El regreso triunfal de la diva.



Por Pablo A. Lucioni

Fotografías: Arnaldo Colombaroli (Teatro Colón)

Teatro Colón, 29/6/2016.

 

 

 

Inaugurando el actual “Abono Verde” con presencias estelares, volvió a presentarse en Buenos Aires la gran soprano norteamericana Renée Fleming. Fue una noche emotiva, especialmente por la predisposición del público, y su recital fue disfrutable y con mucho brillo vocal, acompañada espléndidamente al piano por Gerald Martin Moore.

 

Ya ovacionada desde su salida al escenario, después de romper el hielo con el “Porgi amor…” de Las Bodas, la trascendente soprano norteamericana tomó un micrófono, algo nada común cuando los cantantes líricos desean dirigirse a la audiencia, y se ocupó de recordar que hacía veinticinco años había cantado La Condesa en su debut en el Colón. Al preguntar si alguien había estado ahí en ese momento, recibió confirmaciones del público, hizo una broma con lo bien que estaban todos después de tanto tiempo, y definió esa primera pieza como un homenaje.

El recital tuvo en general un carácter bastante festivo. El público, particularmente dispuesto, aplaudió siempre, aun en los bloques de piezas de un mismo autor, donde tradicionalmente no se hace. Fleming es sin duda una cantante carismática, y siempre lo ha sido ante audiencias en los Estados Unidos, pero definitivamente “La Fleming” también tiene muchos adeptos en audiencias latinas. El programa fue bastante surtido, con obras que iban desde Händel a Rachmaninoff, pasando por otros varios.

En las dos arias de Händel con que siguió el concierto se fue perfilando lo que iba a ser la tónica de toda la noche: su canto puro, bello y elegante, resuelto técnicamente con excelencia, pero donde la demanda de bravura, como en algunos pasajes de estas heroínas, en general no era más que una insinuación.

Siempre muy bien cantado todo, tuvo algo más de peso dramático en sus dos Massenets, y en francés tal vez dio lo más intenso interpretativamente con el “Soirée en mer” de Saint-Saëns.

Después del intervalo hizo una serie de canciones de Rachmaninoff con una realmente buena versión de la nostálgica “Ne poy, Krasavitsa, pri mne…”.

Luego con canciones y arias italianas estuvo algo más asentada inclusive interpretativamente, y cuando hizo “L’altra notte in fondo al mare…” del Mefistofele de Arrigo Boito, el público estalló en lo que probablemente haya sido la más amplia ovación de la noche. Su versión fue muy lograda en el canto, con bella resolución de las partes de mayor agilidad y adornos, pero realmente costaba encontrar el espíritu spinto que tiene esta aria, que supo sonar con intensidad y garra muy distintas en sopranos de la gran tradición italiana.

La última sección del programa vino encabezada por una especie de pedido de perdón previo, siempre micrófono de por medio, por su falta de idoneidad para el español, e hizo dos versiones bastante buenas de “Estrellita” de Manuel María Ponce y “La morena de mi copla” de Carlos Castellano Gómez.

Más allá de su aclaración respecto del español, que podría ser objetado en dicción por un purista, como la mayoría de las lenguas no nativas en las que canta, las cuales en general no es que tenga una pronunciación incorrecta o con vicios, sino que el objeto, el centro de gravedad de su interpretación, no está en lo que comunica el lenguaje. Musicalmente es muy acabado lo que ofrece, de una elaboración y artesanía exquisitas en la mayoría de los casos. Es una cantante que tiene muy bien resueltos todos los aspectos técnicos relacionados con la emisión, su voz suena pareja, esmaltada, con un trino muy seguro y eficaz, pero a pesar de todo esto, o un poco tal vez a consecuencia, no es gran decidora; su bello canto transmite sólo una parte de lo que cada aria o canción podrían comunicar por su contenido narrativo. Por supuesto que aún sin eso no deja de ser una gran cantante, y termina siendo casi un posicionamiento filosófico si correspondería esperar más en lo comunicativo o no.

La noche la cerró con tres bises, incluyendo en primer lugar la que en diálogo con la audiencia definió como su aria preferida: la “Canción de la luna” de la ópera Rusalka de Dvorak, que se ha vuelto emblemática en sus recitales, y que ya había cantado en su visita anterior también. Y realmente parece siempre muy consustanciada con esta composición en checo, que nuevamente le valió una justa ovación del público.

 

 

Aún con algunas declaraciones suyas previas por las cuales dejaría de cantar ópera en los próximos años, sin duda en esta visita demostró que sigue estando en muy buen estado vocal, y si lo concreta seguramente será para dejar los escenarios todavía en esplendor.

Merece ser destacada la labor del muy buen pianista Gerald Martin Moore, a quien ya hemos visto anteriormente también, y que es un gran acompañante, de sonido muy claro y no obstructivo, siempre al servicio del cantante. Su sentido rítmico y su seguridad fueron siempre una base y colaboración para Fleming.

En definitiva fue un buen concierto, donde ella dio una representativa muestra de lo que es como cantante. Quienes son conmovidos por la elaboración de su canto y sus capacidades vocales fueron más que satisfechos, y el público de esa noche la recompensó calurosamente por lo que brindó.

 

© Pablo A. Lucioni




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