Un gran comunicador musical de nuestro tiempo.



Por Pablo A. Lucioni

Fotografías: Liliana Morsia (Mozarteum Argentino) 

Mozarteum Argentino, Teatro Colón, función del 10/5/2016.

 

 

Continuando su temporada, el Mozarteum Argentino trajo al país por primera vez a Antonio Pappano al frente de la Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia. En un brillante concierto dominado por una capacidad narrativa notable y una expresividad musical no frecuente, las obras que ofrecieron cautivaron al público.

 

 

Como recientemente dijera en una entrevista, Pappano en el proceso de convertirse en director de orquesta reconoció que una de sus capacidades relevantes era la de ser un buen comunicador. Y si hay algo que fue impactante del concierto que dio con la histórica agrupación romana fue eso: una veta discursiva y un pulso del decir musical que captaban la atención de forma magnética.

Sir Antonio “Tony” Pappano, sin duda es una de las figuras más gravitantes de la escena musical actual. Ser titular de la Royal Opera House de Londres y además la dirección musical de la Orquesta dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, lo vuelven un referente musical en las dos capitales de sus raíces culturales (su familia es italiana, pero él nació en Inglaterra).

Sin duda la expectativa por verlos en vivo en Buenos Aires era alta, y no sólo parecen haberla cubierto, también superado. Al terminar el concierto, el público del primer ciclo del Mozarteum, que no necesariamente se caracteriza por ser el más efusivo, respondió atronadoramente a una de esas noches en que uno como espectador vuelve a reafirmar sus votos con la música sinfónica y revitaliza su fe en el poder incomparable del espectáculo en vivo. Este primer concierto empezó con la obertura de La forza del festino, que ya fue un testimonio temprano de lo que es capaz esta orquesta. No sin algunas libertades temporales del director, aunque ninguna pareció caprichosa, la partitura de Verdi tuvo todo el peso dramático que demanda, y al mismo tiempo claridad.

 

 

La pieza central tuvo a Beatrice Rana como solista, una italiana de veintidós años que seguramente tendrá amplia trascendencia en el futuro. Tocó una atractiva y plástica versión del Concierto para piano No.1 de Chaikoski, una obra que había grabado con la Santa Cecilia el año pasado para Warner. En vivo mostró buena técnica, sin vicios, una gran integración con la orquesta que ponía en evidencia un trabajo detallado del director, que también es pianista, en la construcción del sonido y en la dinámica del diálogo entre Rana y los instrumentistas.

La segunda parte fue una impactante versión de la Sinfonía No. 5 de Chaikovski. Aquí todo lo que antes había resultado llamativo se volvió arrollador. El poder discursivo de Pappano y su orquesta le daban una integridad atípica a cada uno de los movimientos. Las ideas musicales jamás se mostraban fragmentarias, sino todas parte de una frase larga y comprensiva de punta a punta del movimiento, y que además, con pausas brevísimas entre ellos, se mantenía la referencia inequívoca de la obra completa. No sólo cada compás parecía trabajado en detalle, sino que nada se atomizaba sin sentido de pertenencia al todo.

 

 

Como el mismo Pappano se ocupa de aclarar, ellos mismos cuando van de gira a Berlín o a Viena con una propuesta desafiante como tocar Bruckner, tienen que atravesar la prueba de mostrar si están a la altura. En Santa Cecilia la enorme mayoría de los instrumentistas son italianos, no un seleccionado internacional como en otras, y siendo una buena orquesta, sí es riesgosa la comparación con el nivel técnico de las grandes orquestas centroeuropeas. Ni las cuerdas son tan deslumbrantes en su unidad y sutileza de sonido, los cornos no son infalibles, los bronces tampoco son igualmente compactos… Lo maravilloso es ver cómo nada de eso parece ser tan relevante cuando quien lidera, en el sentido más amplio del término, tiene algo genuino y substancial para decir en lo musical, y además tiene los recursos para lograr que la orquesta lo comunique. Entonces el decir pasa a un primer plano como vehículo de la música, y eso no sólo es inapelable, sino además profundamente emotivo.

 

© Pablo A. Lucioni




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