Un drama incompleto.



Por Pablo A. Lucioni

Fotografías: Liliana Morsia (Buenos Aires Lírica)

Teatro Avenida, 3/6/2016.

 

I Capuleti e I Montecchi es una ópera con algunas interesantes páginas musicales, varias de ellas refrito de fragmentos anteriores del mismo Bellini, pero donde todo está armado con una dramaturgia débil y un pulso dramático fluctuante que plantea no pocos desafíos para ser llevada a escena. Buenos Aires Lírica asumió el compromiso de hacer una producción actual de esta ópera y darle a muchos la posibilidad de tomar por primera vez contacto con ella.

 

Si bien gozó de cierta popularidad en su época, ya ante los ojos del romanticismo empezó a ser vista como pasada de moda, y se hizo claro que difícilmente podía hacer frente a una exigencia más alta respecto de lo que un drama en música tenía que ser capaz de transmitir. Siendo una obra compuesta en brevísimo tiempo, y habiendo Bellini echado mano de varios materiales propios preexistentes como era práctica común en su momento, no tuvo ni la maduración propia como obra, ni la integridad que una concepción más estructurada podría haberle aportado. A los ojos de la actualidad es lenta, poco efectiva en crear progresiones dramáticas ciertas, los momentos de conflicto de presentan desordenados o con cierta impronta inverosímil…

El esfuerzo y la apuesta de Buenos Aires Lírica por ofrecer esta ópera que realmente no se ve seguido en los escenarios modernos es un buen gesto, pero se sabía que tenía sus riesgos.

Vocalmente, y sin ser el belcanto más endemoniado técnicamente esta ópera tiene varios desafíos. El papel de Giulietta fue cantado por Rocío Giordano, quien daba bien el physique du rol para la joven enamorada veronesa. Tuvo algunos momentos interesantes, y su voz es atractiva, pero debió luchar con pasajes agudos que la llevaron a algunas notas tirantes y descolocadas. Cecilia Pastawski es una cantante con una técnica muy prolija y una voz clara y fluida. Su carácter indudablemente lírico tuvo algunas dificultades para transmitir el espíritu más exaltado de Romeo, y los momentos de competencia con el tenor fueron más elegantes que sanguíneos, haciendo desear algo más de garra e intensidad, aunque de todas maneras en general su labor fue buena. Santiago Ballerini cantó un preciso y bello Tebaldo, el rival de Romeo para ser esposo de Julieta, y que en este argumento tiene un peso importante. Su voz le quedaba bien al rol y seguramente fue de todo el elenco quien mejor rindió en lo que a canto respecta. Capellio, el padre de Julieta, fue cantado por Walter Schwarz, prolijo y ajustado en general, pero que sólo a medias llegaba a transmitir el carácter determinante y opresivo que tiene para su hija, como líder y referente de poder para los Capuletos. al más puro estilo del Enrico Ashton de Donizetti. El Lorenzo de Sebastián Angulegui fue correcto, y el coro, masculino, preparado por Juan Casasbellas estuvo bien.

 

 

La puesta ideada por Marcelo Perusso estuvo lejos de imprimirle algún sustento más atractivo a la natural morbidez dramática de la obra. Por el contrario, cierta obstinación de su diseño de escenografía de carácter vítreo, dotaba de un grado más alto de frialdad a varios momentos, que en la habitación de Julieta, por ejemplo, además reforzado por luces azules creaba unos ambientes que a nadie lo habrán remontado ni al interior de un palazzo italiano ni a un drama pasional. La elección de que en su tumba Julieta sea cubierta por una caja de cristal es totalmente injustificada, porque ridiculiza que Romeo pida que la destapen para verla, pues ella está totalmente expuesta. Las tres estatuas vivientes que lo acompañaban en ese momento eran más que extrañas, aparentemente sólo para cubrir espacios… Esta obra no usa el mito más universal de Shakespeare, sino algunas fuentes italianas donde aparece el conflicto de Güelfos y Gibelinos, algo muy concreto de finales de la Edad Media, y que se encuentra sobrecargado como un gesto político en la época de Bellini, siendo el conflicto militar general algo bastante más presente que una simple enemistad familiar. En la puesta eran como dos tribus urbanas aparentemente rivales, no mucho más violentas que para darse algunos sillazos. De hecho el único que tiene armas es Tebaldo, pero sólo porque practica esgrima, sino ni siquiera. El diseño de vestuario de Stella Maris Müller diferenciaba las dos facciones con algo de sus colores típicos obedeciendo seguramente a los lineamientos generales de la puesta en época y demás.

La dirección musical le fue encomendada a Jorge Parodi. La orquesta tuvo algunas complicaciones de distinto grado tanto en bronces como en maderas, y la dirección en sí, en más de una ocasión se hizo morosa y poco articulada, no logrando que remontara vuelo aquello que Richard Wagner mismo consideraba el capital de esta ópera: su contenido melódico vocal.

En definitiva, no deja de ser atractiva la oportunidad de tener contacto con I Capuletti e I Montecchi, y ese es el principal mérito de esta producción aun cuando el resultado en sí haya sido desparejo.

 

© Pablo A. Lucioni



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