MOZARTEUM. ORQUESTA DE LA SUISSE ROMANDE Y JUVENIL SAN MARTÍN



PH: Liliana Morsia

La segunda oferta del abono del Mozarteum quedará como un punto muy alto del año. El retorno de la Orquesta de la Suisse Romande con su nuevo director, Jonathan Nott, con dos programas diferentes, proporcionó un raro placer auditivo.

Y el panorama del vals imaginado por Mario Benzecry dio gran atractivo a la presentación de su orquesta, la Juvenil San Martín, en la Ballena Azul. Tres días seguidos de muy buena música.

 

ORQUESTA DE LA SUISSE ROMANDE.

            Desde mi adolescencia, Ernest Ansermet y la Orquesta de la Suisse Romande fueron una gran influencia formativa a través de sus numerosos discos: eran modelos de interpretación impresionista y rusa (Rimsky-Korsakov, Stravinsky). Me fui enterando también que Ansermet había tenido una etapa entre 1924 y 1930 cuando al frente de la Orquesta de la A.P.O. estrenó una cantidad asombrosa de grandes obras del siglo XX, siendo crucial para la asimilación de nuevas músicas en esa generación. Por eso me entusiasmó que retornara en 1958 al Colón y diera grandes conciertos con la Orquesta Sinfónica Nacional, plenamente en posesión de sus  medios artísticos. En ese “anno mirabilis” dirigieron orquestas argentinas  no sólo él sino también otros directores de fama mundial: Beecham, Scherchen, Sargent y Monteux; nunca más sucedió algo así.

            Ansermet fundó la Orquesta de la Suisse Romande en 1918 y quedó al frente casi medio siglo, hasta 1967. Sus sucesores no tuvieron largas etapas pero fueron de probada importancia: Paul Kletzki, Wolfgang Sawallisch, Horst Stein, Armin Jordan, Fabio Luisi, Pinchas Steinberg, Marek Janowski y Neeme Järvi. Fue con Janowski que el Mozarteum trajo a la Orquesta por primera vez a Buenos Aires. Y ahora con su nuevo director desde el año pasado, Jonathan Nott, bien conocido aquí por sus dos visitas con la Sinfónica de Bamberg.

            De paso, Romande es el nombre que le dan a la zona suiza de habla francesa, y la Orquesta está radicada en Genève (Ginebra). No confundir con Romanche, que es la pequeña zona de los Montes Grisones donde está Davos, donde hablan un idioma derivado del latín y similar al del Friuli y del Tirol.

            Nelson Goerner es el gran pianista argentino de su generación y vive en Suiza (creo), de modo que su visita anual a la Argentina (él no pierde sus raíces pero sabe que un pianista internacional no puede residir aquí) esta vez se combinó con toda naturalidad con esta orquesta. La primera parte del primer concierto estuvo dedicada a dos grandes obras francesas (grandes por su originalidad, no su duración): ese manifiesto fundacional del impresionismo que es el “Preludio a la siesta de un fauno” de Debussy y el extraordinario Concierto para piano de Ravel. De las dos se han escuchado magníficas versiones en nuestra ciudad; agreguemos desde ahora las que comento, ya que esa media hora de música tuvo un nivel de comprensión y ejecución superlativo.

            Nott había demostrado ser un director de excelente preparación con la Bamberg, pero en esta visita sus interpretaciones tuvieron una cuota extra de penetración estilística, de madurez puramente artística, más allá de su habilidad técnica indudable. Es un intérprete sobrio, sin grandes gestos, pero comunica y acierta con cada fraseo. Por otra parte no hay gran versión del “Preludio…” sin un (o una) admirable flautista, y la tuvimos: Sarah Rumer fraseó esa inolvidable melodía sinuosa inicial con sutileza y belleza tímbrica ideales, y si bien muchos otros luego añadieron su talento, la flauta, el instrumento pastoril perfecto, es lo que en la imaginación de Debussy tocaba ese fauno sensual y perezoso. Nott tiene ese especial sentido de transparencia y  pulso de los grandes intérpretes de esta obra, como Dutoit, Stokowski,  Martinon o Ansermet. Y así esos diez minutos me transportaron lejos del mundo actual a esa Arcadia de Mérimée. Debussy abrió con ella el modernismo en 1892 y definió así su obra: “una sucesión de escenas a través de las cuales transcurren los deseos y sueños del fauno al calor de la siesta. Luego, cansado de perseguir el temeroso vuelo de ninfas y náyades, sucumbe a un sueño intoxicante, en el cual puede finalmente realizar sus sueños de posesión de la naturaleza universal”. Por suerte, desistió de hacer las restantes partes que se había propuesto: “Interludio y Paráfrasis final”: el mensaje del Preludio había sido demasiado lapidario como para tener secuelas. Y no está de más mencionar que la coreografía que hizo e interpretó Nijinsky para Les Ballets Russes causó escándalo por su presunta obscenidad y novedad coreográfica, aunque luego se impuso.

            Los dos conciertos de Ravel (de piano dos manos y piano mano izquierda) son obras tardías (1929 a 1931) y extraordinarias, virtuosísticas en grado sumo tanto para el pianista como para la orquesta, y su desafío ha dejado a muchos en el camino, pero en Buenos Aires algunas versiones fueron notables, como las de Argerich y de pianistas franceses de primera línea acompañados por orquestas de ese origen. Ahora queda añadida la de Goerner, Nott y su Orquesta. Hay una inmensa diferencia de estilo entre los movimientos rápidos extravagantes pero magistrales, con múltiples entradas inesperadas de instrumentistas tocando  breves notas con frecuencia influenciadas por el jazz más extremo de esa época y con vertiginosas intervenciones pianísticas, y ese movimiento lento que parece un homenaje a Mozart con una melodía inicial pianística de melancólica y serena belleza antes de la entrada de la orquesta, que no rompe el clima desde allí hasta el último acorde. Un gran pianista deslumbra en los movimientos rápidos y emociona en el lento, y esto es lo que nos dio Goerner, que toca la partitura desde hace veinte años. Tengo la alegría de poseer la grabación inicial de Marguerite Long con Ravel dirigiendo; la compré en mi infancia en 78rpm y años atrás la pasé a CD, ya que es un modelo de interpretación más allá del sonido algo avejentado; luego se grabó muchas veces y algunas fueron espléndidas, pero nada supera a escucharlo en vivo al máximo nivel, y eso es lo que tuvimos. Y volví a sorprenderme con detalles de orquestación tan difíciles como originales que exigen del ejecutante un agudo sentido rítmico: el concierto es una fiesta si todos se divierten, y esta vez fue así: Nott dirigió impecablemente pero sus artistas de la orquesta respondieron en todo momento; aquí el director va mucho más allá que acompañar: moldea el espíritu de la obra.

            Goerner siempre tiene éxito en sus visitas, pero esta vez la ovación fue muy sostenida, y él nos dio dos obras muy disímiles que en sus manos tuvieron al comunicador justo: el Nocturno Nº 20, póstumo, de Chopin, con bello sonido y fraseo sensible, y la ardua y extensa “Triana” (doce páginas), de “Iberia” de Albéniz, un generoso plus al programa ejecutado con impresionante seguridad y captación de su clima andaluz; me gustó mucho incluso recordando la más perfecta intérprete de “Iberia”, Alicia de Larrocha.

            Demostrando su versatilidad, director y orquesta abordaron la Tercera Sinfonía de Brahms con un sonido en blanco y negro después del caleidoscopio de la Primera Parte. Aquí la melodía y la armonía importan mucho, pero aún más se impone el sentido de la forma y la unidad de la obra. Si bien es la única que termina serenamente, hay en el primer y cuarto movimientos pasajes de intenso y hasta violento dramatismo, y de melancolía penetrante en ese famoso tercer movimiento que en algún momento conocieron  los cinéfilos en la película “Aimez-vous Brahms?” sobre la novela de Françoise Sagan. Nott supo encontrar los tempi y fraseos adecuados en todo momento, y la orquesta se adhirió al carácter eminentemente germánico de la música. Yendo a un Brahms más sanguíneo y rapsódico, las piezas fuera de programa fueron dos Danzas húngaras suyas: la brillante Nº12, orquestada por el compositor, y la Nº2, supongo que en la habitual orquestación de A.Hallén, de melodía muy atrayente. En ambas Nott fue muy flexible y la orquesta respondió con impulso y evidente placer.

            El segundo concierto, al día siguiente (martes 8 de mayo), tuvo una curiosa característica: las dos muy valiosas obras elegidas están muy cercanas en el tiempo. El Concierto Op. 104 para violoncelo y orquesta de Dvorák data de 1894-5 y “Ein Heldenleben” (“Una vida de héroe”) de Richard Strauss, de 1898-9. Ambas son obras maestras del tardío romanticismo (creo erróneo el término postromanticismo). Lamentablemente teniendo en cuenta que el violoncelo es un espléndido instrumento de amplio rango y gran expresividad, son pocos los conciertos de verdadera importancia, y sin duda el de Dvorák (en realidad su segundo, pero el primero, obra de juventud, aunque grato, es de mucho menos valor)  es el considerado mejor. Puedo mencionar el de Lalo, el Primero de Saint-Saëns, el Primero de Shostakovich, el de Elgar, entre los más tocados. Hay en realidad muchos y de muy variados compositores, entre ellos los muy representativos de sus respectivos estilos de Vivaldi, Haydn y Boccherini, y otros de tendencias contemporáneas, como los de Ligeti,  Lutoslawski o Ginastera. Pero el Op.104 de Dvorak reina por estar entre lo más notable de su época  madura, con su intensa expresividad y trascendentes dificultades.

               Naturalmente es el caballo de batalla de todos los más famosos violoncelistas y a través del tiempo se han escuchado aquí versiones de gran calidad. Xavier Phillips, nacido en París, fue discípulo de Rostropovich y ha tenido una carrera destacada. Este debut suyo en nuestra ciudad lo muestra como un artista de solvente formación, muy profesional, pero sin esa comunicatividad de los grandes intérpretes; sin duda una buena versión, que también contó con un trabajo de primer orden del director y la orquesta, dando a la espléndida orquestación toda su intensidad. Phillips, siguiendo una tendencia que no me explico, eligió fuera de programa, como casi todos, una sarabanda de Bach (creo, sin seguridad, de la Suite Nº4); ¿porqué no una allemande, courante, gavotte o gigue? La tocó con estilo y muy precisa afinación.

            “Ein Heldenleben” es para muchos un problema: molesta el narcisismo straussiano ya que el héroe es él pero nadie en su época hubiera sido capaz de crear un largo poema sinfónico en seis partes, de 45 minutos,  con tan impresionante imaginación en todo sentido, incluso ideas innovadoras de orquestación como sólo Mahler, de manera muy distinta por cierto, había sabido crear; no olvidar que ambos eran grandes directores de orquesta y podían experimentar. Si bien el largo episodio en el que el concertino evoca con lujo de detalles a la mujer de Strauss (en la partitura el compositor indica continuamente cómo debe tocarse en cuanto a carácter) se hace algo excesivo, y la enorme batalla es a la vez un extraordinario muestrario de recursos orquestales para lograr el caos de la refriega y un exceso saturante de virtuosismo,  creo que los otros cuatro fragmentos son admirables y sobre todo los dos últimos, muy conmovedores. Y en esa época sólo una sinfonía de Mahler podía competir con tanto talento en plenitud en la zona austro-germánica.

            Es todo un desafío para director y orquesta. Escuché en vivo una versión casi prodigiosa en Praga, por Karajan y la Filarmónica de Berlín, y ninguna otra me resultó tan impresionante en mi extensa carrera, pero la de Nott y la Orquesta de la Suisse Romande está entre las mejores. El concertino  Svetlin Roussev es admirable: con un  sonido redondo y una afinación perfecta siguió cada inflexión de su “personaje” de modo ideal. La poderosa orquesta de 102 músicos, todos tocando con garra y convicción pero también tiernos y puros cuando la música lo requería, siguió a Nott sin el menor traspié, y el director, con total concentración, siguió de memoria las intrincadas indicaciones de la partitura con absoluta fidelidad y control. No hubo pieza extra y me parece bien: los últimos minutos de “Ein Heldenleben” son de una sublimidad que no admite nada después. 

            Faltaría un  comentario: la orquesta es muy cosmopolita y tiene una buena cuota de mujeres. En suma, una gran visita.

 


 

PH: Prensa CCK

 

SINFÓNICA JUVENIL NACIONAL JOSÉ DE SAN MARTÍN.

            El programa de la Juvenil San Martín dirigida por Mario Benzecry en la Ballena Azul del CCK en los Conciertos de Mediodía del Mozarteum fue dedicado al vals. Excelente idea, ya que son  tantos los grandes valses sinfónicos y el programa estuvo bien compaginado. Benzecry en sus altos años mantiene una envidiable juventud física y espiritual: dirigió con entusiasmo, control y buen gusto.

            Pese a que es una obra espléndida, es raro que se ejecute la “Invitación a la danza” de Weber, en la magnífica orquestación de Berlioz del original pianístico; con razón fue motivo de coreografías muy expresivas. Claudia Guzmán en sus siempre útiles notas de programa dice que la obra de Weber es el primer vals de concierto del que se tenga noticia. Según el compositor, relata el inicio de la danza (lento), la respuesta evasiva de la dama y el posterior consentimiento, la conversación de caballero y dama, cómo bailan el vals, su conclusión, el agradecimiento y la despedida. Berlioz la orquestó para incluirla como ballet en una producción parisiense de “El cazador furtivo” weberiano en 1841. La ejecución se inició con un muy bien tocado solo de violoncelo, supongo que por Rocío Espinosa. Cuando el vals se escuchó a toda orquesta  el resultado fue menos que brillante debido a frecuentes fallas de las trompas; es un sector que debería reformarse.

            Benzecry estrenó el Vals Op. 50 de Héctor Yomha en Mayo del año pasado en la Facultad de Derecho. Confieso no conocer otras obras de este compositor, ahora octogenario y que saludó al público. Muy ligado al jazz, sus 40 obras sinfónicas tienen según Guzmán “una rica interinfluencia entre la música académica y el jazz”. Durante 30 años “fue maestro acompañante del cuerpo estable de ballet del Colón. De esa vasta experiencia surgió el libro ´El piano en la danza´, integrado por 35 temas originales destinados al acompañamiento musical de clases. El Vals es una de esas piezas, desarrollada y orquestada”. Y bien, me resultó simpática y en su inicio algo circense, para luego parecer más cercana a un vals satírico con algo de Shostakovich.

            Siguió esa peculiar obra maestra que es el Vals triste de Sibelius, tan famoso hoy, y que fue un interludio para la obra teatral “Kuolema” (“Muerte”) de Arvid Järnefelt, escrito en 1903 y luego revisado el año siguiente por el compositor. “Una mujer desfalleciente se aferra a la vida evocando una sala de baile en la cual se danza un frenético vals. Tras el climax la visión desaparece mientras la muerte la arrebata”. Como con Weber, un  perfecto vals que cuenta una historia pero que sin conocerla igual subyuga al oyente. La versión fue correcta aunque faltó algo de carácter.

            Luego,  el célebre gran Vals del Acto 1º de “La Bella Durmiente del Bosque” de Tchaikovsky, ideal  ejemplo de vals para cuerpo de baile, que tuvo una versión enérgica y entusiasta. Con tantos magníficos valses de Johann Strauss II ¿era necesario acudir a “El Danubio azul”, máximo ejemplo de lo trillado por más que no niego su genuino atractivo? Tuvo una ejecución  buena pero sin “vienesismo”. También se escucha mucho esa extraordinaria mezcla de impresionismo y expresionismo que es “La Valse” de Ravel, de la cual hubo aquí versiones de maravilla como la de Abbado con la Filarmónica de Berlín, pero el mero hecho de que una orquesta juvenil haya logrado una versión convincente y bastante bien tocada es un reconocimiento de la intensa labor de ensayo con un director de la calidad técnica y estética de Benzecry, que no le tiene miedo a los grandes desafíos porque entiende que son los que hacen progresar a la orquesta, y tiene razón. 

            Hubo una inesperada yapa, cuando con una célebre melodía popular bien orquestada se añadió la Orquesta Infanto-Juvenil de San Telmo. Sin querer ofender susceptibilidades y sabiendo el gran valor social de este tipo de orquestas, la experiencia me dice que la afinación suele ser dudosa, y en efecto el sonido, hasta entonces bastante limpio y claro, se volvió borroso, por más que resultó enternecedor el entusiasmo y concentración de los niños. Creo que quienes trabajan con ellos hacen una labor abnegada y noble y que muchos niños al crecer llegan a tocar bien, pero eso en orquestas juveniles (adolescentes y jóvenes adultos); les indican un camino y algunos lo toman, otros no, pero habrán tenido una experiencia positiva al menos en lo social: la esencia de una orquesta es unirse en una tarea mancomunada con afecto y disciplina.

Pablo Bardin 




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