Un repaso por lo que la escena musical porteña nos dejó en este segundo semestre.



Ph: Arnaldo Colombaroli

 

Termina otro año, y hacemos una revisión de lo que nos dejó la actividad musical de nuestra ciudad en estos activos seis meses, en los cuales realmente hubo de todo un poco, para todos los gustos, y en todos los ámbitos.

 

Tal vez el 2015 quede como el año de la Ballena Azul. Más allá de las polémicas sobre la correspondencia o no del nombre del CCK, Buenos Aires pasó a tener este espacio excepcional para la música. Siendo multipropósito en realidad, pues no está exclusivamente dedicado a lo clásico, demostró tener condiciones más que buenas para repertorio sinfónico, oratorio, ópera… Y no es la única sala apta para música del Centro Cultural.

Convendría recordar que hasta hace cinco años, con el Teatro Colón cerrado, teníamos temporadas itinerantes de todas las grandes instituciones musicales, que se presentaban en lugares sub-óptimos, con resultados dispares.

Hoy, aparte de volver a tener el Colón con sus mejoras, tenemos La Usina del Arte y la Ballena Azul, dos espacios que, uno dependiente del ámbito de la Ciudad, y otro de la Nación, realmente dan la sensación de un florecimiento de la música clásica en gran escala en nuestra ciudad. Pero no sólo eso, aparte de las distintas temporadas en el Teatro Avenida de las asociaciones de ópera, ha habido distintas experiencias en el Empire, en el Centro Cultural Borges, o en espacios totalmente alternativos.

Como evento, probablemente el Festival de Música y Reflexión (Festival Barenboim) 2015 debe haber sido lo más significativo de esta segunda mitad de año. Empezando hacia fines de julio, durante más de dos semanas ofreció un programa vertiginoso y variado, con obras que fueron desde Mozart hasta una presencia importante de Boulez, pasando por mucho de lo que hay en el medio entre esos extremos. Verdaderamente se trató de una muy atractiva oferta, ecléctica, con obras más captadoras de público, y otras que claramente no lo son. Como sabemos gracias a Barenboim, y a la amistad que existe entre ellos, Martha Argerich, siempre tan temperamental e impredecible, volvió por segundo año consecutivo a Buenos Aires, y compartió pacíficamente con nosotros su arte.

También un hecho significativo fue la despedida de los escenarios de Paloma Herrera en el Colón, que sigue ahora en ciudades del interior y otros países. Sin el Onegin de John Cranko (la obra originalmente programada), hizo cuatro funciones del Romeo y Julieta de Prokofiev. Estuvieron bien, pero no fueron particularmente atractivas, y menos se destacaron por su emotividad. El Colón le dio bastante trascendencia al evento, con exposición en el foyer de premios, distinciones, fotos, trajes… asociados a la primera bailarina del ABT.

La temporada de conciertos de la Filarmónica fue variada, con un repertorio vasto como el que regularmente propone Arturo Diemecke, su director artístico. Hubo varios solistas interesantes. Sergio Tiempo estuvo en agosto haciendo Rachmaninov, y aun con buena expectativa y una fracción de público que parece ir a verlo específicamente a él (porque no vuelve después del intervalo), no pareció estar en su mejor noche. Sí estuvieron en un muy alto nivel Lucille Chung y Alessio Bax en uno de los conciertos dobles de piano de Mozart, y fuera de serie fue lo de Vadim Gluzman en el Concierto para violín de Brahms. Entre los músicos de la misma O.F.B.A. que ejecutaron obras como solistas, cabe destacar el estreno que Fernando Ciancio hizo del Concierto para trompeta “Buenos Aires íntimo, casi secreto” de Claudio Alsuyet, o el extravagante Concierto para Bombo de Gabriel Prokofiev que interpretó Ángel Frette. Fue destacable la labor de Mariano Rey haciendo una muy buena versión del complejo Concierto para clarinete de Nielsen.

 

Cortesía Mozarteum

 

La O.F.B.A. y la Orquesta Estable también están haciendo varios conciertos fuera de sede. Concretamente la Filarmónica está tocando en la Usina no muchas menos fechas que en el mismísimo Colón (nueve contra catorce). En algunos casos reaprovechando obras o programas enteros, que rinden más así indudablemente, por el esfuerzo que implica prepararlos. Como se sabe, el público no es el mismo entre un ámbito y otro, y parece muy razonable que tanto trabajo que implica preparar un concierto sinfónico, tenga un aprovechamiento mayor que una solitaria función (como históricamente fue).

La sala principal de la Usina del Arte, en buena medida por esto, se vino afianzando como un espacio de real expansión de oferta musical, y esto fue complementado por la actividad de su sala de cámara. Lo sinfónico, coral, óperas para pequeño formato, todo tuvo lugar, con una respuesta del público más que positiva.

En cuanto a ópera, el Colón tuvo varias producciones importantes, algunas de ellas con bastante repercusión, pero no todas realmente efectivas en un análisis desafectado. Nuestro tenor factótum José Cura, debutó en el Colón en el rol de régisseur, en una coproducción con la Ópera de Lieja (donde ya se había estrenado previamente) que ubicaba (obstinada y casi caprichosamente) Cavalleria Rusticana y Pagliacci en una versión for-export (más de lo que ya es actualmente) del Pasaje Caminito de La Boca.  Había muchas cosas que hacían ruido en esa concepción. El elenco, argentino, fue de buen nivel en general. Le siguió a esta el Don Carlo de Verdi que dirigió escénicamente Eugenio Zanetti. Un barroco visualmente bastante impactante, y no carente de arbitrariedades, conquistó a buena parte del público, más allá de que a nivel teatral terminara siendo intensificado el estatismo propio de esta ópera. Hubo algunos cantantes buenos y destacables, tanto en el elenco extranjero como en el nacional. La versión musical comandada por la batuta de Ira Levin fue efectiva. El mismo Levin dirigió el estreno local en ruso de El ángel de fuego de Prokofiev. Esta visceral y truculenta ópera tuvo una opción de emplazamiento en el Siglo XX que contradecía algunas cosas de índole esencial que tiene el texto. La puesta igual contaba con varios elementos sugestivos, y no carecía de interés, pero la producción como un todo, pareció no muy valorada por público y crítica. Para el cierre de esta edición, todavía no se había estrenado el Parsifal con dirección escénica de Marcelo Lombardero y musical de Alejo Pérez, una dupla que hacía años no trabajaba en el Colón (por razones en buena medida de no-afinidad política), pero que a la hora de reemplazar a la intempestiva Katharina Wagner (responsable de la famosa plantada para el Colon Ring de 2012), y a Roberto Paternostro (quien con una nutrida colaboración de los últimos años con el Colón, en 2016 ya no tiene ningún título asignado). Lejos de sentirse como una pérdida, la mayoría evaluó positivamente el cambio de equipo para Parsifal, y la expectativa era importante.

Este primer año (ni siquiera completo) con la nueva dirección general, parece haber conformado inclusive a los más reticentes, que veían en el advenimiento de Darío Lopérfido una cierta amenaza de falta de idoneidad o reformismo, de un gestor cultural muy mediático pero que era percibido como poco especialista en esta rama del arte. Parte de la orientación de su gestión, que intentó mantener los compromisos asumidos, incluyó darle un alto vuelo al perfil multimedia de la institución (lo cual por supuesto implica recursos, y áreas nuevas o ampliadas dentro del teatro). La transmisión vía WEB de muchos de los espectáculos más significativos, la proyección en la pantalla de Plaza Vaticano… han sido gestos de apertura importantes.

El Mozarteum Argentino, más allá de haber tenido conciertos con la West Eastern Divan y Barenboim, tuvo varios grandes aciertos en esta segunda mitad de año. La presentación de Jordi Savall con el Hesperion XXI durante agosto fue significativa, y tanto los recitales dados por Alessio Bax en octubre, como el cierre de temporada con la BBC National Orchestra of Wales junto a la muy buena arpista Katrin Finch, fueron todas grandes ocasiones musicales.

 

Ph: Enrico Fantoni-Nuova Harmonía

 

Nuova Harmonia tuvo en su temporada a la Shanghai Symphony Orchestra, una agrupación china excepcional, que además se daba el lujo de tener como solista al espléndido Maxim Vengerov. También fue buena la presentación de I solisti di Pavia en el Coliseo.

La Ballena Azul se consolidó como la alternativa fuerte en el ámbito sinfónico. La temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional, fue mostrando cada vez más intensamente, que tener una casa propia y un régimen de ensayos y preparación con cierta razonabilidad redundan en poco tiempo en una mejora artística. Hubo varios conciertos destacables, entre los cuales fue relevante la Gala Lírica que en agosto dirigió Carlos View con el coro del Teatro Argentino de La Plata, y haciendo un extenso programa con muchos de los cantantes de ópera y conciertos más frecuentemente vistos en nuestros escenarios. El evento tomó una especie de carácter (nunca informado como tal) de homenaje a Luis Lima, que era el único del grupo sin actividad regular en la actualidad. Resultó bastante emotivo y bueno en nivel. Hubo dos iniciativas osadas en alguna medida, sobre todo por el esfuerzo de preparación que llevan, y porque iban a sólo dar una función suelta: el War Requiem de Britten y el Requiem de Verdi. La primera dirigida eficazmente por Gonzalo Agudín, fue en una especie de espectáculo multimedia (con algunos problemas técnicos), y la segunda, preparada musicalmente por Carlos Vieu, con toda la compañía (orquesta y coro) del Teatro Argentino de La Plata, reforzados por el Coro Provincial de Bahía Blanca, recreó plenamente la sobrecogedora experiencia que Verdi quiso poner en música para homenajear a su admirado Alessandro Manzoni.

El Teatro Argentino, con una temporada reducida de cuatro títulos de ópera en su casa de la Av. 51 de La Plata, presentó entre julio y agosto un muy digno Otello (considerando las dificultades de hacer esta obra). Carlos Vieu, su director musical, mostró su muy probada afinidad verdiana, y la puesta de Pablo Maritano, que nos tiene acostumbrados a brillantes escenificaciones buffas, confirmó nuevamente que también tiene mucho oficio dramático. El Teatro también entre octubre y noviembre reeditó una vez más su producción de El lago de los cisnes, de manera eficaz.

Las asociaciones de ópera que tienen temporadas en el Teatro Avenida, también afectadas por las complicaciones económicas, mantuvieron en el mejor de los casos los cuatro o tres títulos a los que ya en los años previos venían reducidas. Buenos Aires Lírica tuvo la mala suerte de que el Colón cambiara Les Troyens de Berlioz, que iba a abrir la temporada, por el Werther de Massenet. Ellos ya tenían programada esta misma ópera para julio / agosto, y tuvieron que hacerla igual, con el antecedente reciente. Mucho más atractiva resultó la apuesta que hicieron al estrenar la creación operística más relevante de Antonin Dvorak: Rusalka, en su versión original en checo. Fue buena la dirección de Carlos Vieu, y la puesta de Mercedes Marmorek, tuvo cosas interesantes, pero también distintos cuestionamientos posibles en su enfoque. En el caso de Juventus Lyrica, contaron con una muy bien cantada y actoralmente muy entretenida versión de Las bodas de Fígaro dirigida por Hernán Schvartzman, con puesta de María Jaunarena. En noviembre hicieron una Carmen que cumplió, tal vez sin deslumbrar, en este caso con dirección musical de Hernán Sánchez Arteaga, y puesta de Ana d’Anna junto a su hija María Jaunarena. En agosto también se pudo ver en el Avenida una osada producción independiente de Il Trovatore, con régie de Boris y dirección de Ronaldo Rosa.

En definitiva, un año interesante desde la perspectiva musical, donde además en la Ciudad hubo un crecimiento, particularmente centrado en la actividad estatal.

 

© 2015, Pablo A. Lucioni



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