“EL CORSARIO”, BALLET VISTOSO Y VIRTUOSO



PH: Arnaldo Colombaroli

 

            El Colón inició su temporada con “El Corsario”, ballet vistoso y virtuoso que ya se había visto con la misma espléndida producción en 2011 y luego repuesto.  Ahora se dio siete veces, las dos primeras para los abonos vespertino y nocturno con tres figuras internacionales y las cinco restantes  con solistas del Ballet del Colón (tres con un elenco y dos con otro).  Los invitados no estaban en el folleto anual, de modo que fueron una sorpresa. Todas las funciones tuvieron el teatro lleno, signo evidente de la atracción que el público siente por los ballets clásicos y extensos. Y hubo otra razón: el regreso de Julio Bocca al Ballet del Colón tras una década dedicada con gran éxito al Ballet del SODRE como Director. Y ese retorno fue en una tarea que antes no había explorado: la de repositor; en este caso,  de la coreografía de Anne-Marie Holmes, aunque secundado por Lorena Fernández. Según una entrevista de La Nación, Bocca dialogó con frecuencia con Holmes para ser lo más fiel posible a las ideas de la coreógrafa, y en los ensayos estuvo presente supervisando Paloma Herrera, Directora del Ballet y durante muchos años colega de Bocca en el American Ballet Theatre; se entienden y se admiran. Creen en el trabajo intenso y la disciplina y tienen toda la técnica. Y por cierto, más allá de algún ocasional desliz, se advirtió claramente todo esto en el rendimiento de una compañía cuya estructura sigue siendo absurda, ya que no se hacen concursos desde hace muchos, muchísimos años.  Al respecto ni Herrera ni Alcaraz dicen una palabra…

            El ballet está basado en el poema “El Corsario” de Lord Byron, escrito en 1814, y es una exaltación romántica de una figura que se confunde  con la del pirata. Veamos qué dice la Real Academia: da tres acepciones: a) buque que andaba al corso con patente del Gobierno de su nación; b) capitán o miembro de la tripulación de un buque corsario; c) pirata. ¿Y corso? a) campaña marítima que se hace al comercio enemigo siguiendo las leyes de la guerra; b) campaña de los buques mercantes con patente de su gobierno para perseguir a los piratas o a las embarcaciones enemigas. ¿Y pirata? Persona que se dedica al abordaje de barcos para robar. Y “corsair” en el Diccionario Funk & Wagnalls: a) pirata y su barco; b)  corsario  autorizado por los gobiernos sarracenos y turcos para acosar las costas de países cristianos. El de Byron es un pirata que ataca en tierra turca, no en el mar.

            Varias obras de Byron atrajeron a los compositores. Por lo pronto, Verdi escribió la ópera “Il Corsaro”  (1848), digna de conocerse; libreto de Piave; el Colón nunca la presentó (hay excelente grabación y si no estoy errado la dio el Roma de Avellaneda hace ya bastantes años) e “I due Foscari” (1844). Byron también inspiró a Schumann y Tchaikovsky con  su “Manfred”, a Berlioz con “Childe Harold” y la brillante obertura “El Corsario”, que se da con alguna frecuencia, a Donizetti en “Marino Faliero”, y una multitud de otros compositores: agrego otra obertura sobre “El Corsario”, la de Novák.

            ¿Y en ballet? En sus notas del programa Alina Mazzaferro (no recuerdo haberla leído en años anteriores en programas del Colón) consigna lo siguiente: 1826, en La Scala, “Il Corsaro”, coreografía de Giovanni Galzerani; 1837, Londres, coreografía de Ferdinand Albert Decombe, música de Nicholas Bochsa. La única que persistió fue la de 1856, con música de Adolphe Adam (sí, el autor de “Giselle”) para la Ópera de París, en tres actos, coreografía de Joseph Mazilier. Pocos meses después murió Adam. El libreto era de Mazilier y de Henry Vernoy de Saint-Georges (con numerosos cambios, ese “Corsaire” es la base del  que vimos ahora en el Colón). Poco más tarde Jules Perrot preparó otra coreografía para el Bolshoi de San Petersburgo (1858). Marius Petipa a su vez preparó una nueva coreografía en 1868 y añadió música de Delibes y Cesare Pugni. Décadas más tarde, en 1899, revisa su coreografía para la gran Pierina Legnani en el Maryinsky de San Petersburgo  añadiendo un pas de deux con música de Riccardo Drigo.

            Ya en el siglo XX, este ballet de gran dificultad técnica y despliegue escenográfico siguió interesando como vehículo de notables artistas. La canadiense Anne-Marie Holmes trabajó con Konstantin Sergueiev en Rusia sobre la coreografía de éste. Fue con la revisión de Holmes que se presentó Herrera en 2011 en el Colón. La página de presentación añade dos datos: el viejo libreto fue revisado por Yuri Grigorovich  y la música fue orquestada y editada por Kevin J. N. Gallié.

            Conviene recalcar aquí que cuando se vio la obra en 2011 sorprendió la calidad de la puesta en escena debida a artistas que habían trabajado largos años con Roberto Oswald: escenografía de Christian Prego, vestuario de Aníbal Lápiz; y si bien en sus propias puestas Oswald también diseñaba la iluminación, en este caso lo hacía Rubén Conde, entonces y ahora jefe de luminotecnia del Colón. Un equipo de campanillas apoyado por gente hábil en los efectos especiales requeridos por la escena del naufragio. Prego y Lápiz supieron lograr la ambientación adecuada para el imperio otomano  tanto en el bazar de esclavas como en el palacio del Pashá; si el sueño del Pashá es un tanto kitsch, ese Jardín animado se corresponde con la personalidad ingenua y bonachona del personaje en esta versión que acentúa el humorismo. El hecho es que esta presentación escénica fue pedida en New York, único caso que conozco de una producción argentina de ballet que sea importada por la ciudad del American Ballet Theatre. El trabajo de Lápiz fue ingente, dada la gran  variedad de personajes; no sólo los principales, sino las escenas de cuerpo de baile y figurantes, ya que es un ballet pantomímico: esclavas, guardias, odaliscas, mujeres del harén, piratas, mercaderes, sirvientes, niños. Y Prego  imaginó elementos colgantes muy coloridos.

            Y ahora una digresión ingrata para mí: de tanto en tanto mi computadora me traiciona y en este caso ocurrió. Al menos tres veces en estas últimas semanas me pasó que en el exacto momento en el que yo envío un mail entra otro, y el que entra “·patea” al mío…que desaparece. ¿No debería ser así? Claro que no, pero acaso, para mencionar la televisión, ¿no se pixela la imagen en el momento más álgido? Lo envié apurado y no pude chequear. Era mi reserva para la primera función de “El Corsario”. Cuando me dí cuenta era el sábado a la mañana; mandé un SOS a la Oficina de Prensa, por si hubiera una guardia; horas después, insistí, y me llegó la respuesta: ya no me podían dar las entradas. Y lamentablemente, la siguiente, la del martes, me era imposible por un compromiso previo. Y así me quedé sin ver a Maria Kochetkova, Herman Cornejo y Daniil Simkin. Lo lamento no sólo por mí sino porque los lectores seguramente esperaban aquí una opinión sobre estos bailarines, aunque no dudo que hayan sido admirables en sus personajes: conozco por otras visitas el refinamiento de Kochetkova, el múltiple talento de Cornejo y la increíble flexibilidad de Simkin.

            Por razones de mi agenda, pude ver la función del 12 de mayo, con el tercer reparto. En el segundo los tres principales fueron Nadia Muzyca, Federico Fernández y Jiva Velázquez; en el tercero, Macarena Giménez, Juan Pablo Ledo y Maximiliano Iglesias.

            Antes de entrar en detalle, una reflexión sobre el contenido dramático de esta versión, que aunque aligera mucho el original de Byron y añade elementos humorísticos y de divertimento sin sentido narrativo (bien de Petipa), igual toca temas que teóricamente están muy mal vistos en la actualidad, como la esclavitud, la poligamia del Pashá o convertir en héroe a un pirata; o ese final vertiginoso y terrible ya que en el naufragio mueren todos…pero se salva la pareja de enamorados. El gran público, creo, quedó contento con la vistosidad y el fuerte compromiso de los bailarines locales para hacer justicia a las dificultades de la obra, y no se dedicó a analizar otras cosas.  Las mujeres no se rebelan cuando Lankendem, el mercader de esclavos, las vende; entonces, formar parte del harén del Pasha (no se aclara de dónde) era un mejor destino que caer en manos de hombres  tiranos en sus casas. En esa época no se protestaba; ahora no hay pashás ni Imperio otomano pero los derechos de la mujer siguen siendo vulnerados de Turquía a Marruecos, y con frecuencia aceptados por mujeres sumisas, aunque hay alguna mejora y mujeres que han logrado ejercer profesiones y tener cierto grado de libertad. Pero en la actualidad el problema es otro: la paulatina colonización de Europa por los millones de musulmanes que se instalan allí, tienen muchos hijos y no se integran; ¿habrá alguna ópera contemporánea que lo refleje?

            En realidad el ballet tiene sólo dos protagonistas: el corsario Conrad y la esclava Medora. Alí, hombre fiel de Conrad, sólo interviene en pocos momentos de la trama, pero tiene  momentos coreográficos de extrema dificultad. Más importa Lankendem, ya que es extensa la escena del regateo con el Pashá, que le compra a Medora y Gulnara; luego recupera a Medora en la caverna de los piratas y en el Tercer acto se la devuelve al Pashá. Y el pirata Birbanto (“birbante” en italiano es “pillo”) se enfrentará a Conrad porque quiere vender las esclavas rescatadas, intentará matarlo y al final será Conrad quien lo mate, en la única escena violenta del ballet. Gulnara, amiga de Medora, la ayudará en varias circunstancias. Y el Pashá tendrá extensa participación mímica y humorística. Además habrá variaciones de tres odaliscas, parejas de piratas, y tres grupos de niños en el Jardín del sueño (Rojo, Naranja, Amarillo).

            Si bien Conrad saquea con sus piratas, no mata (salvo Birbante) y su amor por Medora es auténtico. En variaciones, el Pas de deux y el Pas de Trois donde se añade Alí, tiene amplia oportunidad de mostrar su virtuosismo. Ledo es desde hace unos quince años una de las mejores figuras del Colón, de amplia capacidad académica pero también un talento para delinear personajes que es ciertamente valioso. He visto Conrads más espectaculares en figuraciones aéreas rápidas pero que se quedaban en la mera exhibición, dando más atletismo que arte.  Medora fue lograda con gran solidez por Macarena Giménez, que no en vano fue discípula de Olga Ferri y partenaire de Urlezaga en múltiples personajes. Más allá de la fluidez y encanto que nos supo dar, me atrajo su fresca personalidad. Maximiliano Iglesias tiene el “physique du rôle” para Alí; con su aspecto oriental y notable agilidad, dio brillo a sus arduas intervenciones.

            Con los restantes personajes pondré entre paréntesis los que bailaron la parte en otros repartos, a efectos de completar la información. Lankendem (Ledo; Iglesias; Facundo Luqui) fue interpretado de modo muy convincente por Alejo Cano Maldonado, ya que combinó la pantomima del mercader con gestos expresivos y pasos de baile  muy bien resueltos. A mi parecer, Birbanto debería figurar entre los personajes principales, ya que tiene gran relevancia en el argumento y momentos de difícil coreografía. El gran oficio de Edgardo Trabalón (Emanuel Abruzzo) dio relieve a su antipático personaje. Ayelén Sánchez (Giménez, Emilia Peredo Aguirre, Camila Bocca) fue una grata y atrayente Gulnara. Roberto Zarza (Julián Galván) tiene la vis cómica para este viejo Pashá todavía atraído por las bellas mujeres pero capaz de soñar un jardín lleno de niños. Completaron bien las Odaliscas de Georgina Giovannoni, Paula Cassano y especialmente Camila Bocca, Stephanie Kessel como Mujer de Birbanto y Rodrigo Cuadra como Asistente del Pashá.  Y están las escenas de conjunto como las Parejas de Piratas y sus falsos cruces de espadas, los niños y adolescentes del Jardín (alumnos del ISATC), las Esclavas y Mujeres del Pashá y los Guardias y Mercaderes. Hubo mucho ensayo y se logró disciplina, más allá de algunos detalles sobre todo en los finales de números, a veces algo sucios en su resolución. Es interesante que varios hicieron roles distintos según la fecha del espectáculo, lo cual implica empaparse del espíritu de la obra.

            Falta mencionar la parte musical. La Filarmónica de Buenos Aires estuvo en las manos de la joven directora Tara Simoncic (debut), formada en Boston y New York y con experiencia tanto en ballet (incluyendo el American Ballet Theatre) y en ópera como en música contemporánea. La música es de calidad despareja; Adam está lejos aquí del nivel de “Giselle” y en realidad los mejores momentos provienen de “préstamos” de Delibes; paradójicamente los agregados de Pugni y Drigo son a veces mejores. Ignoro porqué fue necesaria la reorquestación de Gallié, sobre todo porque muchos pasajes me parecieron estridentes y nunca pasa esto en “Giselle”. Simoncic pareció ir tomando mejor control a medida que los minutos pasaban y en los actos Segundo y Tercero todo me resultó más asentado y agradable. No es culpa de la directora que el naufragio sea tan abrupto y que ni músico ni coreógrafo hayan expandido un  par de minutos el cierre para que los amantes tuvieran una última oportunidad de expresarse en danza. Simoncic es delgada y apareció con saco y pantalones negros de buen aspecto. La presencia de Julio Bocca fue muy celebrada al saludar al final.

Pablo Bardin  




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