"El Mesías" y el archivo de Sopron



Este último artículo crítico sobre la temporada 2017 nos trae al más famoso de los oratorios (por supuesto, “El Mesías” de Haendel) y a las sorpresas del archivo de la ciudad húngara Sopron, cerca de la frontera con Austria.

 

            La gran mayoría de los numerosos oratorios händelianos cuentan una historia bíblica específica y solían escenificarse: basta citar como ejemplos a “Solomon” o “Samson”. En realidad son óperas sacras en inglés. Pero el que más éxito tuvo no nació en un teatro real ni es una narración: “Messiah” fue escrito en 24 días en 1741 para un concierto de beneficencia de la Sociedad Filarmónica de Dublin, Irlanda. Bien dice Mario  Videla que “en el libreto escrito por Charles Jennens el Mesías no tiene voz sino que se habla de Él” en una recopilación de textos de las Escrituras.  Tras su estreno en Londres a favor del Foundling Hospital (de niños abandonados), el compositor lo dirigió cada año y testó la partitura a la Fundación del hospicio.  De allí en más fue el oratorio por antonomasia en Inglaterra, y con  el tiempo resultó esencial en la vida musical de Occidente, incluso por supuesto Argentina.

            Ningún otro ha sido tan grabado y en muy diversos estilos. Ya que fue el favorito durante todo el siglo XIX y  básico en cualquier festival de música coral, naturalmente se lo hizo a la manera romántica, con orquestación inflada, grandes coros y fraseo sentimental. Y ya en el siglo XX, las grabaciones en vinilo inicialmente estaban en ese estilo, aunque eran muy buenas a su manera: Sargent, Beecham. Pero luego afloró el historicismo, ya sea moderado o exagerado, y se respetó la orquestación original y el estilo Barroco. Y así tuvimos las magníficas grabaciones disponibles en CD de Mackerras o Colin Davis, Hogwood, Pinnock; todas se atuvieron a la orquestación original bastante parca, cuerdas con bajo continuo, salvo en ciertos números donde aparecen las trompetas y los timbales, como el “Aleluya”. Conviene mencionar que el Barón Van Swieten pidió a Mozart una orquestación, y éste agregó otros instrumentos como flautas o clarinetes pero respetando las técnicas compositivas originales; hay varias grabaciones de este respetuoso arreglo, como la de Mackerras.

            En Buenos Aires por supuesto se ha dado con frecuencia y en décadas recientes con mejor estilo pero también con grupos demasiado imperfectos para una partitura nada fácil: “El Mesías” es una obra maestra del contrapunto en sus grandes coros y también requiere solistas con calidad vocal y muy buena técnica florida que además sepan dar expresión a los recitativos y tengan buen inglés.  Y bien, con escasa publicidad (me enteré dos días antes) Mario Videla dirigió dos conciertos, uno en la Catedral y el otro en el atrayente Santuario Jesús Sacramentado, Corrientes 4433, y elegí este último porque su acústica es menos resonante que la de la Catedral.

            Se dieron casi todas las condiciones para una versión de gran categoría: tres de los cuatro solistas, el coro y la orquesta, y la dirección, dieron el nivel necesario para que fuera una experiencia recordable. Por supuesto que Videla la ha dirigido antes y tiene el estilo Barroco asimilado desde hace décadas; pero hay dos posibilidades: instrumentos modernos o historicistas. Videla optó por la primera alternativa; se basó en sus Solistas de la Academia Bach y les sumó otros instrumentistas para llegar a razonables 24: cinco primeros violines, cuatro segundos, tres violas, tres violoncelos, contrabajo, dos oboes, un fagot, dos trompetas, timbales, archilaúd y órgano, con muchos nombres que están entre los mejores de nuestro medio. El Orfeón de Buenos Aires fue mucho mayor en número: 12 sopranos, 21 contraltos, 7 tenores y 12 bajos; y si bien me sorprendió la gran cantidad de contraltos, no sonó desequilibrado. Sus dos directores, Néstor Andrenacci y Pablo Piccinni, se integraron al grupo de los bajos. El Orfeón ha colaborado muchos años con Videla y es un organismo flexible de distinta composición según el compromiso. El director estuvo en plena forma y con sus tempi bien elegidos y sus gestos claros la música tuvo el esplendor y la exactitud que conmueven, no importa cuántas veces uno escuchó la obra. Un coro bien ensayado, luminoso y potente y una orquesta disciplinada y afinada, donde en el Aleluya y el Amen brilló el trompetista Fernando Ciancio, fueron con el director los artífices.

              Pero hubo más. La soprano Soledad de la Rosa cantó con precisión y brillante timbre; el tenor Carlos Ullán, en buena voz, cantó con gusto y conocimiento; y Víctor Torres explayó su voz de barítono lírico con gran control de los pasajes floridos y un registro agudo cómodo y grato. Pero no coincido con la decisión de Videla de reemplazar a una contralto solista con un contratenor; la nobleza melancólica de “He was despised” está hecha para voces graves y profundas, como eran las de Ferrier o Baker, y aquí lo hubiera hecho bien Alejandra Malvino. Martín Oro no cantó mal, pero distó de reflejar toda la expresividad de la música.

            Tengo una objeción: demasiados cortes. No los hubo en la Primera Parte, aunque curiosamente el texto que cantó Oro en el Nº 18 es distinto al de mi partitura Eulenburg, donde canta la soprano “He shall feed his flock”, no “Come unto Him”. En la Segunda Parte hay un muy gran corte: nada menos que cinco piezas con tenor más tres coros y un aria de barítono antes de reenganchar con el aria de soprano “How beautiful are the feet”.  Y allí otro salto: un coro y un aria de tenor, hasta volver a la partitura con el aria del barítono (o bajo) “Why do the nations”. En la Tercera Parte cuatro fragmentos denominados Apéndice suelen cortarse y aquí lo fueron; eso no me molestó, pero sí los de la Segunda Parte, que incluyen piezas muy bellas.  Pese a ello, fue una muy grata experiencia y salí muy feliz de la iglesia…para toparme con un grupo de manifestantes haciendo un cacerolazo; del puro mundo de esa música extraordinaria a la triste realidad porteña.

 


             

 

           Varias semanas antes, el 29 de Octubre, tuve el gran placer de escuchar Obras barrocas del Archivo Luterano de Sopron (Hungría) en el Templo Luterano La Cruz de Cristo, Amenábar1767, no muy grande, de buena acústica y repleto. Se conmemoró así los 60 años del Templo de esta Congregación y los 500 años de la Reforma.  Pero si esta música se escuchó en Buenos Aires fue gracias a los varios años de investigación de Sylvia Leidemann, alma de Ars Hungarica. Ella fue quien estrenó aquí dos óperas de Franz Joseph Haydn que habían sido escritas para Esterhaza, el Palacio de verano de los Príncipes Esterházy, no muy lejos de Sopron y sobre un lago: “L´incontro improviso” y “Orlando Paladino”. También estrenó “Háry János” de Kodály tiempo atrás y durante 2017 ofreció variadas obras del gran creador húngaro al cumplirse el cincuentenario de su muerte. Clavecinista, docente, investigadora, gran conocedora del Barroco y del Clasicismo, se interesó por Sopron cuando supo que había un gran archivo musical muy poco conocido y analizado. Y allí fue varios años becada, descubriendo gran cantidad de música valiosa. Una selección de ella es lo que ofreció en este concierto, revelador de cuánta buena creación del siglo XVIII permanece olvidada en bibliotecas europeas.

            El concierto fue auspiciado no sólo por la Congregación sino también por la Fundación Bethlen Gábor (Hungría) y la Embajada Húngara (donde tantas veces ofreció conciertos Ars Hungarica). La investigación fue patrocinada por la Academia de Ciencias de Hungría a la cual pertenece Leidemann. Una pequeña orquesta de cámara de nueve ejecutantes con instrumentos barrocos y que incluyó a tres extranjeros (cuerdas, dos trompetas, timbales y órgano) y cinco cantantes locales, todos dirigidos por Leidemann,  nos dieron buenas versiones de música variada y bella.

            Michael Koseck fue maestro de capilla del templo luterano de Sopron entre 1745 y 1767; escuchamos un Kyrie seguido de un Gloria con varios pasajes brillantes y un Cum sancto spiritu final. Siguió el Allegro de una Sinfonía en Fa mayor Anónima. Luego, quizás el autor más significativo, de János Wohlmuth (maestro de capilla del mismo templo entre 1686 y 1720) el Dixit Dominus (Salmo 110). El Allegro de una Sinfonía en re mayor de Johann Hartmann (1726-90). Laudate pueri (Salmo 113) de Wohlmuth. De una Sonata Anónima en Fa mayor, un Grave seguido de Allegro (violín, violoncelo y clave). También de Wohlmuth, Beatus Vir (Salmo 112); los tres salmos son música vital y muy bien escrita. Intrada y Presto de una Suite Anónima en Sol mayor. Y para terminar, la Cantata “Festo Reformationis” de Christoph Stolzenberg, 1690-1764; fue director del Gimnasium luterano de Regensburg donde se formaron los maestros de capilla de Sopron en los siglos XVII y XVIII. Música festiva con trompetas y timbales, alternando coro con solistas, fue una cabal demostración de capacidad compositiva y un gran final para un concierto tan informativo como grato.

Pablo Bardin




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