SENTIDO Y CONMOVEDOR ALEGATO CONTRA LA PENA DE MUERTE: “DEAD MAN WALKING” EN EL TEATRO REAL



El compositor norteamericano Jake Heggie, descubrió en la historia de redención de la hermana Helen Prejean, el material perfecto sobre el que construir una ópera de resonancia universal.  Con la conocida mezzosoprano Joyce DiDonato como figura principal y  la dirección musical de Mark Wigglesworth, con una escenografía del que es responsable Michael Mcgarty.

 

 

Teatro Real de Madrid. Sala principal. Lunes 29 de enero de 2018

Por Alicia Perris.

 

La inspiración de Sister Helen Prejean, una religiosa única, planea como un velo tangible en sus declaraciones y en las representaciones, recordándonos a todos que (Mateo 7:1-2) “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medías, seréis medidos”.

Hace años fue esta historia, que dio la vuelta al mundo, como ahora la ópera que retoma aquellos acontecimientos, un revulsivo que compelió a muchos territorios de Estados Unidos a revisar las condiciones de la aplicación de la pena capital y ésta en sí misma. Sin embargo, a día de hoy, se estudia suprimir por la presión de la opinión pública en territorios europeos, la terminación anticipada de las largas condenas, así como se medita en la continuidad de la aplicación de la cadena perpetua.

Se trata de un relato muy conocido, aunque parcialmente fuera de la actualidad más cotidiana, porque el hombre, un lobo para el hombre, sigue matando por necesidad, por placer, por venganza, por dinero, por ambición, por envidia. Sin motivos y también en gran parte por las mismas razones, se castigan estos atentados tan viejos como el crimen de Caín, con la misma moneda, el asesinato, por razones similares u homologables

Sean Penn como el ajusticiado, Susan Sarandon, que ganó el Oscar a la mejor actriz como la monja Helen Prejean, bajo la dirección de Tim Robbins, cuestionaron entonces en Estados Unidos este paradigma legal, un suceso que en otras partes del planeta, es el alimento mortal de las sociedades menos avanzadas o carenciadas, al margen de cualquier ley u orden, salvo la milenaria receta del código de Hammurabi, revisitada una y otra vez por otras religiones: “Ojo por ojo y diente por diente”.

Si hubiera que recordar: un hombre acusado de un crimen brutal (con 37 puñaladas a la víctima, una joven adolescente) y condenado a muerte por ello, Joseph DeRocher, una vez perdidos todos los recursos jurídicos para evitar su ejecución, se ampara en el apoyo de una religiosa que defiende ferozmente la dignidad y el derecho a la vida de todos los individuos sin excepción, también la suya.

El compositor norteamericano Jake Heggie, descubrió en la historia de redención de la hermana Helen Prejean, el material perfecto sobre el que construir una ópera americana de resonancia universal.

Para ello se sirve de un lenguaje musical tejido sobre la base de motivos melódicos y rítmicos, bajo la influencia de compositores tan diversos como Janacek, Britten, Ravel, Mussorgski, o más contemporáneamente, Bernstein o Sondheim.

Si dolorosa y agónica es la experiencia de seguir de forma presencial los acontecimientos de la ópera, sería difícil imaginar la violencia de la vivencia real de los ajusticiamientos de los condenados a la pena capital como los que presenció Sister Helen.

El lunes 22 de enero, y el martes siguiente en la rueda de prensa con los informadores, agradeció la hermana católica que acudieran los medios de comunicación a esta convocatoria, insistiendo en que el deber del periodismo es informar al público sobre los hechos y consecuencias de las penas a los condenados. Recordó de una manera clara y significativa, que, a pesar de que la iglesia católica de la que forma parte no siempre está de acuerdo con estos principios, no se puede aplicar el ojo por ojo en la medición de las culpas y las condenas.

Insistió -una y otra vez- en la necesidad de desarrollar la capacidad de perdonar, de ser empático y de sentir compasión por el otro, sea quien sea y haya hecho lo que haya hecho, mirándolo a los ojos y creando un clima de humanidad y de confianza, de redención.

Según la Hermana Helen, “se trata de un viaje muy fuerte”, que, de acuerdo con la cantante Joyce Di Donato, es una “verdadera historia de amor”. La que une y vincula desde una óptica diferente a las víctimas, los reos y sus respectivas familias.

Al preguntarle cómo había podido soportar tantos años estas traumáticas experiencias, contestó sin dudarlo, que los propios condenados le transmiten la energía que necesita para seguir adelante. 

Es difícil de traducir la prestación vocal, con una voz esponjosa, abundante, llena de posibilidades, una técnica, una línea de canto y un fiato fantásticos, de la conocida mezzosoprano Joyce DiDonato. Tiene una voz poderosa, bien aceitada, fresca, afrutada, evocadora. Pero cómo transmitir en palabras, su actuación sensible, llena de pliegues y de matices, su delicadeza, u trabajo corporal, extenuante, esa capacidad de condensar, en un ser humano, todo el dolor y toda la capacidad de amar.

 

 

La dirección musical de Mark Wigglesworth es estupenda, siempre atento a la escena, compleja, poblada de personajes, de movimiento, de luces y sombras, al servicio absoluto de los cantantes, aunque no por eso baja la guardia, o se adocena musicalmente hablando, o abandona la batuta, en todo momento, alerta y adecuada. 

La dirección escénica de Leonardo Foglia con una escenografía del que es responsable Michael Mcgarty, es creativa, muy ágil y operativa. Y así, se levantan una y otra vez las rejas de la cárcel y la galería de los presos, que no paran de recordarse unos a otros “mujer en la galería”, cuando se presenta Sister Helen a ver a DeRocher. Los niños que cantan con la monja, también están protegidos por rejas, y así algunas veces las escuelas se asemejan, desgraciadamente, por cuestiones de control y seguridad de los pupilos, a las cárceles. En fin, las enormes contradicciones de sociedades “civilizadas” como las nuestras.

Lo que sorprende, lo que conmueve, aparte del propio argumento, es la increíble sintonía de todo el equipo artístico que hizo esta ópera, el que viene de lejos y el local, alrededor de la cual se volcaron, como siempre, artistas, gestores y todos los miembros que conforman y dan cuerpo y corazón al Teatro Real, junto con la inefable atención no siempre reconocida, del área de prensa y comunicación, infatigables, atentas a todo, siempre

Los directores musicales y de escena tienen a su vez ayudante y la dirección de los coros, el de adultos, Andrés Máspero y de niños (Pequeños Cantores de la ORCAM), Ana González, se acercan mucho a la excelencia y perfección a la que nos tienen acostumbrados. En el coro de adultos, a pesar de que la acción transcurre en Luisiana, todos los integrantes son blancos, situación que no debería darse en una cárcel imaginaria que se llamaba, precisamente, Angola.

Habría que añadir los efectos de sonido, a cargo de Roger Gans, las luces de Brian Nason, los figurines del que es creador Jess Goldstein y a la diseñadora de proyecciones, Elaine McCarthy.

Tierna en su incomprensión maternal de la responsabilidad de sus hijos en los asesinatos, y simple, en el planteamiento de la resolución del conflicto final, incrédula, la Señora de Patrick DeRocher, madre de los asesinos, pobre y falta de recursos, está representada por una muy dotada María Zifchak, otra mezzo estadounidense, como DiDonato, fogueada en los más variados roles. Su papel, que debería acrecentar las sombras del mal que testimonian sus vástagos, no deja de iluminar la escena.

Measha Brueggergosman, cantante y actriz en el papel de hermana Rose, saca a la luz todas las contradicciones de las personas más convencionales, sin la fortaleza física y emocional de las que hace gala, no solo la hermana original, Sister Helen, sino también, su reencarnación escénica, la proteica y fundacional Joyce DiDonato. Algo acatarrada, solo se le notó en primera fila. Su ejecución fue impecable. Es simpática y siempre disponible, como en la vida real.

Parece que es poco elegante seleccionar y organizar a los artistas y a los seres humanos en general por su color, su condición, su riqueza o su status. También en el teatro, el cine, o como en este caso, la ópera. Así que, a pesar de que, obviamente, siempre están los que hablan de “cantantes españoles”, recordando el número y la prevalencia con que están presentes en las producciones locales, no es admisible hacerlo.

Hay quienes, también, dividen pobremente a los artistas en “protagonistas” y “secundarios”. Los norteamericanos, más diplomáticos esta vez, hablan en los grandes galardones de “supporting roles” y no de “secundarios, que suena feo y descortés. 

 

La verdad es que, sin los unos no habría función, pero tampoco sin los otros y sobre todo en “Dead man walking”, que cuenta con un equipo al completo de lujo y entregado. Entonces, a los ya citados, habría que añadir a Damián del Castillo (como Gerge Benton), muy bien, a Roger Padullés, en el Padre Grenville, inspirado y severo, bonita voz y emisión, igual que María Hinojosa, como Killy Hart, Toni Marsol en Owen Hart, Marta de Castro y Vicenç Esteve como los padres Boucher, el policía motorizado y el primer guardia que compone Enric Martínez-Castignani, las hermanas Catherine y Lillianne, en las voces de Celia Alcedo y la reconocida Marifé Nogales, Tomeu Bibiloni como segundo guardia, los hermanos mayor y menor, Pablo García-López y Álvaro Martín (Pequeños Cantores de la Orcam), los adolescentes defendidos por Diana Samper y Manuel Palazzo y el hermano de Joe, Alejandro Pantany y” last but not least”, dieciocho actores más

Alguien podrá pensar que, descuidadamente, se ha olvidado en esta reseña, a Michael Mayes, en el papel del asesino Joseph De Rocher. Mayes, barítono tejano, de Cut and Shoot, curioso nombre para una localidad, es, a pesar de la hermandad emocional que lo vincula con Helen Prejean y Joyce DIDonato, especialmente, un verso suelto, una geografía humana peculiar, lleno de talento y con una conmovedora actitud en la vida real, que desentona con el feroz asesino al que da vida.

En una entrevista personal, Hayes deslumbra por su falta de divismo, por su comprensión de la vida personal y ajena, por esa humildad tan suya que contrasta y sin embargo resalta unas posibilidades vocales deslumbrantes y una actuación sin parangón en ese tránsito dramático del despiadado asesino camino de la muerte.

A pesar de que parece que ha estado toda su carrera cantando el mismo papel, el de un malvado, ha dado cuerpo también a personajes tan dispares como Figaro, El Conde de Almaviva, Don Giovanni, Rigoletto, Escamillo, entre muchos otros y estrenó también del compositor de “Dead Man Walking”, Jake Heggie, “Great Scott” (Warner classics) junto a DiDonato, de quien ha sido compañero habitual en numerosas representaciones. Su voz fluye como un chorro durante toda la función, exigente, desgarradora, con una técnica brillante que no se pone de manifiesto (de eso se trata, claro), pero se percibe y conmueve. El fiato apabullante, el color del instrumento, amaderado, lleno de fortaleza, seguro.

 

Este cantante de country amateur, universitario y esforzado estudiante, gozosamente recuperado también para la lírica, no puede negar por su apariencia de dónde viene y cómo siente. Pero es una fuente de sorpresas. Tampoco se trata de relatar aquí, de forma exhaustiva, todo.

Comprometida y valiente opción la de los responsables del Teatro Real de Madrid, al proponer y llevar a cabo de una manera tan deslumbrante y sentida una producción como esta. Se estrenó en el año 2000 pero esta versión se recordará mucho y bien en la capital de España. Se seguirá representando y acabará considerándose de repertorio como escribe Joan Matabosch, director de la sala capitalina en un rico y detallado programa de mano, porque el dilema moral que plantea está lejos de haberse aclarado. Siempre habrá asesinatos crueles que pondrán a prueba la humanidad del hombre y siempre habrá lugares en el mundo donde se sigan pagando con la muerte. 

 


Ficha Artística

Dirección musical: Mark Wigglesworth

Dirección de escena: Leonard Foglia

Escenografía: Michael McGarty

Figurines: Jess Goldstein

Iluminación: Brian Nason

Vídeo: Elaine J. McCarthy

Dirección del coro: Andrés Máspero

Dirección del coro de niños: Ana González

Hermana Helen: Joyce DiDonato

Joseph DeRocher: Michael Mayes

Señora DeRocher: Maria Zifchak

Hermana Rose: Measha Brueggergosman

George Benton: Damián del Castillo

Padre Grenville: Roger Padullés

Kitty Hart: María Hinojosa

Owen Hart: Toni Marsol

Jade Boucher: Marta de Castro

Howard Boucher: Vicenç Esteve

Un policía motorizado: Enric Martínez-Castignani

 




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