MOZARTEUM: REFINADO COMIENZO EN EL COLÓN Y LA BALLENA



 

 

Tiempo atrás escribí sobre la temporada del Mozarteum 2018 en el Colón y la consideré de una calidad acorde con la ilustre trayectoria de esta institución. El primer concierto para los dos abonos corroboró esa apreciación. Nos visitó un conjunto que bajo un nombre algo distinto había dejado profunda marca en el ánimo de los melómanos. Ahora se llama Camerata Salzburg, décadas atrás era la de la Camerata Académica Mozart de Salzburg y la dirigía, anciano pero admirable, Sándor Vegh. Elegí el segundo concierto porque me resultaron muy atrayentes las obras orquestales programadas: la Suite de “Pulcinella” de Stravinsky y la Sinfonía Nº 35, “Haffner”, de Mozart. (En el primer concierto eran “Fratres” de Pärt y la Tercera Sinfonía de Schubert). En ambos hubo dos partituras vocales: las Canciones bíblicas de Dvorák y el aria “Schlummert ein” (“Dormid ahora”) de la Cantata Nº 82, “Ich habe genug” (“Tengo bastante”), de J.S. Bach, cantadas por la mezzosoprano Bernarda Fink.

    En el programa original Fink iba a cantar la Cantata Nº 170, “Vergnügte Ruh, beliebte Seelenlust” (“Alegre descanso, estimado deleite del alma”): tres arias y dos recitativos; si bien el aria de la Cantata Nº 82 es extensa (unos diez minutos), la Cantata Nº 170 dura unos 23 minutos. Pero las Canciones bíblicas, que son 10, se dieron completas y duran unos 25 minutos, de modo que igual la escuchamos un largo rato. Conviene aclarar que las Canciones son originales para canto y piano y se escucharon en un arreglo de Patricio Cueto para orquesta de cámara.  

    Fundada hace seis décadas por el distinguido especialista mozartiano Bernhard Paumgartner, han sido muchos los grandes nombres que han dirigido a esta orquesta y los mejores solistas han colaborado con ella. Como discografía baste mencionar que tanto Géza Anda como András Schiff grabaron con ella todos los conciertos pianísticos mozartianos. Realizaron una multitud de giras  mundiales y han intervenido en varios de los más famosos festivales. Desde 2011 el director francés Louis Langrée es su Director Principal, pero no vino en esta gira. El orgánico fue bastante amplio, 33 instrumentistas de los cuales 20 eran cuerdas, 8 maderas, 5 bronces y 1 timbales. No hubo director y el coordinador, por llamarlo de alguna manera, fue el concertino, que asumo (ya que el término concertino no aparece en el listado) ser el primero de la lista, Gregory Ahss. La orquesta original era muy austríaca y masculina; la actual es cosmopolita y tiene un número razonable de mujeres.  Creo que el Mozarteum debería retornar a una buena práctica: mencionar cuando corresponde que los conjuntos o músicos solistas han sido parte de anteriores temporadas de la institución: los datos se agradecen y es justo señalarlos, ya que la vida musical hubiera sido muy diferente sin el aporte inmenso del Mozarteum. Recordar las visitas con Vegh se imponía. Y también las de Fink, aunque ella también colaboró con Festivales Musicales con frecuencia. Incluso hubiera sido un rasgo valioso también mencionar estas últimas.

    “Pulcinella” es una obra clave en la carrera de Stravinsky, ya que es la primera en una larga serie de neos que culminará tres décadas después con “The Rake´s Progress” (“La carrera de un libertino”). Tras sus tres esenciales ballets con su gigantesca revolución de liberación del ritmo y politonalismo, vino el difícil interregno de la Primera Guerra Mundial. Y el incansable Diaghilev, que apadrinó aquellas partituras memorables, renueva a sus Ballets Russes después de la guerra con una conjunción de genios tales como sólo él podía reunir: Stravinsky, Picasso, Massine, Cocteau y Ansermet. Y así nació “Pulcinella”, definido como ballet con cantables, estrenado en la Ópera de París el 15 de mayo de 1920 con el propio Massine en el rol principal del argumento basado en la “commedia dell´arte”. Stravinsky utilizó músicas de Pergolesi, pseudo-Pergolesi, Cimarosa y Domenico Scarlatti y logró darles un carácter stravinskyano inimitable y reconocible desde el primer compás. Dos años más tarde extrajo del ballet una suite de 8 números estrenada bajo la dirección de Monteux y luego revisada en 1947 y 1949. Es una joya de gran encanto, gusto impecable, humor fresco y ritmo contagioso. La carencia de director no afectó el perfecto ajuste de la Camerata Salzburg, que fue coordinada por el concertino en una interpretación ortodoxa con los elementos básicos en su sitio: la belleza melódica en el fraseo de la Serenata y la Gavotta, los ritmos claros en todo momento, incluso el difícil Finale, la alegría de la tarantella y la Toccata, el humor de los glisandos del trombón en el “Vivo”. ¿Que con director hubiera quizás habido más mayor intención y energía en ciertos pasajes? Sí, faltó ese toque especial de las grandes interpretaciones, pero fue un admirable comienzo que certificó la calidad actual de la Camerata.

    Tengo un particular respeto y afecto por Bernarda Fink, desde aquella lejana época en la que, como miembro de la Asociación Mahler, armé con ella un atrayente recital de Lieder; mucho tiempo después, dialogamos en una reunión en casa de amigos. En ambos casos, esta refinada porteña de padres eslovenos me dio la impresión de un espíritu superior. Pronto tuvo una gran carrera europea con las mejores orquestas pero también con los grandes especialistas del historicismo barroco. Si bien ha incluido algunas óperas barrocas, su repertorio principal con orquesta ha sido el oratorio y la cantata. Lamenté no poder asistir cuando en su última visita hizo “La Canción de la Tierra” de Mahler en una versión especial con orquesta reducida en la Usina del Arte.  Su voz se ha mantenido estable a través de las décadas: un bello timbre de mezzosoprano manejado con inmaculada línea de canto e innato buen estilo; no es de gran volumen pero está proyectada con tal solvencia que siempre se la escucha. A los 62 años mantiene sus medios y sigue teniendo esa presencia distinguida de la persona genuinamente culta y elegante.

    Me alegró que eligiera las “Canciones bíblicas” de Dvorák, muy raramente interpretadas aquí en su versión original con piano y seguramente primera audición en el arreglo de Cueto. Atesoro un espléndido disco Westminster con Rössel-Majdan en donde ella, aunque en alemán, las combina con las más conocidas Canciones gitanas y  las de amor. Las Bíblicas fueron escritas en Estados Unidos en 1896 sobre versículos de salmos tomados de la Biblia de Kralice en checo (fines del s.XVI); Dvorák era Director del Conservatorio de New York y un año antes había terminado su Novena sinfonía, “Del Nuevo Mundo”. Hombre de mucha fe y dolido por el fallecimiento de Tchaikovsky y Von Bülow y por la grave enfermedad de su padre (que murió un mes más tarde de finalizar estas canciones-salmos), Dvorák optó por un estilo vocal despojado, aunque con la expresividad inherente a la madurez de su creador. Son bellas y nobles, y el programa de mano tenía los textos en bilingüe checo-castellano; hice lo que Claudia Guzmán, autora de las excelentes notas de programa, recomendaba: los leí mientras escuchaba, ya que el Colón mantiene suficiente luz para poder hacerlo. Y pude apreciar entonces también la dicción tan natural de la cantante, fundamental para que las Canciones llegasen con todo su contenido al oyente. El único Patricio Cueto que encontré en Google vive en Salzburg y es un barítono peruano; ¿será él el orquestador de estas canciones? Sea como fuere, es un buen trabajo, sobrio y basado en las cuerdas, con ocasionales apariciones de trompeta en los salmos jubilosos. Hasta donde me alcanza sin  partitura, la Camerata dio un apoyo adecuado a Fink.

    Desde que adolescente compré el disco de la Cantata Nº 82 de Bach con Hotter, su timbre o el de Fischer-Dieskau (ambos tan admirables como distintos)  me parecieron ideales para esta música. Consultando mi catálogo de CD RER, me desconcertó que la hubieron grabado sopranos como Argenta y Hendricks; pero figura una notable contralto, Nathalie Stutzmann, y eso me cerró bastante más; me pregunté si las sopranos la cantaron más de una octava más arriba en una versión adaptada a sus registros. Pero escuchando a Fink en esta maravillosa canción de cuna (como la definió Albert Schweitzer), aria da capo en su forma, pronto me acostumbré a este registro diferente del acostumbrado, ya que aunque es en efecto un aria para bajo o barítono  una voz femenina parece lógica también: “Dormid ahora, cansados ojos, caed suave y felizmente…Allí (implícito el más allá) contemplaré dulce paz, sereno descanso”. Fink la comunicó con sutileza y fue bien acompañada, agregándose un organista innominado al conjunto.

    La Sinfonía Nº 35, “Haffner”, inaugura las últimas seis de Mozart, hasta la 41, “Júpiter” (se saltea la Nº 37 porque, salvo el adagio introductorio del primer movimiento, el resto es de Michael Haydn), todas ellas extraordinarias. La versión hizo honor a la gran tradición mozartiana de esta orquesta, con un Allegro con spirito inicial  intenso, dando énfasis a los grandes contrastes que contiene; un Andante reposado y melódico, un Menuetto de fuerte ritmo, y un brillante Presto final, todo ello con perfección instrumental y muy buen estilo. Fuera de programa, la endiablada tarantela final de esa precoz Tercera Sinfonía de Schubert, que a los 18 años ya era capaz de escribir una música que atrapa si se la toca como es debido, y esta vez lo fue.


 

MUSICA QUANTICA EN LA BALLENA.

  

 Razones varias indujeron a una decisión del Mozarteum: tras varias décadas en el Gran Rex, los tradicionales Conciertos del Mediodía gratis a las 13 horas se trasladaron a la Ballena Azul en el CC ex Correo. El público había mermado en años recientes, aparentemente porque eran lamentables y habituales las manifestaciones piqueteras los miércoles en la Avenida Corrientes y porque el corte de actividades para ir a un concierto a esa hora era más difícil de lograr para los interesados. Había dos dilemas: a) quiénes serían los nuevos sponsors; b) el público que iba al Gran Rex ¿iría al nuevo ámbito? El primero se solucionó: ahora son Alparamis, Yenny/El Ateneo, el CCK y el Sistema Federal de Medios. El segundo: creo que fue una mezcla de los de antes con los habitués del CCK; llenaron la platea y parte del Primer Piso, lo cual significa un buen público de alrededor de 1.200 personas. En otro sentido, se cambia la acústica mate del Gran Rex por la muy viva pero algo estridente de la Ballena; se gana con el nuevo auditorio. A su vez, dos cosas mejoran lo que generalmente se ofrece en la Ballena; el programa de mano es mucho mejor: más legible sin esos colores fuertes que hacen difícil la lectura, y con comentarios sobre las obras, casi siempre ausentes allí. Y para el periodista, una genuina reserva, no un mero dejar pasar. Lo que no faltó fue un bebe molestando…

    Como el año pasado, el ciclo se inició con Musica Quantica Voces de Cámara, que dirige Camilo Santostefano. Conformado por 23 voces muy bien elegidas, Santostefano, sin duda un gran talento y sucesor en su generación de grandes como Russo, López Puccio y Andrenacci, los ha sabido preparar en repertorios difíciles y poco transitados. Este concierto, dedicado a compositores de Estados Unidos, fue buena prueba de la bondad de sus interpretaciones y de su habilidad y conocimiento como programador. Además, hubo mucha variedad de texturas.

    Eso sí, fueron tres compositores anclados en la tonalidad; no hubo vanguardismo. Pero soy de aquellos que gustan de un espectro amplio de estilos, y sigo creyendo que la tonalidad no está muerta por más que haya quien lo afirme, y que muchos experimentos fallan. Randall Thompson (1899-1984) escribió mucho para coro; quizá “The Peaceable Kingdom” (“El Reino Pacífico”), que dura unos 22 minutos, esté entre lo mejor de su obra, escrita con muy sólida técnica (era director coral). La obra fue creada en 1936 y consta de ocho partes, basadas en cuadros del artesano cuáquero Edward Hicks realizados entre 1820 y 1840 inspirados por un versículo del profeta Isaías: “…el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará”. Música comunicativa y variada, me resultó atrayente y me pareció vertida con gran calidad. Me llamó la atención que tras cada pieza Santostefano recurriera al diapasón y diera las notas fundamentales al coro; ¿era realmente imprescindible? Porque cortó la continuidad y eso no es bueno. De paso, antes de cada obra el director le habló al público sobre las características de cada una.

    Siguieron las “Five Hebrew Love Songs” de Eric Whitacre; nacido en 1970, está entre los más transitados compositores corales contemporáneos en Argentina. Estas canciones están en hebreo y celebran su amor por la soprano Hila Pitman; fue ella quien escribió los textos. La primera versión fue para soprano, violín y piano, pero en 2001 la Universidad de Miami le encargó adaptarlas para coro a cuatro voces y cuarteto de cuerdas. Música sincera e imaginativa, la mejor es “Eyze shelleg!” (“Cuánta nieve”); en ella una solista habla y canta  y hay una evocación de campanas de catedral. Aquí colaboró el Cuarteto Arkhé (Adriana Miranda y Leandro Loggia, violines; Luz Rivera, viola; Yetsabel Ramírez, violoncelo) con un sonido cálido y unido, de acuerdo al carácter romántico de la música, muy bien cantada.

    Los Chichester Psalms de Leonard Bernstein le fueron encargados por el decano de la notable catedral de la ciudad para ser estrenados en 1965 en el Festival Musical compartido con las catedrales de Winchester y Salisbury. Recomiendo al viajero con afinidad por el arte románico y gótico por supuesto realizar itinerarios de catedrales en Francia y España, pero no dejar de hacerlo también en Inglaterra, ya que son muchas y espléndidas, además de muy distintas comparándolas con la arquitectura continental; las recorrí en 1995 al frente de un grupo interesado en el tema, ya que tuve durante unos años una agencia de viaje. La de Chichester es Normanda y fue construida entre 1090 y 1184. Bernstein eligió algunos salmos en su original hebreo para los tres movimientos. Se inicia con un majestuoso coral sobre el Salmo 108 seguido por el 100, jubiloso y con un compás de 7/4. El segundo movimiento se inicia con el Salmo 23, donde el niño contralto (David) canta una simple melodía de sabor folklórico, “El Señor es mi Pastor”, luego secundado por coro de niños, pero es interrumpido por un feroz coro sobre el Salmo 2, “Porqué las naciones rugen”; eventualmente el coro de niños calmará esa furia. Un calmo pasaje instrumental inicia el tercer movimiento antes de que el coro cante el sereno Salmo 131 y la obra concluye con el salmo 133 sobre la unidad de los hermanos y un Amen recordando el coral inicial. La versión original está orquestada para cuerdas, trompetas, trombones, arpas y amplia percusión. La que escuchamos en primera audición es un arreglo del compositor ruso Vyacheslav Gryazno, nacido en 1982, para dos pianos y percusión, muy bien realizado, aunque prefiero el original. Por ello tuvimos a los pianistas Iván Rutkauskas y Marcelo Ayub y al Ensamble de Percusión del Conservatorio de Música Astor Piazzolla dirigido por Marina Calzado Linage. Para esta obra se agregaron la niña soprano María Sol Sánchez Polverini y trece  cantantes invitados en vez de coro de niños; niña y no niño solista, ya que no tenemos la gran tradición de niños cantores que sí hay en Gran Bretaña. Sin embargo, me impresionó la belleza de timbre, la perfecta afinación y el aplomo de la niña elegida.

    La versión lograda fue de primer orden, tanto los instrumentistas como el coro. Sin embargo no puedo aceptar que hayan tenido amplificación; la sala no la necesita, por cierto, y el resultado se recargó de decibeles metálicos y superfluos.  Lástima, porque deslució una notable interpretación de una partitura muy válida. Pero el balance final fue muy positivo.


 

Pablo Bardin.

 



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