Tres veces Penderecki y el cellista Gautier Capuçon, del otro lado del espejo



PH: JULIO SERRANO RUANO

Esta no va a ser una crónica al uso, respetuosa con las costumbres de la corte y los medios especializados. He debido comprarme la entrada sin acreditación ninguna, con lo cual, me propongo desplegar y utilizar toda la libertad que me da escribir esta vez por el más puro placer y sin condicionamientos externos. Así que, ahí va…

 

Preciosa y muy conocida la obertura de «La bella Melusina» de Mendelssohn y su «Cuarta sinfonía» y un descubrimiento para casi todos el «Triple concierto» de Penderecki. Y no únicamente por los tres solistas, sino porque los tres tocan el violonchelo. Una deliciosa y bella aportación francesa, Gautier Capuçon; un talento germano, Daniel Müller-Schott y un más nuevo concertista español, Adolfo Gutiérrez Arenas, que casó a la perfección con la flexibilidad y riqueza instrumental y técnica de sus dos compañeros de batalla.

El desafío, que lo es, la obra de Penderecki bajo las instrucciones del propio Penderecki, fenómeno atípico entre los compositores contemporáneos por la prolijidad de su catálogo y por su grado de penetración en las grandes temporadas sinfónicas. El maestro polaco, todo contención y sobriedad cuando dirige, sin que esto merme su expresividad y su capacidad de comunicar con la orquesta, escribe en un modo reconocible y agradable que son clásicos sin perder sin embargo el hálito contemporáneo en un creador que ha vivido (es un ferviente defensor del reconocimiento y conmemoraciones del Holocausto que el pueblo judío y otras minorías sufrieron en la II Guerra Mundial) y compuesto mucho.

Comentan los expertos que “El triple mortal para tres chelos lo escribió en 2000 como una regresión al Barroco, un «concerto grosso» de texturas contemporáneas que vinculó a Penderecki con su erudición del patrimonio sin renunciar a su estética más genuina.”

No creo que haga falta recordar por qué se disfruta muchísimo el lirismo romántico de Félix Mendelssohn, con sus evanescencias centroeuropeas, entre la tradición propiamente húngara y folklórica y el perfume de la vitalidad klezmer. La Sinfonía número 4 en su primer movimiento resonó como una demostración de fuerza, de luz, de territorio y geografía cálidos, solares. Y así hasta el final. El maestro había hecho un viaje a Italia en 1830 y en la partitura, de 1833, se trasfunde todo el colorido y la creatividad incansable del país de Dante. Ese territorio infinito de pintores, paisajes, músicos, intérpretes, una gastronomía demoledora y una historia desde la más lejana antigüedad, todo ese patrimonio se perfila y enmarca la Sinfonía número 4, op.90, de Mendelssohn, conocida como la Italiana.

El concierto transcurrió con placidez, no hubo como ocurre a menudo en el Auditorio, excesos de toses ni el sonido de un móvil imprevisto y desconsiderado irrumpiendo en la sala.Ni maestros reprendiendo la insensatez de los espectadores.  Si acaso algún desprevenido que arrancó a aplaudir, de puro entusiasmo, después del primer movimiento de la sinfonía. El maestro, muy educado y salvando la situación, se inclinó brevemente como si saludara y siguió dirigiendo.

Por momentos abundan gestos duros, poco placenteros en algunos músicos en las funciones de la Orquesta Nacional de España, donde circula, como inconscientemente, un cierto academicismo y mecanización que pueden llegar a convertirse en ejecuciones o interpretaciones musicales de funcionarios. En la velada del maestro Penderecki y con los tres solistas de elección, sobrevolaba un aire de complicidad, de alegría, de compenetración, que ocultaba cualquier ceño fruncido que pudiera intentar abrirse paso en el sector de las cuerdas. Grande y excelente el concertino, y atentos y lúdicos los dos contrabajos, los metales, la percusión y el resto de la orquesta. Elegantes ellas con sus trajes largos negros, uniforme de gala para Krysztof Penderecki y Capuçon, más “casual”, los otros violonchelos.

Hubo sonrisas entre los miembros de la orquesta y con  los solistas durante el concierto y la sorpresa de la acogida de un público encantado, aplausos y bravos para todos, y el reconocimiento evidente de la grandeza de un compositor cuya dedicación y exigencia siguen intactos a pesar de la edad. Y a este tema –el de la edad digo- no debería recurrirse con tanta ligereza y frivolidad en las críticas y en los comentarios de pasillo: siempre ha habido músicos brillantes que lo han sido hasta el último día y la postrera hora frente al público, y jóvenes ineficaces para la eternidad, desde el minuto uno y aunque hubieran vivido como Prêtre o Penderecki, muchos años. Y el trío solista de chelos, un verdadero lujo yun soplo de aire fresco.

Pero Gautier Capuçon es un caso aparte. Además de que recibe con una sonrisa y afecto a todo aquel que acierte ir a saludarlo al camerino, yo acompañé a alguien alguna vez a hacerlo en un concierto anterior, no se queda en ese espacio protegido, sino que recorre como un niño a toda velocidad los pasillos del Auditorio. Va, viene, da brincos, se detiene, habla con los que se acercan a mirar los cds que todos los intérpretes firmarán a la salida y es tal la cascada de buenas vibraciones que desprende, que lo podríamos comenzar a utilizar, definitivamente, como un poderoso talismán, una potente cura antidepresiva contra el acartonamiento marmóreo y la rigidez que por momentos, invade este tipo de espectáculos y esta clase de salas de concierto. Gozar de una velada musical debería ser fuente de energía y de expansión, no de contracciones, contracturas, contradicciones y demás encorsetamientos al uso.

Y así el recién inventado por mí “efecto Capuçon” , sigue acompañando al joven maestro francés, que continúa sonriendo a ratos desde que empezó a tocar, hablando en inglés, me acerco, me interpela, hasta que le digo, “Pas en anglais, Gautier, je parle français, j´en suis prof”. Se reprograma en un segundo, se me acerca y nos hacen una foto. Esto también puede ser una forma de estar en un concierto y por extensión, de estar en el mundo. Para algunos músicos, para algunos oyentes, tremendamente agradecidos, hasta el final, la felicidad puede ser, en ocasiones mágicas, una realidad posible.

 

Alicia Perris

 


ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. KRZYSZTOF PENDERECKI DIRECTOR. GAUTIER CAPUÇON VIOLONCHELO, DANIEL MÜLLER–SCHOTT Y ADOLFO GUITÉRREZ ARENAS, VIOLONCHELOS. Sala Sinfónica. 5 de febrero de 2017.

PROGRAMA

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847) Obertura La Bella Melusina, opus 32.

KRZYSZTOF PENDERECKI (1933) Concierto grosso núm. 1 para tres violonchelos y orquesta.

FELIX MENDELSSOHN, Sinfonía núm.4, opus 90.

 
 


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