Dudamel y el primer gran concierto del año que hizo ansiar más



Ph: Arnaldo Colombaroli

Fue con gran expectativa el retorno de la Orquesta Filarmónica de Viena a la Argentina tras casi veinte años de ausencia, en un único y fugaz concierto dirigido por el astro venezolano Gustavo Dudamel. Los resultados fueron del más alto nivel, aunque la experiencia tuvo un cierto sabor a poco.

 

 

Ya desde hace tiempo, y no habiendo todavía ni siquiera cumplido cuarenta años, Gustavo Dudamel es un ícono de la escena musical mundial. Nadie podría asegurar si es por eso que el programa de este primer concierto del ciclo de Grandes Intérpretes Internacionales, más allá del hecho curioso de no tener ningún comentario, pone la biografía del joven prodigio venezolano de la batuta antes que el perfil de la Filarmónica de Viena, una de las orquestas más relevantes, representativas y emblemáticas de la historia de la música. Nadie podría asegurar que este hecho sea intencional, pero probablemente Dudamel se haya vuelto una gran imagen que antecede inclusive lo que él como artista es en sí. Altas como pudieran ser las expectativas de cualquier miembro del público respecto de su presentación en este concierto, realmente ha cumplido con holgura.

Quien esperase encontrarse con el expansivo e impetuoso director juvenil de tantos videos y presentaciones con la Orquesta Simón Bolivar, lejos de aquello habrá encontrado a un maestro sumamente sobrio y refinado en sus gestos, en la marcación, y en la concepción misma de las obras. Dudamel y la Filarmónica de Viena estaban en el mismo registro. El de Buenos Aires fue el último de una serie de conciertos que en esta gira los llevó a Nueva York, Naples (Florida, EE.UU.), Ciudad de México, Bogotá y Santiago de Chile. El programa fue variable entre las distintas presentaciones, con un centro en Brahms y Tchaikovsky, pero también con Mahler, Ives y Berlioz. Algunos entendieron la elección del programa de Buenos Aires como no particularmente potente, considerando en particular que iba a ser un solo concierto (como también fue único en Bogotá y Santiago), y lejos de los varios que habían ofrecido en las visitas anteriores, siendo los últimos los dos que dieron con Lorin Maazel en el podio durante 1999.

Consideraciones y predilecciones de programa aparte, el concierto fue de primer nivel. La performance instrumental de la orquesta fue esplendida, con secciones de la mayor nitidez, gran disciplina técnica, unidad de fraseo y perfecto balance. Que algunos de los integrantes no fueran los titulares o los primeros de cada sección, es una realidad, pero esto es frecuente en giras, y en particular en una institución del tamaño y el nivel de actividad, y tours, que tiene la orquesta vienesa.

 

 

Toda la primera parte fue con Brahms, comenzando por la Obertura para un Festival Académico. Con esta y con los siguientes diez números de las Variaciones sobre un tema de Haydn, Op.56, los instrumentistas lucieron un maravilloso equilibrio. Estas obras, separadas inversamente por casi una década, indudablemente no son de la más amplia dimensión sinfónica que generara este compositor alemán que hizo de Viena su patria. El espíritu más lírico y la densidad moderada de la escritura permitieron que las maderas de la Filarmónica mostraran sus capacidades técnicas y expresividad de forma prístina. Los oboes, los clarinetes y las flautas mostraron un ensamble e integración de orden casi camarístico, dejando en claro que varios de los instrumentistas tienen jerarquía de absolutos solistas. Las cuerdas, de sonoridad pastosa pero con una perfecta uniformidad de articulación, siempre aportaron un sustento fluido y simultáneamente rico para la construcción de los diferentes timbres y contrapuntos. En todo el prolijo armado de las obras y una concepción estilística sumamente adecuada de la dirección las hicieron muy disfrutables.

La segunda parte fue con la Sinfonía No.4, Op.36 de Tchaikovsky. Para esta obra la presencia de los bronces es claramente relevante, y mostraron ataques precisos, unidad de fraseo y afinación… Como tantas veces ocurre en esta sinfonía, e indudablemente a consecuencia de cómo la estructuró el compositor, el público aplaude al final del primer movimiento, por su evidente sentido de coda. En este caso el aplauso fue sonoro y masivo, tal vez poniendo en evidencia que había muchos espectadores que no son público habitual sinfónico. La concertación fue vívida e intensa, manejando una buena dosis de contrastes, que siempre fueron elegantes y nunca arrebatados, con un muy buen sentido narrativo, y una vibrante progresión final. El insistido motivo del destino siempre estuvo presente con firmeza y claridad.

Dudamel, dirigiendo sin partitura como normalmente hace, logra conducir en un sentido sinérgico a los filarmónicos vieneses, con quienes evidentemente tiene muy buena relación de trabajo, pues ha estado al frente de la orquesta en multitud de ocasiones y contextos con remarcables resultados. El entendimiento es mutuo, y funciona perfectamente.

La intensa respuesta del público fue compensada con dos bises, el Vals del Divertimento para Orquesta de Bernstein, y una polca de Josef Strauss.

Otra fecha con alguna alternativa de programa hubiera sido interesante, otras obras de mayor dimensión o alguna generosidad extra en los bises seguramente habrían satisfecho más a varios, pero la presentación como tal fue redonda, vívida, luminosa y potente, y eso no se escucha todos los días.

 

© Pablo A. Lucioni

 




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