POSITIVAS PRESENTACIONES SINFÓNICAS: TEATRO ARGENTINO, FILARMÓNICA DE BUENOS AIRES



Reseña de los conciertos de inicio de temporada de la Orquesta Estable del Teatro Argentino La Plata y de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Por Pablo Bardín. 

 

 

ORQUESTA DEL TEATRO ARGENTINO EN LA USINA DEL ARTE.

             Este año será de transición y de difícil desarrollo para el Teatro Argentino debido a la refacción profunda del escenario y  de la   Sala Ginastera, que no estará disponible durante toda la temporada. De manera que su Director Martín Bauer ha debido buscar soluciones para mantener ocupados a los cuerpos estables, ya que el Argentino tiene una fuerte estructura similar a la del Colón, salvo que hay una sola orquesta, no dos. 

            Aclaran en una gacetilla que la actividad en el teatro “continuará con normalidad en las salas de ensayo y en las Salas Piazzolla, del TACEC (Centro de Experimentación y Creación) y de la TA-E (Escuela y espacio de Arte y Oficios para el Espectáculo Contemporáneo).”  También será normal el desarrollo de “los programas académicos del Ópera Estudio, Camerata Académica y Coro de Niños”.

            Hoy comentaré la primera actividad del año, el concierto de la Orquesta Estable del Teatro Argentino  dirigida por su titular Pablo Druker el 25 de Febrero en la Usina del Arte. Menciono a título informativo que el 16 de marzo se efectuará el segundo concierto en el Coliseo Podestá de La Plata, dirigido por Guillermo Becerra con Marcelo Mancuso tocando el Concierto para flauta de Reinecke.

            También en marzo (1, 2 y 3) el Coliseo Podestá de La Plata presentará el ballet “Don Quijote” de Minkus-Petipa en reposición del Director del Ballet Viktor Filimonov. Se repetirá el 6, 7 y 8 de abril en el Anfiteatro del Parque Centenario de la Capital Federal.  Por su parte el TACEC estrenará en su sede del 15 al 18 de marzo la ópera “Las chanchas”, música de Fabiá Santocvsky, libreto de Emilio García Wehbi y Santocvsky.

            El año pasado me asombró la calidad del concierto de la Estable en el que Druker dirigió notables versiones de la Suite de “El Teniente Kije” de Prokofiev y la Sinfonía Nº 11 de Shostakovich. Y bien, volvió a ocurrir en este concierto inaugural de impecable programación, donde se tuvo la rara oportunidad de escuchar la Sexta Sinfonía de Sibelius y comprobar la disciplina y solidez de los instrumentistas en el extraordinario Concierto para orquesta de Bartók. Druker, de importante experiencia europea, es uno de nuestros directores jóvenes de verdadero talento y está llevando a la Orquesta por el buen camino.

            El público conoce bien las primeras dos sinfonías sibelianas, tan personales y poderosas, pero las restantes (salvo parcialmente la Quinta) se dan muy espaciadamente aquí, incluso la asombrosa Cuarta, que muchos especialistas consideran la más importante. La  grata y melódica Tercera y la más esotérica Sexta son las menos transitadas, y la sucinta Séptima en un solo movimiento ha tenido algunas versiones. Pero aquí nunca se escuchó la muy extensa sinfonía programática “Kullervo”, sin número, con voces solistas y coro, imponente e intensa. Y valiosos poemas sinfónicos como “La hija de Pohjola” y “En saga” siguen esperando que alguien se acuerde de ellos.

            La Sexta es su Op. 104 y se estrenó en 1923,  cercana a la Séptima (1926). Y luego, el silencio, aunque vivió hasta 1957.  En 1923 tenía 58 años y estaba reconocido mundialmente como un sinfonista de gran originalidad, de los más importantes de la historia. Muchos directores nos han dejado integrales de las siete, e incluso la Sexta ha sido grabada más de veinte veces. Pero escucharla en vivo es otra cosa. La estrenó aquí Okko Kamu con la Sinfónica Nacional en 1981; no me consta que se haya vuelto a ejecutar. Agradezco a Druker que me haya dado esa experiencia, aunque conozco varias grabaciones y tengo dos, las de Maazel y Ashkenazy.

            Los cuatro movimientos son de inconfundible autoría. Luces y sombras, serenidad y torbellino, cuerdas melódicas opuestas a ominosos acordes de bronces. Creo que la Sexta no alcanza la garra épica de la Quinta o la inquietante ambigüedad misteriosa de la Cuarta, pero no carece de atractivos y merece ser más conocida. Quizá le juegue en contra que sus melodías no son tan atrayentes, pero sí lo son los ritmos, los climas, la armonía. Drukker la condujo con claridad y control y la orquesta respondió muy bien.

            Pero tras el intervalo la cálida acústica de la sala grande de la Usina permitió escuchar cada detalle de ese prodigio que es el concierto bartokiano, que por suerte se programa con regularidad. De nuevo admiré la variedad, el ingenio, el humor, el contrapunto, la expresividad de esta partitura inagotable. Y respeté el espíritu profesional de una orquesta que moldeada por Alejo Pérez mantiene su calidad con Druker, un artista en pleno dominio de sus considerables medios. En estas manos la intensidad trágica de la Elegía o el virtuosismo de continuo empuje del quinto movimiento se apreciaron cabalmente. Un concierto que hace patente la necesidad imperiosa de mantener los cuerpos estables del Argentino, ya que son dignos del apoyo provincial y es útil que visiten la CABA.

 


 

 

ORQUESTA FILARMÓNICA DE BUENOS AIRES.

            El primero de marzo se inauguró en serio el Colón 2018 con el primer concierto de abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Antes sucedió un engendro llamado Único al que me referiré al final de este artículo.

            Comenté semanas atrás el contenido de este abono al delinear la oferta del Colón para esta temporada y quedó claro que será desparejo, con noches bastante más interesantes que otras. Y también, que Enrique Arturo Diemecke continúa al frente pese a haberle aseverado a Pablo Gianera que su nuevo rol de Director General Artístico y de Producción lo llevaba a renunciar como titular y designar en la Filarmónica dos o tres directores con más de un concierto; o sea, no un sucesor sino varios. Pero no: el zar Diemecke está ahora en todo, incluso ballet, ópera y sinfónico-coral, y con las dos orquestas.

            Diemecke está enamorado de las efemérides, de modo que resulta lógico que inicie la temporada con un homenaje al centenario del nacimiento de Leonard Bernstein. Y lo hizo con un programa que nos dio dos facetas del compositor: la más seria y la de Broadway. Creo recordar vagamente que la Segunda sinfonía, “La edad de la ansiedad” (“The age of anxiety”), se ha estrenado aquí. Por mi parte, tuve el privilegio de escucharla en vivo en Amsterdam con la Orquesta del Concertgebouw, y años después compré la magnífica grabación del propio Bernstein, la Filarmónica de Israel y Lukas Foss en piano. Es en realidad una sinfonía en la curiosa forma de un tema con 14 variaciones y donde el piano tiene tal protagonismo que también podría llamársela concierto. Un Prólogo (el tema), “Las siete eras” y “Las siete etapas”. Y fue inspirada por el poema de Wystan Hugh Auden, complejo artista con quien tuvo afinidad Britten.  La obra data de 1947/49, revisada en 1965.

            El compositor escribió notas de programa para su estreno en Boston, en 1949; las parafraseo aquí. Prólogo: Una chica y tres hombres es un bar de New York; inseguros y conflictuados, inician un simposio sobre el ser humano en música iniciada por dos clarinetes y van entrando al reino del inconsciente. Las siete eras o edades: Estas variaciones no son convencionales: cada una toma algún aspecto de la precedente y la desarrolla, agregando un contratema aprovechado en la siguiente variación. Las siete etapas son más contrastantes; las inicia un Canto fúnebre (“Dirge”) en la que los cuatro están en un taxi y lamentan la pérdida de un “Padre colosal”, el que toma las decisiones correctas y da a las masas un padre símbolo. Llegan al departamento de la chica y allí sucede  “La Mascarada” (“The Masque”), jazzística, un scherzo para piano y percusión que llega al paroxismo y luego se va desinflando hasta que sólo se escucha un pianino, lo que lleva al amplio Epílogo, en el que el grupo va dejando el escapismo e intenta lograr una fe. Bernstein indica que en la revisión incluye al piano, que había quedado de lado en el original, para que no se pierda la función concertante; da a entender que el piano representa a Auden y debido a la identificación del compositor con el poeta, al propio Bernstein. 

            Obra enjundiosa y muy personal, dura 37 minutos. Sus otras dos sinfonías tienen tema hebreo: la notable Nº 1, “Jeremías”, uno de cuyos movimientos tiene una participación de contralto, debería reponerse, falta desde hace décadas; y la Tercera, “Kaddish”, no se estrenó; allí hay una extensa parte de recitante, además de soprano y coro. La versión de la Segunda fue muy buena: Diemecke demostró su afinidad con Bernstein el año pasado cuando sobre el final de temporada se escuchó esa refinada partitura que es la Serenata para violín, cuerdas y percusión con Midori. Supo dar carácter a cada uno de los numerosos cambios anímicos reflejados en la música, admirablemente orquestada; la Filarmónica respondió con avezado profesionalismo, y el director dio pleno apoyo a su notable solista que debutaba, Claire Huangci. Ella dio energía y exactitud en los pasajes virtuosísticos  pero también sutileza y bello sonido en los líricos y contemplativos. Y nos regaló una sensitiva versión como pieza extra de la “Oriental”, Nº2 de las “Danzas españoles” de Granados, excelente ejemplo del lirismo del autor de “Goyescas”.

            La Segunda Parte nos llevó al Bernstein de Broadway. Primero, “On the Town” (“Un día en Nueva York”): Tres Episodios de danza; los dos primeros breves: “El gran amante” y “Pueblo solitario” (Pas de deux), y el tercero más desarrollado, “Times Square 1944” (fecha de la obra), entonces y ahora centro de ebullición del Broadway del espectáculo. Música jazzística  adaptada a la orquesta sinfónica con tino, ingenio y buen gusto. En realidad se traduce “En la ciudad”, pero más tarde   el “musical” fue base de la película que aquí se exhibió con el título “Un día en Nueva York”.  El lado showman de Diemecke se desplegó y la Filarmónica pareció una orquesta neoyorkina, con impecables solos y buena dosis de swing.

            Finalmente, las brillantes Danzas sinfónicas de “West Side Story”, bastante escuchadas aquí (las hizo el año pasado la Académica del Instituto del Colón). En 1956 Bernstein había revolucionado a Broadway con uno de los “musicals” más sofisticados de la historia, “Candide” sobre Voltaire, que tuve el privilegio de ver con su reparto original y que se estrenará a fines de año en el Coliseo en la producción del Teatro Argentino. Pero no fue un éxito de gran público como sí lo será el año siguiente “West Side Story”, una perfecta modernización de la idea básica de Romeo y Julieta de Shakesepare, de enorme impacto y con las famosas danzas de Jerome Robbins. Poco después se hizo la película, que fue un hito imborrable y aquí se llamó “Amor sin barreras”.  El “musical” fue repuesto varias veces, siempre conservando su calidad (la ví en impecable versión hace casi treinta años en New York). Pero además, Bernstein compiló en 1960 estas Danzas sinfónicas en nueve fragmentos  que incluyen un Mambo estilizado mejor que cualquiera de Pérez Prado y un Cha-Cha-Cha increíblemente sutil y suave, además de dos escenas lentas y melódicas (“Somewhere” y “Meeting scene”), para culminar con una Fuga asombrosa, un ”Rumble” (“Retumbo”) áspero, fiel reflejo de la tragedia, y un Finale poderoso y romántico. Diemecke estuvo a sus anchas en este estilo y la Filarmónica tuvo ajuste, entusiasmo, ritmo, y algunos solos notables como el de trompeta.

            En suma, un concierto muy logrado. Estuvo bien el homenaje a Marcelo Bru, suplente de solista de violonchelo, que se retira tras larga y fructífera carrera. Pero…al final de 2017 hubo similar homenaje a Marcela Magin y a Haydée Seibert, y ambas figuran todavía en la nómina (¿). Pero…el programa tenía notas sobre las obras del propio Diemecke, ciertamente mejores que sus insoportables charlas y con adecuada apreciación de los valores de Bernstein; aunque sin clara descripción de la sinfonía y sin fechas de creación, además de un cómico error: Auden no nació en New York, sino en York, la gran ciudad catedralicia del Norte de Inglaterra… Me extrañó que los comentarios fueran de Diemecke, ya que nunca los hizo antes en los conciertos de la Filarmónica. Y me entero en el intervalo que la Dirección no renovó el contrato de Daniel Varacalli Costas, que hizo con calidad y cultura la coordinación de las publicaciones del Colón, incluso la revista, durante la década anterior. Craso y triste error que abre graves incógnitas, ya que no figura un reemplazante y no había motivo alguno para desplazarlo.

             No puedo cerrar este artículo sin mencionar el bochorno de lo que pasó en el Colón durante la segunda quincena de Febrero, ese disparate llamado Único refrendado públicamente por Rodríguez Larreta y donde se cayó a abismos nunca antes registrados de mediocridad y cinismo, con excepción de algún nombre rescatable como Serrat, con el nadir marcado por los cuatro conciertos agotados del DJ Cattaneo. Un gobierno capaz de perpetrar algo semejante es un gobierno anticultura.

Pablo Bardin




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