AMPLIA GAMA DE TIMBRES DEL PIANO AL SEXTETO



El piano es el rey de los instrumentos en el mundo de los recitales y ha suscitado un repertorio imponente. Pablo Bardin cubrió once conciertos del piano al sexteto y aquí nos da su opinión.

 

En el segundo semestre del año el aficionado siempre espera qué propondrá Chopiniana, el ciclo de música pianística fundado por Martha Noguera. Esta temporada se inició con Marcelo Balat el 6 de septiembre y concluirá el 25 de Octubre con Noguera. Por mi parte pude asistir al concierto inaugural y luego a los de Konrad Skolarski el 4 de Octubre y Giulio Biddau el 11 de ese mes. Diversos compromisos me impidieron escuchar a Stefan Stroissnig (Austria), 13 de Septiembre; Emiliano Turchetta el 20 y Gastón Frydman el 27 de ese mes,  Pablo Rossi (Brasil), el 18 de octubre y Noguera el 25 de ese mes. Todos los conciertos tienen lugar en un ámbito bello pero de acústica muy resonante, la Sala Oval del Palacio Paz (Círculo Militar).

           Marcelo Balat

Balat tiene ya una carrera consolidada como uno de los mejores de su generación y en la actualidad alterna sus recitales con presentaciones de cámara con sus notables colegas Xavier Inchausti (violín) y José Araujo (violoncelo) –están haciendo una serie de veladas Brahms en el CCK-, conciertos para piano y orquesta, y además es el pianista de la Sinfónica Nacional. Dilecto alumno de Pía Sebastiani,  es a su vez docente de su especialidad en la Universidad Católica Argentina. A apenas 34 años ya ha desarrollado una importante trayectoria.

            Quizá tanto él como sus colegas deberían contemplar dos cosas para que la experiencia sea más grata en la sala de este ciclo: bajar la tapa del piano y sacarle una efe a cualquier fortissimo. Balat inició su programa romántico con dos obras de Chopin: el no tan transitado Nocturno Nº17, Op.62 Nº1, y la Balada Nº1, Op.23, ella sí la más tocada de las cuatro. Su “toucher” en el nocturno fue refinado y su fraseo muy musical. La Balada tuvo altibajos, ya que en esta pieza muy contrastada se alternaron episodios líricos expresivos con otros en los que el ímpetu fue excesivo y se aceleró demasiado el tempo. Algo parecido ocurrió en esa difícil y extensa obra de Schumann, las “Davisbündlertänze” (“Danzas de la Liga de David”), en la cual el compositor, muy consciente de la dicotomía de su personalidad, aclara en cada danza si el protagonista es Eusebius (el lado contemplativo) o Florestan (el vibrante y fogoso) o si ambos se combinan. Lo de la Liga de David se refiere a que el compositor llamaba filisteos a aquellos que no comprendían la estética de los verdaderos románticos como él, o sea que los de la Liga eran aquellos que apoyaban a David contra los filisteos…y David era Schumann.  Aquí hay que aclarar un doble defecto de los programas de mano del ciclo: a) no incluyen comentarios sobre las obras; b) caen en errores inaceptables en la página de programa: NO es lo mismo Balada op.23, Nº 1 que como debería decir, Balada Nº1, op.23; y adelantándome con respecto a la última obra, Sonata op.5 Nº3 NO es lo mismo que Sonata Nº3, op.5 de Brahms. Y ponen sólo “Davidsbündler”, sin “tänze”. Y no aclaran en castellano qué significa. Volviendo a la interpretación, Schumann es el gran inventor de obras extensas basadas en fragmentos compuestos en torno a una idea, como “Carnaval” o “Kreisleriana”. Son partituras arduas en las que resultan frecuentes los cambios de tempo, el rubato, la sensación improvisatoria. No basta la gran técnica, debe lograrse la empatía con los mercuriales cambios de sentimiento del autor. En buena parte lo consiguió Balat y mucho de lo que hizo fue sensitivo, pero a veces apuró demasiado los tempi y tuvo alguna desprolijidad, aunque el balance fue positivo en una partitura que es un verdadero desafío.

            Tras el Intervalo, el artista nos dio una gran interpretación y ejecución de la tremenda Tercera sonata brahmsiana, en cinco movimientos, sin duda superior a las otras dos todavía demasiado salvajes y descontroladas; en la Tercera se vislumbra su madurez tanto en la calidad de las ideas como en la ciencia de la forma, en la cual llegará a ser el más grande de su época. Balat supo aprehender la gran línea y ofrecer una ejecución majestuosa y profunda. El placer  de la escucha se mantuvo en dos piezas completamente distintas fuera de programa: “Poissons d´or” (“Peces de oro”), de las Estampas de Debussy, exquisito impresionismo donde el pianista supo captar hasta el mínimo detalle; y una poderosa ejecución del último movimiento de la Sonata Nº1 de Ginastera, quizá su malambo más virtuosístico.

            Konrad Skolarski, polaco nacido en 1980, de aspecto maduro y concentrado, discípulo de grandes maestros como Pavel Gililov y Peter Feuchtwanger, “se interesa en pintura, poesía, psicología y filosofía”, dice su biografía. Su programación me decepcionó no sólo por trillada sino porque ciertas elecciones, como la Rapsodia española de Liszt de mero virtuosismo vacuo, no parecen tener que ver con esos presuntos intereses del artista; y también porque siendo polaco podría habernos aportado algún Szymanowski. Pero es indudable que tiene un mecanismo espectacular y en términos de profesionalidad hay mucho que admirar.

            Estoy saturado de las sonatas “Claro de luna” y “Appassionata”; ¿porqué los pianistas no tocan el Op.27 Nº1, tan “quasi una fantasia” como la “Claro de luna” (op.27 Nº2) e igual de valiosa? Pero Skolarski resaltó bien la famosa melodía del primer movimiento y evitó monotonía en el acompañamiento; también dio su exacto fraseo al simpático “Allegretto”; sin embargo corrió en demasía en el tercero, por más que esté marcado Presto agitato, y exageró los momentos en los que el compositor pide un breve respiro. Otro error en el programa de mano: figura primero el Allegretto que el Adagio sostenuto.  Las piezas de Chopin fueron la Barcarola y el Scherzo Nº2, op.31 (sin aviso reemplazó al que figuraba en programa, el Nº 1 op.20) , ambas bien tocadas.

            El mero hecho de lograr vencer las dificultades de la Rapsodia española es sorprendente, y el pianista hizo proezas; pero imaginé a alguien como Earl Wild y supe que le hubiera dado más carácter y picardía folklorizante sin pesadez. Y  en el programa impreso S.254 es en efecto del catálogo compaginado por Humphrey Searle pero eso no es necesario aclararlo, así como no se explica qué es K. en la nomenclatura mozartiana.  No soy muy amigo de la Sonata Nº2 de Rachmaninov, para mí demasiado turbulenta y caótica; Skolarski  logró otorgarle cierto orden, con pulsación poderosa y colorido tímbrico. Su pieza extra fue un remanso que indicó en él otros valores que sólo se habían insinuado antes, sobre todo en la Barcarola: una versión grata del Nocturno Nº1 de Chopin. Mucho más que Balat, el pianista debería haber atenuado las fallas de la acústica modificando la dinámica y atacar con menos fruición al pobre instrumento.

            Quizá fue el italiano Giulio Biddau el que obtuvo un mejor equilibrio. Debutante aquí como Skolarski, el sardo se perfeccionó en París con el notable Aldo Ciccolini y con Sergio Perticaroli en la Academia Santa Cecilia (Roma). Ha ganado concursos y grabado CDs como la música pianística completa de Dutilleux y otro dedicado a Fauré. El programa original fue muy cambiado y quedó finalmente  una primera parte todo Ravel y una segunda todo Chopin. Ya en el poco tocado Menuet antique mostró un “toucher” fino y un fraseo de buen gusto. Le fueron afines las evocaciones acuosas impresionistas de “Juegos de agua” y de la terrible dificultad de “Ondina”, primer número de “Gaspard de la Nuit”, donde quedó explícito que se trata de un pianista de primer orden. Tras la angustia de “Le gibet” (“El cadalso”), las ominosas y saltarinas danzas del duende “Scarbo” fueron tocadas con la flexibilidad y paradójicamente la exactitud requeridas.

            De Chopin, nuevamente la Barcarola (no debería repetirse una obra en un ciclo) y luego la Balada Nº4, la más sutil y compleja; para terminar, el Andante spianato y Gran Polonesa brillante, rutilante y casi moto perpetuo. Biddau es sin duda un buen chopiniano. El primer extra volvió a demostrarlo (el Estudio Revolucionario), pero me quedé con dos sonatas de Domenico Scarlatti (sobre todo la famosa de rápidas notas repetidas) hechas con la claridad que me evoca a Maria Tipo. Una sugerencia a Noguera para el año próximo: trasladar la Chopiniana al auditorio del Primer Piso, de mucho mejor acústica.

 


           

            Matías Palou, argentino, se perfeccionó con la admirable Françoise Thinat en música francesa. Dio primeramente un recital para Encuentros de música contemporánea en el Conservatorio López Buchardo, al que no pude asistir, y luego otro concierto, el 26 de agosto a las 11 hs, en la Sala de Cámara de la Usina del Arte. Un percance me impidió escucharlo en cinco piezas de François Couperin y lo lamento, ya que me gustó mucho lo que hizo en dos de los Estudios de Debussy  y en la difícil “L´isle joyeuse” del gran impresionista. Los Estudios no se tocan con frecuencia pese a ser fascinantes ejemplos de su técnica madura. Palou mostró una amplia gama de colores y articuló con gran habilidad las frases y las texturas. Las breves y neoclásicas Tres piezas op.49 permitieron una rara oportunidad de escuchar obra pianística de Albert Roussel, valioso creador muy dejado de lado en recientes décadas (se escuchaba bastante medio siglo atrás); fueron límpidamente ejecutadas.

            Por último, el “otro” carnaval de Schumann, “Faschingsschwank aus Wien” (“Carnaval de Viena”), cinco inspiradas piezas que están entre lo mejor de su producción; aquí Palou tuvo algunos deslices pero comunicó el espíritu romántico con eficacia.

 


           

Manuel Massone

            Hacía bastante tiempo que el denso calendario no me dejaba resquicio para retornar a La Scala de San Telmo, ese pequeño centro musical que ha mantenido Susana Santillán durante 25 años y ha albergado a tantos jóvenes talentos. Me atrajo un programa innovador así definido: “La música para piano del Romanticismo en la Argentina del siglo XIX: Generaciones olvidadas de compositores nacidos entre 1820 y 1855”. Directora: María Ignacia Massone. Co-Director: Manuel Massone. Investigadores de apoyo: Guillermo Cárdenas y Gonzalo Casares. Acreditado por la UNA. El concierto tuvo lugar el 8 de septiembre a las 20,30 y Massone lo condujo con informados y necesarios comentarios sobre compositores prácticamente desconocidos.

            El proyecto ha recuperado unas 160 obras y esa noche se escuchó una selección ejecutada por profesores y alumnos del UNA.  Se cubrió así ese período entre la generación de Esnaola y Alberdi y la liderada por Alberto Williams que llevó a una mayor profesionalidad y complejidad. La música de la Gran Aldea tenía encanto y era grata de escuchar, aunque siempre de salón. El español Gabriel Diez vivió aquí; sus divertidos “Lanceros de la Patria”, bien tocados por Mario Celentano, fueron melodías sobre armonías simples. Una de las escasas compositoras fue Eloísa D´Herbil de Silva; Massone tocó con delicadeza sus piezas llamadas Íntimas: una melodía lenta y un fino vals de poco desarrollo. El mendocino Telésforo Cabero  vivió en Chile; sólo se conocen de él cinco piezas; “Plegaria”, tocada con sensibilidad por Massone, muestra un pianismo bastante elaborado, con melodías acórdicas lentas. El italiano José Strigelli vivió en Mendoza, Buenos Aires y Montevideo; fue curioso escuchar de él el tango criollo “Los fanáticos del placer” (¡qué título!), rápido y rítmico, con la melodía compartida por las dos manos, muy bien ejecutado por Massone. Del mendocino Ignacio Álvarez se apreciaron dos piezas a cuatro manos: “Pequeña Galopa” y “La vuelta a Mendoza” (Paso doble), simpáticas y agradables  en manos de Gonzalo Casares y Mariano De Filippis. Los mismos tocaron, con algunos errores, dos obras de Francisco Amavet; francés, fue a 14 años a Paraguay, y más tarde a Paraná y Córdoba: “El Tambor de Palermo” (Gran Vals histórico) y “La Prise de la Bastille” (paso doble, término militar que nada tiene que ver con el pasodoble español). El portugués Alfredo Napoleón (curioso apellido en ese país) vivió en Argentina y su Romanza op.91 Nº1 (Andante appassionato), aparte de estar bien escrita y ser expresiva, es una muestra de una producción abundante; estuvo bien tocada por Nicolás Sroka. Nuevamente Amavet con dos polkas (danza polaca aclimatada aquí): “Cariñosa” y “Adrogué”, bien tocadas por Sebastián Castro. El uruguayo Dalmiro Costa vivió en La Plata; de él, la polka “Chispas eléctricas” (título pintoresco), tocada con ritmo por Tomás Wagner. Finalmente, el único algo más conocido, Francisco Hargreaves, que demuestra en su Capricho de concierto sobre la ópera “Ruy Blas” de Marchetti, amplio y virtuosístico, ser el de técnica más elaborada; fue ejecutado con precisión por Facundo Miranda. En suma, el proyecto de los Massone es valioso y este concierto fue buena prueba de la intensa y positiva labor que han realizado.

 


           

            Guillermo Turina, nieto de Joaquín Turina; violoncelista y musicólogo, es un especialista en el Barroco. Vino a la Argentina para desarrollar una extensa serie de conciertos y clases magistrales. Lo escuché el 5 de Octubre a las 13 horas en el Salón de Honor del CCK en un programa presentado por él que combinó en una hora a Johann Sebastian Bach y a un desconocido aquí: el italiano Francesco Paolo Supriano (1678-1753). Las cuatro Toccatas para violoncelo solo tocadas con gran seguridad por Turina revelan a un creador interesante que conoció a fondo las posibilidades del instrumento y cuya música fluye con imaginación; valió la pena conocerlo y es bueno saber que Turina lo ha grabado, ya que no figura en mi edición del Grove ni en mi catálogo CD del año 2000.  Las interpretaciones de las suites Nos. 1 y 2 de Bach fueron rápidas y con frecuencia sin los da capo señalados, indudablemente informadas e historicistas pero sin la expresividad y belleza de fraseo de artistas como Casals y Fournier (que las grabó nada menos que para Archiv).

 


           

            Pasamos ahora a otra textura de gran repertorio: la música para violín y piano. El Mozarteum Argentino presentó a dos notables combinaciones de artistas: en los Conciertos de Mediodía del Gran Rex el 13 de septiembre a las 13 hs  jóvenes talentos ofrecieron un admirable testimonio de su capacidad en un programa inteligente y renovado. Y para sus abonos en el Colón, el 18 y el 20 de septiembre a las 20 hs el asombroso violinista Ray Chen, ya apreciado aquí, y el debut del  pianista Julio Elizalde, alimentaron al aficionado con música  poco transitada tocada por virtuosos. Cronológicamente los comento.

            El violinista Benjamin Baker nació en 1990 en Nueva Zelanda y se formó en Londres en la Yehudi Menuhin School y en el Royal College of Music. El pianista Daniel Lebhardt es húngaro; estudió en la Academia Franz Liszt de Budapest y en el Royal College de Londres. Tiene 25 años. Ambos tienen carrera propia pero se han unido para esta gira y evidentemente tienen similar comprensión de las estéticas abordadas y técnicas completas. Y supieron armar un programa muy válido e innovador. Nunca escuché antes la Suite para violín y piano op.6 de Benjamin Britten (encontré en el catálogo CD tres grabaciones pero en sellos menores); la escribió en 1934 a los 21 años y en Viena. Más influido por el ambiente vienés que específicamente por Mahler o Schönberg, Britten ya tiene un estilo propio y bien británico, creando una música fresca e irónica; escuchamos una Marcha nada guerrera, un Movimiento perpetuo ingenioso, una Canción de cuna lírica sin sentimentalismo y un Vals humorístico y neoclásico.

            Hace tiempo que conozco bien a través de una excelente grabación de Philippe Graffin las seis Sonatas para violín solo, op.27, escritas por Eugène Ysaÿe en su madurez en 1924 a los 66 años; son obras muy difíciles y originales que enriquecen el escaso repertorio para violín solo. Baker eligió la Nº2, dedicada a Jacques Thibaud; cada movimiento tiene un sentido especial: Obsesión-Preludio: Poco vivace cita el motivo inicial del Preludio de la Partita Nº3 de Bach porque con él iniciaba Thibaud cada día; Melancolía: Poco lento cita un tema de la Primera Sonata bachiana y usa la sordina; Danza de las sombras-Sarabande: Lento está articulada como variaciones sobre un bajo; y Las furias: Allegro furioso se basa sobre el Dies Irae (que ya había aparecido en los movimientos anteriores) tratado contrapuntísticamente. Música ardua, estuvo tocada con gran dominio por Baker; pero me quedó un dejo de extrañeza: ¿porqué elegir una obra donde sólo él tocó, cuando su compañero de gira tiene el mismo nivel artístico?

            Y ello quedó demostrado en la muy amplia y romántica Sonata para violín y piano de Richard Strauss que requiere parejo virtuosismo de ambos ejecutantes; a los 23 años la técnica del compositor ya estaba asentada y estaba  elaborando su extraordinario “Don Juan”. El pianismo muy personal straussiano aquí se explaya, aunque el creador da al violín muy expresivos e intensos momentos. Fue una muy buena versión de dos instrumentistas dotados y sólidos.

  Ray Chen y Julio Elizalde

            Ray Chen había impresionado como un violinista de extraordinaria capacidad el año pasado, y este recital en el Colón confirmó sus valores. Pero la sorpresa vino del pianista Julio Elizalde en su debut porteño; nacido en San Francisco, se doctoró en música en la Juilliard School de New York, donde fue discípulo de Jerome Lowenthal y Joseph Kalichstein, prestigiosos pianistas estadounidenses. Elizalde es una figura múltiple: solista, pianista de cámara, gestor artístico y pedagogo. Y nos vimos en presencia de un artista de enorme seguridad técnica y estilística y de perfecta fusión con Chen.

            Otro gran mérito fue la elección de un programa que tuvo tres sonatas poco transitadas y valiosas. De Beethoven no la “Primavera” o la “Kreutzer”, sino la Nº1, op.12 Nº1; escribió las primeras tres entre 1796 y 1798 en Viena; la Primera está dedicada a Antonio Salieri, con quien había tomado clases. Si bien hay todavía un fuerte clasicismo en la obra, también asoman rasgos que luego se llamarán beethovenianos en las armonías o en los fuertes acentos, y además piano y violín están equilibrados, con el mismo valor. Fue una verdadera revelación la Sonata Nº1, op.75, de Saint-Saëns; en mi más de medio siglo de crítica nunca la había escuchado en vivo, y lamento no tener grabación ya que es una obra poderosa, imaginativa, difícil, contundente demostración de lo importante que fue la tarea del compositor para la Francia de entonces, dominada por la ópera y el ballet. Ya que puede considerárselo el líder de la apertura hacia la música de cámara, en donde será seguido por creadores como Chausson, D´Indy o Fauré. Mi desconcierto es aún mayor cuando compruebo que en mi catálogo CD figuran quince grabaciones, incluyendo dos de Heifetz (con Smith y Bay) y Accardo (con Canino); y que de la Segunda Sonata para esa combinación de Saint-Saëns hay ocho grabaciones: clara comprobación de nuestro aislamiento durante décadas, ya que (creo) muy pocas si alguna de esas grabaciones llegaron a nuestras disquerías. La Sonata Nº 1 fue inspirada por la “Kreutzer” de Beethoven, y según los comentarios siempre útiles de Claudia Guzmán, fue ensalzada por Swann en el primero de los libros de Proust “En busca del tiempo perdido”. La versión de Chen y Elizalde fue de una calidad pocas veces escuchada y de tal lógica continuidad que  sin ver la partitura me animo a decir que fueron muy fieles a ella. Y en un plano personal me marcó que incluso a los 78 años y después de 52 de actividad tengo mucho que conocer y aprender: ésa es la fascinación de esta tarea en la que quien pierde la curiosidad debería retirarse.

            En extraña coincidencia, también Chen eligió Ysaÿe (y yo lamenté que no fuera una obra para lucimiento de los dos y paradojalmente festejé poder escucharla en vivo…): la Sonata op.27 Nº4, dedicada a Fritz Kreisler. Probablemente porque Kreisler había escrito varias obras de su autoría pero haciéndolas pasar como creadas por compositores barrocos (y como era superficial el conocimiento del Barroco en esa época, muchos –incluso críticos- se habían dejado engañar: hoy no ocurriría), esta Sonata se inspira en las partitas bachianas: sus tres movimientos son Allemande, Sarabande y un Finale de abundantes doble cuerdas. Como ya había quedado lapidariamente claro, Chen, tocando el Stradivarius Joachim (porque había sido propiedad de ese gran violinista del siglo XIX), tocó con asombrosa limpidez y exactitud, con una musicalidad perfeccionada por los años de trabajo pero  innata.

            El resto, incluso los extras, pasó a ser típico material de lucimiento para el violinista, liviano y virtuosístico, relegando al pianista a acompañante.  La Suite popular española es el buen arreglo de Paul Kochanski de las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla (menos una, la Seguidilla); su original para canto y piano es justamente famoso por la autenticidad e inteligencia con las cuales comunica Falla la esencia de esas músicas. Aquí fue más espontáneo Elizalde que Chen, que no logró ese salero español tan necesario en este lenguaje musical. Las Csardas del napolitano Vittorio Monti se han hecho famosas a través de múltiples arreglos; Chen las tocó brillantemente.

            Dos de los extras fueron homenajes latinoamericanos: “Por una cabeza” de Gardel, y “Estrellita” del mexicano Ponce. El tercero tuvo otro tono: la melodía de “Schindler´s list” de John Williams, tan nostálgica y melancólica. Fue una buena despedida.

 


            El 49º Festival Internacional de Música Contemporánea, conducido desde su fundación por la compositora Alicia Terzian, tuvo lugar en la pequeña sala  Roberto García Morillo del DAMus. Aparte de varios seminarios, la programación se inició con obras de Ricardo Dal Farra, y luego una sucesión de pianistas: Matías Palou (a quien me referí más arriba), Marianna Abrahamyan y Philippe Hattat. Los últimos dos  conciertos fueron ofrecidos por el Cuarteto Encuentros con el pianista Claudio Espector y por el Grupo Encuentros dirigido por Terzian. Mi agenda sólo me permitió asistir al del 4 de Septiembre por el Cuarteto y Espector. Como siempre, hubo numerosos estrenos y primeras audiciones. Pasados sus ochenta años, Terzian se mantiene activa y polémica, como siempre lo fue; ha tenido múltiples galardones en el mundo y aquí, pero la financiación para sus conciertos sigue siendo escasa y sin apoyo estatal.

            El Cuarteto Encuentros está integrado por Sergio Polizzi y David Bellisomi (violines), Gabriel Falconi (viola) y Carlos Nozzi (violoncelo) y ofrecieron muy arduas primeras audiciones  de Carlos J. Castro (Costa Rica) y Franck Bedrossian (Francia) y un estreno de Francisco del Pino (Argentina), dificultades apenas morigeradas por un simpático fragmento (“Talía-Naranjos y olivos”) de “Las musas de Andalucía” (1942) de Joaquín Turina. Es una labor dedicada y muy profesional por parte de instrumentistas de bien probada calidad, a veces coordinados por Terzian debido al carácter intrincado y experimental de las obras. Ella comenta con datos siempre complementados por opiniones a veces ásperas pero siempre útiles; su carácter es combativo y tuvo razón con frecuencia en sus críticas a través de su carrera (tenemos muchas lacras culturales).

            “El canto del awá” (un pajarito) es un movimiento de los cinco del Primer cuarteto de Castro. Conocemos muy poco de la vida musical costarricense; este autor compuso óperas y sinfonías. Su música me pareció asequible dentro de las prácticas de vanguardia. “Y así será”, de Francisco del Pino, tuvo la presencia de su joven autor y es de extrema vanguardia; “endemoniada” para tocar según Terzian (y le creo) toma briznas de una vidala y las dispersa en notas sueltas. “Traces d´ombres” (“Huellas de sombras”), de Bedrossian, está influida por el espectralismo de Grisey y Murail y por la escritura al borde del silencio de Lachenmann; hay algún expresionismo y una dialéctica del timbre; un estilo complicado pero que tiene lo suyo.

             Sin duda la obra valiosa del programa fue el tremendo Quinteto (1972-76) de Alfred Schnittke, conocido aquí por obras clave como la ópera “La vida con un idiota” o el Concierto para piano y cuerdas que estrenó en Buenos Aires Lazar Berman.  Su producción es enorme y ha sido muy grabada; casi nada se oyó en nuestra ciudad. Sin embargo, el Quinteto se ha tocado y no cabe duda de que es una partitura amarga y de gran impacto, que me hace pensar, aunque desde un lenguaje mucho más disonante, en el Octavo Cuarteto de Shostakovich. Fue admirable la versión que escuchamos, liderada por un magistral Espector, quien fue el que sugirió integrar la obra al Festival. Y no está de más aquí lamentar que el Gobierno lo haya desplazado de su gran trabajo como Coordinador Nacional del Programa de Coros y Orquestas del Ministerio de Educación.

 


            Tuvo amplia publicidad  un concierto que unió al pianista argentino Daniel Levy (residente en Europa desde hace décadas) y el Cuarteto Petrus en el Coliseo el 20 de Septiembre. Auspiciado por el denominado Ciclo Eufonía, que propone el Arte de Escuchar, aparte de este concierto hubo cuatro charlas entre Hugo y Daniel Levy (ignoro si son parientes) sobre temas como “La escucha empática y eufónica”.  Honestamente creo que no sólo un crítico sino también un aficionado culto dominan el arte de escuchar sin necesidad de un curso al respecto; pero quizás algunos necesitan que los aleccionen.

             Si no recuerdo mal Levy debió dar un concierto el año pasado pero se enfermó; me interesó escucharlo porque hace muchos años que no podía apreciar su tarea y porque ha grabado 60 discos. Artista veterano, estudió con Scaramuzza, Lorenzi y Tipo.

El programa se inició con el extenso y complejo Cuarteto Nº2 para piano y cuerdas de Brahms. Uno siempre queda marcado por sus experiencias en vivo o grabadas, y para mí las pautas son Rudolf Serkin con miembros del Cuarteto Budapest (en Washington, 1957), o la grabación del Quartetto di Roma para Deutsche Grammophon, muy correcta aunque no inspirada. Y bien, debo ser sincero: encontré la versión de Levy/Petrus muy pesada y monótona, más allá de la seguridad profesional esperable; no sólo por los tempi demasiado lentos sino por la ausencia de adrenalina y, justamente, de empatía. Es cierto que los primeros dos movimientos necesitan ayuda (no son el mejor Brahms) pero es justamente cuando más  necesaria es la intensidad.

             Quizá también porque el Quinteto para piano y cuerdas de Schumann es su obra maestra de cámara, todo estuvo mucho mejor, especialmente en Levy; aquí sí hubo comunicación y placer en la ejecución. El pianista perdió su rigidez y los cuartetistas estuvieron en el alto nivel que se sabe han dado en tantas ocasiones. En suma, un concierto de balance no más que bueno.

 


           

            Por último, una magnífica experiencia en el Concierto de Mediodía del Mozarteum del 10 de Octubre: Curtis on Tour, el programa según el cual los mejores alumnos del Curtis Institute of Music de Philadelphia salen de gira, presentó su magnífico Sexteto de cuerdas. Baste decir que se turnaron según la obra; los tres que tocaron primer violín, primera viola y primer violoncelo en el Gran Sexteto Concertante, transcripción de la Sinfonía Concertante para violín y viola de Mozart, tocaron segundo violín, segunda viola y segundo violoncelo en el Primer Sexteto de Brahms, y viceversa. Y que todos fueron superlativos, con diferentes orígenes étnicos. Esto sólo es posible con los grandes profesores que tiene el Curtis, sin duda el máximo rival de la Juilliard School. Ya que no sólo la extraordinaria limpidez técnica sino la pureza de estilo me remitieron a los mejores conjuntos europeos.

            Lamento haber extraviado el programa ya que hubiera querido mencionar a cada intérprete, pero también porque no tengo los datos del muy ignoto transcriptor de Mozart, salvo que fue su casi contemporáneo; el hecho es que hizo un trabajo muy convincente, donde se respetan los pasajes solistas originales y la reducción a seis partes de la orquesta está realizada con mucho criterio, hasta en el título: Gran Sexteto Concertante. Considerando que el repertorio para sexteto de cuerdas es muy escaso, resulta toda una adquisición ya que la obra original es una de las maravillas mozartianas.

            En cuanto al Primer Sexteto brahmsiano, muchos cinéfilos lo asocian con “Los amantes” de Louis Malle, donde se logra que un tema y variaciones profundamente expresivo posromántico (el segundo movimiento) acompañe a una escena de amor. Pero fuera de esa referencia, es sencillamente el único sexteto que puede rivalizar con ese increíble poema sinfónico de cámara que es “Noche transfigurada” de Schönberg. Yo atesoro la versión del Festival Casals con la que aprendí la obra de Brahms, y no puedo hacer mejor elogio que expresar que durante la audición de este concierto sólo pensé en la música y volví a conmoverme; si la referencia a Casals y amigos existió, fue subliminal. Hay mucho talento en este mundo que parece tan hostil.

 

Pablo Bardin.

 




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