Conciertos de Barenboim en el CCK



Prensa CCK

 

Los conciertos del Festival Barenboim han estado asociados con la sala del Colón desde que éste reabrió sus puertas y parecía lógico que en 2019 sucediera lo mismo, sobre todo considerando que la programación incluyó la primera vez que el director trabaja allí en el foso para una ópera. Pero Barenboim visitó el año pasado la Ballena Azul (ahora llamada Sala Sinfónica) y le gustó la acústica y la sala (y probablemente el muy hábil diseño del escenario pensado para orquesta sinfónica por miembros de nuestra Sinfónica Nacional). Y decidió dar los conciertos con la Staatskapelle Berlin allí. Con lo cual el asunto se complicó mucho: ya no era el gobierno de la Ciudad el único implicado en la organización y en lo financiero: al ser del Estado Nacional el CCK, entraron a tallar  tanto el Ministerio de Cultura (Avelluto) como el Sistema Federal de Medios (Lombardi), lo cual no me resulta muy lógico: sólo Lombardi debería haber intervenido. Fue quizá porque lo previsto presupuestariamente por el CCK para su inmensa actividad no alcanzaba para cinco conciertos de una orquesta extranjera con un director famoso y por ende también Cultura debía participar. Sin embargo las entradas se compraron en la Boletería del Colón. Curiosa situación. Se comentó que Macri habría dicho a Lombardi que si se cobra por Barenboim, porqué el CCK debe ser siempre gratis; y en efecto, acabo de saberlo: Argerich hará dos conciertos y ya están en venta en Sarmiento 151 (boletería aceleradamente instalada).  Y Barenboim le habría hecho otro comentario a Macri: porqué, si es un centro cultural, no está en el Ministerio de Cultura.

            La programación como tal fue impecable: las cuatro sinfonías de Brahms en dos conciertos, luego repetidas en otros dos; y la combinación imbatible de las Imágenes de Debussy con “La Consagración de la Primavera” de Stravinsky; pero lamentablemente ésta no fue repetida y seguramente mucha gente quedó afuera (los cuatro de Brahms se llenaron por completo: 1.750 localidades, aunque seguramente con un porcentaje de favor y algún lugar libre  pese a las localidades agotadas). En suma, el festival constó de una ópera y tres conciertos, cuatro funciones en total entre dos ámbitos distintos, todas muy importantes.

            Al elegir las sinfonías de Brahms Barenboim hizo algo muy interesante: confrontó la mejor obra sinfónica alemana de la época con la mejor ópera alemana, y defenestró la estrechez de miras que en su época hubo, poniéndolos como rivales: no lo eran. Wagner pensaba como operista, Brahms como sinfonista, Los dos hicieron maravillas; y los dos tenían como ídolo a Beethoven, en especial el de la Novena Sinfonía. Brahms no atacaba a Wagner, quien lo hacía era Hanslick, su devoto seguidor.

            Y Barenboim volvió a demostrar que su parámetro es la calidad de la música, sin importar si es ópera o sinfonía, o alemana, rusa o francesa. La Staatskapelle en las manos del director estuvo a sus anchas en todas las obras elegidas, negando que sea imposible para una orquesta alemana sonar francesa o rusa; salvo algún minúsculo detalle, las versiones fueron superlativas no sólo en lo técnico sino en el estilo. Quedó demostrado que en un mundo donde abundan las grandes orquestas, ésta ocupa su lugar al lado de otras generalmente más apreciadas.

            Debo admitirlo, con ellos la acústica me pareció mejor que como la sentí hasta ahora. Un buen amigo me decía que nuestros bronces no necesariamente desafinan pero sí tocan con frecuencia demasiado fuerte, más que lo marcado, y que ello desnivela la orquesta; y creo que tiene razón. Los bronces de la Staatskapelle pueden ser estridentes si el autor lo pide (no en Brahms, que jamás lo pide, pero sí en Debussy o Stravinsky) pero sólo cuando resulta orgánico al efecto estético deseado y necesario.

            Pero puede haber otro motivo: la disposición de la orquesta en el escenario. Puso a los violoncelos al lado de los violines y detrás de los violoncelos a los contrabajos, o sea del lado izquierdo. Y no aglomeró a los bronces: dejó algo de aire entre ellos. Sentí que la orquestación severa y algo gris brahmsiana adquiría un color más empático y comunicativo, aunque por supuesto esto también fue por la sutileza en el manejo de los matices y la energía indeclinable de la música. Todo fluyó con naturalidad, tanto los pasajes reflexivos como aquellos en los que el compositor fue construyendo un climax. No estuve de acuerdo con cambiar el orden en el primer concierto, la Segunda antes que la Primera, porque la maduración del estilo brahmsiano se pierde, aunque por supuesto el final de la Primera es más arrebatador que el de la Segunda, y me extrañó porque Barenboim no busca el éxito barato como actitud general suya. Cada uno tiene sus entusiasmos de acuerdo a su experiencia, y yo sólo mencionaré algunos, todos ellos entre 1951 y 1970, para dar referencias de una época dorada de directores en el mundo. De la Primera: Markevich con nuestra Sinfónica, Boult con la Filarmónica de Londres en un extraño lugar (la abadía de Westminster), Böhm con la Filarmónica de Viena; de la Segunda: Van Beinum con nuestra Sinfónica, Karajan con la Filarmónica de Berlín (en Washington y en Praga); de la Tercera, Szell con la Cleveland, Karajan con la Fil. de Berlín; de la Cuarta, Cluytens con la Fil. de Viena, Karajan con la Fil. De Berlín, Kletzki con la New Philharmonia.  Y ahora añado las cuatro por Barenboim, y la Staatskapelle.

            Es necesario aclarar que estuve presente el 17 y el 19 de julio, y hay detalles para contar. El 17: hubo un considerable grupo que aplaudió al final de los tres primeros movimientos; al final, tras grandes aplausos, Barenboim dijo al público que estaba emocionado por el entusiasmo del público, pero con esa inteligencia tan de él, les dio un motivo musical para no aplaudir entre movimientos: si lo hacen se pierden algo que el compositor consideró esencial: la relación armónica que hay entre el último acorde de un movimiento y el primero del siguiente; y les pidió que se abstengan. Y así fue, no molestaron después del intervalo. Anécdota: chisté a los de la fila de adelante después del primer y del segundo movimientos y bien a la porteña el hombre se da vuelta y me recrimina que tiene derecho a hacer lo que quiera; pero cuando Barenboim los retó dulcemente el hombre aplaudió a rabiar…Argentina pura.  Hubo otra situación al principio de la Primera: se habían vendido entradas allí donde va el coro, ya que no había coro en las sinfonías, y alguien aparentemente quiso filmar; tras pocos compases Barenboim lo reconvino, diciendo que lo cegaba y se desconcentraba. No hubo más gente filmando.  El 19: dijeron por micrófono lo que yo anhelo incorporen en el Colón de manera permanente: “se ruega no aplaudir entre movimientos”. Que no me vengan con eso de que es señal de nuevo público y hay que alegrarse: es cortar el flujo de la música e ignorancia; cuando alguien no conoce las reglas tiene que hacer lo que hace la mayoría y tener la prudencia de mirar cuál es la costumbre (las hay buenas y necesarias). Se trata de mero sentido común, aunque últimamente parece ser el menos común de los sentidos. Y luego pasó algo que pudo ser grave: al finalizar el Andante de la Tercera Sinfonía se cortó la luz. Con toda parsimonia Barenboim y la orquesta esperaron; tras unos minutos alguien le avisó al director que se había cortado en todo el edificio y que había sido por la lluvia (lo que indica que hay zonas de la enorme construcción mal protegidas) y le dieron instrucción de hacer evacuar la sala; la gente empezó a retirarse, pero tras varios minutos volvió la luz y los que salían volvieron. Y allí Barenboim hizo algo que sólo a él se le puede ocurrir: repitió los últimos dos minutos del segundo movimiento para que la gente pudiera concentrarse y advertir la relación con el tercer movimiento, ese famoso “Poco allegretto” del “Aimez vous Brahms” de Françoise Sagan…Noté alguna pequeña hesitación de las trompas alterando mínimamente la altísima compenetración con la esencia de la música. Hubo en las cuatro sinfonías muchos momentos memorables, pero hay que destacar los últimos movimientos de la Primera y la Cuarta, donde se llegó a una intensidad maravillosa. Barenboim las dirigió de memoria y con ese dinamismo inagotable en un hombre que nació en 1940.

            Sin embargo, me impresionó todavía más en Debussy y Stravinsky, que para mí quedará como el concierto del año. El homenaje a Debussy es por supuesto muy lógico en este año del centenario y además Barenboim no fue en vano director de la Orquesta de París, conoce el impresionismo tan profundamente como a Wagner y Brahms. Fue asombroso comprobar cómo, tras la densidad germana y oscura, la orquesta nos daba los sonidos más aireados y sutiles con un refinamiento extremo, moldeada por las expresivas manos del director. De paso, no siempre dirige de memoria: este programa lo hizo con partituras, pero era obvio que apenas las miraba.

            Siempre lamenté que las Imágenes completas se hagan raramente. Obviamente “Iberia”, la más larga, colorida y contrastada, se da con cierta frecuencia, y este año ya escuchamos una muy grata versión de Siffert con la Sinfónica Nacional. Pero hace mucho que no se dan las otras dos piezas, y son de una gran belleza que no debería dejarse de lado: atesoro la vieja grabación de Monteux con la Orquesta de San Francisco y la que volvió a grabar ya octogenario con la Sinfónica de Londres y aprecio mucho las de Ansermet/Suisse Romande, Dutoit/Montreal y Boulez/Cleveland. Pero es un placer incomparable escucharlas en vivo, aunque aquí Barenboim volvió a ceder a la tentación de cambiar el orden verdadero: “Gigues”, “Ibéria”, “Rondes de Printemps”; aquí “Rondes” fue segunda e “Ibéria” tercera, con su final tan brillante. Es curioso, hasta 1970 las escuché por separado: “Ibéria” por Juan José Castro y Bour, las otras dos por Gilbert Amy. Y luego pude apreciar las tres juntas sólo un par de veces, de modo que  para mí fue un acontecimiento esta integral tan dejada de lado aquí. Si bien hay un aspecto folklórico en ellas (“Gigues” evoca a Escocia y “Rondes de Printemps” a Francia), estas obras realizadas entre 1910 y 1913, ya en plena madurez, prueban como decía Boulez “una evolución permanente “ que “tiende a renovar de manera incesante el sentido poético”. Una ejecución impecable (salvo una nota falsa de trompeta) y una dirección que no dejó escapar un solo matiz tuvieron como resultado unas “Imágenes” que llevaré grabadas largo tiempo.

            Torturé a mi pobre madre cuando adolescente le hacía escuchar durante el almuerzo una partitura que me tenía galvanizado: “Le Sacre du Printemps” (“La Consagración de la Primavera”) en la magnífica grabación de Monteux con la Sinfónica de Boston; el director vino por única vez al Colón en 1968 y la dirigió con la Orquesta Estable y me costó convencerme de que ese señor octogenario era el que había dirigido el turbulento estreno con los Ballets Russes de Diaghilev. Debussy dijo refiriéndose a Stravinsky: “no le tiene miedo a nada”; y es así. Y como fue escrita entre 1911 y 1913, es una exacta contemporánea de las Imágenes. Abre una nueva etapa en la historia musical: la total liberación del ritmo como parámetro tan esencial como la armonía o el ritmo. Y tal es la  riqueza creadora en la orquestación y el clima pagano sacrificial que se da la paradoja de un modernismo escalofriante en una obra más que centenaria que a la vez nos lleva a lo más visceral y antiguo de la historia. No dudo de que, si debo elegir una partitura sinfónica como la más representativa del siglo XX, ésta es la que elijo. He seguido la ardua partitura docenas de veces y siempre encuentro algo nuevo. Esto es genio puro. No asociaba a Barenboim con ella y nuevamente me asombró: el gran intérprete de Schönberg, tan distante en estilo, también lo es de Stravinsky. No me cabe duda: jamás la escuché en vivo con tanta garra y exactitud. Y ello volvió a demostrarme la versatilidad de la Staatskapelle, que pareció estar completamente identificada con este mundo tan distinto.

            Conocí la obra en vivo casi en simultáneo con el LP, que es de 1951 pero lo recibí a principios del año siguiente. En apenas dos semanas (Junio y Julio), Rosenthal la dio con la Sinfónica de Buenos Aires (luego llamada Filarmónica) y el gran Markevich con la Sinfónica Nacional.  Otras notables versiones en esos años iniciales  fueron las de Juan José Castro, nuevamente Markevich, y en 1969, Dutoit con la Sinfónica Nacional. La música seguía siendo ardua para las orquestas, pero en un par de décadas habían mejorado su capacidad de lectura de ritmos complejos y la disciplina que la obra requiere. Luego se ha dado como  repertorio; sigue siendo un desafío pero está asimilada. Qué extraño que una creación de inmensa técnica y exigencia nos sumerja en un mundo primitivo como ninguna otra.

            Es de agradecer que Barenboim la haya traído, ya que demanda muchos percusionistas y ejecutantes de instrumentos raramente usados. Probablemente alguna otra orquesta extranjera la haya tocado, pero no lo recuerdo.  La Staatsoper tiene un timbalista virtuoso no sólo en precisión y rapidez sino en una expresividad que nunca había escuchado en las sinfonías de Brahms; por supuesto en Stravinsky fue magnífico. Lo destaco pero muchos otros son grandes solistas, como la concertino Jiyoon Lee o las maderas.

            Supongo que el año que viene será más convencional el Festival, sin ópera, con Argerich y la Orquesta West-Eastern Divan (de paso, en pocos días Barenboim la lleva al Festival de Salzburgo). Qué bueno sería que nos trajera la Segunda sinfonía de Elgar, que Barenboim considera muy valiosa (y lo es).

            Debería terminar con una referencia a algo a lo que no quise ir: el concierto al aire libre en la Plaza Vaticano. Fue anunciado primero como con las obras de Debussy y Stravinsky, y antes incongruentemente la Obertura de “El barbero de Sevilla” de Rossini; me extrañó porque ni Debussy ni Stravinsky son para gran público, como suelen ser los conciertos al aire libre, y además era exigir mucho a la orquesta.  Terminó siendo una mezcla breve, de apenas 35 minutos, con Rossini, dos movimientos de sinfonías de Brahms y la Polonesa de “Eugen Onegin” de Tchaikovsky. ¿Para escuchar tan poca música se reunieron 10.000 asistentes? Es muy parco. Pero Larreta consiguió lo que quería: un gran evento mediático. No lo pongo en el activo de Barenboim.

            Pero mejor termino con algo positivo: que tanto “Tristan” como los conciertos fueron vistos en streaming; no reemplaza a escucharlos en vivo pero es mucho mejor que nada.

Pablo Bardin




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