Jonas Kaufmann recibido como un rockstar en el Teatro Real de Madrid



PH: Javier del Real

Finalmente pudo Jonas Kaufmann llegar a buen puerto en la capital española, superando algunas cancelaciones aquí y allí, que fueron comentadas en ciertas ocasiones augurando oscuros presagios a la carrera del artista bávaro.

Su recital, anoche, después de haberlo disfrutado en el Andrea Chénier en el Liceu de Barcelona no hace mucho, estuvo dedicado a compositores franceses y a Wagner, verdaderas puntas de lanza de su repertorio, aunque no desdeña tampoco la música italiana y la frecuenta con éxito.

 

Por Alicia Perris.

 

El concierto, anunciado para dos horas de duración, se prolongó más de dos horas y media. Fue largo y extenuante y estuvo a cargo del director alemán Jochen Rieder, redondeando las interpretaciones de Kaufmann, con tres bises incluidos, programados de antemano.

Como un rockero elegante y atildado, lejos de la vestimenta operística con que los escogidos de los dioses hacen gala en estas ocasiones, se presentó con un traje con chaleco de seda de fantasía, lavanda oscura, camisa azul clara y corbata y zapatos a juego, de color ciruela. Su aspecto atento, concentrado y a la vez desenfadado y pícaro, dejan percibir al público que está perfectamente al tanto de lo que ocurre en la sala, desde la platea al paraíso. En efecto, este tenor alemán sabe latín…

Kaufmann ha transitado y recorre, un repertorio amplio desde que debutara en 2010 en Bayreuth con Lohengrin, entregándose a los Werther de París y Viena y a Cavaradossi de la Tosca en Londres, Nueva York y Milán, entre otras muchas actuaciones. También ha dado vida a Tamino, Lohengrin, Don José (muy mejorable por cierto su dicción francesa) y Florestán. Tampoco le faltó un Don Carlo, una Aída en Roma, un Manrico y un Don Alvaro, de La forza del destino. Fogueado además en el ámbito de los recitales, sus grabaciones han sido reconocidas por revistas como Opernwelt, Diapason y Musical America y ostenta la condecoración de Chevalier de l´Ordre de l´Art et des Lettres de la República Francesa.

En la primera parte de la velada, una elección entregada a la ópera francesa, al hilo de su última discografía, "L'Opéra", que comenzó con un "Ah, lève-toi, soleil!", de "Romeo y Julieta", de Gounod, cuando su voz, aparentemente, no estaba demasiado a punto. El ataque estuvo debilitado, pero fue recomponiéndose con rapidez, hasta afianzarse en parte en "La fleur que tu m'avais jetée", de "Carmen".

Pero fue con "Rachel quand du Seigneur", de Jacques-Francois Halévy, que pudo plenamente conectar con la audiencia con la que  creó entonces sí un peculiar estado emocional, una vibración compartida. "O souverain", de "Le Cid", de Massenet, cerró la primera sección, que fue salpimentada con gracia y garbo hispanizante con una orquesta que sonaba magníficamente (aunque siempre le falten las sonrisas y una cierta “nonchalance”, (relajación, pseudodespreocupación) a sus músicos)). Les hace falta disfrutar más y compartirlo, expandirse gozosamente fuera del escenario porque lo que tocan y cómo lo hacen, es muy bello.

El director, pendiente, activo, sensible coejecutor de una interpretación excelente, tanto de la “Bacchanale” de Saint-Saëns, como de la “Danse Bohème” de la Suite no. 2 de Carmen de Bizet, la “Habanera” de Chabrier o la dulcísima y sentida “Le dernier sommeil de la vierge”.

En el entreacto, caras muy conocidas de todos los estamentos oficiales, profesiones, ex y de poder al uso, que podían pagar la muy cara localidad o tener el mérito que se les supone para ser invitados a la convocatoria gratis et amore.

Seguramente fueron los patrocinadores, Rolex y Wempe, quienes convocaron a los más selectos de los ya escogidos “happy few” a una copa en la terraza en el entreacto. La aglomeración en el resto de las plantas del coliseo madrileño era espectacular, el colorido de los invitados, un verdadero festejo. Antes, a la llegada y luego a la salida, vehículos de alta gama, doble fila, cinematográficos, Masserati, Audi, BMW, de un lujo sonrojante.

Y también, alguien pidiendo dinero para un “bocadillo, que no para el teatro”, paradojas hirientes y lógicas de esta nuestra sociedad líquida.

 

 

Después de la pausa, el tenor recuperó con Wagner todo el magnetismo que lo precede allí donde va y fue entonces cuando se pudo percibir con claridad, que el oxígeno, ancho y profundo, recorrió todos los espacios de su cuerpo, abriéndolo, para plasmar una emisión segura, rica, oscura, más voluminosa y fresca. La orquesta, entregada, recreó un Wagner cósmico, trascendental, como al propio compositor le hubiera gustado.

Convenció por fin el cantante alemán y Jochen Rieder, compañero de fatigas en grabaciones y recitales por todo el planeta, sonreía vibrante, abriendo y cerrando sus ojillos de alegría, sin parar. "Ein Schwert verhiess mir der Vater", de "Die Walküre” (“La valquiria”), luego "Morgenlich leuchtend im rosigen Schein", de “Die Meistersinger von Nürnberg” ("Los maestros cantores de Nuremberg"), y por fin "In fernem Land", de "Lohengrin".

Kaufmann era entonces más que nunca él mismo, cantaba lo suyo y en su idioma, alles richtig, natürlich (todo perfecto, por supuesto).

Tres “encore” en la línea del repertorio precedente, "Pourquoi me reveiller?", de "Werther", de Massenet, "Winterstürme", de "Las valquirias" y el lied "Traüme", ambos de Wagner para terminar, saludando, agradeciendo, de un lado del escenario, del otro, con Rieder, solo, recibiendo constantemente flores, más flores, bolsas con presumibles relojes de caballero adinerado, ¡oh! Y “bravo”, “eres el mejor”, “y además generoso”, “grande” y otra vez “guapo, guapo”.

Lo más sorprendente, fue que los piropos más encendidos y apasionados provenían de señoras bien vestidas, respetables y añosas, lo cual llevó a que al abandonar el patio de butacas otra semejante, exclamó, “solo faltaba que le arrojaran la ropa interior…!”.Lo dicho, un verdadero concierto a lo Tom Jones, de esos que se veían bocca chiusa, anonadados por la televisión casi todavía bicolor de los 60.

Kaufmann confesó estar emocionado de estar en ese escenario, según decía en un mensaje que ha dejado en las redes sociales del Teatro Real y ha dicho que volvería pronto.

Del mismo palco elegante y suntuoso, bien nutrido también con personal del teatro del que salió antes un “grande”, emergió también en alemán un castrense pero fácil "Himmlich, danke" (celestial, gracias). Tal vez fuera percibido por todos así, porque fue un concierto muy trabajado, sufrido, ganado a pulso y gloriosamente acogido.

Alicia Perris.

 


 

Voces del Real, Jonás Kaufmann, tenor,Jochen Rieder, director de orquesta. 25 de julio, de 2018, 20 horas.

 

Orquesta Titular del Teatro Real

(Orquesta Sinfónica de Madrid)

 

PRIMERA PARTE

CAMILLE SAINT-SAËNS (1835-1921)

Bacchanale, de Samson et Dalila

CHARLES GOUNOD (1818-1893)

Ah, lève-toi, soleil!, de Roméo et Juliette

GEORGES BIZET (1838-1875)

Danse bohème, de Carmen Suite nº 2)

La fleur que tu m’avais jetée, de Carmen

EMMANUEL CHABRIER (1841-1894)

Habanera                                                                              

JACQUES FROMENTAL HALÉVY (1799-1862)

Rachel quand du Seigneur, de La Juive

JULES MASSENET (1842-1912)

Le dernier sommeil de la vierge  

O Souverain, de Le Cid

 

SEGUNDA PARTE

RICHARD WAGNER (1813-1883)

Cabalgata de las valquirias, de Die Walküre

Ein Schwert verhiess mir der Vater, de Die Walküre

Preludio del Acto I, de Die Meistersinger von Nürnberg

Morgenlich leuchtend im rosigen Schein, de Die Meistersinger von Nürnberg

Preludio, de Lohengrin

In fernem Land, de Lohengrin

 
 

 




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