Un viaje inolvidable a la Francia de Luis XIV



 

Yago Mahúgo, uno de los mejores clavecinistas del panorama musical actual presentó un concierto dedicado al clave francés del siglo XVIII, con obras de dos compositores de la época de Luis XIV, Louis N. Clérambault y Louis Marchand en el Real Coliseo Carlos III De el Escorial.

 

Introducción, historia de la sala

Vale la pena detenerse un instante en la presentación del lugar, muy peculiar, del concierto. Una joya de época esta sala, que debería utilizarse más y sobre todo recibir más público, teniendo en cuenta también, que la ciudad posee un Centro Integrado de formación musical y que sus alumnos deberían beber de las fuentes directas de las grandes partituras in situ. Poco a poco, todo se andará.

Situado en el municipio de San Lorenzo de El Escorial (provincia de Madrid, España), fue construido en el siglo XVIII y es el único que mantiene el aspecto original del teatro de ese siglo, es por esa razón es uno de los más antiguos teatros cubiertos conservados en España.

Hasta que llegaron los Borbones la actividad teatral se había desarrollado en España en locales improvisados, en entarimados en las plazas o en patios de casas particulares. La corte borbónica, con una larga trayectoria desde sus comienzos en la Francia primigenia, era muy aficionada a este entretenimiento, por lo que se decidió a dotar a los Reales Sitios de locales destinados a teatros permanentes aptos para recibir a las compañías de comediantes italianas y francesas.

Cuando era rey el monarca Carlos III de España, entre los años 1770 y 1778, el arquitecto francés Jaime Marquet lleva a cabo tres de los teatros de la Corte, los de los Reales Sitios de Aranjuez, El Pardo y San Lorenzo de El Escorial. Se trata de un modelo estandarizado, que parte de la concepción clásica utilizada por el teatro italiano, a su vez, inspirado en modelos fundacionales de Vitrubio, basados en la teoría del contenedor y de la curva óptica. El arquitecto Marquet supera el concepto de teatro como decoración, para convertirlo en un hecho arquitectónico con toda la complejidad estructural propia del ejercicio escénico. La construcción comienza en 1771 y duró solo un año.

Resultó un edificio con planta rectangular y eje axial con la sala como elemento estructurante del conjunto teatral. Tiene forma de «U» y ella abre el amplio cuerpo del escenario, de planta rectangular, donde se conservan los peines originales del siglo XVIII. Posee dos niveles de palcos sobre los existentes en la planta baja y entre estos últimos y la plataforma de la planta, hay además un nivel intermedio de asientos corridos, los llamados “balconcillos”, desde donde esta cronista siguió lujosamente el concierto. A la sala se accede desde un vestíbulo que ocupa todo la fachada principal, con dos escaleras de subida a los cuerpos superiores.

Desde fuera, el edificio presenta un aspecto compacto, con cubiertas a tres aguas, elevándose sobre el conjunto el cuerpo destinado a albergar la armadura del peine del escenario. A lo largo de su existencia, sufrió varios episodios poco favorables, a partir de los cuales es restaurado y rehabilitado en 1975. De esta manera se salvó del derribo, teniendo lugar su inauguración en 1979.

Este trabajo de recuperación, realizado en su interior con un criterio muy respetuoso con la historia del edificio, se complementa con ámbitos introducidos «ex novo», tales como el foso para la orquesta, vestuarios, camerinos y otras instalaciones relacionadas con las funciones teatrales y un ambigú-cafetería.

En la fachada principal los huecos centrales de la planta baja se cubren con un atrio porticado clasicista sostenido por tres pares de columnas sobre plintos, que se remata con balaustrada metálica. Este pórtico fue dibujado en su día y realizado bajo la dirección del arquitecto Fernando Chueca Goitia.

 

 

El concierto

Se puede leer en el un poco exiguo programa de mano (global para todo el ciclo donde se encuadra esta velada), que Yago Mahúgo, es uno de los mejores clavecinistas del panorama musical actual y presenta un concierto dedicado al clave francés del siglo XVIII, con obras de dos compositores de la época de Luis XIV, Louis N. Clérambault y Louis Marchand, que escribieron para el clave varias suites de danzas típicas de la época barroca (alemanas, courantes, zarabandas, gigas, minuetos, etc.) y que muestran el inicio de uno de los periodos de mayor esplendor de la música francesa.

Cuando pensamos en el siglo de Luis XIV, teniendo en cuenta que el Rey Sol murió a comienzos del siglo XVIII y gobernó largamente, pensamos más bien en compositores conocidos y muy frecuentados como Lully o Rameau de la corte de Versalles, pero este ramillete de obras, que emparentan en el inconsciente auditivo del oyente con la creación de Bach por su estructura y composición cartesiana (del filósofo del siglo anterior), estas “suites” o series con varios números habituales, nos envuelve como una coraza sonora con la que empastan, aquí y allí, algunos pasajes de cierto lirismo pre-pianístico.

Complicado repertorio, denso y exhaustivo, que Yago Mahúgo ejecutó sin tomarse ni un respiro, hasta que concluyó el programa anunciado e hilvanó “para acabar”, según expresó, la Badine, anunciada dentro de las composiciones programadas.

Precioso instrumento lacado en rojo y negro, orientalizante y exquisito el clave de la noche, con elocuentes compartimentos secretos para guardar las partituras y la llave de afinación de origen incierto, aunque reconocible en varios conciertos de diversas salas, porque, efectivamente, se trata de un instrumento “viajero”, que no es propiedad ni del Carlos III ni del clavecinista y que se traslada por las ciudades donde se requiere su -algo limitada - presencia.

Buen ejercicio de dedos e interpretación hizo el músico durante más de una hora, recreando esos universos un tanto artificiales (el adjetivo es de Baudelaire, no mío) de la corte de Versalles, modelo y paradigma único a la vez del absolutismo político centralista en Europa y de una concepción artística que fue largamente imitada y reproducida.

Parece haber habido algunos problemas en la afinación oscilante del instrumento, pero muchos aplausos por parte de un público atento, silencioso y entregado al disfrute de una fruta rara en el otoño de la ciudad de El Escorial. Aquí y ahora la otoñada hace comenzar a desmayar las hojas de los árboles, de todos los ocres y naranjas posibles, mientras el Monasterio se yergue como un coloso severo y ciclópeo, el que representaba ante los estados del continente, la nada parecida a la francesa, corte española con el empaque, el proyecto político expansionista y riguroso y la etiqueta de los Austrias Mayores.

 

Por Alicia Perris

Desde Madrid para MusicaClasicaBA




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