El regreso de Weill y Brecht al Colón: Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny.



 

 

En una importante y vistosa puesta en escena pudo volver a verse esta particular ópera del Siglo XX. Siendo por su contenido y formato, discutido aun entre los autores, una obra controversial, supo generar desde que se estrenó en Alemania distintos escándalos. Con las revisiones que sufrió, y sobre todo luego del paso del tiempo, la obra siempre ha tenido buena acogida en Buenos Aires, incluida esta tercera producción del Colón, que fue bien recibida por público y crítica.

 

Por Pablo A. Lucioni
PH. Arnaldo Colombaroli.

Función con el Primer Elenco (Gran Abono, 22/08/2017).

 

En el programa de mano de esta producción aparece una nota firmada por el director de escena, donde se explica que no se usa narrador, sino que se proyectan los textos originales traducidos, de la forma planteada en la obra. ¿Por qué especificar algo tan sutil, siendo que en una puesta en escena actual, como esta, se toma partido libremente por cantidad de tantas otras cosas sin consignarlas? Pero esto puede llevar a la reflexión. Bertolt Brecht marcó hitos estéticos y conceptuales en la historia del teatro, es un autor de referencia para estudio, pero es un “clásico” hoy poco representado en el mundo. ¿Serán por eso necesarias ciertas aclaraciones? Porque efectivamente pudiera ser que varios recursos, como el de los carteles, y otros planteados en el así llamado teatro épico o dialéctico que él delineó, habiendo sido alguna vez vanguardia, hoy terminen siendo per se, un anacronismo, estético y comunicativo. La segmentación en escenas discontinuas, que le dan ese tono facetado, pero tedioso a partir de cierto punto a obras como Mahagonny… son todos instrumentos que aún en el teatro no musical, jamás nadie pudo comprobar si eran efectivos en los términos pretendidos por Brecht de comunicación política, y que pasado casi un siglo, no han dejado de ser arbitrariedades, que ahora caen en audiencias donde el mensaje marxista que pretendían amplificar, no llega siquiera a identificarse como tal.

La puesta de Marcelo Lombardero, en buena medida se puede decir que es fiel al espíritu original de la concepción brechtiana. Muchas de las decisiones estéticas y de montaje, dentro del modelo de escenas autosuficientes, son funcionales, e inclusive inapelables. Es que de eso se trata el formato. Curiosamente, el mismo público de Gran Abono que en ocasiones anteriores, a veces muy exageradamente, y siempre de manera parcial, recibió sus trabajos con abucheos, esta vez no mostró ningún desagrado. Es verdad que en platea, por ejemplo, no eran pocos los asientos vacíos. ¿Serían los del público más conservador?... Sea como fuere, es indudable que muchos de los recursos que el régisseur acostumbra utilizar, en esta obra no sólo no desentonan, sino que se integran con una naturalidad total.

La realización escénica, firmada por Diego Siliano, colaborador regular de Lombardero, además de escenografías para el bar Mandelay o el juicio, utiliza una gran pantalla del ancho total del escenario, de sólo algunos metros de altura, que se iza o desciende en formato telón. Esto sería la reformulación tecnológica de la cortina blanca definida por Brecht en el libreto. En ella se ven imágenes con iluminación propia, mucho más brillantes que una proyección distante teatral. Además de los carteles, en varias ocasiones se constituyen con ella escenografías “fílmicas” como la ruta o la esquina en la calle, que son hiperrealistas, y por un buen trabajo de armado fotográfico de la escena, vistas a distancia, hasta parecen tener volumen. En varios momentos también se juega con muestra de video en vivo sobre esa pantalla, inclusive en algún momento con edición on-line sobre pantalla azul, en una especie de publicidad de una playa paradisíaca. Esa escena y el juicio se transmiten con cámaras en piso como si fuera un estudio de televisión. Y se supone que esa impronta, la del reality o el programa televisivo, según explica el mismo Lombardero en el video promocional, tendrían mucho que ver con la puesta.

La producción ya había sido vista el año pasado en el Teatro Municipal de Santiago de Chile, con varios de los mismos artistas. La coproducción, aparte del Colón incluye al Teatro Mayor de Bogotá.

El apartado musical tuvo algunas notables colaboraciones, en particular la de Nikolai Schukoff como Jim Mahoney, quien fue vibrante, con caudal y un despliegue vocal notable. Además en escena, y para el papel, era perfecto. La Jenny de Nicola BellerCarbone también fue muy buena a nivel escénico para el personaje, y vocalmente rindió, especialmente hacia el final. El trío fundador de Iris Vermillion, Pedro Espinoza y Hernán Iturralde trabajó bien, destacándose en distintos momentos Iturralde, por su histrionismo, tanto en escena como en la pantalla. El bajo  Iván García, a quien habíamos visto en su excelente Séneca de este año, fue un buen Joe, mostrando su maleabilidad en dos repertorios tan diferentes. Luciano Garay y Pablo Pollitzer, estuvieron bien.

David Syrus, el mismo director británico que la preparó musicalmente en 2016 para el Municipal de Santiago, en un video promocional del Colón aparece diciendo que esta no es una pieza difícil, por cómo está estructurada su música en secciones cerradas, etc. Tal vez algo de este entendimiento haya tenido que ver con que más de una sección sonara carente de pulso.  Y además, no siendo “difícil”, la participación que tienen los bronces, y en varios momentos como primeras voces que exponen temas, y en juego armónico entre ellos, es algo bastante expuesto. En este particular hubo distintos tropiezos, de mayor o menor envergadura en la Orquesta Estable, y siendo que son algo tan relevante en la partitura escrita por Weill, se supondría que parte de concertar bien esta ópera, sería lograr que los bronces suenen con las mínimas falencias. Varias voces se escucharon poco, aunque eso no sería particularmente atribuible a la preparación musical. Sin por todo esto haber sido mala, cuando menos fue una versión musical nada apasionante.

Como se menciona, esta producción conmemoraría el treinta aniversario del estreno en el Colón de la ópera, en una aun recordada versión de Jaime Kogan. Pero mucho ha cambiado desde ese momento; tal vez este mundo posmoderno en el que nos toca vivir no sea un lugar en el que Brecht comunique lo mismo. De hecho, seguramente ni él ni Weill se sentirían muy a gusto en esta época en que la simbólica Mahagonny puede ser reconocible en distintos ejemplos reales, los cuales, a pesar de lo que ideológicamente creían los autores, mucho menos que antes parecen estar condenados a una caída inexorable…

 

© Pablo A. Lucioni

 




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