El violinista del Diablo.



 

La cinta recrea así algunos de los episodios más conocidos en la vida del músico, y hace por supuesto referencia a los rumores que aseguraban Paganini era hijo del Diablo, o que de menos había hecho un pacto con él. Se dice por ejemplo que en alguna ocasión fue obligado a hacer públicas cartas de su madre, para demostrar que tenía padres humanos. En alguna escena en que el por demás siniestro Urbani—interpretado por Jared Harris, hijo ni más ni menos que de Richard Harris y popular en el cine y la televisión—le echa en cara a Paganini su falta de lealtad, le espeta: “Yo no soy el Diablo… Yo sirvo al Diablo, y tú eres mi amo”.De acuerdo con El violinista del Diablo, tener la oportunidad de escuchar en vivo a Nicolás Paganini habría sido, a principios del s. XIX, el equivalente de asistir a un concierto de Michael Jackson, o de KIss, con todo y la pirotecnia en el escenario y los gritos de fans histéricas. Una crónica del sensacional ascenso a la fama del genio—un éxito extraordinario, que la película atribuye de manera nada ambigua a la mefistofélica figura del siniestro Urbani, manager y cómplice del músico—, así como su decadencia y eventual muerte en 1840, la película presenta a Paganini como un literal rockstar del s. XIX: un prodigio arrogante, un mujeriego y jugador cuyos desplantes de diva recuerdan más a Jim Morrison en The Doors que al Mozart de Amadeus, aún otra interpretación libre de un músico genial.

 

 

Por supuesto, el Paganini encarnado por el debutante David Garret—un conocido músico alemán, que de veras toca el violín—recuerda más al extinto Michael Hutchence que al Paganini histórico, una interpretación que poco o nada hace por honrar el legado del genial violinista. Y sin embargo, y a pesar de tantas libertades, la cinta no se aleja demasiado de lo que se podría esperar de un biopic convencional—el director, Bernard Rose, es responsable también de Amada Inmortal(1994), aquella cinta biográfica sobre Beethoven protagonizada por Gary Oldman hace unos años, y de la que Roger Ebert dijera que “había sido hecha por gente que sentía a Beethoven directamente en sus corazones". Desde luego, la música también tiene aquí un papel protagónico,  aunque subordinado al del violinista, y los secundarios—el papel de Joely Richardson como Ethel Langham, crítica del Times, es particularmente atractivo—distraen de una dirección de arte evocativa, pero más propia de un filme abiertamente fantástico. Este tipo de detalles crean un filme—y un retrato de Paganini—que acaba resultando trivial: una película rebuscada, sí, pero ultimadamente superficial.

 

Por Antonio Camarillo

Fuente: http://www.cinepremiere.com.mx/




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