no n, como está en el programa) era un músico catalán con particular afinidad con la música gitana andaluza, y su “Ritmo Jondo” es una obra notable, con excelente uso de la percusión, en sus tres partes: Bulería, Saeta y Garrotín. Los “Tientos” que generalmente conocemos son las obras para órgano de creadores como Cabezón  así denominadas, a mitad de camino entre el preludio y el recercare. Pero los de Suriñach son cuadros sonoros que expresan emociones: “de Quejas”, “de Penas” y “de Alegrías”.  Como la música de ambas obras tiene mucho ritmo y expresividad, es excelente material para una coreografía; la de Araiz no pretende seguir al pie de la letra el baile gitano. Por el contrario, es muy libre, pero tiene clima y fuerza. Sus bailarines respondieron con entusiasmo y garra.

            Siguió “Invisible Grace”, una coreografía de Yaroslav Ivanenko con música de Gurdjieff, bailada por Agüero y Bieszka. George Gurdjieff (verdadero apellido Georgiades) fue un greco-armenio místico, filósofo y músico que tras recorrer la India, Turquía y Asia Central para conocer sus creencias, fundó el Instituto para el Desarrollo Armónico del Ser Humano primero en Tiflis (Georgia) y luego en Fontainebleau. Los ritos incluían danzas y cantos o música instrumental.  Su música está basada en las que fue conociendo y hay cuatro CDs Wergo que permiten escucharla. De allí el título espiritual “Invisible Grace”, cinco minutos coreografiados por Ivanenko para el Ballet de Hamburgo.  Ucraniano, fue bailarín de ese Ballet. Este dúo data de 2007 y en estilo neoclásico, donde, expresa Casañas. “maneja magistralmente el equilibrio de pesos y fuerzas  motrices y la utilización del suelo y el espacio aéreo”. Tanto Agüero como Bieszka tuvieron ocasión de mostrar convincentemente otras facetas de su arte.

            Vino luego “Les Euménides”, música de Dead Can Dance, coreografía de Bernard Courtot (no Cortot) de Bouteiller, bailada por tres primeras figuras de nuestros Ballets: Julieta Paul por el Argentino, Paula Cassano por el Colón y Carolina Basualdo por el del Sur (de Bahía Blanca). La música es bien violenta, como corresponde a una banda que se llama “Los muertos pueden bailar”. Conocí a Courtot de Bouteiller como repositor de “La Sylphide” de Bournonville, y en esa guisa me pareció adecuada su tarea.  Si bien “Les Euménides”, con su título en francés, fue creada para la primera bailarina Lisa Pavane del English National Ballet en 1997, como lo indica el título es para más de una, son tres las euménides (el coreógrafo sigue en esto a Eurípides). Y bien, en castellano son las Furias, del latín Furiae, pero en griego son las Erinyes, diosas de venganza. Pero tanto miedo le tenían los griegos que usaron el eufemismo Eumenides (las buenas). Vivían en el averno (recordar que para los griegos el Hades no era como nuestro Infierno, sino el lugar a donde iban las almas después de morir) y subían a la superficie para vengar a los asesinados (aunque el asesino hubiera tenido razón, como Orestes). Mitógrafos posteriores a los grandes dramaturgos las llamaron Alecto (Ira Continua), Tisiphone (Vengadora de asesinato) y Magaera (Celosa). Dice el coreógrafo: “quería trabajar el intercambio energético en el escenario, explotar la sensualidad, la sensibilidad, la potencia de las bailarinas. Opté por utilizar la técnica de puntas porque son maravillosas, continúan de manera armónica y elegante las líneas del cuerpo, de las piernas”. “No tiene argumento, la atmósfera que puedan crear las bailarinas es muy importante”.  Yo no vi mucha furia, y para qué llamarlas así aunque sea con el eufemismo si no son vengadoras. Más bien observé una rivalidad entre una bailarina de largas piernas (Bocca) y las otras dos que parecen entenderse entre sí. En verdad el largo solo de Cassano (muy bien bailado) es mirado por las otras dos con cierta indiferencia; luego Cassano se va y Paul y Basualdo bailan de modo mucho más tranquilo. En suma, poco que ver con la música o el tema sugerido por el título, y sin embargo bastante grato en términos de danza pura.

            Enseguida, otro Neumeier, “La Dama de las Camelias”, con música de Chopin (Sonata Nº 3, tercer movimiento), que parece evocar que la vida de Marguerite Gautier será corta, ya que el maquillaje de Chinellato le da una palidez precursora. Muy romántico (muchos besos) y neoclásico, fue creado no para Hamburgo sino para Stuttgart en 1978, y está en el segundo de los tres actos, diría que paralelo al segundo de “La Traviata” puesto que  están en el refugio campestre cuando ya sabe ella que Germont exige la separación de los amantes. Una y otra vez él expresa su amor  pero al final con angustia ella se separa. Ambos bailaron muy bien pero sin duda la intensidad dramática de ella fue superior.

            Fue curioso terminar con un  solo pero viéndolo se entiende porqué: “Percussion 4”, con música de G. Harrell, nos lleva al mundo tan especial de Bob Fosse. El de “All that jazz”. Se presentó con el permiso de The Verdon Fosse Legacy LLC. Y la razón está clara: le va como anillo al dedo a Segovia. El fragmento forma parte de “Dancin´”, una comedia musical con la que Fosse ganó un Tony hace cuatro décadas. Lo que se necesita es “ritmo y destreza corporal”, y Segovia los tiene, además de carisma.

            Galizzi con su destreza coreográfica ensambló el simpático saludo final de todo el elenco, cada grupo, trío, dúo o solo según sus características.

Pablo Bardin  




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