El regreso triunfal de un equipo ganador



Parsifal en el Teatro Colón dirigido por Alejo Pérez y Marcelo Lombardero

 

Por Pablo A. Lucioni

Fotografías: Arnaldo Colombaroli (Teatro Colón)

Teatro Colón, domingo 6/12/2015.

 


 

Después de casi tres décadas de ausencia, volvimos a escuchar un Parsifal en vivo en Argentina. El proyecto, como era imaginable, tuvo sus avatares, sobre todo por algo no menor como el cambio del equipo de dirección que la llevaría adelante. Pero por más dudas que puedan haber surgido, un equipo sólido de cantantes, una lúcida concepción musical y una impactante apuesta escénica convirtieron esta producción en uno de los hechos artísticos más significativos del año.


 

Una de las primeras, y más rotundas decisiones tomadas por Darío Lopérfido cuando asumió la Dirección General del Colón este año fue la de revocar la contratación de Katharina Wagner para el Parsifal que cerraba la temporada. Portadora de apellido y bisnieta del compositor, con ella ya hubo un sonoro conflicto en 2012, cuando se hizo la versión reducida del Ring. El mismo día de su llegada se fue, enojada aduciendo retraso en la preparación por parte del Colón e imposibilidad de que se completara en término. Llamaba la atención que se le hubiera dado una nueva oportunidad, y finalmente tanto Roberto Paternostro, a quien la nueva dirección no le encomendó ninguna obra lírica más, como ella, fueron reemplazados por Alejo Pérez y Marcelo Lombardero. Ellos, dos claros referentes locales en ópera, ambos con amplias trayectorias internacionales también, vivieron una especie de destierro del escenario de la calle Libertad desde la salida de Lombardero de la Dirección Artística, y el cambio de signo político en la ciudad. Pero bueno, no todo es para siempre…

No cabe ninguna duda de que Parsifal no es una obra fácil. Requiere cantantes inmensos, con voces potentes y atractivas; su extensión, y la elaboración de su partitura, demandan un largo trabajo de preparación musical con una orquesta de buen nivel y mucha resistencia, además de coro, y por sobre todo, de una concepción visual que pueda mantener la atención durante cuatro horas y media de música. Pero todo eso, tan difícilmente conjugable, en esta producción parece haber sido alcanzado.

En primer lugar realmente cabría hablar de las voces. La elección del elenco sin ninguna duda fue muy acertada, y si bien muchos de ellos son cantantes con sabidos antecedentes en este repertorio, tenerlos juntos en la misma producción no siempre es fácil ni económicamente posible. Todas fueron voces wagnerianas de primer nivel, y además en buenos momentos de sus carreras. La Kundry de Nadja Michael fue sencillamente arrolladora. De una intensidad, dramatismo, calidad técnica y expresiva notables, todo esto acompañado además de una figura estilizada capaz de sensualidad y plasticidad de movimiento en el escenario… Pudo ser espléndida en la enigmática figura oscura del Primer Acto, pero también como la seductora herramienta para corromper de Klingsor. La escena entre el brujo y ella al comienzo del Segundo Acto fue realmente intensa y crispante, y la labor de Héctor Guedes también fue buena en el rol, convertido por la puesta en una especie de gran empresario de la era digital manipulador del mundo. El Gurnemanz de Stephen Milling fue gigante, con una presencia escénica potentísima, y una voz completa y rica de bajo wagneriano. El protagonista lo llevó adelante el británico Christopher Ventris, un muy buen heldentenor de nuestro tiempo, que entre varios otros roles wagnerianos, canta especialmente Parsifal. Fue muy convincente vocalmente, aunque no es demasiado pretender algo más de soltura escénica para el “apuesto joven”, que encima tiene a la par una Kundry llena de vida corporal. El doliente Amfortas de Rian McKinny fue muy verosímil en lo que se vio del personaje, y bueno vocalmente. Los roles complementarios en manos de cantantes locales, también estuvieron muy bien y a la altura de esta producción. El Coro Estable dirigido por Miguel Martínez, que también tiene una presencia no menor en esta obra, estuvo muy bien, complementado por secciones femeninas en palcos avant-scene, y por el de niños en la araña central, ellos preparados por César Bustamante.

 

 

Alejo Pérez, un director joven que despierta muy pocas polémicas, y que además de conocedor y lúcido, en general es muy efectivo, aplicó su visión y trayectoria wagneriana a la concertación de esta extenuante obra. Su trabajo, visible también en el balance y el cómo entre los cantantes y la orquesta, fue de primer nivel. De una punta a la otra todo sonó elaborado, matizado, con mucha y dedicada exposición de las ideas musicales que Wagner plasmó. La Estable llevó adelante este tour-de-force con bastante integridad, y claramente se notaban las horas y horas de preparación, más allá de lo cual en algunos pasajes se extrañó un grado más de refinamiento o precisión, que hubieran sido la coronación de todo el trabajo musical.

La puesta de Marcelo Lombardero fue visualmente lograda, atractiva, sugestiva también, con buen manejo escénico en general, y definitivamente funcionó. Dotó a este Bühnenweihfestspiel (festival escénico sacro), como Wagner lo llamó, de vitalidad, movimiento, y actualidad, pero justamente por eso, y tal vez a propósito, con polémica. En el libreto de Parsifal hay cerca de diez menciones directas a Der Wald (el bosque), amén de las sabidas acotaciones escénicas super-específicas que Wagner hacía en sus obras. Apartándonos de la ridícula e imposible pregunta de qué pensaría el autor al ver una puesta así (el cual probablemente se quejaría también de que se haga fuera de Bayreuth y que se aplauda, entre otras cosas), sí cabe preguntarse cuál fue el espíritu de la obra y qué relación guarda con esta concepción. Este extraño coqueteo del Wagner de madurez con la fe cristiana, con sus obsesiones y símbolos medievales más representativos, pero al mismo tiempo con este distanciamiento, sin una declaración explícita real, casi sin tomar partido, es en esencia contradictorio. Hablar de cristianismo sin mencionar a cristo, para no herir sus propios prejuicios de intelectual, o sonsamente suponer que así Nietsche (y otros) no leerían esto como una especie de capitulación... Bien, la obra tiene esas cosas, es cierto, pero Lombardero decide ir hacia una puesta de impronta post-apocalíptica o de decadencia de la sociedad industrial, algo que se ha hecho muchas veces para Wagner, y que él mismo ha optado también. Pero para Monsalvat, y entonces cuando se menciona el bosque uno ve que todos están en un destruido páramo al costado de un espejo de agua que avanzó sobre las construcciones y que muy fácilmente remiten a la gran inundación de Carhue, por ejemplo, donde esos mismos postes de luz inclinados que se veían en las fotos, hoy son las únicas “cruces” que viste la escenografía, inclinadas y casi caídas. Siendo que el altar tiene un formato mucho más pagano, con dos calaveras de vaca como estandarte. La “Sala sagrada del Grial” es en una especie de construcción monumental al estilo de los grabados que inspiraron el neoclasicismo en arquitectura. Después el “Castillo mágico de Klingsor” es una especie de centro de comando oval azul, donde él con una tablet e información de muchas cosas parece dominar el mundo. El Jardín Mágico es una escena bastante extraña, con unas especies de “muñecas” con traje de látex blanco y líneas luminosas azules, llamativo en general.

 

 

Lo vegetal, algo tan claramente explicitado por Wagner, es una de las grandes ausencias en esta concepción, y una de las cosas más rechinantes en la medida en que se va desarrollando la obra. Y el “reverdecer” del Tercer Acto, es apenas una insinuación de lo que nunca fue. El grial en sí es una columna lumínica, asociable a muchas referencias de la cinematografía o la pintura, pero parece perder toda materialidad, y algo de su esencia terrenal.

Como decíamos originalmente, los cuestionamientos que se le pueden hacer a la puesta son sobretodo conceptuales, y por la toma de partido, que desde la subjetividad de cada uno será válida o no. Estéticamente tiene su integridad, y hay un sentido teatral puesto en la mayoría de las cosas, que es convocante. Las escenografías de Diego Siliano, el vestuario de Luciana Gutman y la iluminación de José Luis Fiorruccio, son todos efectivos, y alineados con la concepción general de la puesta. Muchos efectos visuales logrados con mezcla de retroproyección más imágenes frontales sobre tul son poderosos, y están bien desarrollados.

El público respondió más que positivamente a un trabajo de conjunto que fue de muy alto nivel, y que no frecuentemente se da con tanta homogeneidad y excelencia, lo que tal vez, por el resultado, haya justificado tanta espera para poder volver a disfrutar esta obra monumental de Richard Wagner.

 



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