Entrevista a Bruno Gelber



 

En medio del barrio de Once se erige un imponente edificio en estilo Art Decó. Tranquilamente uno podría pensar que se encuentra dentro de una película de Film Noir y no en la ruidosa Ciudad de Buenos Aires. Acudimos a nuestra cita de manera puntual y al entrar en un departamento del último piso, plagado de fotos y obras de arte, el Maestro Bruno Gelber nos espera con sencillez, pero siempre con elegancia, y con la mesa lista para disfrutar de una jarra (que luego serán varias) de exquisito té Earl Grey y un delicioso surtido de bocadillos.


La tarde se convertirá en noche y transcurrirá entre risas y anécdotas, aunque también, por qué no admitirlo, un poco de nervios. Después de todo no es fácil encontrarse ante una figura como Gelber, que ha dado más de cinco mil conciertos y recorrido el mundo entero con ese “señor de dientes blancos y negros que le sonríe” - como le gusta llamar al piano-; que además parece adivinar lo que pensamos, y que, indefectiblemente emite cierta “aura”. Quizás sea porque él mismo fomenta ese personaje y sostiene que los artistas deben guardar cierto misterio, y es evidente que posee algo especial y uno lo siente en todo momento. Sin embargo, responde las preguntas con amabilidad y un excelente humor y predisposición, por lo que a medida que transcurre la entrevista comenzamos a relajarnos y a disfrutar este momento único.


 


 

Ud. se crió en una familia de músicos, sin embargo al principio ellos no querían que fuera músico ¿Por qué?¿Qué los hizo cambiar de idea?

Tenían miedo de que no ganara bastante plata con esta profesión. Mis padres venían ambos de familias de buen pasar y por problemas tuvieron que trabajar. Lo único que sabían hacer -como niños de ese medio- era música: mi padre el violín y mi madre el piano. Pero no había las protecciones que hay hoy en día. Entonces tenían miedo de que yo me encontrara con una profesión que no fuera rentable. Pero con el carácter que tengo, lloré, grité y peleé hasta que mamá me dejó quedarme al lado de ella -además tenía una gran  mamitis- mientras daba clases; y entonces, con un dedito, entre alumno y alumno, repetía todas las melodías que les enseñaba, y era tan evidente que yo tenía talento. Creo que recibí la música desde que fui concebido, que fue inevitable.


Igualmente, antes de llevarme con el Maestro Scaramuzza, que era el top de los Maestros de esa época, me hizo dar un concierto a los 5 años en Quilmes, en una muestra de alumnos. Recuerdo que salí al escenario tan feliz que toqué seguro, tranquilo, perfecto. Fue el único concierto de mi vida que no tuve miedo.

 

¿Se acuerda qué tocó?

Toqué una sonata de Mozart y un movimiento de una sinfonía de Beethoven a 4 manos con mamá.

 

¿Y por qué piensa que en ese concierto no tuvo nervios? ¿Cuándo aparecen?

Los nervios aparecen cuando te empiezan a hacer tomar conciencia de que lo hiciste bien y te halagan. Te das cuenta de que tenés que tocar bien, está la obligación tácita de  hacerlo. Se comienza a crear una especie de presión y empieza el miedo a equivocarse, y eso es lo que guardamos toda la vida.

 

¿Siempre fue el piano?¿Nunca le interesó el violín como su padre?

Es gracioso, un día le pregunté a mamá -por esas cosas de machismo argentino- si el violín era para los hombres y el piano para las mujeres, ya que la mayoría de los alumnos de papá eran hombres y los de mamá, mujeres. Ella me contestó que no, que la mayoría de los grandes pianistas eran hombres pero que si quería que probara el violín. Entonces una tarde le pedí a mi padre que me diera clases y pasé horas sin poder sacarle un solo sonido a ese instrumento. Lo que tiene de maravilloso el piano es que las notas suenan, pero después necesitás tener 10 excelentes “músicos” que tienen que saber tocar juntos, separados y de cualquier manera.

 

En el primer concierto que ud. tocó con orquesta su padre formaba parte de la misma, ¿cómo vivieron esa situación? ¿Qué recuerdos tiene?

Me acuerdo como si fuera hoy. Fue en el Círculo Militar y te dabas cuenta enseguida quién era mi papá porque era el único que no podía dejar de sonreír durante todo el concierto. Él tocaba en la orquesta del Colón y sedujo a unos cuantos compañeros para que formaran una pequeña orquesta que dirigió el Maestro Scaramuzza. Ahí pasaron varias cosas: Primero, porque tuve contacto con público después de mi enfermedad (sufrió poliomielitis a los siete años de edad); segundo, porque fue un éxito tremendo. Y me pasó algo gracioso después de tocar: la gente se abalanzaba a darme besos y abrazos y para pedirme autógrafos -apenas si sabía firmar- y yo, que soy de espíritu muy organizado, le pedí a una señora que se ocupaba de mí que en el próximo concierto (que fue repetido 20 días más tarde porque hubo gente que se había quedado sin entrada) me pusiera una silla y una mesita para que pudiera firmar los autógrafos tranquilo. Después del concierto: besos, abrazos, felicitaciones pero nadie me pidió un autógrafo... lo que te demuestra que la vida te va enseñando enseguida que las cosas no son siempre como uno lo espera.

 

 

Una buena lección para aprender de chico… ¿Cómo es su rutina de estudio?

No tengo rutina, gracias a Dios. Evito las rutinas porque son tediosas. Soy noctámbulo, me encanta la noche, no por lo que se hace durante la noche sino por lo que se siente; yo no creo que se sienta lo mismo a la 1 de la mañana que a la 1 de la tarde... Dicen que es por una cuestión de ritmos circadianos porque a esa hora los tenés a 0 y entonces aflora más la parte espiritual. Realmente me siento bien a esa hora, me acuesto entre las 3 y media y 4. Aunque ahora me tengo que empezar a acostar más temprano porque van a empezar los ensayos que son por la mañana.

 

Hay muchos compositores que tenían sus picos creativos en horas de la noche o de la madrugada...

Pero además todos los seres humanos tienen momentos de iluminación a esa hora. No tengo rutina porque mi vida no es normal….cuando me preguntan “¿cuál es su residencia?” digo: “el avión y mi casa una valija…” y es cierto. Depende del día cómo se va organizando...si el viaje es a las 2 de la tarde, o si tenés ensayo a la mañana. No hay una rutina. Si tengo libertad absoluta para hacer lo que quiero, prefiero acostarme tarde y levantarme tarde. Por ahí recibo a alguna persona para darle consejos o invito a amigos. Tengo un gran culto de la amistad. Yo no tengo familia propia pero tengo mucha gente amiga (aunque amigos profundos uno solo tiene algunos) y me encanta el contacto con ellos, se van descubriendo tantas cosas. Es gracioso descubrir cómo cambian, aunque uno debe cambiar también para ellos también ¿no?

 

Sabemos que su compositor favorito es Beethoven…

Sí, es mi preferido. Aunque no me lo hubiera llevado a una isla desierta porque tenía muy mal carácter…(risas).



¿Y después de Beethoven qué otros compositores le gustan?

Bueno, todos juntos, no solamente Beethoven, yo soy muy infiel por naturaleza…(risas)... Me encanta Schubert, Schumann, Chopin, Liszt, ¡Mahler me encanta! deploro que no haya escrito una sola nota para el piano. La conjunción de ver una película como “Muerte en Venecia”, de ese genio que era Visconti, con la música de Mahler (el Adagietto de la 5ta Sinfonía) me parece algo absolutamente extraordinario.

 

¿Y compositores argentinos?

Me gusta mucho la música folklórica más que la otra, me gusta mucho Falú por ejemplo. La música muy contemporánea en general no me gusta, la de acá y la de otros países, yo soy de otra generación…


Pero, por ejemplo la música de Ginastera sabemos que mucho no le convencía tampoco…

Ginastera pobrecito era muy gentil conmigo y me decía: “¿Cuándo vas a tocar obras mías?” y yo le contestaba: “Pronto Maestro, pronto”... No me gustaban mucho las obras pero aparte escribía muy complicado para el piano ¡No sabés, no te imaginás lo difícil…! 

De Guastavino he tocado algunos Bailecitos, y siempre me los pedían de bis en Europa.

 

Volviendo a Beethoven, ¿cómo se renueva el entusiasmo frente a una obra que se ha tocado infinidad de veces?¿Surgen nuevas formas de abordarlo, nuevas miradas?

No busco lo nuevo, retomo una obra y me van viniendo cosas, pero no busco la originalidad o lo nuevo. Es una obra que me sigue entusiasmando. Las obras geniales son como para un hombre las mujeres geniales, entusiasman siempre. Las obras geniales de los compositores geniales, valga la redundancia, tienen algo tan tremendo, tan fuerte, que no podés sustraerte de eso. Yo lo toqué por primera vez a los 16 años a ese concierto, de esto hace tiempo...

 

¿Qué siente cuándo lo interpreta?

Es un idioma que me es natural, nadie necesita explicarme qué quiso decir Beethoven, yo lo entiendo a mi manera, y me parece que es la justa. Es como leer un idioma que comprendo sin que me lo hayan enseñado. ¿Ustedes saben que hay niños que hasta más o menos los 10 años hablan idiomas que nadie les ha enseñado? y después se olvidan….y eso parece ser que viene de otras vidas….yo creo en eso. Hay una anécdota muy linda: el hijo de un químico quería que el padre lo llevara a su laboratorio y después de mucho insistir un día lo hizo. El padre es estaba probando algo que no le salía y entonces en un momento el nenito se levanta y le dice: “Papá ¡no!, primero tenés que poner eso y después lo otro…” y era exacto. Así me siento yo con Beethoven.



¿Cree en vidas pasadas?¿Qué fue? ¿Músico también? (risas…)

No, no he buscado nadie que me diga nada...porque siempre te dicen que fuiste alguien famoso o importante, nunca te dicen que fuiste barrendero -con todo el respeto que me merecen los barrenderos- Yo creo en el espíritu pero ¿cómo? no sé. Ya lo veremos...por las dudas me porto bien…porque si hay algo la pasaré bien y si no, no me daré cuenta…

 

 

Extracto de entrevista para el 4° número de la revista MusicaClasicaBA
Por Gabriela Levite y Maxi Luna.

 



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