Una Bohème poco verosímil.



Por Pablo A. Lucioni

Fotografías: Teatro Argentino

Teatro Argentino, primer elenco, función del 8/5/2016.

 

 

El Teatro Argentino de La Plata finalmente llevó a escena la producción de La Bohème que originalmente estaba prevista para fines del año pasado y tuvo que ser suspendida. En líneas generales la versión estuvo bien en lo musical, pero la dirección escénica realmente tuvo muchas cosas objetables. 

 

Independientemente de que el tema de la vida bohemia pueda ser considerado atemporal y universal, en La Bohème ya el libreto, en el mismo inicio, se ocupa de decir que es en torno a 1830 en París, y a partir de ahí las referencias de época son más que claras, y frecuentes. En un video promocional de esta producción que se encuentra en YouTube, el réggiseur Mario Pontiggia se ocupa de insistir que la obra es una comedia. Sin duda esa aseveración es discutible, pero es lo que debe llevar al exiguo enfoque y al tratamiento que tuvo la puesta. Por algunas cosas que se ven, entre el vestuario, la luz eléctrica y el clima distendido, la ambientación podría haber sido de la Belle Époque, no así el vestuario, pero además por alguna obstinada razón en el Segundo Cuadro aparece un clarísimo afiche de la película Desire, un film de 1936. No sólo cuesta encontrar el para qué de esta referencia, sino que es un factor de contradicción tremendo de todo lo que se ve en general, que en la época de entreguerras parece imposible.

 

Los momentos de divertimento de la ópera tuvieron un peso excesivo, al punto de distorsionar aquello que desarrolla esta narración: el dolor que esconde, y el eventual tono trágico que puede tener esta despreocupada marginalidad asociada al arte. En la ópera ya desde la misma entrada de Mimí ella muestra signos de lo que realmente es el fantasma al acecho: su enfermedad. En la puesta, tras un mínimo malestar cuando entra, hasta el final va a mostrar una vitalidad, unos desplazamientos enérgicos, veloces y decididos… es notable pero pareciera que aquello que los personajes, por irresoluble, tratan de omitir, desde la dirección escénica se decidió negarlo: y así todo pierde gran parte de su sentido. Cosas observables como la pintura de Marcello que la muestra como si fuera en vertical, siendo obvio que es apaisada, el Momus mezcla de interno/externo, lo poco escandalizador de que Musetta muestre un tobillo entre cinco cabareteras que tienen todas las piernas expuestas, que Mimí ande con cartera y vestida de calle dentro del edificio, que use guantes en el cuadro final minimizando la necesidad del manguito, lo insólito del armado y lo que pasa con los desplazamientos en la Aduana de Enfer del Tercer Cuadro… multitud de estos detalles hubo, que inclusive terminan siendo menores frente a la oposición directa a que la obra cuente lo que tiene para decir. Como dijo Pontiggia: una comedia.

 

 

Los cantantes estuvieron bien en general. Daniela Tabernig también mostró que puede hacer una buena Mimí, aunque ciertos momentos de intimidad hayan sonado excesivamente expansivos, una cuestión que también pudo haber tenido mucho que ver con la dirección orquestal. Gustavo López Manzitti estuvo bien con su Rodolfo, Ricardo Crampton fue un Marcello creíble y prolijo, la chilena Yaritza Véliz fue una Musetta que tal vez no haya sido arrolladora, como se supone, pero que cumplió bien, Emiliano Bulacios también conformó con su Colline… En definitiva lo vocal, incluido el coro, fue de buen nivel en general.

 

Carlos Vieu llevaba adelante otra dirección musical en el Argentino. En este caso, y aun habiendo estado razonablemente bien la línea general, la orquesta seguía sonando con la misma dimensión del primer acto en la progresión dramática del último, donde todo, al igual que la salud de Mimí, se supone que tuvo un debilitamiento. De hecho la partitura, hasta el desenlace, es menos expansiva, y llama a un clima más íntimo, que no siempre estuvo presente. Es real que a pesar de normalmente ser considerada para voces líricas, la escritura de La Bohème tiene frases y secciones orquestales envolventes que son de bastante envergadura. Por ejemplo Tabernig, que no tiene una voz chica, en más de una ocasión sonaba exigida, aún en algunos de los momentos más íntimos, y esto le pasó no sólo a ella. En ese sentido podría haberse logrado un equilibrio vocal-orquestal más ajustado que seguramente le habría aportado algo más de libertad expresiva a la labor de los cantantes.

 

© Pablo A. Lucioni

 

 




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