VARIADO PANORAMA SINFÓNICO EN CUATRO SALAS.



Por Pablo Bardin

 

No es novedad que la actividad sinfónica es muy intensa en nuestra ciudad. Por mi parte, llevo retraso acumulado desde que cerró el Herald y lo que sigue es un panorama de los últimos  meses en cuatro grandes salas: la ahora llamada Sala Sinfónica del CCK, que solía llamarse Ballena Azul; el Teatro Colón; el Coliseo; y la Usina del Arte. No he visto todo (nadie puede, y a veces lo eliminé porque no me atrajo) pero creo que leer este artículo                                   dará una idea de la variedad y los altibajos.                                                                                                                  

 

SALA SINFÓNICA DEL CCK

    1) Voy a empezar por la Orquesta Sinfónica Nacional. He informado en su momento el grotesco desmanejo que sufre este organismo por parte del Ministerio de Cultura, y sólo quiero mencionar aquí que hubo un amplio hiato de inactividad provocado por la cancelación absurda e ignorante de varios conciertos programados en la CABA , incluso el que iba a dirigir Rettig con la Cuarta de Mahler; Gustavo Becerra estuvo disponible pero no quisieron aceptarlo (aparte de las cancelaciones de giras a las que me referí semanas atrás). Antes de la "pausa" la Sinfónica dio dos conciertos a fines de junio con el mismo programa. Tanto el director Günter Neuhold como nuestro pianista Nelson Goerner tienen una fama muy bien ganada. Lo desconcertante fue que en el Segundo Concierto de Chopin, admirablemente tocado por Goerner con la sutileza y el virtuosismo que se le conoce,  tanto la Orquesta como Neuhold dieron el  más bajo nivel que yo recuerde en años: impresionantes desfasajes, sonido grueso, ausencia de estilo; el pianista no merecía tanta desidia. No quita que Goerner haya ofrecido fuera de programa una exquisita versión del Nocturno Nº21, también de Chopin. La Segunda Parte se inició con una versión despareja pero tolerable de "Romeo y Julieta" de Tchaikovsky (en el programa figuraba que la darían antes de Chopin; no fue así). Y después vino la sorpresa: una versión de enorme impacto de la Suite Escita de Prokofiev, única obra que para mí merece ser considerada continuadora de los inmensos logros de "La Consagración de la Primavera" de Stravinsky. La Suite está basada en el ballet "Ala y Lolli", que allá lejos y hace tiempo se dio en el Colón; nunca se repuso. Como la Suite, debido a sus grandes dificultades, se ofrece rara vez, la ocasión pasó a ser importante, porque esta música es extraordinaria: con asombrosas "trouvailles" de orquestación, un empuje rítmico arrollador, una armonía de audaz disonancia y unos climax donde los decibeles subieron a niveles máximos para una orquesta (Tchaikovsky los hubiera marcado fffff), la experiencia fue demoledora y un gran logro de Neuhold y la Orquesta, que esto sí lo habían ensayado a fondo. Vale la pena mencionar los fragmentos: "Invocación a Veles y Ala", "El dios malvado y la danza de los espíritu malignos"; "Noche", y "La gloriosa salida de Lolli y el cortejo del Sol". La notable versión me evocó el descubrimiento de la obra gracias a la grabación de Scherchen (1956) y el aún vivaz recuerdo de la interpretación de Rowicki con la Orquesta Estable del Colón (1964) y de Juan José Castro con la Sinfónica Nacional (1959).

 

 

    Vino luego un concierto (el 7 de Julio) que llegué a comentar: la triste inepcia por la que, habiendo obtenido el Ministerio algo positivo -que la Sinfónica tocara en el Colón después de 14 años- lo arruinara por negligencia, al no gestionar a tiempo los materiales de orquesta para la cantata "Alexander Nevsky" de Prokofiev, dejando fuera del concierto al Coro Polifónico Nacional, provocando la renuncia de Logioia Orbe, que rechazó reprogramar, y convirtiendo a la ocasión en un programa Tchaikovsky, con la "Patética" y antes el Primer Concierto para piano con Tomás Alegre (esto sí estaba programado) , habiendo aceptado dirigir Domínguez Xodo.

      En las siguientes semanas curiosamente hubo una actividad dedicada a los niños, que comentaré en otro artículo: varias funciones en el CETC del Colón y otras en el ex-Correo de "Babar" de Poulenc-Françaix. Y luego, silencio; un concierto el 18 de Agosto dedicado al tema marítimo y dirigido por Emmanuel Siffert estuvo muy en peligro pero a último momento, y ante la presión mediática de la carta de Argerich y  Nelson Castro en su programa de televisión, el Ministerio cedió y la Sinfónica reanudó su programación. Sin embargo, yo había tomado otro compromiso y no pude ir al concierto; me tuve que contentar con escuchar el ensayo general, pero los ánimos estaban caldeados, y entre la Primera Parte, dedicada a la cantata "The Whale" de John Tavener (estrenada años atrás por la Sinfónica), y la Segunda (los Cuatro Interludios del Mar de Britten, tomados de su ópera "Peter Grimes", y "La Mer" de Debussy), tuvo lugar una Asamblea de los músicos, por lo cual el delegado me pidió cortésmente que me retirara de la sala (como corresponde). Como fue un ensayo no me corresponde hacer una crítica, sólo señalar un programa de verdadero interés que valía la pena darlo, y que intervino el Coro Nacional de Jóvenes con varios solistas.

    Como parcial compensación a Neuhold (que hubiera sido uno de los directores de la gira a China y Corea del Sur) se "inventó" un programa para el 30 de Agosto, interviniendo como solista Alexander Panizza en piano; pero al conocer la cancelación de la gira yo había tomado el compromiso de dar una conferencia sobre el Colón para la Universidad de San Andrés y no pude presenciarlo (está de moda eso de los héroes con poderes; no soy héroe, pero me vendría muy bien el don de ubicuidad). Y hubo luego conciertos en el conurbano dirigidos por Mariano Chiacchiarini (también compensatorios, él estaba en las dos giras canceladas). Y  también Chiacchiarini  dirigió el 29 de septiembre un programa argentino con algunos cambios respecto al original. (Lo comentaré en otro artículo). Cabe agregar que yo llamaría a esta etapa una tregua, ya que ninguno de los temas de fondo han sido arreglados; sólo promesas; el tiempo dirá.

    2) Una buena iniciativa del año pasado fue hacer un ciclo de visitas de orquestas provinciales, y este año también se está haciendo. Pude asistir a dos de ellos y me llevé una grata impresión de las Orquestas Sinfónicas de Córdoba y de Rosario. Hadrián Ávila Arzuza está a cargo de la orquesta cordobesa desde hace varios años y es sin duda un sólido maestro, que también aprecié con orquestas de nuestra ciudad. El orgánico es amplio y completo, alrededor de 90 músicos, y el nivel técnico demostró ser importante en un programa de dos obras maestras de estilos distintos: las Variaciones Enigma de Edward Elgar y el Concierto para orquesta de Béla Bartók. Elgar nunca fue tan conciso e inspirado como en su famosa serie de variaciones adaptadas cada una a la personalidad de  amigos suyos, y el director supo captar su diferente carácter; lástima que dejó demasiados segundos de silencio entre cada una, sacrificando continuidad. En cuanto al Concierto bartokiano, es de una riqueza de ideas y contrastes fascinante en sus tan distintos cinco movimientos, y además permite aquilatar la calidad de los solistas, que en general cumplieron muy bien, más allá de pequeños traspiés que no incidieron. Dos piezas fuera de programa agregaron alegría y color: una Danza Húngara de Brahms y una Danza Eslava de Dvorák.

    La orquesta rosarina vino con su nuevo director,  David Del Pino Klinge, sucesor de Nicolás Rauss (con quien la Orquesta vino años atrás y ahora está en una orquesta cuyana); con ellos el organismo recuperó su nivel de otrora y el concierto demostró que puede afrontar desafíos y vencerlos. El director se formó en Europa y ha ejercido cargos en Georgia, Chile, Perú, Montevideo y Cuyo. Tuvo la hombría de solidarizarse con nuestra Sinfónica Nacional confesando que treinta años atrás era mirada como la orquesta líder de Latinoamérica, y que ahora hay que mejorar los ingresos de sus músicos; además, que ésta es la sala y el edificio donde debe estar. Los músicos rosarinos aplaudieron. El programa estuvo dedicado al siglo XIX alemán. La espléndida Obertura "Ruy Blas" es un Mendelssohn maduro, con sentido dramático y melodías admirables; estuvo bien interpretada. El Concierto para violoncelo de Schumann no está entre sus mejores obras: hay pocas ideas interesantes y demasiada repetición; fue bien  tocado aunque sin brillo por Stanimir Todorov. El director explicó el concepto del "Don Juan" de Richard Strauss y luego dio una versión con algún altibajo, sobre todo en los cornos que deben mejorar. En cambio, la Obertura de "Tannhäuser" de Wagner estuvo plenamente lograda, con sonido amplio, cantabilidad y buena articulación, tanto en la música noble de los peregrinos como en la sensual música rápida asociada al Venusberg.

            3) Tuve en años recientes experiencias muy gratas con la Sinfónica Juvenil Nacional José de San Martín, liderada por Mario Benzecry desde sus lejanos comienzos, ya que apuntalada por el Estado en las últimas temporadas se eliminaron las zozobras de supervivencia, salvo una ingrata transición entre Ministerios en la presidencia macrista; ahora depende del Ministerio de Cultura. Sus conciertos se dan dos veces cada mes en temporada: primer Sábado a las 18 en la Facultad de Derecho y primer Domingo a las 11,30 en el ex –Correo. Siempre que puedo voy a la del Domingo debido a la mejor acústica. Benzecry comparte la temporada con discípulos suyos, algunos de los cuales ya tienen ahora carrera propia. El del 6 de agosto tuvo varios atractivos:  la primera audición –¡finalmente!- del Concierto Nº1, Op.11, en Do, de Carl Maria von Weber, con Antonio Formaro; escuchar la tan atrayente y poco tocada obertura de “Ruy Blas” de Mendelssohn (no sabía entonces que la traería la Sinfónica de Rosario); y apreciar el talento de la joven directora Debora Waldman, brasilera formada en nuestra Universidad Católica (donde yo estudié mi licenciatura). Ha dirigido tanto conciertos como óperas en distintos ámbitos europeos.

            Tuve un contacto muy temprano con los dos Conciertos de Weber para piano en los años 50, cuando me los reveló la grabación del excelente Friedrich Wührer, y aunque son menos maduros que la notable Pieza de concierto para piano y orquesta (que se ha escuchado esporádicamente aquí) representan un útil eslabón entre los conciertos de Beethoven y los de Chopin en cuanto a técnica pianística, junto con otros dos autores que aquí se siguen postergando y deberían conocerse: Johann Hummel y John Field. Algunas fechas explicarán porqué (siempre conciertos para piano): 5º de Beethoven, 1809; Weber 1, 1810; 2, 1812; Field 4 y 5, 1815; 6, 1819; 7, 1822-32; Hummel, 1, 1811; 2, 1816; 3, 1819: 4, 1814; 5, 1827.  El año pasado en una charla con Formaro (tenemos una vieja amistad) me dijo que le interesaba ese período de transición y mencionó a Weber; opiné entonces que sería lindo que estrenara aquí alguno de los dos conciertos; ahora lo hizo admirablemente, con la seguridad y estilo que se le conocen. Espero que siga en la brecha en las próximas temporadas y que otros pianistas tomen ese camino.

           Waldman demostró ser clara en sus ideas y gestos y entender la música que dirigió, toda ella alemana del siglo XIX.  La obra de fondo fue la Segunda Sinfonía de Brahms, la más lírica y serena del autor. La directora fue bien secundada por una orquesta que tiene disciplina, ganas de trabajar y buenos elementos. Por parte de Waldman creo que necesita ser más intensa en ciertos pasajes, expresar más las emociones, pero hay buenas razones para que su carrera siga progresando.

 

           

      Horacio Lavandera es el pianista argentino de su generación más conocido, y pese a su juventud ya lleva más de 15 años demostrando su asombrosa facilidad técnica, autocontrol y versatilidad. Dio un recital Stockhausen, nada menos, con una solvencia extraordinaria. Pero su interés por los maestros contemporáneos y con los jóvenes compositores es sólo una faceta suya, ya que tiene mucho Beethoven y Mozart en su repertorio, y en años recientes se ha iniciado en la ardua tarea de la dirección de orquesta; además es compositor. Y tiene su lado docente, como unos videítos en los que toca y explica obras. Ahora, con una orquesta ad-hoc llamada Clásica Argentina, acometió los cinco conciertos de Beethoven; sólo pude escuchar el que incluyó los conciertos Nos. 3 y 4.

            Volvió a mostrar su técnica inmaculada, además de buen dominio estilístico; y tan acostumbrados estamos a esas grandes cualidades que sorprendió un momento de hesitación en movimiento lento, pero pronto volvió a su gran nivel. Una orquesta de tamaño bien de esa época, 35 ejecutantes, siguió adecuadamente las indicaciones dadas desde el piano, más allá de algún  desajuste (no es fácil la doble tarea). Dos piezas extras inesperadas: el Estudio “Revolucionario” de Chopin (brillante) y el movimiento inicial de la Sonata “Claro de Luna” beethoveniana (famoso pero raramente ejecutado fuera de programa, siendo música lenta y ensimismada) expresado con bella cantabilidad.

            Hace bien Lavandera en no pretender ser un pianista cuyo fuerte sería Liszt, Brahms o Rachmaninov: su físico enjuto no tiene el peso para hacerles justicia. Pero hay tanto repertorio que puede hacer con la mejor calidad que creo justo para él y el público que no se exponga en campos donde se necesita otro tipo de pianismo.

 


 

TEATRO COLÓN

      1) El 26 de julio hubo un espléndido concierto…cerrado para el público general. Yo me enteré por casualidad, ya que el Colón tiene la pésima costumbre de sólo difundir lo que es producción propia y se olvida que es un lugar donde la gloria refleja también importa, y a veces mucho más que lo armado en el Teatro. Se trató del único concierto de la admirable Orquesta de las Américas (YOA) “integrada por talentosos músicos de 18 países del hemisferio occidental”. “Las audiciones son vía You Tube; adjudicada la beca, se apunta a lograr la mayor igualdad y diversidad posible. La instancia central de la temporada es una  residencia en julio y agosto y una gira de conciertos anual durante un mes por diferentes regiones del mundo”. La gira inaugural fue en 2002. De los 78 integrantes, 3 son argentinos; la nómina, si bien no aclara quiénes son los solistas (mal hecho) sí menciona de cuál país proceden; unos pocos no son de América (un chino, un ruso, un  italiano).

            El director Carlos Miguel Prieto  es un  mejicano de amplia experiencia, director de la Sinfónica Nacional de México y de la Filarmónica de Louisiana. Demostró una solvencia sorprendente en un programa de gran lucimiento y dificultad iniciado con una pieza famosa, “El Salón México” de Copland (oportuna en un momento donde Trump quiere dividir en vez de unir) y seguido por dos magníficas obras encargadas por Diaghilev para sus Ballets Rusos: “Petrushka” de Stravinsky (en su revisión de 1947) y “El Sombrero de Tres Picos” de Manuel de Falla. Salvo mínimos detalles, fueron versiones de gran jerarquía que demostraron lo que puede hacerse con adecuada selección de talentos jóvenes y un director de gran profesionalidad. No fue mencionada la muy buena cantante que intervino en la obra de Falla desde un palco. Lástima que después de tanta jerarquía se desmadraran en una pieza extra, el famoso “Tico tico”, tocada y “actuada” de modo por demás vulgar. Pero lo que importó es que hay un hervidero de notables músicos en nuestra América y eso es para celebrar.

            2) El abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires: el 20 de julio Enrique Arturo Diemecke volvió a enfrentar un gran desafío: la Novena sinfonía de Mahler, que años atrás había presentado muy dignamente teniendo en cuenta su enorme dificultad. Esta vez el resultado fue más desparejo, con momentos en los que los músicos parecieron algo indecisos o hicieron pifias bastante evidentes, y donde la conducción del director pareció más arbitraria en ciertos acentos y fraseos. Dejo de lado sus deplorables comentarios, que empeoran en cada temporada, y a mí (como espero que a muchos otros) me (nos) aliena(n).

 

PH:Prensa Teatro Colón

            Fue un refrescante baño de sobriedad y buen estilo (sin comentarios) el muy logrado concierto dirigido por el chileno Maximiano Valdés y con una pareja de artistas nobles como lo son Pinchas Zukerman y Amanda Forsyth en el Doble Concierto de Brahms; y en la Segunda Parte, la mejor sinfonía de Mendelssohn, la Tercera, “Escocesa”. Hay muy pocos doble conciertos como el que hizo Brahms para violín y violoncelo, que se combinan y desafían entre sí pero también con la orquesta en un duelo de gran belleza y garra. Una fascinante mezcla de ciencia e inspiración. Estuvo interpretada con la seriedad y sutileza que la partitura exige, aunque algo más de brío en Zukerman hubiera sido bienvenido.

            La “Escocesa” tuvo una magnífica versión, con toda la densidad orquestal requerida pero también con la liviandad que pide el scherzo y el sentido descriptivo ligado  a la forma orgánica perfecta que requiere la obra cumbre del compositor, para mí la mejor sinfonía alemana del período que media entre Beethoven y Brahms. La Filarmónica se lució y el director me pareció de primer orden, al extremo de compararlo con Peter Maag. Sería muy útil traerlo en 2018 y para más de una ocasión.

            3) La Orquesta Académica del Instituto Superior de Arte del Colón suele dar conciertos atrayentes en ciertos jueves a las 17 horas y es reconfortante que en años recientes, con maestros bien elegidos y un manejo inteligente del Instituto por parte de Claudio Alsuyet, haya mostrado que está pasando por una etapa muy positiva; es claramente un semillero de artistas que pueden tener carrera larga. Ligado desde su fundación a la Académica, Guillermo Scarabino siempre ha dado su colaboración como director (y además fue él también director del Instituto). Pocas veces un programa de la Académica haya sido a la vez tan instructivo y disfrutable como el dedicado a Benjamin Britten por Scarabino, que además presentó las obras con la amenidad informativa exacta, y sin payasadas (ya se sabe a quién me refiero). Me resultó delicioso y divertido escuchar las “Matinées Musicales” Op.24 y las “Soirées musicales” Op. 9, ambas suites sobre piezas de Rossini que forman parte de sus “Pecados de vejez” y son generalmente para piano. Qué fino humorismo en ambos creadores y qué talento para orquestar por parte de Britten. Luego, la compleja y severa “Passacaglia” de “Peter Grimes”. Por último, esa estupenda “Guía orquestal para jóvenes” (“Variaciones y fuga sobre un tema de Purcell”). Poder hacer frente con tanta seguridad y estilo a todo esto habla a las claras del talento de estos jóvenes pero también de la seguridad de mano y la excelente técnica de Scarabino, que ya demostró su afinidad con Britten en esa notable versión hace unos años del “War Requiem”.

 


 

TEATRO COLISEO.

            Las orquestas del Colón a veces tienen semanas libres en el Teatro y entonces las mandan a otros lugares para dar conciertos. Uno de esos tuvo lugar en el Coliseo el 19/9 con la Filarmónica de Buenos Aires dirigida por Diemecke. Tuvo una buena Primera Parte y una mala Segunda. Tras unas palabras del Director pidiendo un minuto de silencio por las víctimas del terremoto mexicano, debutó el pianista siberiano Dmitry Masleev, Medalla de Oro del Concurso Internacional Tchaikovsky de 2015, tocando el difícil y atrayente Segundo Concierto de Saint-Saëns, que era un brillante pianista. Obra favorita de Rubinstein, sólo pueden tocarla virtuosos y Masleev claramente lo es; perfectas octavas, vertiginosas articulaciones, pasajes saltarines, desfilaron sin mácula, a tempi bastante rápidos. En cambio, los fragmentos más meditativos no revelaron su secreto bajo sus manos, y quedó la impresión de que al artista le importa más el despliegue que la interpretación. No quita que el impacto físico de su ejecución fue indudable. Fue pasablemente acompañado por la Orquesta. Fuera de programa tocó Masleev la tremenda Polacca de Tchaikovsky, Nº 7 de 18 piezas Op.72 de 1893, el año de su muerte. Hasta Masleev tuvo algún pequeño tropiezo en esta exagerada acumulación de dificultades trascendentales, pero tomada como música exhibicionista tiene lo suyo.

 

 

            Lamentablemente Diemecke y la Orquesta dieron una versión violenta, desagradable, mal equilibrada de la Séptima Sinfonía de Beethoven, una de las más ingratas que se hayan escuchado en Buenos Aires de esta partitura tan trillada. Y para peor, a Diemecke se le ocurrió agregar dos tangos de Gardel en muy inflados arreglos  de “Por una cabeza” y “El día que me quieras”, pésima idea después de Beethoven.

 


 

USINA DEL ARTE.

    Para terminar, un debut poco feliz de la Milwaukee Youth Symphony Orchestra dirigida por Margery Deutsch. La orquesta es de aceptable nivel (y más bien grande, 81 ejecutantes) pero con una excepción tocaron música  rítmica y brillante, además de muy conocida: “Obertura festiva” de Shostakovich, el arreglo de Robert Russell Bennett de música de “Porgy and Bess” de Gershwin (“Un retrato sinfónico”), el arreglo de Jack Mason de “West Side Story” de Bernstein y el “Capricho Español” de Rimsky-Korsakov. Como contraste, un movimiento suelto (actitud poco seria), el Tercero, del Concierto para violín de Brahms con un correcto solista adolescente, Julian Rhee. Fuera de programa, un arreglo ruidoso de una pieza sutil, “Oblivion” de Piazzolla, y algo de Estados Unidos muy Broadway que no ubiqué. Versiones eficientes pero con exceso de decibeles y sin matices, aportaron poco y no evidenciaron en Deutsch una ambición cultural  refinada. Pululan las orquestas de este tipo en Estados Unidos y tienen su sentido dentro de su región, pero no en una gira internacional.

 

Pablo Bardin




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