Virtuosos contrastantes del piano: Lazic y Lisiecki



Por Pablo Bardin

 

En temporadas anteriores el Mozarteum Argentino había presentado en el Colón a dos notables virtuosos del piano: el croata Dejan Lazic y el polaco Jan Lisiecki. Ya me referí al problema que tiene el Mozarteum actualmente con las fechas que le “otorga” el Teatro Colón, y aquí volvió a ocurrir: al no poder dar a Lazic dos fechas continuas (o al menos lunes y miércoles), debió recurrir a cambiar de pianista para el segundo turno; los socios que no están bien al tanto de estas dificultades no entendieron el porqué.

Pero teniendo en cuenta mi experiencia al asistir a ambos, me alegro, ya que cuesta imaginar dos virtuosos más opuestos. Están los que lamentaron no ver a Lazic en el segundo turno; pero créanme: ganaron con el cambio. Y sé de amigos que compraron otra entrada porque querían ver a los dos.

 

 

            Lazic tiene una técnica despampanante, qué duda cabe, y obviamente congenia con Liszt; admiro la técnica trascendental y no niego que es admirable en ese sentido. Pero en los casos en donde pude comparar con otras versiones me quedó en claro lo que a veces le faltó en estilo y buen gusto. Si no recuerdo mal, ésta es su tercera visita y aunque su fecha de nacimiento no figura en el programa (ni cuándo vino), por lo que allí se narra está entre los 30 y los 35 años. Compositor (poema sinfónico “Mozart y Salieri”) y arreglador (p.ej, el Concierto para violín de Brahms en versión pianística), frecuente colaborador del director Ivan Fischer, gran viajero, teniendo en cuenta sus inclinaciones musicales no deja de extrañarme que haya crecido formándose en el Mozarteum de Salzburgo; actualmente reside en Amsterdam. Es extraño, no se indica quién fue su profesor principal, y como su mecanismo es tan particular creo que desarrolló una manera propia y vertiginosa él solo.

            Su programa lisztiano fue muy extraño; lo llamó ”Vida, amor y eternidad”. Se inició con tres obras tardías raramente tocadas: la Rapsodia húngara Nº18, S.244/18, la más corta de todas, y las Dos Csárdás (a la segunda le agrega “obstinée”) S.225, también breves, las tres piezas tocadas sin solución de continuidad.  Conviene aclarar que S. es el notable catálogo compilado por Humphrey Searle. Las partituras citadas son un retorno a una forma que el compositor había dejado de lado durante varias décadas y en cierto modo es un regreso inesperado en un Liszt místico y esotérico, con experimentos tan vanguardistas como la “Bagatela sin tonalidad”.  Conozco esas rapsodias de última época (desde 1973 que tengo la integral realizada por Roberto Szidon) y no me atraen como las primeras 15 (la 18 es la penúltima). Liszt tenía 74 años, “pocos meses antes de dejar este mundo” (Claudia Guzmán); data de 1888. De dos años antes son las Czárdás, concisas y armónicamente avanzadas. Ya en estas obras se notó la afinidad del intérprete con esta música, tanto en los lassu lentos y bien timbrados, como en la fluida elegancia de los friss rápidos.

            Guzmán da un  dato interesante: “Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister” de Goethe inspiraron el título de varias colecciones denominadas por Liszt “Años de peregrinaje”: entre 1835 y 1849 escribió “Suiza” (9 piezas) e “Italia” (7 piezas que incluyen nada menos que los Sonetos del Petrarca y “Después de una lectura de Dante-Fantasia quasi Sonata”), pero tienen un suplemento, “Venezia e Napoli”, que como veremos también estuvo en este recital: y el Tercer Año alberga 7 piezas de carácter predominantemente religioso y lento, con una excepción: “Les jeux d´eaux à la Villa d´Este”  (“Los juegos de agua en la Villa d´Este”), asombroso prolegómeno del Impresionismo y por supuesto modelo para los “Jeux d´eau” de Ravel, todavía más difíciles. Data de 1877 y fue tocado por Lazic con evidente destreza pero sin el carácter preimpresionista que la música requiere.

            En cierto modo Liszt denominó incorrectamente la obra que escuchamos a continuación: “Paráfrasis de concierto sobre ´Rigoletto´ de G. Verdi”, ya que así expresado uno imagina que varias melodías famosas estarían glosadas por Liszt, pero no es así: tras el oropel sin sustancia del principio sólo escuchamos (eso sí, con lujo de ornamentos) el famoso cuarteto “Bella figlia dell´amore”. Sí son popurrís los que hizo sobre “Ernani” e “Il Trovatore”, todos para su discípulo famoso Hans Von Bülow. Y bien, en la pieza elegida por Lazic lo que escuché fue un  regodeo de virtuosismo indudable, pero no supo encontrar la expresividad que Barenboim da a esta música en su grabación.

            La Primera parte terminó con “Venezia e Napoli”, que bosquejado en 1841, fue revisado en 1859 y publicado en 1861. Aquí Lazic estuvo a sus anchas. La “Gondoliera” cita “La biondina in gondola” de Giovanni Perucchini  en música mullida y grata, pero la “Canzone” es dramática, ya que se trata del doloroso canto del gondolero “Nessun maggior dolore” del “Otello” de Rossini. En ambos Lazic acertó con un fraseo que supo cantar del modo más matizado. Y fue apabullante en la “Tarantella” final, seguramente de lo más increíblemente difícil que se haya escrito jamás, comparable al “Islamey” de Balakirev. Tomado a un tempo que parecía imposible, Lazic demostró el virtuosismo trascendental requerido por un compositor que inventó toda una catarata de recursos nuevos. Es verdad que hay un respiro hacia la mitad, con una canzona serena y bella, pero es la tarantela de Guillaume Louis Cottrau la que resulta variada hasta el umbral de lo inimaginable; se trata de esas piezas en las que lo primero es poderlas tocar (muchísimos no pueden y son pianistas profesionales buenos).

            La segunda parte, con una excepción, estuvo dedicada a arreglos. Los dos sobre Schubert fueron un punto alto del recital. Los Valses Nobles y Sentimentales (dos series) son una delicia en su versión original, y con el mismo título inspiraron a Ravel sus homónimos valses, que no son arreglos y son una serie;  los lisztianos son arreglos notables en su respeto por el espíritu schubertiano y su habilísima escritura pianística, donde las dificultades no caen en lo barato en ningún momento (como sí le ocurre en otras obras como la Rapsodia Española). Y fueron tocadas por Lazic con tanta soltura como afinidad por su irresistible vienesismo. Se denominan “Soirées de Vienne” y el pianista eligió el Vals-Capricho Nº 6. Pero el punto máximo de todo el recital vino a continuación: yo creo que “Erlkönig” (“El Rey de los Alisos”) es el más extraordinario Lied suelto de Schubert; en cuatro minutos el genial texto de Goethe nos cuenta una terrible historia con cuatro personajes cantados por una sola voz: narrador, niño, padre, y ese Rey que lleva al niño a la muerte: el aliso es simbólico en muchas mitologías. Y  el magistral arreglo lisztiano, que mantiene esos constantes acordes rápidos entreverados con cada frase contrastante de los personajes, estuvo tocado por Lazic  de maravilla: allí fue virtuoso pero ante todo artista. ¿Y acaso no es prodigioso que Schubert lo haya escrito a los 17 años? Qué enorme madurez en un adolescente.

            Hay materiales musicales que no se prestan a una transcripción pianística. No conocía la del “Confutatis maledictis & Lacrimosa” del Requiem de Mozart, y creo que no da ni remotamente la idea del original; bien tocado pero inútil. Por eso el bien conocido “Liebestraum Nº3” por contraste me devolvió al Liszt valioso, y alli Lazic supo cantar con el piano. Las últimas tres piezas fueron transcripciones de Wagner; pese a que se toca con frecuencia, no me convence la de la “Muerte de amor de Isolda” de “Tristán e Isolda”, porque el tremolo de cuerdas no puede imitarse en el piano y las geniales texturas wagnerianas son esenciales para el efecto total. Como la orquesta es mucho más liviana, resulta mejor la del Recitativo y romanza de Wolfram en el Tercer Acto de “Tannhäuser”, “O du mein holder Abendstern”, allí lució la calidad de timbre del pianista en la gran melodía. Finalmente, raramente escuchada, la Fantasía sobre motivos de “Rienzi”, con el tema citado en la Obertura, “Santo Spirito Cavaliere”. Permite despliegue de recursos al pianista pero nuevamente resuena la orquestación original en quien conoce la obra; un final brillante pero algo vacuo. Creo que este programa Liszt en partes no está bien elegido y que ciertos clichés del compositor se vuelven saturantes. Lamenté que no hubiera más piezas de sustancia, cuando las hay y muy bellas; una selección de sus mejores estudios, p.ej., habría dado lugar a que Lazic no sólo luzca sus privilegiados dedos sino también su poder expresivo, que lo tiene cuando el compositor deja de lado el oropel y nos ofrece su creatividad fina y a veces conmovedora.  Sobre la base de lo escuchado me pregunto qué pasaría con Lazic tocando Beethoven o el Chopin profundo de las Baladas.

            Casi como una broma, tocó una breve (apenas dos minutos) Danza fantástica de Shostakovich, parte de una serie de tres, como pieza extra y despedida. Si retorna Lazic, espero de él más calidad artística; el deslumbramiento del virtuoso ya lo demostró con creces. Y que corrija sus aparatosos gestos, sólo molestan.

 


 

 

            Quedé muy impresionado cuando escuché a Jan Lisiecki hace 3 años cuando sólo tenía 20 de edad; ahora, a los 23, lo encuentro tan talentoso y personal como Kissin a la misma edad; sin duda un grande de la actualidad, demuestra que en esta etapa de tantos pianistas de medios técnicos extraordinarios pero pocos de real calidad artística, hay alguien que no sólo asombra por su perfección sino que aporta a la historia de los enfoques interpretativos. Es canadiense, de familia polaca, y desde 2010 desarrolla una meteórica carrera internacional, tocando con las mejores orquestas y grabando para Deutsche Grammophon desafíos tan grandes como los Estudios de Chopin (tocó los Op.10 aquí).

            Pablo Gianera le hizo una entrevista para La Nación y vale la pena citarla porque se refiere al programa que ejecutó Lisiecki centrado en lo nocturnal. Dice el pianista: “Muchos compositores escribieron música inspirada por la noche, pero las maneras de entenderla son muy diferentes. Quedan representados sus diversos colores: la serenidad, los sueños cargados de magia, acaso las pesadillas, e incluso las noches insomnes”. “No deja de sorprenderme qué cantidad de cosas puede hacer uno dentro de los límites que prescribe Ravel, y por lo general las  menos naturales llevan a los mejores efectos”. Dice Gianera: “el de Schumann es otro mundo, una música fúnebre, un auténtico anhelo de muerte”. Y Lisiecki: “Clara (Wieck) le recomendó a Robert que no las publicara con sus títulos originales, inspirados por ideas o pesadillas que había tenido de la muerte de su hermano…Los cambios de carácter son tan abruptos que aun cuando se conozca bien la partitura hay que luchar para que todo tenga sentido. Amo estas piezas (las “Nachtstücke”), las amo absolutamente. Dijo Chopin: ´la sencillez es la conquista final´. Es un don saber interpretar la música con esta idea en mente”. Como resultó obvio durante el recital, Lisiecki tiene ese don.

            Toda la Primera Parte se atuvo a la idea de la noche: los Nocturnos Nos. 15, Op.55 Nº 1, y 16, Op.55 Nº2, de Chopin; Las “Nachtstücke” (“Piezas nocturnas”), Op.23, de Schumann; y “Gaspard de la Nuit” de Ravel. Chopin fue muy atraído por la forma Nocturno inventada por John Field y compuso 21; los del Op.55 datan de 1844, período de plena madurez. Todos tenemos nuestros intérpretes favoritos en un repertorio y el mío es Artur Rubinstein, que grabó hasta el Nº19; y hay otros que los han grabado con sentido de su pura belleza, como Barenboim o Pires; hay no menos de 17 integrales y un sinfín de registros de nocturnos sueltos (hasta de Saint-Saëns en un cilindro de 1905). Son piezas que necesitan de un espíritu poético, de una total naturalidad en los innumerables ritmos irregulares, de un sonido de muy especial belleza y calidad ya que están entre lo más cantable de Chopin, y de una instantánea capacidad para cambiar de clima y tempo en aquellos que exigen mayor contraste. Lisiecki tiene todas estas capacidades y las demostró en los que eligió; en el Nº15  una sombría melodía inicial es seguida por un pasaje central turbulento antes del retorno variado de la mencionada melodía. El Nº16 en cambio nos arrulla como una canción de cuna enriquecida por modulaciones y juegos contrapuntísticos.

            Por una razón egoísta me interesaron particularmente las “Nachtstücke”: jamás las había escuchado en vivo ya que en efecto se tocan raramente, muy lejos de otras series que aparecen con frecuencia. Y además sólo las tenía como vago recuerdo de radio, ya que no tengo grabación. Sin embargo al menos siete pianistas, quizá más, las han grabado, con nombres ilustres como Kempff, Richter, Horowitz y Ashkenazy, según figura en mi catálogo del año 2000; otra cosa es conseguirlos aquí…Por suerte tengo la integral para piano solo en  partituras Peters y me di el gran gusto de seguirlas y comprobar la fidelidad de la ejemplar interpretación de Lisiecki. El título original era “Leichenfantasie” (“Fantasía de los cadáveres”); ya se sabe que Clara lo hizo cambiar. La primera de las cuatro piezas es “Trauerzug” (“Procesión fúnebre”), una marcha enigmática no tan trágica; la segunda, “Kuriose Gesellschaft” (“Curiosa asamblea”), contrasta un sector ágil y contrapuntístico con otro basado en una amplia melodía; en la tercera, “Nächtliches Gelage” (“Celebración nocturna”), se interrumpe por dos veces  un impulsivo vals; la última, “Rundgesang mit Solostimmen” (“Canto de ronda con voces solistas”) es una melodía de tono folklórico. El título “Nachtstücke” resulta  ser imitación del de ocho relatos llamados así por E.T.A.Hoffmann.  Sin llegar al entusiasmo de Lisiecki por ellas, me alegró conocerlas en una versión magnífica. Esto es entender a fondo al Romanticismo en una época que poco tiene de similar.

            “Gaspard de la Nuit”, por supuesto, está asentada en los grandes repertorios desde hace ya muchas décadas, y es la obra máxima raveliana para piano. Pese a su gigantesca dificultad, son muchos los grandes virtuosos que han dejado testimonios extraordinarios grabados y en vivo. Hace unos años leí entero “Gaspard de la Nuit” de Aloysius Bertrand en francés y me resultó vastamente entretenido e imaginativo. Pero un pianista no necesita leerlo, ya que Ravel ha sabido dar a tres de esos minicuentos la mejor visión musical, que fascina de por sí, sin apoyo literario. Ravel lo leyó por indicación del fundamental pianista Ricardo Viñes; Bertrand apenas vivió 34 años (1807-41) y era uno de esos espíritus extraños de aquella época.  Ravel lo leyó en 1896 pero escribió sus “tres poemas para piano” recién en 1908. Interesante cómo llamó a su obra Bertrand: “fantasías a la manera de Rembrandt y Callot”: el primero simbolizaba la búsqueda de verdad, amor, sabiduría, mientras que el segundo, distintivo por sus grabados sobre la guerra, simbolizaba la inmoralidad y los excesos humanos, personificaba la decadencia de lo instintivo terrenal”. Gaspard es nombre persa que significa “Tesorero de la noche”. La “Ondine” inicial recuerda la Undine de Hoffmann y a Lorelei: una ninfa acuática que “intenta seducir con su mágico canto a un mortal y lo invita a su reino encantado en las profundidades” (Guzmán). Ravel logra que su música parezca líquida y fluya de continuo, con una escritura de fenomenal dificultad e incomodidad, pero doblegable. En “Le Gibet” (“La horca”), un lóbrego y constante toque de campanas acompaña a una melodía lenta y dramática. Dijo Ravel que quería superar en dificultad al “Islamey” (antes mencionado) y lo hizo tanto en “Ondine” como en “Scarbo”, “un malicioso duende fantasmagórico”, saltarín, corredor, imprevisto, en música que sugiere lo ominoso, salvaje y malvado, con enorme variedad musical: una obra maestra. Y bien, tuve en vivo al menos dos intérpretes antológicos: Gulda y Argerich (no en vano ella es discípula del austríaco) y muy cerca de ellos a Gieseking (en New York); los tres lo grabaron y muchos otros también (entre casi ignotos y famosos como Casadesus o Benedetti-Michelangeli). Ahora se añade otra versión inolvidable: Lisiecki hizo cosas de fábula, como los compases finales de “Ondine”, de una levedad inmaterial y de tal naturalidad que parecía fácil si uno cerraba los ojos: mirando se veía un entrevero laberíntico que de alguna manera se solucionaba. “Le Gibet” fue ominoso aunque algo demasiado lento. Y “Scarbo” fue ideal: cada detalle imbricado en una visión que nos integraba con el duende.

            La Segunda Parte, si bien de gran calidad, no me deslumbró tanto. Empezó con los tempranos “Morceaux de fantaisie” Op.3 de Rachmaninov. Todos (o casi todos) conocemos la segunda de las cinco, ese Preludio en do sostenido menor tan asociado a esa leyenda que tendría que ver con un cataléptico que despierta dentro de un ataúd y no puede abrirlo. Pero las otras piezas raramente se escuchan y fue grato que Lisiecki las incluyera. No tienen nada de específicamente nocturnal, sin embargo. Se inicia con una “Elegía”, y luego del Preludio sigue una Melodía muy lírica. El divertido “Polichinela”

“es personificado mediante virtuosísticos y precisos trazos contrastantes”. Y la Serenata es un vals a la española. Escritas a los 19 años, ya hay aquí mucho de lo que vendrá después. Las versiones de Lisiecki fueron un modelo de estilo y buen gusto.

            Y volvimos a Chopin en el tramo final. El Nocturno Nº19 se cataloga como Op.72 Nº1 pero ello oculta  un desliz del editor; hay un Nº2 pero se trata de una Marcha fúnebre que nada tiene que ver con la famosa de la Segunda Sonata. En ambos casos se trata de piezas de juventud: el Nocturno es de 1827, la Marcha de 1829; ambas publicadas póstumamente bajo el mismo opus. Ya a los 17 años el lenguaje chopiniano es reconocible, aunque sin la complejidad que tuvo años más tarde. Por supuesto, muy bien tocado. Y llegamos a la única obra donde su enfoque no me satisfizo: el Scherzo Nº1, Op.20.        Los cuatro Scherzi son de distinta época y todos ellos resultan de una gran dificultad en su tema principal, siempre rápido y arduo; sin embargo, todos tienen un episodio más sereno contrastante. El Cuarto, en mayor, es el menos dramático.  El Nº1 data de 1831-2; el compositor estaba en Viena y se lamentaba por haberse ido de Polonia, que estaba en ese momento en guerra con Rusia. Como los Nos. 2 y 3, el Nº 1 está en tonalidad menor y la música es turbulenta en grado sumo al principio y al final; pero en el medio se cita un villancico navideño, una canción de cuna. Los que recuerdan a Tadeusz Kantor tendrán presente  esa melodía en la Sala Casacuberta. El Scherzo Nº 1 es agitado, pero no debe perderse el control de la velocidad; mi modelo es Rubinstein, rápido e intenso pero no exagerado. Lisiecki llegó a tal velocidad que distorsionó el sentido musical y hubo pasajes poco inteligibles. En cambio, cantó con calidez el villancico. En todo caso, este Scherzo nos muestra el aspecto más intenso y batallador de Chopin, que era una persona con una sensibilidad que iba desde lo más dramático a lo más liviano.

            Una sola pieza agregada, aquella que Argerich a veces toca después de una actuación con orquesta y nos hace añorar sus recitales: la “Rêverie” de “Escenas infantiles” de Schumann, tocada con refinamiento por Lisiecki. Espero que retorne con frecuencia.

 

Pablo Bardin




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