Excepcional presentación de Ray Chen con la Filarmónica.



Por Pablo A. Lucion

Fotografías: Arnaldo Colombaroli (Teatro Colón)

Teatro Colón, 14/7/2016.

 

 

En un concierto con dos obras de gran envergadura en programa, la primera partemarcó el regreso de Ray Chen como solista a la temporada de la O.F.B.A. Su trabajo con el Concierto para Violín de Sibelius fue sencillamente extraordinario, de una calidad técnica impecable, pero por sobre todo con una dimensión interpretativa fuera de serie.

 

 

No caben dudas de que el Concierto para Violín Op.47 de Jean Sibelius es una de las obras más complejas y desafiantes de todo el repertorio para este instrumento. Sus cadencias, los requerimientos técnicos para el intérprete, la agotadora actividad que el solista tiene que llevar adelante durante sus tres movimientos, lo convierten en una obra descomunal. Tanto es así, que enfrentarse a una versión en vivo siempre tiene una importante dosis de incertidumbre para ver cuán bien puede campear el violinista estas dificultades que, en conjunto, parecerían rozar lo sobrehumano. Ray Chen no sólo mostró que puede salir airoso de este desafío sino que estuvo varios pasos más allá, elaborando una versión sumamente expresiva, rica, vívida, y, por si esto fuera poco, inmaculada en lo técnico.

 

Chen es de origen taiwanés pero formado en Australia. Aprendió violín a partir del Método Susuki, y ya desde pequeño perfilaba como un prodigio. Hoy es uno de los violinistas jóvenes más relevantes a nivel mundial y lo que mostró este jueves da testimonio de una maduración interpretativa que lo convierte en uno de los más extraordinarios violinistas actuales, seguramente llamado a dejar su huella en la historia si es que mantiene este nivel. Ya desde los primeros compases del Sibelius se pudo tomar contacto con su extraordinario sonido, lleno, parejo, puro, que no pierde nunca claridad ni fluidez comunicativa, dando así un espacio extraordinario para que la música manifieste lo que tiene para decir. Esto es más destacable aún por lograrlo con una obra que, por sus exigencias, no da demasiado lugar a tocarla con la holgura suficiente por lo pendientes que los solistas suelen estar de su línea. Su trino, sus pianissimos con definición mantenidos exactos en tono aún en el extremo sobreagudo, su agilidad y precisión en la caída y presión del arco, la digitación de su mano izquierda, todo es de un nivel técnico, una seguridad y una constancia admirables, pero curiosamente estas cosas terminan siendo sólo algunas, no necesariamente las más relevantes, de sus virtudes. Su entendimiento de la obra es acabadísimo, pero no por eso cerebral o sobreanalítico. El pulso comunicativo de su interpretación fue magnético. Los tres movimientos del concierto sonaron con una integridad y sentido del contenido musical amplio de la obra que parecía imposible que la atención de cualquier espectador pudiera decaer mientras tocaba. Por otro lado su registro interpretativo era tan amplio que estaba absolutamente atento al director, a lo que hacía la orquesta, a cómo sonaba el conjunto de la obra, y entonces todo parecía tener en él la dimensión, el carácter y el sentido justos. Fue tan brillante y abrumadora su performance, que uno se queda con la sensación de que es difícil que la obra, nada más y nada menos que el Concierto de Sibelius, pueda ser mejor tocada. Frente a la amplísima aprobación del público hizo dos exquisitos bises con un prístino y nada ostentoso Capriccio de Paganini, y luego una bellísima versión de la Gavota en Rondó Bach.

 

 

La orquesta, que en el Sibelius fue organizada y funcionó como buen soporte del solista, en la segunda parte se enfrentó a la Sinfonía No. 1 de Mahler, en definitiva se encontró con un Titán. Si bien no estaba anunciado así, se trató de la versión de cinco movimientos, con el Blumine que originalmente estaba escrito en segundo lugar, que el autor había decidido eliminar, y que actualmente con sentido revisionista varias orquestas están haciendo. Con bastante participación de la trompeta, y un uso mucho más modesto de los recursos de la gran orquesta que el compositor dispone para poder cerrar con el Stürmisch Bewegt del final, el Blumine tiene su belleza, pero al mismo tiempo queda un poco descontextualizado.

 

La interpretación fue apenas correcta con la sinfonía. Realmente la elaboración de texturas, la aparición de motivos melódicos y generación de climas tan extraordinaria que Mahler desarrolla en cada movimiento sólo se logró parcialmente. Varios de los pasajes de mayor impacto y con las distintas secciones sonando simultáneamente tuvieron un carácter destemplado y con una concertación que difícilmente alcanzaba a darle amplitud y especificidad, entonces el resultado era inacabado, la idea a veces estaba, pero casi nunca su precisa concreción.

 

Es cierto que ambas obras eran complejas, pero terminó siendo muy contrastante la superlativa maravilla musical que se vivió con la primera, y que luego la obra central quedara a perceptible distancia de lo que potencialmente puede comunicar.

 

© Pablo A. Lucioni




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