Los sortilegios del niño Ravel



Por Margarita Pollini

 

El 12 y 13 de diciembre Buenos Aires podrá volver a disfrutar de L’enfant et les sortilèges, la ópera breve del compositor francés sobre libreto de Colette, en una producción del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón en el Teatro 25 de Mayo, de Villa Urquiza.

 

                                                                              Maurice Ravel                                                                                  Sidonie-Gabrielle Colette

 

 

Pocos autores en la historia de la música académica están tan ligados al mundo de la infancia como Maurice Ravel. Entre los testimonios de quienes lo conocieron más o menos profundamente, abundan las referencias a la ternura y la inocencia que habitaban. La infancia es la patria del alma, dicen, y Ravel sabía vivir su vida adulta sin abandonar ese reino del juego, del asombro, del amor sin límites ni mezquindades.

“Nunca se destacará lo suficiente la importancia de L’enfant et les sortlilèges, no sólo entre las obras maestras de Ravel sino también como auténtica expresión disfrazada de sus sensibilidades más secretas, inclusive de sus opiniones no sólo sobre la infancia sino sobre la existencia misma”, escribió Manuel Rosenthal, su discípulo y amigo, en su libro de memorias sobre el compositor. “Ravel es el músico de la ternura. Hay que prosternarse ante el sentimiento maravilloso que hay en tantas músicas de Ravel. Esto debería conducirlo, naturalmente, a traducir mejor que nadie este último impulso del niño hacia su madre, el último grito de El Niño y los Sortilegios. Nadie supo encontrar un acento igual ni de tanta pureza. Ahí Ravel es como un niño. Había sabido guardar en el fondo de sí mismo esa riqueza y esos misterios de la infancia, que están ocultos en la adultez. […] ¿Cómo había podido conservar esa frescura espiritual? Como todos, sufrió enfermedades, conoció la guerra, vivió la pena de perder a amigos, a sus padres, pero esa ternura no lo abandonó jamás”.

 

Cherchez la femme

Si la genialidad y sensibilidad de Ravel han logrado dar forma a una de las obras de teatro lírico más perfectas y originales del siglo XX, parte del mérito le corresponde a la mujer detrás del decorado: Sidonie-Gabrielle Colette. La génesis del proyecto se remonta a la idea de Jacques Rouché, director de la Ópera de París, de encargar en 1915 un libreto para un ballet fantástico a la ya muy célebre Colette, bailarina y actriz además de escritora. La idea la motiva inmediatamente, y el libreto es redactado en pocas horas. Este Divertimento para mi hija, tal como lo llama, está obviamente dedicado a su pequeña hija Colette de Jouvenel, apodada “Bel-Gazou”, pero también influido por la pérdida de su madre en 1912. Finalmente se decidió que el gran Maurice Ravel, a quien la escritora conocía desde hacía tiempo, fuera el encargado de ponerle música. El compositor aceptó, aunque un desencuentro demoró el inicio de su trabajo: el libreto de lo que finalmente sería una ópera le fue enviado al frente de batalla en Verdun, pero Ravel ya no se encontraba allí. Recién en 1920 podrá dedicarse al trabajo, aquejado por problemas de salud y, también él, por la pérdida de su madre. Obligado finalmente por un contrato firmado con la Ópera de Monte-Carlo, Ravel finaliza pocos días antes del estreno esta “fantasía lírica”, rebautizada de común acuerdo con el título con el que se la conoce.

L’enfant et les sortilèges es estrenada el 21 de marzo de 1925 bajo la dirección de Victor de Sabata y con coreografía y puesta en escena de Georges Balanchine. La asociación primigenia de la idea de este libreto con la danza no se apartaría de su esencia: hay en la obra ecos formales de la opéra-ballet de los siglos XVII y XVIII, y también un parentesco con la opereta americana, como el mismo Ravel lo reconocía, en especial en esta presencia constante de la danza, y coreógrafos como el gran Jiri Kylián supieron sacar bien partido de este rasgo.

 

De relojes, princesas, murciélagos y gatos

El argumento es simple: un niño que desobedece a su madre es castigado por ella debiendo quedarse sólo un rato, y en señal de rebeldía destruye todo lo que encuentra. Pero pronto los objetos, los animales y los personajes llegarán para hacerle ver el mal causado. En medio de la venganza de los animales, el niño curará la pata de una ardilla, y, conmovidos, aquellos lo llevarán hasta la casa materna para pedir a la madre que lo perdone. Cuando el niño despierte, sólo dirá una palabra: “Mamá”.

El libreto de Colette es no sólo extraordinario en la poesía de las líneas de los diferentes personajes y en el efecto que producen, sino en el maravilloso carácter descriptivo de las didascalias. Sobre esta estructura de cuadros que se suceden sin interrupción y “en tiempo real” (para usar una expresión muy actual), Ravel teje con su habilidad de orfebre líneas vocales que caracterizan perfectamente a cada personaje, y, como el genial orquestador que es, las envuelve con un ropaje instrumental de arrolladora seducción. El fox-trot, el ragtime, la música de Oriente, el infaltable vals, los homenajes al barroco y a la ópera francesa del siglo XIX, el aria de coloratura pirotécnica, ecos de la Consagración de la primavera, fragmentos corales memorables como el número final, despojado y conmovedor, y hasta lo que se ha visto como una parodia de un dúo de amor wagneriano en la escena del gato y la gata: todo confluye en una mélange cinematográfica que no da tregua a intérpretes ni a espectadores. (Respecto de los gatos, cabe agregar que Colette y Ravel compartían la pasión por los felinos, y además Maurice tenía una especial fascinación por los autómatas, que coleccionaba).

 

Ravel en Villa Urquiza

La producción del Taller de Integración Operística del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, cuya finalidad es motorizar la labor conjunta de todas las carreras de esa institución, podrá verse en cuatro únicas funciones el sábado 12 y domingo 13 de diciembre, a las 18 y a las 20 cada día. La dirección musical está a cargo del suizo Emmanuel Siffert, la escénica a cargo de Mariana Ciolfi y participa, además del elenco conformado por alumnos de la carrera de Canto, el coro de la institución preparado por Marcelo Ayub. El escenario elegido es el hermoso Teatro 25 de Mayo ubicado en Triunvirato 4444, en el barrio de Villa Urquiza.

 

Colette de Jouvenel




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