Cecilia Bartoli, un viaje por 400 años de música



El lunes 19 fue una gran tarde para los melómanos y afortunados que pudieron conseguir una localidad en el coliseo de la capital española porque la mezzosoprano italiana (Roma, 1966) es siempre un indecible acontecimiento y no se prodiga todo lo que nos gustaría por España. Nada en ópera, pero nos quedan sus recitales, totémicos y apabullantes.


El color de su voz, los extraordinarios recursos técnicos y expresivos, su agilidad vocal, le permiten afrontar papeles de gran dificultad con dominio de la coloratura. Es también una intérprete inquieta, cuya curiosidad la ha llevado a recuperar partituras escondidas o relegadas al olvido y a afrontar proyectos artísticos, tan arriesgados como exitosos, fruto de su fina intuición. 

Había una gran expectación en el Real y en el Madrid musical, donde la cantante llegó acompañada de su madre y un perrito. Dentro, ni un hueco y dos filas extra repletas colocadas en el lugar habitual del foso de la orquesta.

El repertorio escogido permitió que esta vez, no hubiera una diferencia dramática entre la llamada "música popular" y la "culta", si acaso en los tiempos en que fue ritmado el concierto, la segunda parte más cercana, "para todos los públicos", la primera más volcada a la revisitación de compositores del Barroco o belcantistas consagrados.

Bartoli conoce muy bien las posibilidades y características de su voz, que no es infinita, pero sí moldeada, educada y preparada hasta la extenuación para conseguir el juego de los tempi y las dinámicas, los vaivenes entre los forte y los pianissimo, la fluidez sonora, el increíble legato. Llena el espacio con sus agilidades acrobáticas, de trapecista siempre en busca del triple salto mortal, sin redes, con fioriture incontables, resaltando su timbre oscuro, los momentos de bravura imbuidos en los instantes nostálgicos y melancólicos, como cuando revive las canciones del sur italiano, las que cuentan las tristezas y el vacío de los inmigrantes y los terroni.

Notable su dicción italiana y el sabor y el talento, inigualables y los gestos, que le impone a la literatura dialectal, a veces profunda y marcada de sus composiciones, la ligereza, los ornamentos, la entonación y ese vibrato stretto. Nada le falta y para completar, seductora y ambigua, una primera sección antes de la pausa, vestida al borde de la androginia, con botas, chaleco, mangas nada discretas y chorrera fulgurante, en un rojo total. Una coleta le cierra el paso a una cabellera castaña desbordante. La segunda parte, un vestido más de "señora", de diva al uso, con joyas refulgentes, de verdad y esta vez el pelo suelo y hasta una pandereta para amenizar más la función, y resaltar el ritmo, por si hiciera falta. Y su arranque por sevillanas, jaleándose a sí misma, infatigable.

Un pianista disponible, volcado hacia ella todo el tiempo, salvo las intervenciones solitarias mientras ella, la única, la dotada, regresaba en escena. Sergio Ciomei, músico genovés está muy por encima de lo que sería su rol de acompañante y colabora con la mezzosoprano para que ella encuentra el sonido justo que le permita, proyectar su voz para una sala relativamente grande, con más de mil asientos, sin dañarla, sin menguar la prestación vocal. La teatralidad es de los dos. Cuando se hacen guiños de complicidad, se estrechan las manos, se abrazan, se regocijan juntos del conjunto conseguido, impecable. Temperamento y sangre.

Lo mejor de esta mujer no es solo la voz, además, es la pasión, la sinceridad, el arrebato con el que canta, se mueve, se recompone el cuerpo, se mesa el cabello, patea el escenario cuando cree que la fuerza interna y exterior que emplea a borbotones no le es suficiente para comunicarse con el público, comentar con él, contestar las interpelaciones, los piropos, las peticiones. Porque la Bartoli es el deseo hecho mujer y vuelto del revés de una cantante. Lo que se fantasea y lo que sueña y se consigue, sin más, pero con todo lo que hace falta, en una tarde florida cuando despunta la primavera en Madrid. Ese lugar que Bartoli inunda al final, entre aplausos inagotables y vítores con cinco "encore" como cinco soles: la Canzonetta spagnuola, de Rossini, un aria de Carmen, de Bizet, O sole mio, precisamente, para saludar el día esplendoroso de la capital, según comentó al público, en uno de los numerosos diálogos que entabló con él y Non più mesta, de La Cenerentola, también de Rossini. Va a dar, Cecilia, una gira por España y habrá dejado ese regusto que queda en las entrañas cuando pasa un acontecimiento, uno de verdad, como un cometa, no se sabe cuándo. Es difícil quedarse recordando un pasaje que nos haya conmovido más que otro, pero las canciones napolitanas, con ese sabor y ese descaro de la gente del pueblo que no tiene nada que perder en el Mezzogiorno porque ya no le queda nada, aunque cante entre risas y entre ademane , al borde de una aparente comicidad, son dramáticas y sobrecogedoras, como sus canciones de cuna, el Mio Bambino caro, tan amado de la Callas o el despreocupado Nel blu dipinto  di blu, un must que acompañó a muchísimas generaciones. La Bartoli es Italia, una enorme porción de ese país inigualable, fundacional, de cada uno de nosotros y de todos. Acogedor, seminal, cálido y extrovertido. Como una manzana fresca, dulce y solar, interminable. Un loba eterna intensa que amamanta. Cálido, oceánico y moreno, besador, parafraseando a Neruda. "Como un regalo", cantaba Gino Paoli.


Alicia Perris

 
 


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