Un Don Giovanni con “anima di bronzo”.



Por Pablo A. Lucioni.

Actualizado: agregados comentarios sobre el Primer Elenco.

Teatro Colón, funciones del martes 12/4/2016 y miércoles 6/4/2016, con ambos elencos.

 

Prensa Teatro Colón-Arnaldo Colombaroli

La vuelta de “la ópera de las óperas”, como alguna vez fue llamada por Richard Wagner, siempre es algo convocante, por la potencialidad que este superclásico del género ofrece, por volver a ver en escena este mito universal del libertino en la vibrante concepción del equipo Mozart / da Ponte… Pero también, y como muchas veces pasa con aquello que despierta altas expectativas, pocas veces estas llegan a ser substancialmente cubiertas.

 

Como a poco de empezar el Acto II Leporello acusa al protagonista de tener un alma de bronce, esta producción de la obra también la tuvo, en múltiples niveles. El color bronce y los dorados cobrizos predominaron en toda la concepción escénica. La acción estuvo encerrada por un marco de cuadro gigante que ubicado en la boca de escena ponía límites, y que más allá de una interpretación obvia que pudiera hacerse, no tenía ninguna otra significación ni uso. El fondo de la escenografía tenía guías para unas persianas (todas en color y tonos bronce) que por función y arbitrariedad en su apertura y cierre, eran igual de misteriosas y se veían como la versión en mayor escala de las cortinas a la calle del edificio de las ex Tiendas Harrods.

 

El proyecto de este Don Giovanni venía tratándose desde hace un tiempo en el Teatro, y estaba previsto que estuviera a cargo de Sergio Renán, pero su fallecimiento el año pasado determinó que luego se le encargara a Emilio Sagi. Verdaderamente dejó mucho que desear lo construido desde la dirección escénica, que en el mejor de los casos fue rutinaria, convencional y plana. En otros momentos, en particular todo el segundo acto que pareció realmente entre poco pensado y tomado con una falta de dedicación preocupante, directamente hubo contradicciones de acción escénica al libreto y a lo que ocurre, habiendo uno como espectador ya abandonado toda expectativa de que hubiera una lectura de subtexto y de lo que le pasa a los personajes, algo que sólo se daba a un nivel básico y esporádicamente. La medialuna metálica que muestra sólo durante algunos segundos Don Giovanni en la escena del cementerio, o la inexistencia absoluta de una imagen corpórea de la estatua del Commendatore, que lleva a que en un cementerio de nichos no haya nada que asienta con la cabeza la invitación a cenar… Esto sólo por citar alguna de las arbitrariedades más manifiestas, y de las cuales podrían escribirse páginas.

 

En definitiva: un Don Giovanni con alma de bronce. Frío, insensible, metálico y sin pulso vital. La iluminación fue cómplice para ensombrecer esta poco inspirada dirección escénica. El vestuario de Renata Schussheim es difícil decir si era bueno, lo que seguro ocurría es que era desacertado para mostrar la cuestión de clase tan presente en la obra. El campesinado era totalmente imposible de ser reconocido en los trajes de novios de Zerlina y Masetto, y lo mismo ocurría con el coro. De todas maneras muchas de estas cosas se entiende que pueden haber sido determinadas por la concepción escénica general.

 

El primer elenco, con varios cantantes internacionales, tuvo sin lugar a dudas un protagonista fundamental en el bajo-barítono de origen uruguayo Erwin Schrott. Su trascendencia actual en los grandes escenarios del mundo es innegable, y justamente tiene a Don Giovanni como uno de sus caballos de batalla. En esta producción del Colón estuvo a la altura de las circunstancias: su voz fue potente, pareja, rica, bien adaptada al rol, su presencia escénica y sus dotes actorales le dieron integridad al personaje… La marcación escénica, tan endeble en general, a él le otorgaba absolutas libertades, y como indudablemente se mueve a sus anchas en el papel es que le daba genuinidad y autoridad propias, venidas de su lectura del rol más que de la nunca puesta en evidencia de la regie, lo cual al menos inconscientemente parecía un complot de esta producción para realzarlo entre los demás. Simon Orfila fue un buen y efectivo Leporello a su lado, complementándose perfectamente con Schrott, tanto en el juego y la actividad vocal como en la escénica. Jaquelina Livieri, en su versión rubia, fue una Zerlina con perfecta integridad musical, escénicamente agradable y dando totalmente la imagen de la campesina joven atractiva. El resto de las voces tuvieron factores que no conformaban. Paula Almerares fue una Donna Anna que sin verse insegura en escena, no parecía llenar el rol, y que en lo vocal debía recurrir más frecuentemente de lo deseable a ciertos artificios para atacar el registro agudo, muchas veces no sin esfuerzo. María Bayo, a quien conocimos hace tiempo haciendo zarzuela y muy bien, ahora como Elvira, además de recordar fuertemente por imagen a Edith Piaf de grande, mostró zonas débiles del registro, no siempre llegó bien con el aire, y conformó poco. Jonathan Boyd como Ottavio estuvo en general bien, aunque su primer aria no saliera tan bien como se esperaba. Mario de Salvo cumplió como Masetto.

 

Prensa Teatro Colón-Máximo Parpanoli

 

El segundo elenco con artistas locales funcionó razonablemente bien, aunque tal vez sin nadie descollante, no ayudada ni musical ni escénicamente por la producción, que en distintas cosas ponía en evidencia que habían tenido menos ensayos que el elenco principal. Probablemente Daniela Tabernig haya sido la más destacable, con una Donna Anna intensa y vibrante, muy bien cantada y plantada en el escenario. Homero Pérez Miranda fue un Don Giovanni con buen entendimiento del rol, expresivo, pero que a veces quedaba un poco chico en dimensión vocal, en particular con el Leporello de Lucas Debevec a su lado, que bastante histriónico pero apostando al volumen más que al refinamiento vocal, frecuentemente le hacía sombra. Mónica Ferracani fue una Elvira correcta, técnicamente irreprochable, pero al mismo tiempo apenas trascendente, algo opaca. Marisú Pavón fue una Zerlina bien cantada, el Ottavio de Santiago Bürgi cumplió, y el Masetto dejó cierto gusto a poco.

 

Francés, pero con actividad centrada en Alemania, el director Marc Piollet conducía ópera por segunda vez en el Colón, siendo el antecedente la objetable Carmen del 2013. A la poco convocante propuesta escénica, el apartado musical no logró sumarle nada a favor a esta producción, pues no pareció potenciar a ninguno de los dos elencos. Una concepción pálida, apenas correcta a veces, pero deslucida, corta de intención, tibia de espíritu y vitalidad, llegaron a hacer que algunos momentos de la obra resultasen directamente de carácter tedioso. Nuevamente, y aquí también, todo esto fue más notable en el Acto II, donde podía intuirse una acumulación de cansancio y un aparente menor trabajo.

 

En definitiva, y considerando que el Colón les había dado otra oportunidad tras la modesta Carmen que regisseur y director (fue el mismo equipo) habían hecho hace unos años, nuevamente no cubrieron las expectativas para una ópera de repertorio tan emblemática y conocida como esta. Cualquier espectador que haya visto alguna buena producción de Don Giovanni, sabrá que esta gran obra está hecha para ofrecer mucho más, y que el resultado en este caso ha sido magro.

 

Prensa Teatro Colón-Arnaldo Colombaroli

 

© Pablo A. Lucioni

 

 

 

 

 



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