Brillantes conciertos de la Orquesta nacional del Capitole de Toulouse.



Por Pablo A. Lucioni
PH. Liliana Morsia

Mozarteum Argentino, ambos ciclos (23 y 25/10/2017).
 

La orquesta francesa de la ciudad de Toulouse se presentó nuevamente en nuestro país, dirigida por su conductor titular, el ruso Tugán Sójiev, en dos atractivos conciertos de programa distinto, que alternaron repertorio ruso y francés. Los solistas fueron el gran pianista Bertrand Chamayou y la jovencísima promesa de la trompeta francesa, Lucienne Renaudin Vary.

 


Esta orquesta, que hasta hace algunas décadas no era conocida a nivel internacional, tuvo un período de crecimiento substancial y sostenido de la mano de quien fuera durante treinta y cinco años su director titular, el francés Michel Plasson. Gracias a un trabajo metódico, potenciado por los discos y la proyección mundial que su director tenía, fue adquiriendo una calidad y una trascendencia destacadas. Fue con Plasson mismo que la orquesta nos visitó por primera vez en 1990.

Bajo la gestión de su continuador, el ruso, de cuna soviética obviamente, Tugán Sójiev, la orquesta parece haber continuado un nivel de excelencia equivalente, aunque seguramente con otra impronta. En los dos conciertos que hicieron para el Mozarteum deslumbró un nivel instrumental excepcional, a la altura de las grandes orquestas de las principales capitales europeas. Si bien económicamente poderosa, la ciudad de Toulouse es apenas la cuarta de Francia, pero la trascendencia que llegó a tener esta institución le ha valido ser promovida recibiendo el título de Orquesta Nacional.

El primero de los conciertos empezó con la Obertura del Carnaval Romano de Berlioz. Desde el comienzo se puso en evidencia algo que se mantendría durante todas las obras, en ambos conciertos: una suntuosidad importante del sonido, cuerdas con cuerpo pastoso pero con una excelente amplitud dinámica, y en todas las secciones una alta disciplina, con coherencia y cohesión.

La pieza central para el Primer Ciclo fue el Concierto para piano y orquesta No. 5, “Egipcio” de Saint-Säens. Lo dicho de la capacidad técnica y solidez instrumental de la orquesta fue todavía más claro en este caso. El pasmoso balance logrado por le concertación de Sójiev no es posible con una orquesta que no responda de manera milimétrica en tempo y dinámica como sí lo logra la de Toulouse. Cada una de las secciones orquestales se desenvuelve como colaborativa, jamás invadiendo o avasallando la expresión de otra. El piano pudo ser escuchado con claridad aún en los tutti de orquesta. El solista Bertrand Chamayou tuvo un soporte orquestal siempre constructivo, absolutamente atento a que el piano tuviera su rol conductor, pero con total integración al contrapunto con los instrumentos. Las dificultades técnicas de esta obra son varias, ya que en muchas secciones requieren de una finura casi camarística, pero en otros momentos, como en el tercer movimiento, tiene exigencias tremendas de intensidad en velocidad; todo fue cubierto con calidad y ajuste por Chamayou, siempre en perfecto estilo, quien además terminó su actuación con un bis de una muy buena versión de la Pavana para una infanta difunta de Ravel.

El cierre de la primera noche era con la Suite Schéhérezade de Rimsky-Korsakov. También rindieron de manera impecable en esta obra, que por la riqueza de su orquestación permite el lucimiento de una agrupación tan precisa y disciplinada. La concertino fue Geneviève Laurenceau, encargándose con mucha naturalidad y un fraseo genuino en violín de la partes de la princesa. Las maderas mostraron un nivel notable, en particular las flautas que aún sumadas con el piccolo tenían una unidad de articulación asombrosa.



La segunda noche el programa empezó con Shostakóvich, con la Obertura festiva Op.96 para luego dar paso al Concierto para piano, trompeta y cuerdas Op.35. Esta última obra, no hace mucho, se había podido escuchar en una interesante versión durante el Festival Barenboim, con Martha Argerich al piano. La nota más pintoresca que tuvo la performance, fue ver salir a la joven, de apenas dieciocho años, Lucienne Renaudin Vary, descalza y con un llamativo vestido verde. Este detalle, que más que a excentricidades de esta notable trompetista, obedeció a que tras el viaje en avión no habría recibido una valija personal, que además de ropa incluía las sordinas de la trompeta. Fuera de estos problemas operativos y lo insólito, el Concierto fue muy bueno. Ella ya tocó varias veces esta obra de Shostakóvich, y a pesar de su corta edad, es también una notable intérprete inclusive de jazz. Tiene un prodigioso manejo del aire, capaz de resolver con precisión y la cadencia correspondiente los alternantes pasajes de esta obra, además con un fraseo de orfebrería. Bertrand Chamayou también fue un perfecto intérprete en la parte de piano, que tiene sus complejidades. Ambos hicieron de bis una versión con la trompeta reemplazando la voz en la canción “Adiós, Granada” del mismo autor. Aquí Renaudin Vary mostró que además su manejo del aire es espléndido para el legato y el fraseo más lírico.

La obra de fondo de esa última noche fue la suite de El pájaro de fuego de Igor Stravinsky, también resuelta con calidad por la orquesta.

Fueron dos conciertos de encuentro con un nivel sinfónico notable. Algunos han entendido esta deslumbrante capacidad técnica instrumental y algo de la visión estricta de Sójiev como un gesto de cierta frialdad, pero no pareciera así desde una perspectiva genuina musical. Su respeto por los tempi escritos era total, aunque estos en algún momento parecieran poco vivaces por ciertos vicios de la tradición. El balance tan traslucido que logra en la concertación, expone de manera cabal cada una de las líneas internas de obras verdaderamente complejas, y a tempo estricto mantiene un hilo discursivo inequívoco. Tal vez no buscaba el efecto en un sentido empático, ¿pero dónde está escrito que eso deba ser así? Su entendimiento musical es de una lucidez prístina y sabe cómo lograr que la orquesta lo acompañe de manera exacta e inspirada, y eso es un sumamente disfrutable.

 

© Pablo A. Lucioni




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