Una orquesta de cámara de sonido excepcional.



Por Pablo A. Lucioni

Fotografías: Enrico Fantoni (Nuova Harmonia)

Teatro Coliseo, 25/6/2016.

 

 

Tras algunos años de ausencia de nuestro país, Gidon Kremer volvió a presentarse en Buenos Aires, en esta ocasión con su “Kremerata Baltika”, la orquesta de cuerdas que creó y dirige. Fue dentro del ciclo de Nuova Harmonia, y se trató de un concierto de muy alto nivel instrumental, y atractivo por lo variado de las obras que ofrecieron.

 

La Kremerata Baltica es una notable orquesta de cámara que ya está por cumplir sus veinte años de vida. Se volvían a presentar en latinoamericana dentro de una gira que cubrió varios países, tras diez años de su última visita. Pocos son miembros de la agrupación original, que ha tenido un importante recambio generacional, ya que justamente la misma orquesta ha servido como plataforma de lanzamiento a varias carreras solistas de sus jóvenes integrantes.

El programa que ofrecieron en esta presentación en el Teatro Coliseo fue variado y atractivo. Empezó con el Concertino para Violín y Cuerdas de Mieczylaw Weinberg, en que Kremer fue el solista. La obra es un interesante acercamiento a este compositor de origen polaco que debió refugiarse en la Unión Soviética, quien tuvo cierta trascendencia, y que como tantos tuvo conflictos con el régimen. La interpretación de Kremer fue buena tanto en las partes más duras, de lenguaje más contemporáneo, como en aquellas líricas y melódicas, y ya se fue poniendo en evidencia la calidad sonora de la orquesta.

Luego hicieron el arreglo de Leonid Desyatnikov para orquesta de cuerdas de las Cuatro Estaciones en Buenos Aires de Piazzolla. Como se sabe Gidon Kremer tiene alta afinidad por la música del emblemático compositor argentino. El arreglo no es aquel que él mismo grabara como las Ocho Estaciones, intercalando las de Vivaldi y Piazzolla, también con la Kremerata. En este son esencialmente las cuatro de Piazzolla (que como se sabe ni siquiera fueron compuestas como un ciclo en su origen), arregladas para orquesta de cuerdas, con citas de números cruzados de Vivaldi (por la no coincidencia de las estaciones en los hemisferios Austral y Boreal). La obra adaptada es valiosa, aunque por supuesto suena extraña la parte de solista del bandoneón llevada a las cuatro cuerdas del violín. Se reproducen muchos de los efectos típicos piazzollianos, la orquesta mostró un pulso rítmico notable, e independientemente de que siempre habrá quien pueda plantear alguna objeción estilística subjetiva, la obra fue vibrante, comunicativa y fluida. Un comentario aparte merece el excelente solo de cello del Segundo Movimiento que hizo la lituana Giedré Dirvanauskaité con fraseo exquisito y depurado, altamente expresiva sin recargar una sola nota.

 

 

Luego, terminando el intervalo, se anunció por altavoces que el siguiente bloque sería hecho de continuo, y pedían que no se aplaudiera hasta el final. Una observación que parecía más que válida, siendo que el público había aplaudido cada uno de los cuatro cuadros de Piazzolla / Desyatnikov por separado. Pero esto fue más bien porque al terminar una buena versión de la Serenata Melancólica op.26 de Tchaikovsky con la orquesta, Kremer se va tocando por el pasillo entre los instrumentistas hacia el interior de la escena. Pero los músicos, que seguían en sus asientos, ni bien él abandona la escena, empiezan con una versión arreglada por Jacques Cohen y Andrei Pushkarev de Cuadros de una Exposición de Mussorgsky. En este caso sumado a las cuerdas, se ven por primera vez, dado que antes se mantenían sentados, dos percusionistas que complementaban la labor de la Kremerata. El arreglo era interesante, y mostró una excelente preparación técnica de los músicos, que sin director al frente sonaban extraordinariamente unidos, con un sentido del pulso rítmico muy claro, un fraseo unido y pastoso, y una capacidad de generación tímbrica y de efectos notable para una orquesta de cuerdas, que tenía sólo pequeñas colaboraciones de la percusión. La mayor parte de los sonidos de la orquestación de Ravel que todos conocemos estaban presentes, aunque con otro enfoque, y verdaderamente no parecía necesaria una orquesta completa para recrear ese contenido musical con sentido, climas y narrativa. La Kremerata y dos percusionistas completaban el espacio sonoro de forma más que convincente. Hacia el final, y con un efecto de luces, que fue dejando sólo algo de iluminación central, oscureciendo a los instrumentistas, Kremer volvió tocando por el mismo pasillo que se había ido, y terminó el programa con la Serenata para violín solo de Valentyn Silvestrov.

Luego vinieron dos buenos bises para redondear una noche de encuentro con un nivel instrumental excelente. Donde hasta podría decirse que el mismo Gidon Kremer, que tuvo una buena performance en general, ni siquiera era lo más llamativo en su función solista. Esta orquesta de sonido aterciopelado y claro, con una envidiable unidad, un sentir rítmico fantástico, capacidad de con dos contrabajos y cuatro cellos generar una densidad sonora notable sin perder refinamiento, siempre con una expresividad sincera y pura, fue una protagonista de excelencia.

 

© Pablo A. Lucioni

 

 

Extra

Leé la entrevista que MCBA le realizó a Gidón Kremer: http://goo.gl/4JM9BN



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