Cuatro Ballets cortos en el Teatro Colón



 

Este año el Colón iba a estrenar “Tri sistri” (“Tres hermanas”), ópera de Peter Eötvös sobre la pieza de Chéjov, integrando la temporada de abono. En un acto de presión inaceptable y como condición para aceptar el cargo de Directora del Ballet, Paloma Herrera logró que la Directora del Teatro María Victoria Alcaraz cediera y en cambio reemplazara la ópera con funciones de ballet. Pasaron semanas antes de que el Colón ofreciera reembolsar a los abonados de ópera. Esto es un triste manejo de nuestro teatro. Una de las buenas cosas de Darío Lopérfido (más allá de sus muchos errores) fue programar nueve óperas en vez de ocho, mejorando la muy baja productividad del Teatro en su rubro esencial: es ante todo un teatro de ópera. Téngase en cuenta que el Colón empieza con ópera ya en Marzo, pero antes en la época dorada había temporada de verano y ahora no la hay. Y la resucitada Ópera de Cámara manejada por Lombardero tiene un calendario totalmente errático y trabaja extra-sede por decisión de su director.

            Por otra parte, ahora está Martín Boschet como Director Ejecutivo y bien se conoce su predilección por el Ballet. Y tiene buena relación tanto con Alcaraz como con Rodríguez Larreta. Tengo mis serias dudas con respecto a que sea una buena influencia en cuanto a la misión global del Colón. Hoy me enteré que Nuova Harmonia no tendrá funciones en el Colón el año próximo y hay fuertes rumores sobre una subida gigantesca del costo del alquiler de la sala para otras instituciones que tienen tradición en el Teatro y ofrecen una gloria refleja que no debería jamás olvidarse.  También me pregunto qué habrá ocurrido con los artistas comprometidos para la Gala de Ballet bruscamente eliminada por Herrera; ¿tenían contratos en firme o estaban meramente apalabrados? Si lo primero, ¿fueron indemnizados?

             La ópera de Eötvös está prometida para el año próximo, y como Diemecke ya dijo que se vuelve a ocho óperas en 2018 creo evidente que la pérdida de ópera contemporánea este año no será compensada; en una programación lógica se hubiera dado  Eötvös este año y algún otro estreno en la siguiente temporada.

            Y ahora me atengo a lo que se ofreció en su lugar. Herrera la llamó Noche clásica y contemporánea y armó dos programas (yo vi el segundo, el 17 de Octubre): I) Concierto Nº 1 para violín de Bruch, coreografía de Clark Tippet, estreno; “Por vos muero” de Nacho Duato, ya vista en temporadas anteriores recientes; y “Tema y variaciones”, coreografía de George Balanchine sobre el número final de la Suite Nº3 de Tchaikovsky, repuesta tras muchos años de ausencia. II) Concierto Nº1 de Bruch; Adagietto de Oscar Araiz sobre el cuarto movimiento de la Sinfonía Nº5 de Mahler; Pas de deux del Segundo Acto de “El Lago de los Cisnes” de Tchaikovsky, coreografía de Mario Galizzi; y “Tema y variaciones” de Balanchine-Tchaikovsky. Un solo estreno.

            Como se observará, dos obras están en ambos programas. Y un ítem, el Pas de deux de “El Lago de los Cisnes”, me parece una pésima elección, no porque sea malo sino porque se vio el ballet entero en esta temporada. Pero los otros tres números del Segundo Programa se justificaron.

            Herrera conoció a Clark Tippet (que murió joven) en el American Ballet Theatre; fue para esta compañía que el coreógrafo creó “Concierto Nº 1 para violín de Bruch” en 1987. No conozco otros ballets de este creador pero sin duda tenía talento: basado en la bella y ultrarromántica música de Bruch, tantas veces escuchada aquí en concierto, logró una coreografía auténticamente musical, donde los pasos siempre acompañaron a la música (no siendo el Concierto un ballet, aquí es el coreógrafo, no el compositor, el que debe adaptarse). Y Tippet sin duda conoció a fondo la técnica académica pero supo variarla con ingenio y buen gusto: hay en su obra una continuidad y un dinamismo que impresionan. Combina a cuatro parejas de distinto color (roja, turquesa, azul y rosa) con doce artistas del cuerpo de baile, que a veces mechan pasos solistas. La plasmación de este ballet intrincado y bello tuvo muy buen nivel, demostrando que Herrera y su equipo de maestros de baile han sabido dar al Ballet del Colón un ajuste y disciplina que estaban faltando; por supuesto, la mayoría son jóvenes y nuevos, ya que la transformación de fondo sigue demorándose: urge hacer nuevos concursos y arreglar el problema jubilatorio de una buena vez: si Herrera no lo hace habrá  fracasado como fracasaron los anteriores Directores en recientes décadas. Todos tienen en el ballet de Tippet  material interesante para bailar, pero la Pareja Roja es la más exigida y fue encarnada con talento por Natalia Pelayo y Facundo Luque; los otros estuvieron bien: Catalina Jasienovicz y Jiva Velázquez (Turquesa), Georgina Giovannoni y Edgardo Trabalón (Azul); Stephanie Kessel y Emanuel Abruzzo (Rosa).  David Richardson fue el avezado repositor, el vestuario de Dain Marcus resultó adecuado (salvo que el rosa masculino se pareció demasiado al rojo) y el veterano Rubén Conde (de la casa) hizo un buen trabajo lumínico.

            Aquí quiero intercalar algo importante. Es bien sabido que a través de las décadas la Orquesta Estable se ha rehusado a acompañar ballet, cuando debería ser parte de su tarea, muy especialmente en las últimas décadas donde la productividad bajó enormemente (sólo paliada por algunos conciertos generalmente mal promovidos). Ello siempre obligó a que la Filarmónica de Buenos Aires sea la que asumiera esa tarea, a costa de disminuir su temporada de conciertos, en vez de repartirla equitativamente en función del calendario global. Lo cual no obstó para que la Estable no permitiera que la Filarmónica pusiera Colón en su apelativo, o que intentaran enviarla en permanencia a la Usina del Arte (aunque no fueron los únicos en promover ese disparate, flagrantemente expuesto en licitaciones que salieron en el diario La Nación hace ya varios años). Y ningún Director se atrevió a enfrentarlos. Pero esta vez fue la Estable que tocó, ya que se estaba reemplazando a una ópera y no podían negarse.  Digamos la verdad: tocaron admirablemente durante la velada, como si estuvieran acostumbrados a esta tarea, aunque dos de las cuatro obras son ballets sobre repertorio sinfónico. Por micrófono se anunció que el solista en Bruch era Freddy Varela Montero, el notable concertino chileno de la Estable, y tocó con la seguridad y belleza de un concertista de trayectoria. Pero además todo el programa estuvo dirigido con gran dominio y sensibilidad para el ballet por Javier Logioia Orbe, que también debería ser invitado por la Filarmónica para estos menesteres que deben hacerse con la calidad que merece nuestro Teatro.

            “Adagietto” significó el merecido retorno de Araiz al repertorio del Colón. Nuestro veterano coreógrafo desde 2010 está dedicado a la docencia y a la experimentación coreográfica dirigiendo el Área de Danza de la Licenciatura en Artes Escénicas y el Grupo UNSAM Danza del Instituto de Artes Mauricio Kagel, ambos de la Universidad Nacional de San Martín. Pero antes este discípulo de Dore Hoyer y Renate Schottelius (figuras clave de la danza moderna en Argentina) dirigió el Ballet del Colón, creó el Contemporáneo del Teatro San Martín y dirigió el Ballet du Grand Théâtre de Genève. El “Adagietto” probablemente no hubiera existido sin la enorme difusión de la película de Visconti “Muerte en Venecia”, que hizo célebre a esta música y provocó que la Quinta pasara a ser una de las sinfonías mahlerianas más difundidas, pero ello no quita que haya inspirado a Araiz una de sus mejores obras. Fue creado en 1971 para el Ballet del Teatro San Martín en un momento difícil (se hablaba de disolución) y estrenado en el Cervantes por dos bailarines que fueron después valiosos coreógrafos: Ana María Stekelman y Mauricio Wainrot. Luego se dio en París, Winnipeg y Sao Paulo. Es una obra de vínculo amoroso, contacto de cuerpos y de éstos con el piso, de evoluciones lentas y tensas, de danza moderna. Dos ilustres veteranos del Colón demostraron su técnica y buen estado: Karina Olmedo y Alejandro Parente. Fue muy bien repuesta por Fernanda Bianchi, con vestuario y luces del propio Araiz, que saludó al final.

            Más allá de la buena danza de Ayelén Sánchez y Juan Pablo Ledo en el Pas de deux de “El Lago de los cisnes”, me pareció prescindible. Salvo señalar que no es el típico Pas de deux ya que sólo tiene el Adagio, y además al estar rodeados por los Cisnes se convierte en un ballet blanc. Al menos nos libramos de los fouettés… importa más la poesía.

            Tengo una debilidad por el arte de Balanchine, sin duda uno de los más grandes coreógrafos del siglo pasado, quizá porque fui a New York en 1956 y 1957 y vi varios de sus ballets por el New York City Ballet y sus maravillosos solistas de entonces. Su Tema y Variaciones es un homenaje al arte del grande de la segunda mitad del siglo XIX, Marius Petipa, y tiene ese perfecto control y elegancia que siempre distinguió a Balanchine, además de permitirnos escuchar muy buen Tchaikovsky (lamentablemente sus cuatro Suites no se tocan casi nunca). Muy bien repuesto por Ben Huys, con escenografía y vestuario del histórico Nicola Benois y bellas luces de Ronald Bates, fue un  final de lujo. El joven talento de Camila Bocca (nada que ver con Julio) y Maximiliano Iglesias, ocho buenos solistas y un cuerpo de baile de dieciséis, evolucionaron con fineza, control y espíritu unitario. Este Ballet del Colón necesita de cambios pero pese a los problemas ha mejorado mucho y llena los ojos con pureza de estilo y evidencia de mucho trabajo disciplinado. Esto se lo debe reconocer a Herrera. Ahora falta que para el año próximo programe mejor y no pretenda que el Colón sea dominado por la danza; debe haber equilibrio en el manejo del teatro. Veremos si Enrique Arturo Diemecke, como es su misión, pone las cosas en su sitio.

Pablo Bardin 

            




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